> Arcanum VI: Ciudad Neza
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lunes, 1 de julio de 2019

Ciudad Limbo: Nostalgia de sonidero

Por Diego Bang Bang

Fumabas, acodada, en una de las ventanas del hotel. Desde la cama veía cómo las luces de neón iluminaban tus pecas. Vestías la misma blusa de la primera vez que hicimos el amor. Una blusa adornada con gatitos. No sé si vestías un pantalón corto de mezclilla, pero así prefiero recordarte. Tus medias reticuladas y tus botas grises altas. Soltaste una bocanada más hacia la calle. El humo se dispersó antes de poder tocar el letrero: Hotel Parroquia.

― ¿No te entra una nostalgia rara al escuchar a lo lejos un sonidero?

― ¿A ti también te pasa?

― Sí. No sé si sea algo de mi infancia.

― O algo de la infancia. En general.

― Me imagino cosas. Y también recuerdo cosas.

― ¡Los sonideros para nosotros son los olores cortesanos para Proust?, dije en tono de pregunta burlona.

― Aunque lo digas de broma. Algo de ello hay.

En ningún momento volteaste durante nuestra conversación. Concentrabas tu mirada en un horizonte lejos. A lo mejor en alguna de las nubes que comenzaban a formarse como punto de fuga de aquella noche. 

― América Latina es una tierra melancólica.

― Ya me lo habías dicho. Siempre dices lo mismo.

― En verdad lo creo. México es una de sus capitales.

― Ciudad Limbo es uno de los focos rojos, ¿no?

― Absolutamente.

Unas pequeñas gotas comenzaron a descender. Comenzaron a mojar las letras del neón. Apagaste el cigarrillo con la suela de tu bota. Cerramos la ventana y el sonido de un acordeón se fue extinguiendo. Caminaste hacia la cama mientras desabotonabas tu blusa. Las pecas de tu cara, todavía en neón, es mi último recuerdo de aquella noche. Antes de las luciérnagas en Tlaxcala.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Ciudad Limbo

Por Diego Bang Bang

1) Regresé a Ciudad Limbo muy pronto. Porque me avisaron que mi padre había sufrido un ataque al corazón. No tenía mucho de mi partida hacia Ciudad Monstruo. Apenas comenzaba a perderme entre sus alcantarillas. En aquel tiempo llevaba la idea de perderme y olvidarme de mi pasