> Arcanum VI

miércoles, 7 de junio de 2023

Petricor o la lluvia en primavera

Por Diego Bang  

Tláloc 

Sucede 

Que aquí 

Nada sucede

Sino la lluvia

             lluvia

             lluvia

             lluvia

Efraín Huerta, 1974

Una palabra tuya, encontrada en el caos digital, basta para echar a andar un resorte interno mío que después se refleja en los alrededores del valle que era Tenochtitlán: la eterna reverberacion de la lluvia. 

Una palabra tuya resume las dos últimas semanas: agua que cae para llevarse las alimañas del pasado, las arpías malvadas de los últimos años, las banalidades, mentiras y perfidias.

Una palabra tuya que existe sólo en nuestro diccionario de términos rulfianos. Artefacto único-nuestro-único lingüístico que busca las raíces de México. Nuestras raíces. 

Hace un tiempo llovió como en ningún otro año en nuestras vidas. Una lluvia plomiza que entumeció nuestras almas. 

No obstante, hoy hemos comprendido que la lluvia no sólo entumece el alma; también se lleva lo superfluo. Limpia los cielos de ídolos falsos, limpia los montes de torpes pregones, revuelve la tierra para acicatear los nutrientes y apuntalar hacia mejores cultivos, a mejores vientos. 

La lluvia ha mandado de manera anticipada (atl en xôpan) uno de sus tlaloques para darnos un mensaje etéreo: busquen la poesía del amor toda la vida.

martes, 11 de abril de 2023

Ciudad Limbo: Nostalgia de sonidero II

Por Diego Bang Bang

En mi dormitorio, de tiliches maternos arrumbados, me recuesto en mi antigua cama a llorar. El motivo eres tú nuevamente. A lo lejos los perros (lomitos mestizos, cobrizos, casi ratas o cucarachas) ladran y el eco de su voz se junta con las estrellas casi contaminadas o con las luces de los sonideros de alguna fiesta de XV años o una boda que terminará en feminicidio o en abortos de niñ@s en vida. 

Un sillón viejo, de los que se llevan los pregoneros del fierro viejo, es una sala de estar callejera a mitad de calle. Justo a la misma distancia donde las reglas de tránsito marcan un tope, una disminución de velocidad para que los complejos machistas de un conductor de carro tuneado no aceleren y puedan atropellar a algún niño que, en otro tiempo fui yo y también Radian o "El Chino" Vilchis o Miguel "El Bonito", juega con un balón sabiendo que sólo Messi o Ronaldo salvan por un rato del aborto que uno representa para Ciudad Limbo. 

El perro viejo que antes me correteaba por las noches ahora ya no tiene una pata. Igual que "El Tarolas", a quien recuerdo con un paliacate y un pantalón abombado tipo cholo, quien ya no tiene un ojo. O bueno, sí lo tiene pero ya no le sirve. 

Alguien hace yoga en algún huequito de la avenida Vicente Villada en Ciudad Limbo. Alguien hace una obra de arte en una calle clandestina de la colonia El Sol. Un repartidor de Didi se enamora de una cajera del Aurrera ubicada en la avenida Chilmahuacan. Sociedad Café escribe un himno sobre el tiempo de las pandillas en Ciudad Limbo. Un bebé nace en la Clínica 25, que ya es jurisdicción de Ciudad Monstruo. Alguien lee a Alan Moore en la calle Los Laureles, casi una imagen de la pitonisa de Delfos. 

A veces siento que Ciudad Limbo es un río que lleva infinitas tragedias y algunos guiños de paz.

viernes, 3 de marzo de 2023

Mentira verdadera

¿Qué es para usted la literatura?

Una mentira. La literatura es una mentira que dice la verdad. Hay que ser mentiroso para hacer literatura, esa ha sido siempre mi teoría. Ahora que hay una diferencia importante entre mentira y falsedad. Cuando se falsean los hechos se nota inmediatamente lo artificioso de la situación. Pero cuando se está recreando una realidad en base a mentiras, cuando se reinventa un pueblo es muy distinto. Aquellos que no saben de literatura creen que un libro refleja una historia real, que tiene que narrar hechos que ocurrieron con personajes que existieron. Y se equivocan: un libro es una realidad en sí aunque mienta respecto a la otra realidad.

 

Juan Rulfo, Una mentira que dice la verdad, página 7, 2022.



lunes, 17 de enero de 2022

El año más lluvioso de nuestras vidas II

 "No hay nada, en el terreno de los mitos, tan universal como el diluvio. Es por eso que se avienen tan bien las versiones bíblicas importadas por los primeros evangelistas con los relatos que se contaban en todas las lenguas de nuestro continente sobre una gran inundación.

El diluvio marca el quiebre definitivo entre los seres divinos y las criaturas mundanas; también es el momento en que la manera de ser de cada cual se fija; los hombres dejan de entender el lenguaje de los animales y éstos pierden la potestad del habla humana. De aquí arrancan las diferencias e inequidades, los privilegios y las injusticias entre los seres humanos. El entorno queda también fijo."

Ramírez Castañeda, Elisa. "Mitos y cuentos indígenas de México. I. Mitos, reyes y dueños", pág. 149. 


martes, 19 de octubre de 2021

El año más lluvioso de nuestras vidas

Por Diego Bang Bang 

Lo único cierto es que ese año llovió como nunca en nuestras vidas. Todo lo demás pudo haber sido un espejismo o un autoengaño provocado por la ansiedad laboral o por la ausencia de vida espiritual de los dos. 

Pasó que para llegar al año más lluvioso de nuestras vidas, pasamos por una niebla en Tijuana, pasamos por una maldita pandemia, pasamos por un reacomodo en el régimen de las vidas colectivas y eso, por supuesto, significó un reacomodo en el régimen de nuestras vidas personales e íntimas. 

Antes del año con más lluvia de nuestras vidas, vimos el bloque hegemónico colapsar y moverse dos centímetros. Los dos centímetros necesarios para sabernos cerca: nunca te vayas más de dos centímetros, Clara, en la escala internacional de la medida convencional llamada Amor. 

Ha llovido tanto, Clara, que no sabes cuántas veces se me ha escurrido el alma. Se me va en las láminas que tamborilean, se me va en las coladeras imperfectas. El alma, esa puta palabra que no me deja dormir cuando hay tanta agua: como si tocara a mi ventana y pronunciara tu nombre náhuatl.

Este año que ha llovido tanto, voy a las librerías y todos los libros tratan de agua o de agua derramada o de agua en caída o de tu baba en forma de agua en mi alma. Los libros se derriten porque son agua, porque tú eres agua. 

Ha llovido tanto, como nunca, este año. Y no podía ser para menos. Ya no habito el agua que cae, ya no estoy en ese... tu ciclo.

jueves, 14 de noviembre de 2019

Ellos y nosotros


Por Diego Bang Bang 

Ellos, los de los telescopios, dicen, cuentan y aseguran que algún día podremos tener una teoría explicativa total del universo.

Nosotros, los de los libros pequeños, tratamos de vernos y entendernos en las peleas diarias del transporte público y en las charlas intrascendentes de los que nos rodean.

Ellos, los de la Energía, dicen, cuentan y aseguran que el sol se convertirá en una estrella enana concentrada.

Nosotros, los de los fugas de agua y gas, tratamos de vernos y explicarnos en el desabasto de comida, en las pocas oportunidades de la vida.

Ellos, los de las matemáticas, dicen, cuentan y aseguran que una luna de Saturno es parecida a la tierra.

Nosotros, los de las telenovelas, sabemos que un barrio pobre de la India es igual de feroz que un barrio pobre de Honduras.

Ellos, los de la imaginación exacta, dicen, cuentan y aseguran que nada en el universo puede viajar más rápido que la luz.

Nosotros, los de la imaginación perversa, sabemos que nada puede viajar más rápido que las noticias trágicas y la marea violenta.

Ellos, los de derecho propio para censurar la palabra Dios, dicen, cuentan y aseguran que los hoyos negros cargados de gravedad devoran todo lo que les rodea.

Nosotros, los del silencio del Dios, sabemos que la ambición lo devora todo. El dinero lo devora todo.

Ellos, los de los secretos guardados en bóvedas, dicen, cuentan y aseguran que la Tierra se defiende del Sol.

Nosotros, los de las penurias familiares, sabemos que hay que defenderse del otro, del prójimo, del vecino y, a veces, hasta del hermano.

Ellos, los reivindicadores del positivismo, cuentan la vida de los grandes, de los suyos, de quienes pudieron cambiar el decurso de la historia con la razón.

Nosotros, los sin ciencia, sabemos de la imposibilidad para cambiar un ápice de la historia.  De nuestra historia. El día de nuestra suerte no ha llegado y no llegará…

Tú y yo, los de la laguna matutina, imaginamos a los que dicen, cuentan y aseguran. Palpamos a los que tratan, saben y no pueden. Tú y yo, perdidos y encontrados en esta laguna.  

martes, 10 de septiembre de 2019

No talles más, Sonny

Texto basado en el cuento “Llama el teléfono, Delia”

Por Fernando León Baltazar

“Pero vuelven, lloran, se revuelven, 
se acomodan y se quedan.”

Juan Carlos Onnetti

Me duelen las manos tanto como a Delia, o inclusive más. La espuma del jabón también se ha enconado en las grietas de mi piel de tanto tallar la loza, los nervios de mis articulaciones mantienen un dolor áspero y necesario, trizado de pronto por lancinantes aguijonazos.

Al igual que Delia habría llorado, pero me contuvo la sensación de estar expuesto ante tantas miradas desconocidas aun cuando nadie me veía y sabiendo que no estaba Babe. Además, el apaciguamiento del recuerdo de Thelma sucedió en múltiples noches pasadas, cuando juré que no volvería a llorar por ella, por su ausencia. Sería degradarme por una pérdida más, como si no hubiera entendido que la vida antes que todo está compuesta de pérdidas, separaciones y muertes que ocurren a cada instante. Aunque debo reconocer que su ausencia tenía un peso distinto, el  peso de lo infinito. Nunca olvidarla en los días de insomnio y siempre recordarla en las noches de lucidez: su ausencia se encontraba en todas partes. El recuerdo de Thelma se había convertido en el fantasma que se empeñaba en aparecer siempre en la morada de mi ser. 

Es preciso que me apresure a tallar los platos engrasados de comida y desperdicio que ningún mendigo como yo desea tirar a la basura, porque se apilan cada vez más, al igual que las ollas y sartenes que parecen bañados de salitre. Aunque es la mirada de los meseros lo más me apura, siento su odio irreflexivo porque ellos no están para entender mi temor al agua.

Sé que al abrir nuevamente la llave de agua su fragancia se traducirá en ese cuerpo que pensé sería mío eternamente, pero después de que terminábamos de coger y la abrazaba se me escurría porque su consistencia no estaba destinada para ser poseída (pero sí poesía) por siempre para alguien como yo, ni como nadie. Tengo miedo de que en el momento que abra esa llave mi cabeza se anegue de recuerdos y deseos que es la distancia más grande que ahora hay entre nosotros. Y es que aún con esa cantidad mínima de agua cuando tallo los platos siento como la espuma del jabón exfolia mis manos sintiendo las caricias y saciedades que me brindó Thelma.

Cierto, al principio tallaste con pericia y frenéticamente los trastes porque sentiste que a la par que lo hacías removías y limpias la sustancia de ella. Querías que tus manos reblandecidas por el agua sacudieran tu cabeza mientras veías la sangre correr sobre tus dedos, porque no te habías dado cuenta de que era tu sangre, pensaste que era agua sucia. En ese momento deseabas que la ausencia de Thelma se convirtiera en una medusa que serpenteara su historia y petrificara todos los instantes eternos que habían vivido para después hacerlos añicos.

Pero no pudiste ser el lavaloza alquimista que te trajo aquí; además fue la pobreza la que te puso en ese lugar. La verdad no sé porqué te empeñas en convertir todo en literatura cuando sólo te ha depositado en esos derroches de inmundicia, hostilidad y dolor. Todo se vino al traste cuando recordaste que las palabras eran la única distancia de su realidad, porque ahí empezaba la otra, la que ronda por el otro lado y la que muy pocos saben vivir, o más bien, soportar.

“Cada molécula de mi ser llevará guardada
una partícula de la vez en que nos besamos primero.
Y ni el mar de Veracruz era tan azul como mi alma
ni la noche tropical brillaba igual que tus ojos.

Cuantos kilómetros viajé para recorrer despacio
cada milímetro de su piel en la madrugada.
Y ni el mar de Veracruz era tan azul como mi alma
ni la noche tropical brillaba igual que tus ojos.

Déjame oír el rumor del mar que llevas dentro,
el caracol donde se enredó mi vida…”

Esa canción de fondo te transportó a ella como un golpe energético, a los paseos que la intemperie les tenía destinados mientras caminaban no sé si al principio o fin de la playa, pero siempre llegaban a ese cúmulo de caracoles. Ella tomaba alguno de ellos y le susurraba lo que después te diría es el secreto de la vida. Y siempre que le pedías que te dejará oírlo lo aventaba al mar porque te decía que prefería que lo oyeran los peces u otros hombres. Eso en verdad a ti te ponía fúrico pero después con una sonrisa y su voz acuosa te explicaba que si alguien oía la voz de una sirena podía morir. Tú sabías que sólo trazaba la antesala a tu agonía. Aunque eso no te importó y seguiste buscando cuál era el secreto de la vida…

Recuerdas cómo disfrutabas verla en bikini, porque la mujer en el agua es espléndida. Una vez que dejaba el temor al frío y la veías sumergirse asistías a un acontecimiento inusitado de la naturaleza. Te acordabas irremediablemente de lo que decía Eusebio Ruvalcaba, porque comprobabas que era verdad: “parecía que había caído una estrella fugaz, o una nube con forma de mujer”.

El arte es pasión. Fue justo lo que te dijo cuando terminaron de ver La forma del agua. Nunca supiste que esa película se convertiría en el nacimiento de su historia. Sí, un monstruo enamorado de una muda que sin resultar ser una sirena te enseñó que el silencio es la mejor forma de seducción y tortura para los hombres. Ya sin nadie en la sala, chupó sus dedos y los metió en su sexo. Después te dio a probar su humedad y con una seña te dijo que guardarás silencio…

Serías un mentiroso si dijeras que te acuerdas de todas las veces que hicieron el amor (tal vez eso debas agradecérselo), pero puedo creerte cuando piensas en lo que más disfrutabas. Siembre disfrutabas lamerle la axila porque de ahí emanaba un sudor diferente al del resto del cuerpo y eso los excitaba demasiado a los dos. De hecho, te gustaba hacer una mixtura de todas sus segregaciones. Si había llorado por alguna pendejada tuya o un malestar emocional también te gustaba chupar sus lágrimas porque te recordaban a la inmensidad del mar, después dirigirte a su axila para continuar jugando con tu lengua sobre su cuerpo. En sus senos no sólo te gustaba concentrar tus manos y lengua, inhalabas ese candor tan particular que hay debajo de ellos… Ciertamente después nacía una bestia agonizante.

Sé que has aprendido de muchas mujeres, pero Thelma es una quimera de la existencia en la vida de los hombres. Con un beso podía dejarte mudo, con una palabra te hacía enloquecer. Una mujer en la que gravitaba el talento y la seducción. De su cuerpo emanaban ideas existenciales y de su boca verdades desconocidas. Thelma es una mujer de edad indefinida y sensualidad dominadora, capaz de cavar hasta dejarte vacío o de llevarte allí donde todo es un acogedor y dilatado silencio...

Me gustaría decirles que nos amamos para siempre, probablemente para mí sí, seguramente para ella no. Pero lo único que puedo pensar cuando pienso en Thelma, es en las palabras de un hombre que podría gritar Eureka... Eureka... la encontré, porque todo recuerdo sumergido en la memoria, de mujeres como ella, experimenta un empuje vertical y hacia arriba al peso de las sensaciones desalojadas. En la serendipia de mi hallazgo sólo encontré que mi ser descansa en su espíritu, vive en su razón, goza en su amor y adquiere conciencia sólo en mi dolor. 

lunes, 1 de julio de 2019

Ciudad Limbo: Nostalgia de sonidero

Por Diego Bang Bang

Fumabas, acodada, en una de las ventanas del hotel. Desde la cama veía cómo las luces de neón iluminaban tus pecas. Vestías la misma blusa de la primera vez que hicimos el amor. Una blusa adornada con gatitos. No sé si vestías un pantalón corto de mezclilla, pero así prefiero recordarte. Tus medias reticuladas y tus botas grises altas. Soltaste una bocanada más hacia la calle. El humo se dispersó antes de poder tocar el letrero: Hotel Parroquia.

― ¿No te entra una nostalgia rara al escuchar a lo lejos un sonidero?

― ¿A ti también te pasa?

― Sí. No sé si sea algo de mi infancia.

― O algo de la infancia. En general.

― Me imagino cosas. Y también recuerdo cosas.

― ¡Los sonideros para nosotros son los olores cortesanos para Proust?, dije en tono de pregunta burlona.

― Aunque lo digas de broma. Algo de ello hay.

En ningún momento volteaste durante nuestra conversación. Concentrabas tu mirada en un horizonte lejos. A lo mejor en alguna de las nubes que comenzaban a formarse como punto de fuga de aquella noche. 

― América Latina es una tierra melancólica.

― Ya me lo habías dicho. Siempre dices lo mismo.

― En verdad lo creo. México es una de sus capitales.

― Ciudad Limbo es uno de los focos rojos, ¿no?

― Absolutamente.

Unas pequeñas gotas comenzaron a descender. Comenzaron a mojar las letras del neón. Apagaste el cigarrillo con la suela de tu bota. Cerramos la ventana y el sonido de un acordeón se fue extinguiendo. Caminaste hacia la cama mientras desabotonabas tu blusa. Las pecas de tu cara, todavía en neón, es mi último recuerdo de aquella noche. Antes de las luciérnagas en Tlaxcala.

miércoles, 12 de junio de 2019

Llueve

Por Diego Bang Bang

1) La lluvia es una espera obligada. Hay que detenerse para dejarse besar por ella. En cualquier azotea, en cualquier balcón. Abrir la boca y sacar la lengua lentamente. Paladearla. Dejarse inundar vertiginosa y verticalmente por ella. La lluvia es una espera obligada. Se absorbe a la piel. Una vez que pasa la espera, la lluvia se evapora en forma de aliento. Lluvia: mi aliento, tu respiración. 

2) La lluvia disuelve también la ansiedad. Eso se entiende cuando abandonamos la cantina Complot Mongol y nos reciben las húmedas calles de Ciudad Monstruo. Limpiamos las suelas de nuestros zapatos al pisar los pequeños charcos. Mientras avanzamos también limpiamos esa inmensa ansiedad por la existencia. Paramos para mojarnos los labios. Sabemos que sólo la Rueda de los Tiempos detiene el agua. Por eso pedimos otro mezcal y platicamos de la muerte. De la muerte de Benito Juárez, de nuestra próxima cita: a las puertas de un panteón y a la siguiente lluvia.

3) Hace apenas dos horas llovía tu cuerpo, escurría. Una luz furtiva, mortecina de placer, iluminaba elegantemente tu cuerpo. Tus senos dos faros en medio de la oscura noche del placer. Un leve sonido de placer, un grito voluntariamente ahogado. Gotas de lluvia en tu cuerpo, de otra lluvia. No la misma que tocó a mi ventana la primera vez que dormiste en mi cama. Tu lluvia, única e indisoluble en mi boca.

4) Llueve en tus ojos y llueve en los cielos también. Con los ojos henchidos por el dolor. Con la voz cortada por la tristeza. Así naufraga en mi memoria uno de nuestros últimos recuerdos. El más fatal quizá, el más funesto sin duda. Tendida a un lado mío, vestida. Sin el roce característico de nuestros pies. Sin tu nariz/boca en mi cuello. Con una mano haciendo tierra en el suelo de mi cuarto. Vestidos porque la ropa ya no es una forma del erotismo. Luego de aplazar el después y anticipar el antes. Con la maldición del diablito alebrije traída desde Oaxaca. Con los últimos chistes en Playa Cometa B-612, tan agustinillo, y con un par de balsas en sendas caras. Llueve en tus ojos y llueve en los cielos también. In ma on nell nonquiz 

5) Suspiraban lo mismo los dos… y ahora son parte de una lluvia lejos.

martes, 14 de mayo de 2019

Mosquitas panteoneras

Por Diego Bang Bang

Cientos de mosquitas comenzaron a pulular mi casa en los últimos días. Mientras reviso de manera periódica pienso en la razón de su existencia. Todos los días recorro la casa con un matamoscas para tratar de disminuir su número, pero luego de tres semanas no he logrado tener éxito. Un día se concentran en mi cuarto (los días más tristes) y me hacen pensar en nuestras noches llenas de sexo; me hacen pensar en nuestros cuerpos recargados mutuamente para atravesar las noches más difíciles (tu ansiedad, mi ansiedad). Algún otro día se aglutinan en la cocina y me recuerdan que nuestro amor comenzó por el paladar. Cuántas cosas no entendí de la comida a tu lado. Cuántos sabores y nuevas texturas, también comprendí las numerosas enfermedades del estómago. A veces aparecen en el baño, nuestras espaldas mojadas y tu aguante a mi forma pauperizada de existencia. Algunas se estacionan en los laterales de mi sala derruida y vuelan sobre nuestro primer beso al amparo de la impunidad alcohólica. 

Estas mosquitas dibujan formas que he decidido no mirar. La fotografía nunca tomada de nuestras caras juntas o bocetos insólitos de los lugares paradisíacos a los que alguna vez fuimos. 

Una de estas noches, cortado por el insomnio, pensé en la relación de las moscas con los cementerios. Incluso existe una subespecie que llamamos de manera coloquial como panteonera. Estas mosquitas pululantes son esa parte de ti que muere en mí. Y mi casa es su cementerio. Estúpidas mosquitas panteoneras.

lunes, 6 de agosto de 2018

Todo nos trajo hasta hoy

Por Diego Bang Bang

1) Trasnochado, envenenado por el rojo de tu voz: sólo se escucha la suave lengua del mar, marea arriba y marea abajo, a veces toca nuestros pies y revuelve los pequeños e infinitos granos de arena. Hay luces festivas a lo lejos, de fin de año, por suerte ninguna interrumpe nuestra íntima oscuridad. Tus ojos son canicas aperladas, apenas si percibo sus movimientos. Tus dientes asoman de vez en cuando, algunas veces por la incomodidad ante la presencia de algún mosquito. Es raro mirarte en esa oscuridad a tres cuartos, pero nunca poco placentero. Comienzan tus bellos cantos de sirena. Me cuentas de la existencia de animales fantásticos en lo más profundo de la tierra. Animales de colores inefables, algunos otros depredadores improbables. Me cuentas también de la utilidad de los faros en las noches más oscuras de la tierra. También de aquellos pescadores considerados parte del oficio más peligroso del mundo laboral. ¿Trabajan 6 meses para sobrevivir un año? Y, por supuesto, las injusticias ecológicas contadas en algún documental sobre la matanza de ballenas en oriente. Me quedo pensando en todo ello, fascinado por el rojo de tu voz. Cuando acabas y la marea de mis pensamientos se mece lentamente, recuerdo la obsesión de José Manuel Aguilera por el mar y también el gusto superlativo de David Olguín por el ídem. Recuerdo también que Bolaño se consideraba una piedra solitaria, bañada por un oleaje intempestivo. Así me siento en este momento, aunque no del todo; porque puedo escuchar el bello canto de una sirena. De mi sirena. 

2) Hilando pedazos de cielo parece que vamos tirando paredes: la primera tarde de nuestro viaje se detuvo en una bella fotografía. Un cielo incendiado acompaña al sol en su descenso al inframundo. El agua parece pintada a pincelazos finos. La silueta de una persona es movida por una ola vespertina. La vimos y a ambos nos gustó. No dijimos nada al respecto. Luego de un tiempo, la publicaste con el título Aquí me quedo, gracias. Ahora te lo puedo decir: no estuve de acuerdo con ese título. De inmediato, al siguiente día de nuestra estancia en la playa, supe el título: Todo nos trajo hasta hoy. Un bello título tomado de un disco de 2017. Un bello título que significa todas esas cosas voluntarias e involuntarias necesarias para poder estar juntos. ¿Cuántos errores? ¿Cuántas estrías en el alma? ¿Cuántas incertidumbres? ¿Cuántos dolores? ¿Cuántas alegrías? Si me lo permites, opino de eso se trata aquella bella fotografía. Una última cosa: tú no estás detrás de la lente ni a mí me mueve una ola vespertina. En contrapartida, somos nubes que descienden con el sol al inframundo. 

3) Descuidado, tarareo un nuevo son: caminamos a lo largo de la playa sin decir nada. Puedo ver cómo tus huellas desaparecen bajo la espuma del mar. Este silencio me tortura con historias funestas. Historias imprecisas sobre ese pasado no compartido. Percibo dolor en ambos, puedo ver cómo el mar arrastra nuestros recuerdos, los escupe. Tu sombra es lo único que se forma en la arena húmeda. 

Esta tarde es bencedrina. Una droga perversa y necesaria para estar juntos. Una droga que nos hace ver las sombras y los miedos, los defectos y las dolencias. Mi sombra es lo único que se forma en la arena húmeda. 

De golpe, en mi cabeza se inyecta la letra de una canción: “la muerte no quita/sólo te da/ una razón para soñar/ abre tus brazos/ respira el mar/ cuando estés lista podemos zarpar”.

Y no hablamos y tus huellas desaparecen a cada paso. Una tonta ansiedad me hace correr a tu lado y preguntarte: 

—¿Qué tienes...?

—Nada

El silencio nos ahoga nuevamente. De mis audífonos emerge la letra de otra canción: “ves el tiempo correr pa´tras/ ves tus recuerdos caminar/ uno a uno hacia el mar/ quieren olvidar/ la fragilidad que hay en el andar”. 

Abro los ojos y ya no estás. No hay huellas, no hay sombras en la arena húmeda. Sólo el alba y, al final de la playa, un caracol en el que se escucha: “nos queda sólo estar aquí / y esperar a que nos volvamos a encontrar / partiendo olas”.

domingo, 8 de abril de 2018

Las brujas son el poema de la noche


Por SonnyDe_Lorean

“Las brujas tienen que ser malas.
Yo quiero ser la más mala de todas.”

Veneno para las hadas

“Cuando la noche y las brujas se juntan nada bueno puede suceder”. No recuerdo si fue algo que aprendí de un cuento que mi madre me leía para dormir con la inclemencia del miedo o la compasión, de un consejo apremiante dicho por un vagabundo para darle unas monedas o un beso, o de la introspección vivencial de un futuro para el olvido, pero fue una frase que me sedujo y aprendí a perseguir contra toda voluntad.

Escribir, hablar, recordar, pensar, idealizar, imaginar de ella la primera vez que la vi, es hacer del infinitivo la sustracción de un tiempo inacabado y etéreo, es convencerte de que nunca más volverás a ver el mundo de la misma manera y creer que el principio y fin nunca existieron.

Lejos de la confabulación que se ha encerrado en el imaginario popular de que las brujas son seres que despiertan el arte de la seducción por su cuerpo de fábula y su cara de ensoñación, nada está más lejos de ser cierto cuando dirigió su presencia con un “Buenas noches”. Formalidad o conjuro diabólico para que la noche se estremeciera con la profecía de pertenecernos y con la videncia de saber que albergaríamos nuestras diferencias naturales, yo como simple humano, ella como médium de la inmortalidad.

Su conjuro fue un llamado entrañable al instinto de la bestia agonizante. Desde el momento que la miré supe que en las brujas lo inusual es hacer renacer el instinto de nuestra existencia porque despiertan un sentimiento moribundo: la lucha de la pasión contra la conciencia para perderse en el camino del encuentro. Ambos -pasión y conciencia- enseñan los dientes, destellan bravura, muestran sus armas para aniquilase, pero ante la presencia de la adivinadora de suertes no queda más que conciliar texturas y limar perezas, ser un tapete de su designio.

Pudiera describirla como un sincretismo de la diversidad existencial: ascendencia judía, descendencia eterna, piel fantasmagórica, complexión sustancial y hermeneuta de nuestras necesidades. Su soltura y estilo sólo eran reflejo de su carácter felino, la recuerdo siempre elegante y cautivadora. Pero lo que más me perturbó y fascinó aquella noche, fue la conjugación de su mirada y su nariz, tenían la perplejidad siniestra y amenazante de los cuervos. 

Una charla casual, sin muchas banalidades, pero su cercanía y presencia me revelaron misterios que no conocería ni viviendo mil vidas. Todos sus movimientos fueron de una sutileza digna del erotismo. Incluso la manera como tomaba su vaso, lo meneaba imperceptiblemente hasta llevarlo a sus labios, sin dejar de mirarme. Una gota escurrió de su boca y me invitó a que la limpiará con mi lengua. Lo hice. Con ese beso aprendí que desear y recordar a una bruja es lo mismo, porque se bebe del mismo río ya que la cura está en el veneno: me convirtió en un ser maldecido que buscaría una pócima de amor para el olvido.

Me tomó de la mano y salimos de aquel lugar. Mentiría si dijera que volamos mientras caminaba a su lado, pero con la soltura de su andar sentí mis pies ligeros y mi existencia liviana. Cuando llegamos a su casa la oscuridad era un aliado de ella, por algún momento sentí miedo aunque yo me alié de la excitación quien nunca me abandonó.

Situados en medio de su cama, el atisbo de luz que entraba por la ventana era perfecto, irradiaba todo por lo que pasaba a su encuentro, fue en el momento de postrarse en ella cuando declinó a la gracia de la imperfección de un cuerpo envuelto en el deseo más incontrolable. Sólo con ver su piel irresistible e irreprochable supe que una bruja nunca fue una hereje de Dios, sino de los humanos. Las brujas sólo decidieron ser apostatas de la sociedad, no de su fe.

Esa noche fui un aquelarre de la libertad humana. Cuando la desnudé e hicimos el amor, me convertí en un vagabundo cenando en el Banquete de Platón, un animal milenario metiéndose en la Cueva de las Maravillas, un nigromante desencriptando la luz mortecina de las estrellas y un astrologo buscando nuevas constelaciones en el espacio corporal.

Ser una bruja es un don y un castigo, todo se debe a la lucidez de la que son cautivas. Y es que qué bruja no es Lucifer, ese al que Alejandra Pizarnik dijo que… “está todo en la palabra, lúcido viene de Lucifer, el arcángel rebelde, el demonio. Pero también se llama Lucifer, el lucero del alba, la primera estrella, la más brillante, la última en apagarse. Lúcido viene de Lucifer, y Lucifer viene de Lux y de Fergus que quiere decir, el que tiene luz, el que genera luz, el que trae la luz que permite la visión interior, el bien y el mal, todo junto; el placer y el dolor. La lucidez es dolor y el único placer que uno puede conocer, lo único que se parecerá remotamente a la alegría, será el placer de ser consciente de la propia lucidez, el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal."

Antes de que despuntará la mañana ella quiso adivinar mi futuro en su bola de cristal. No fue necesario, porque sus caricias trazaron mi suerte y sus ojos vislumbraron mi muerte, pero qué acaso ese no es el destino de los hombres que siguen apostando a perder(se) en la noche.

Escribo esto pensando que no fui presa de una quimera de la ensoñación y que algún día los infinitivos tendrán género, modo, aspecto y un tiempo para ser reales. Se rebelarán como el sueño de mi augurio.

martes, 26 de diciembre de 2017

Barrio chino

Por Diego Bang Bang

Barrio chico, infierno grande. En otro tiempo lo hubiera podido soportar. Caminar de nuevo por la calle angosta, incluso pararme en los aparadores para mirar las figuras y los objetos multicolores. Hubiera podido entrar en alguno de los restaurantes y hubiera podido tomarme un café, con la seguridad de que mi pulso seguiría estable.

Mientras prendo un cigarrillo pienso en esa gran mentira contada a mí mismo: aquella fábula en la que salgo indemne del amor. Casi como Filiberto García al inicio de su complot amoroso. Siempre me pensé de esa manera: un león enjaulado y por fin puesto en libertad para cuando ellas se marchaban. Así pase la mayoría de mis años veinte. Con bastantes expectativas de que la mujer indicada me encontraría.

En el transcurso de mis años treinta, esa utopía desapareció por completo. Comencé a tener menos tiempo para leer, sobre todo mis amadas novelas policíacas. Mi viejo apodo de antaño, compuesto de una onomatopeya en repetición, perdió también mucho de su sentido. Un día funesto, como cualquier otro, caí en la cuenta del número mayor de likes que leía en comparación del número de bangs. Fue terrible... aunque no lo notara del todo en aquel momento.

Y no lo notaba por el simple hecho de estarme contando la gran mentira de los treinta. ¿Cuántas mentiras debemos contarnos a lo largo de la vida para poder sobrellevarla? Me contaba la mentira de la madurez, del trabajo, de la estabilidad económica y de la productividad como preámbulo de la deseada inserción social. Así viví más de la mitad de mis treinta. Con una sonrisa inamovible como fachada. Huyendo de mis amistades de juerga, de los efímeros coqueteos, de la literatura y sus vicios adyacentes.  

Días previos a la celebración del año chino, un sobre amarillo llegó a la oficina donde laboro. En aquellos días había padecido varias pesadillas. La muerte prematura de mi padre. El asesinato del candidato de izquierda durante las elecciones del próximo año. Una matanza en la que soy, en última instancia, el culpable de manera directa. El sobre contenía el booklet de uno de mis álbumes favoritos. Varias palabras venían remarcadas a propósito. Una especie de criptograma. Y además una nota que decía: Encuéntrame en la celebración del dragón. Atte. La Mujer Intergaláctica.

Ya instalado en mi bar favorito, volví a poner frente a mis ojos las hojas. Varias frases se alcanzaban a leer: “Hombre, tienes una fatal percepción sobre las personas”, “Esto es sólo un juego…”, “Emerge de un lugar muy particular, donde los demonios de las personas juegan a correr y a esconderse”, “Soñé anoche que volvía a verte”… Pedí otra cerveza. Salí a fumar otro cigarrillo. Le pregunté a una de las meseras qué pensaba. No obtuve una respuesta muy lúcida. Aunque había podido distraerme con su penetrante olor y la forma de sus tetas. No hay mejor manera de aceitar el intelecto que con la estratégica liberación de la libido.

Como decía, en otro tiempo lo hubiera podido soportar. No obstante, en este momento siento mis manos engarrotarse, mi esófago paladea miedo y mi vista se obnubila de manera extraña. Treinta minutos llevo sin poder doblar la calle atestada de chinos. Dragones de fuego que parecen burlarse de mí y bolas incandescentes que parecen lanzarse hacia mí. De mi gabardina pude extraer un cigarrillo. No logra calmarme, sino todo lo contrario. Siento mi brazo izquierdo pulsar de manera extraña.

Cuando volteo de nuevo a la bocacalle, ella entra a la celebración oriental. Viste unas botas muy altas que cubren parte de su pantalón de mezclilla. Una chamarra larga cubre más allá de sus nalgas. Alcanzo a descifrar su perfil y una marea de recuerdos me hace caer en una rara ensoñación. Me recuerdo sonriente y también pusilánime, me recuerdo con pocas ganas de vivir y al mismo tiempo con todo por delante, me recuerdo enojado e incomprendido… Me recuerdo tirado en el pequeño callejón dentro del callejón de Dolores. Con una pequeña botella de mezcal y una vieja chamarra de cuero, luego de un concierto de jazz. Con una ansiedad desbordada y en busca de uno de los famosos fumaderos de opio. Con aquella maldita necesidad para poder calmar el dolor de aquel complot amoroso.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Ciudad Limbo

Por Diego Bang Bang

1) Regresé a Ciudad Limbo muy pronto. Porque me avisaron que mi padre había sufrido un ataque al corazón. No tenía mucho de mi partida hacia Ciudad Monstruo. Apenas comenzaba a perderme entre sus alcantarillas. En aquel tiempo llevaba la idea de perderme y olvidarme de mi pasado por completo. Negar mi genealogía. Negar todo ese mosaico triste y sórdido en donde me veía reflejado. Pero el pasado es futuro. Y es una fuerza innegable e inconmensurable.

Y heme ahí de nuevo. En sus calles rectas y bajas. Con los rostros tristes e incomprendidos. Donde el viento sopla una melodía vulgar y donde todos nos hacemos tontos para no escucharla.

2) Valeria era su nombre. Una niña pequeña de tamaño que ya rozaba la adolescencia. Esa adolescencia precoz, vulgar y violenta propia de Ciudad Limbo. Porque acá las mujeres se embarazan luego de la fiesta de XV años. Porque acá las mujeres son mancilladas con palabras vulgares con regularidad.

Valeria no decidió subir a ese automóvil. Lo decidió su padre. Lo decidió el destino. Lo decidió el Diablo. ¿Qué miraban sus ojos al subir a esa combi? ¿Olía a grasa y a gasolina? ¿Qué fue lo último que escuchó Valeria? ¿Cuál fue su último pensamiento antes de ser asesinada?

¿Y el asesino? ¿Qué pasó por su cabeza? ¿Cuánta ansiedad reconcentrada en sus testículos? ¿Cuánto dolor a largo plazo nos cuesta este placer de corto plazo? Placer funesto, maldito y estúpido.

Mi sobrina también se llama Valeria. También vive en la Colonia Benito Juárez. Espero nunca le pase lo que le pasó a Valeria.

3) Me encuentro por encima de la Avenida Siete. Una laguna privilegiada para entender la palabra “conurbada”. Justo en esta franja la provincia choca de manera estruendosa con la capital hasta convertirse en otra cosa. Una cosa feroz e indetenible que avienta sus rastros y vestigios hasta las costas del metro Pantitlán o los muelles del aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México.

En el reflejo de la ventana se repiten patrones de luces y construcciones cuadradas de concreto gris. Con esa imagen baldía por delante, una serie de recuerdos se asoman en mi cabeza. Por ejemplo, mi primera visita a Radián en la cárcel. Porque ahí comenzaba la cárcel, ese era el comienzo de un camino sin retorno. Continuado en dos nichos espejo: uno a la virgen de Guadalupe y el otro dedicado a las potestades de la santa muerte. En ese preciso lugar, las puertas aperladas del infierno, recuerdo haber visto la mirada gris de Radián. Iluminada repentinamente por nuestro ansiado encuentro. Mi mano temblorosa, guardada en mi bolsillo derecho, jugueteaba nerviosamente con un puñado de monedas. Monedas catalizadoras de la violencia inmediatista y microfísica del lugar.

Esa misma tarde, Radián me entregó Rayuela a la orilla de una escalera en la cárcel, a la orilla de cualquier convención, a la orilla de la tranquilidad, a la orilla del mundo. En el inframundo que se expresa en el número cero si se le mira dentro de una escala de diez.

4) Ciudad Limbo es un lugar triste, melancólico, desgarrador. Un lugar de paso, ente mestizo constituido de concreto y hierbas malas rastreras. Un lugar donde los maridos matan a sus esposas con un cuchillo. Crisol armado de doble moral y centro comercial. Donde la música de banda se refracta en un cielo sin estrellas. Y donde el olor a basura se filtra por las ventanas acompañando muchas veces a los rayos del sol. Una luz fétida asoma en sus amaneceres y marca el designio de los días. Las calles inundadas por peces gigantes llamados “Chimecos”, los cuales desembocan en los arenales del Bordo de Xochiaca y se quedan varados para presenciar la ilusión ignota de un juego de fútbol. Ciudad Limbo es un lugar cantado por El Haragán y nosotros somos su compañía. 

5) Un nueve, a veces un ocho infinito, dentro de una escala de diez. Así defino algunos lugares de Ciudad Limbo. Como por ejemplo, la tierna sonrisa de mi hermana. O las palabras de mi madre durante la comida. El pan de muerto de mi abuelo. O la juventud de mi padre, cuando cortejaba a mi madre montado en una pequeña bicicleta. Un gol por entre las piernas en un sábado de gloria. Los rizos de Cynthia en la primaria “Emiliano Zapata”. La tienda del Bona, donde se descubría el ocho infinito en las letras de una pila de cartones de cerveza. El cuarto de Carlos con un póster de Nirvana en el techo y una muñeca inflable que pasa de mano en mano mientras Los Colvins cantan: “Eres una puta, pero no lo bastante…”. Un nueve, a veces un ocho infinito.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Las señales de humo de Los Coronas

Por Diego Bang Bang

Una de las cosas fundamentales al contar la historia del rock & roll es la selección de los hechos históricos. A partir de esa selección se pueden obtener formas del razonamiento capaces de explicarnos algún pasaje temporal de esta forma de arte. En el caso de “Señales de humo”, dos hechos históricos pueden brindar cierta explicación de su urdimbre y ambición musical. Por un lado, el lanzamiento de “Blonde on blonde” de Bob Dylan y de “Joe´s Garage” de Frank Zappa. Por otro lado, la publicación de “London Calling” de The Clash.

Los dos primeros LPs se recuperan para evidenciar lo inusitado de obras magnas que están integradas por más de 10 canciones o más de 30 minutos de grabación musical. En una reseña a propósito del disco de Bob Dylan se proponía que la foto borrosa de la portada tiene esa cualidad debido a lo frenético y fértil del núcleo creativo del cantautor en aquella época. En cierto modo, esa aseveración concretiza uno de los rasgos a tomar en cuenta cuando se trata de explicar el fenómeno de los álbumes dobles: la explosión creativa.

El larga duración de The Clash es pertinente para pensar otro de los rasgos esenciales de los discos dobles: la hibridación. Perogrullo es mencionar el mosaico de sonidos contenidos en aquella obra de 1977. El repaso de sonidos contenido funcionó como un manifiesto acerca de las posibilidades del rock. No sólo en cuanto a su multiplicidad, sino en la recuperación de algunas de las fuentes más ignotas. De ahí que los Clash hayan incluido una composición ska del relato oral de Stagger Lee así como una revisitación al reggae con su canción “Guns of Brixton”.

Los dos hechos anteriores funcionan como marcos de referencia para comprender lo logrado por Los Coronas en “Señales de humo”. Una obra que repasa distintas musicalidades y rescata la capacidad gatoparduna del rock a través de géneros como la rumba africana (“La Fiebre”), los sonidos árabes (“Essaouira”), el surf clásico a la The Ventures (“Correvuela”), el western a la Morricone (“Drama west”), la música balcánica (“7 + 6”) así como la épica del surf (“Epic wave”). Así mismo, una obra explosiva en términos creativos que raya en el desbordamiento estético. Lo integran 17 canciones, casi las mismas que su primer álbum doble “Surfin´ Tenochtitlan”, y cierra un ciclo compositivo de estos padrinos del surf ibérico. Un salto cualitativo y momento de inflexión en la carrera de la banda que pone sobre la mesa un cuestionamiento acerca de nuestro consumo cultural: ¿Se necesita vender humo entre los escuchas para que puedan adentrarse en un álbum doble? Estas señales de humo, metáfora inmejorable de la percepción corriente que se tiene de la música instrumental, se adentran en la brecha de consumo abierta estrepitosamente por el formato vinil y procuran reivindicarse como un producto cultural genuino, digno de atención. Máxime en un contexto donde reina la mercantilización fetichizada de la música —potenciada por la ubicuidad del formato digital— y donde los escuchas ya no logran la atención ni siquiera de 2 minutos y medio, tiempo de duración de un sencillo convencional.

El séptimo álbum de Los Coronas es la vigorización y reivindicación de la palabra “surf” y contraviene lo declarado y entendido por Jorge Drexler de esta palabra. Con Los Coronas, “surf” significa vértigo, ingravidez, ignota profundidad musical, actualización de la identidad. Lo mejor del horizonte rockero en 2017.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Alcantarillas literarias

Por Diego Bang Bang 

Escritores encerrados en cubículos, sin contacto con el mundo material. Sin la posibilidad de experimentar cosas genuinas en eso llamado realidad. ¿Acaso no se escribe sobre la adrenalina de esperar en un punto de venta de droga? ¿Acaso no se escribe de la culpa infinita que se siente después de ser infiel? ¿Acaso no se escribe acerca de la manera como el capitalismo nos chupa la vida a cuentagotas? ¿Acaso no se escribe sobre las injusticias cometidas en la recta final de las vidas de nuestros padres? ¿Acaso no se escribe sobre la asfixia causada por un consumo excesivo de crack o cocaína? ¿Para qué una formación escritural de claustro con base en el mecenazgo de la clase empresarial de México? Una formación a raya de las injusticias de la existencia, a raya del dolor por hambruna e ignorancia. ¿Quienes deseamos ser escritores deberíamos abandonar los perros románticos y acercarnos con mesura de vida al mecenazgo acomodaticio? ¿A las fanfarrias y vítores de la solemnidad enclaustrada?

—¿Por qué tantos jóvenes de tu edad leen a Roberto Bolaño? Seguramente has leído Los Detectives Salvajes.

—Porque, como propone Villoro en uno de sus textos, Los Detectives Salvajes es una educación sentimental en la que todos nos podemos ver identificados… Pero la obra principal de Bolaño no es Los Detectives Salvajes, sino los libros que le preceden. Y el concepto principal de su obra es el de la Literatura Nazi. Un concepto que refiere a cómo el campo político atraviesa al campo de la literatura. Un concepto, o quizá una metáfora, que nos invita a desentrañar el poder político enquistado en las obras de arte. Sobre todo, en las literarias.

Ellos me miran atentamente. Parece que he atrapado su atención. Más la del hombre viejo con apellido europeo (Langagne). El otro viejo hombre, de mirada priista, se mantiene callado. Como en otro plano.

Ha pasado poco tiempo de la entrevista. Mi fervor por la obra de Bolaño y mi seguridad de fracaso lo han hecho imperceptible. Por fin el viejo hombre de mirada priista dice “[…] nos ha impresionado bastante tu perfil, pero son pocas las becas y tantos los buenos perfiles. Es difícil decirte si estaremos en condiciones de darte la beca”— retumba en el pequeño cuarto mientras uno de sus ojos toma una tangente de sus movimientos regulares. “Decirte, finalmente, que parece que las letras son un territorio de experimentación para ti. Te vamos a pedir que nunca dejes de seguir tu intuición”.

—A riesgo de sonar rimbombante y pedante, les puedo asegurar que vivo conforme lo aprendido en Los Detectives Salvajes. Trato de vivir mi vida como si fuera una obra de arte. Trato de buscar la dimensión estética de la existencia — balbuceo mientras huelo nuevamente el fracaso e intuyo la marginación. Aprieto un par de veces sus manos, a manera de despedida, para tratar de apelar a la piel de su memoria. Antes de cruzar el umbral de aquel cuarto lo sé: no me otorgarán la beca. No sé si fui demasiado radical como para ser apadrinado por dinero de Televisa y de la clase empresarial. No sé si es mi vejez la que no me permite ser formado como escritor según los cánones de la figura de Octavio Paz. ¿Acaso los dramaturgos amanerados son los dignos depositarios de este mecenazgo literario?

Bajo las escaleras de corte antiguo y le deseo suerte al siguiente entrevistado. Es un joven enjuto con grandes lentes. Lo veo y en él veo un pequeño cordero. La vieja de la recepción sigue con su cara malhumorada. El policía sale del sopor de su caseta y me despide con un “todas las entrevistas duran poco”. Mientras camino la calle de Liverpool, guardo el saco con el cual me disfracé para pasar como un escritor comprometido. Como un escritor normal que entiende el razonamiento intestino de las instituciones, como bien lo aconseja Mario Bellatin. Como ese escritor que aparece en las notas periodísticas a propósito de los diez años de la Fundación y habla sobre lo desafiante de convertirse en escritor en una institución financiada por la clase empresarial.

Días después, a la semana siguiente, recibo un correo electrónico con la negativa del otorgamiento de la beca. Algo sabido y reforzador de mi ánimo perdedor y la sensación continuada de derrota. Me siento mal todo ese día, hago cuentas de cuánto gastarán por cada potencial escritor (144 mil pesos) y cuánto en total por toda la generación (poco más de 4 millones de pesos). Pienso en los 90 millones de pesos reunidos como bolsa inicial cuando Azcárraga Jean decidió cumplir con el capricho cultural de su padre. Pienso en lo anterior y una sensación rara se apodera de mí. Me dan ganas de no volver a escribir. De dejarlo de hacer en definitiva. Y, al mismo tiempo, unas ganas irrefrenables de ponerme escribir se apodera de mí. 

A la semana siguiente, vuelvo a encontrar a un par de jóvenes becarios con los que platiqué antes de la entrevista de selección. Estamos a la espera de entrar a una puesta en escena del geógrafo-dramaturgo. Platicamos con rigidez y un leve dejo de incomodidad a propósito de mi rechazo. Y con discreción acerca de su continuidad con los beneficios del insumo material. A decir verdad, ya había puesto en el costal del olvido ese fracaso. Una tribulación suplanta a otra y me encontraba concentrado en las dificultades de vejez de mis padres. El encuentro con los potenciales escritores sopló sobre la pequeña herida. ¿Debería lanzar diatribas resentidas sin fundamento ante el diseño institucional de la cultura? ¿Cuánto de la marginalidad es propiciada por el marginado? ¿Qué se esconde detrás de aquel encuentro casual? ¿Debería dejarme llevar por la envidia, la tirria y el enojo? Pésima salida. ¿Y si lo tomo como una provocación de la literatura, de la vida? Una afirmación de la identidad. Una postura firme ante la marginación institucional continuada. Una condición necesaria, una adversidad necesaria…

sábado, 23 de septiembre de 2017

Complejo de Luna

Por SonnyDe_Lorean

  
AMOR
(María-Marie)

El amor se muere.
El amor empieza a morirse -igual que nosotros- a partir del momento exacto de su nacimiento.
El amor, nuestro amor, se muere con el renacimiento de su memoria.

Yo no puedo precisar el momento exacto en que comencé a amarte, María-Marie, porque mi amor por ti sólo puede comenzar cuando tú decidiste empezar a amarme.
Bienaventurados aquellos contados elegidos que comienzan amarse simultáneamente y ponen a funcionar el motor del amor juntos, al mismo tiempo.
No fuese ése nuestro caso. En la mayoría de los casos no es así.
En la mayoría de los casos el que empieza amar al otro y ese otro decide entonces si reacciona a ese amor respondiéndole o no.
En el amor, casi siempre, uno pregunta y otra contesta. Por lo general el amor del que responde es el que se mueve primero.
Digo que no puedo precisar el momento exacto en el que comencé amarte, María-Marie, pero sí puedo identificar con exactitud las coordenadas de dónde y cuándo comenzaste a amarme…

Rodrigo Fresán


Muchos dicen que los perros son el mejor amigo del hombre, yo no estoy en contra pero tampoco lo sostengo, porque he hallado en los libros un apoyo más incondicional aun cuando tú los olvides. Por si las dudas yo tengo a los dos, a uno por convicción y al otro por devoción.

En otros momentos hubiera recurrido a Julio Denis para apaciguar la ansiedad y afrontar el dolor, pero cuando estaba en el librero recordé que Rayuela se llamaría Mandala, y las mandalas tienen tanto de Mantra que cualquier sonido o símbolo es capaz de representarlo y aclararlo todo, una conexión sin vuelta de hoja. Además de ser dos novelas heterocigotas al estar escritas por autores argentinos y recobrar y sincretizar lo francés con lo latinoamericano, y es que ella, mi María-Marie, siempre ha sido una mexicana tan afrancesada.

Pienso que lo que dice Rodrigo Fresán acerca de que el amor se muere y es atemporal para el que empieza amar es insuficiente y hasta equívoco, porque el amor es el Bing-Bang de la vida: explosivo y contrayente, y nunca morirá porque la contracción sólo servirá para juntar la Vida Total en el Ombligo del Universo y así se superpondrá la armonía de la existencia. No importa quién ame antes o más, porque si hay amor se convertirá en una fuerza reconciliadora. En definitiva, pienso que se debe ser siempre aferrado e irrenunciable con y al amor, sino de qué otra manera aprenderemos a levantarnos de los campos de batalla con la libertad y la victoria del que imagina ganar la guerra.

Quiero darle continuidad a la lectura de Mantra, pero con mi historia… Recurro a la única máquina del tiempo que verdaderamente existe en los hombres para reconstruir mis memorias… El sonido del teléfono no conoce de tiempos ni lugares y me interrumpe para que dirija mis energías a vislumbrar mi Bing-Bang.

Es un número desconocido. Pienso que puede ser mi María-Marie que habla desde otro número, o desde la calle para decirme que regresará. La ansiedad vuelve a desbordar mis manos y mi voz. ¿Eres tú?, pregunté con voz titilante. Paroxismo y mutismo al otro lado de la bocina, el sonido del viento emite un rasguño a manera de advertencia: “Nos veremos pronto”. Reconocería en diez mil planetas la voz de ella y esa no era su voz.

Vuelvo al escritorio con un miedo sobrado por ese hilito de voz afilada que atisbó mis sentidos. Me gustaría seguir leyendo para apaciguar mi sentir, pero ese mensaje me ha dejado con los nervios crispados. Ya es la hora del diablo y pretextos no faltan para salir a las calles. Escucho que Maya rasca la puerta y no busco más motivos para salir a dar un paseo.

Esta vez no le pondré correa, le daré la libertad para moverse como mejor le complazca y perderse en la noche, sé que es la única parte de mi María-Marie que no me abandonará. Maya se acerca a una pareja, seguramente es un proxeneta con su prostituta saliendo de un hotel, pero Maya no sabe de preocupaciones sociales y juguetea con ellos. Siempre se da a querer. Somos tan disimiles ella y yo, como mi María-Marie lo es conmigo. Ella tan sociable y sonriente hasta las entrañas, yo tan misántropo y huraño hasta las vísceras. Definitivamente soy la única mala relación social que ella pudo haber tenido.

Camino hasta la explana de la delegación, me siento un rato en las escaleras y miro lo excitante que es la ciudad en la noche. Los recuerdos son como un cuarto de municiones a punto de explotar, y al estallar no sabes cuándo dejarán de cimbrar en tu cabeza y cuál será la esquirla que más te volverá a hacer daño. Siempre creí que sería ella la que me diría que borraría cada instante vivido conmigo, como en aquella película de resplandencencias y oscuridades, para dejar de sentir. Pero al final de todo soy yo quien quiere borrar cada instante para olvidarla paulatinamente con la intención de revivir lo sublime de su presencia en mí.   

La luna está particularmente lúcida a unos minutos de que amanezca, excitante como el fuego de la noche. Mi María-Marie también tenía ese poder hipnótico de afectar mi corazón, mi cerebro, mi entelequia con sus mareas. Será que esto de las relaciones tendrá un Complejo de Luna, como dice Rayden Martínez: “salen, se ponen, se vacían y se ocultan pero no por ello dejan de intentarlo”.

Maya lambe mis manos y salgo de mis pensamientos. Es momento de ir a casa y esperar con paciencia su regreso. Al abrir la puerta del edificio Maya ladra y susceptiblemente escucho la melodía de una canción, Abducted. Lo curioso es que no viene del departamento sino de la azotea. Subo con la expectativa de encontrarla. Una figura delgada con ropa hirsuta me ve llegar, con la edad de todos los años de mi infancia me confirma que no es ella. Siento temor de acércame, pero me advierte que ha venido por mí, o en su caso se quedará conmigo. Me ha hablado la Soledad.

Me niego a aceptarla porque sería dejar de aferrarme al amor y a mi María-Marie. Le digo que el amor nunca muere y que sólo tengo que tener paciencia y esperanza. Me da coraje de que esté tan segura de que de alguna u otra forma permaneceremos juntos mucho tiempo. Estoy temblando, mi cuerpo sacude dolor y tristeza. Me toma de la mano y me dice que así como hay libros y noches, hay mujeres que cambian la vida, y otras que ayudan a entenderla, y rara vez se conjugan en un mismo proceso, que mi María-Marie es un fenómeno de este tipo. 

Con soltura me ayuda a sentarme en una silla y me doy cuenta que no es la silla eléctrica, ella continúa cantando Abducted y me asegura que su estupor tampoco es una cámara de gases, al final de cantar me abraza y sus brazos mucho menos son la horca. El sueño me está consumiendo y antes de cerrar los ojos veo el amanecer destellando un bello cielo abierto. Tal vez deba dormir para aceptar ese extraño fenómeno que representa mi María-Marie.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Antihomenaje a Eusebio Ruvalcaba


Por Diego Bang Bang

En la línea y en concordancia con tus antiensayos. En contrapunto y alejado del más solemne de los recintos culturales de México (Palacio de Bellas Artes). 

Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que estuve aquí. Era más joven y, por lo tanto, entusiasta. Tenía muchas ganas de existir. Y uno de los catalizadores de ese impulso existencial eran tus letras. Descubiertas en alguna edición peregrina de La Mosca en la Pared. ¿Por qué te relaciono con esta pulquería? Tú nunca estuviste aquí, en Las Duelistas. Es ahora cuando debo confesar que este antihomenaje sucede por capricho de asociación. 

En alguno de tus textos, leído por mí en aquel tiempo remoto, mencionabas tu predilección por el curado de apio. En esa misma gota de tiempo condensado, me recuerdo probando mi primer pulque de apio en este lugar. Ese sabor fresco, de literatura y de alcohol, impregnó mi memoria. Y yace aquí pulsante. En el menú de hoy. 

El capricho de asociación es consecuente respecto a otro menester. Me recuerdo sufriendo a solas en este lugar por mi primer amor. Como los hombres sórdidos y miserables de tus textos. Hombres regulares con aspiraciones regulares. Que pelean por teléfono con sus ex esposas. Justo como el hombre que yace a mi lado en este momento. Obrero regular, igual que todos, que huye del trabajo para poder tomarse un trago y apaciguar la tortuosa existencia. "El matarratas" en pocas palabras. 

Las puertas de este lugar son un díptico de tipo western y, mientras las miro, recuerdo una de las fotos más difundidas de tu efigie. Miras a la cámara de manera serena y tus manos se posan en ambas alas de la puerta de alguna entrañable cantina. Es raro pensarte en muerte. Como una inexistencia. En la ausencia. Y esta rara sensación se extiende hasta pensar como un sueño aquella vez que platicamos cara a cara. En esa ocasión, me contaste la siguiente anécdota: el padre de uno de tus amigos se encontraba en la parte más turbulenta de su vida. Un malvado alzheimer lo mantenía entre lo tangible del recuerdo y lo lacerante del olvido. No obstante esta pérfida situación, tu amigo era un hombre feliz. Regocijante a causa de la posibilidad de una retribución existencial para con su padre. Feliz en el ouroboros de la vida, feliz en ese momento crucial donde los papeles de esta tragicomedia se invierten: el hijo cuida al padre y cierra con dignidad los entretelones de la puesta en escena. Desde aquel día me permito pensar en cómo afrontaré ese momento: ¿por qué no habría de ser un placer el cuidado de los padres? Más allá de los diques existenciales, más allá de las mezquindades, más allá de eso... la sangre llama a la sangre para su celebración. 

El chile en polvo se mezcla con el sabor acuoso del curado de apio, alzo la mirada y vislumbro una pequeña cucaracha. Una genuina sonrisa aparece en la comisura de mis labios. Grata coincidencia encontrarme con uno de estos insectos en este preciso momento. Me hace recordar el inicio de "El despojo soy yo". En un primer párrafo invitas al lector a lanzar su sensibilidad a las cucarachas luego de una resaca. En general, así es como tus textos me hacían y me hacen sentir. Como un insecto, como una insignificancia. Un ser que mueve sus extremidades agónicamente, incluidas las antenas. Incluido el corazón. Una nada olvidada (porque hay nadas que se recuerdan) y marginada del bullicio del mundo. Una nada marginada de la solemnidad y la cómoda hipocresía. 

Largo rato he pensado cómo terminar este antihomenaje de bolsillo. Y dos imágenes se proyectan en mi cabeza. En la primera, todos tus personajes se reúnen en tu cantina favorita para hacerte un homenaje. El Taimex, León Bernal y su amigo chino, Mariana y Elena, algún travesti de mucha monta, tu maestro literario quien escribía con las manos ensangrentadas, tu padre y sus amigos del cuarteto Lener, Chopin y Schumann, el Diablo... En la segunda, mis mejores amigos baten las puertas de esta pulquería. Y, guarecidos de cualquier indicio de solemnidad, repasamos con melancolía recuerdos de nuestra juventud. Y entonces nos damos cuenta: tu literatura, querido Eusebio, siempre será uno de los puntos de fuga.

martes, 27 de junio de 2017

Ciudad Palimpsesto IV

Por Diego Bang Bang

16) Condicional: abrir bien los ojos

Ante todo, fue el sentido del humor. El tuyo particular, esa manera de anudar las palabras con tanta gracia. Ese mismo que regresa cada vez que miro una de tus fotografías. Y entonces me pregunto: “¿qué pensarás cuando te cuente?”. Cuando te diga de la pequeña libreta amarilla. Ese diario extrapersonal. ¿Nuestro? Liado con cada uno de tus sueños, recuerdos y fotografías. En algunos aparezco reproducido a escala. En otros simplemente no aparezco. Y entonces me pierdo en ese largo trecho llamado memoria, tu memoria. Una especie de desierto con zonas selváticas. Así me la imagino.

Luego de un rato regreso a las fotografías: ¿qué habrás sentido al tomar ésta? ¿cuánto de ti se ha ido en ésta otra? Me da un vértigo. De no saber quién eres. De perderme en la infinidad de tu ser. Porque de eso se trata, ¿no? De abrirnos, como rendijas del universo que somos, para dejar entrar al otro. Al ser vivo, al humano. Al amante impertérrito. Por eso aquí estoy: con la curvatura del cielo frente a mí y con la vieja computadora. Invento relatos, derivados de tus fotografías.

***

Te vi a lo lejos. Estabas con un hombre apuesto. Él bebía una margarita mientras avizoraba un puñado de gaviotas surcar hostilmente el cielo. Fue el ruido, quizá, de las aves lo que me hizo voltear. No lo sé. En esta parte de la fotografía mi memoria se ha vuelto ambigua. Porque todo se volvió desechable al percatarme de ti. Una cámara apuntada al cielo. Uno, dos o tres tiros. No lo recuerdo bien tampoco. Mi mirada fija en tus furtivas orejas. Seis aves impregnadas en una memoria digital, portátil. Cuando bajaste la cabeza para revisar las imágenes, entonces regresé la mirada con alivio a mi libro en turno. Desde entonces acompañas mis lecturas… ¿y yo tus fotografías?        

17) Condicional: un poco de suerte

Este texto trata sobre la suerte. Suerte de sobrevivencia. Al contexto vil y variopinto de donde provengo: Ciudad Limbo.

En mi familia sólo mi abuelo es el portador de la fe artística. Él ha librado épicas batallas en nombre de la pintura. Algunas las ha ganado y las más importantes las ha perdido. Él fue quien sembró la raíz de nosotros, su progenie, en las profundidades de Ciudad Limbo. Dejó la pintura para dedicarse a la panadería y así poder mantener a más de una decena de hijos. Con un poco de suerte, algunos de sus nietos hemos podido heredar algún viso artístico.

En un universo ordinario sin suerte, me convierto en un padre de familia adolescente o en un ladrón de poca monta antes de caer en las garras de la cárcel. Ante la desesperación de este cruel encierro, decido quitarme la vida. Mi madre llora al pie de mi ataúd. Mi padre muere de un segundo ataque al corazón, luego de mi sepelio. Mis sobrinas siempre me recordarán como un ser deleznable y desechable. No hay epitafio ni dedicatoria alguna en mi tumba.

En el caso particular del universo extraordinario con suerte, me tocó poder escribir una pequeña obra de teatro antes de cumplir los treinta. Esta pequeña obra cuenta dos historias. En la primera, el personaje femenino reivindica los valores de la rebeldía a través del anarquismo. En la segunda, la obrita se publica y puedo regalarla a mi abuelo y a mi padre. La dedicatoria, el contraepitafio, es para ellos. Porque sin ellos no habría ópera punk a la mexicana.

En el universo ordinario sin suerte, pude haber sido mi primo que murió con esquizofrenia o alguno de mis primos que viven con retraso. También pude haber heredado la pusilanimidad de algunos de mis tíos. Pero no… me tocó lo extraordinario y lo agradezco enormemente. Me tocó poder despedir un libro, porque todo libro es un viajero. Buena suerte, CamiLa.  

18) Condicional: la vocación de incendio

Orgullosa de sí misma / Se levanta la ciudad de México-Tenochtitlan / Aquí nadie teme la muerte en la guerra / Esta es nuestra gloria / Este es tu mandato / ¡Oh, dador de la vida! / Tenedlo presente, oh príncipes / No lo olvidéis / ¿Quién podrá sitiar a Tenochtitlan? / ¿Quién podrá conmover los cimientos del cielo…? / Con nuestras flechas / Con nuestros escudos / Está existiendo la ciudad / ¡México-Tenochtitlan subsiste!        

19) Condicional: encontrar a Ella

Ganar una ciudad… formidable recurso para el amor.

Llegué a Ciudad Palimpsesto luego de un largo y forzado deambular en Ciudad Limbo. Fui traído por los intempestivos lamentos de una tumba que se sucedieron oníricamente en blanco y negro.

Negro y blanco era el vestido de la aparición femenina de aquellos sueños. Sus labios incendiados de rojo pronunciaban un apellido: Lafragua.

Cuando me hube en la urbe, lo primero que hice fue apostarme en el cruce de las calles de San Fernando y Héroes. Así pude leer la inscripción que se me presentó varias ocasiones en sueño: “Llegaba ya al altar feliz esposa, ahí la hirió la muerte, aquí reposa”.

Las hojas de los árboles se mecían acompasadamente, a la luz de los últimos hilos del rubor químico de la tarde, mientras una noble brizna rozaba mi rostro. A lo lejos un rayo iluminó las hierbas que tiritaban en las grietas del pavimento. Entonces la aparición femenina salió de su aposento. Se acercó a mi cuerpo adosado a las polvorientas rejas. Su presencia era etérea, se sentía un gran vacío y también una ubicuidad desbordante. Cuando habló, una calma inconmensurable inundó el panteón. “Debes buscar a la Mujer Intergaláctica”, me dijo en un claro español. Para después perderse entre las columnas de piedra y los viejos troncos de los árboles.

Aquella fue la noche decisiva para confirmar tu existencia y comenzar a buscarte… Mujer Intergaláctica.    

20) Condicional: perder la decencia

Esquina del eje de Guerrero y Puente de Alvarado. Son las nueve de la noche de un miércoles de 2017. Un par de viejos amigos de la universidad se encuentran en la cantina El Mirador. Ambos son directores de teatro, reconocidos cada uno en su estilo. Uno de ellos ha sido multipremiado por las instituciones de cultura del sistema político mexicano. Ha tenido algunos coqueteos con el teatro comercial. El segundo ha tenido cada cierto tiempo bombazos en las taquillas de los teatros más comerciales de la república mexicana. Ambos dan clases en escuelas de teatro. Luego de haber bebido un par de horas, la lengua se suelta leguas. Han hablado ya de sus proyectos en puerta. De la muerte de Vicente Leñero. De los múltiples homenajes a Ludwik Margules. Es el momento idóneo para hablar de las víctimas:

Dramaturgo-geógrafo: tenía 21 años cuando la conocí y comencé a darle clases. Su nombre era María. Mis alumnos presentaban monólogos, si no mal recuerdo, como examen final. María quería ser actriz antes que cualquier cosa, pero no daba el ancho. Cada uno de sus ejercicios era pésimo. No tenía presencia escénica, no tenía ni el más mínimo dominio de su corporalidad. En sus ojos se asomaba todo el tiempo la inseguridad. Nunca le dije nada al respecto. Siempre traté de hacer buenos comentarios y mostrarme optimista acerca de su trabajo. Para el momento del examen final, escogió un texto de Ingmar Bergman. Fue su peor actuación. Incluso así hice algunos comentarios positivos, sobre todo acerca de su dicción. Ella pasó el curso con una calificación regular. No volví a saber de ella hasta dos años después. Había terminado la carrera en actuación, pero no había tenido ningún trabajo profesional ni en teatro ni en televisión. En todas las audiciones la rechazaban y también todos los directores de teatro la hacían a un lado. Se encontraba trabajando en la cafetería de un espacio escénico por las noches. Por las mañanas se empleaba en la limpieza del recién abierto “Gran Frontón de México”. Había subido de peso notablemente y una enfermedad cérvico-uterina parecía asomarse en los más recientes estudios que se había hecho. Todo me lo contó en el pequeño coctel del estreno de El sueño de Strindberg en el Centro Cultural del Bosque. Luego de despedirnos, una culpa inmensa no me soltó de vuelta a casa. Mi poca responsabilidad como tutor la había hecho creer en una carrera en el teatro. Me había comportado como un amante que hace creer en el amor eterno a la otra persona y después la traiciona de la manera más vil. Una culpa así de inmensa me revuelca cada vez que pienso en María. Cada vez que pienso en si hubiera sido responsable y fiel a la causa pedagógica. Pero no lo fui y ahora ella está destinada a deambular por las calles de Ciudad Monstruo en busca de algún escenario que pueda arroparla. En verdad lo siento... Pobre María.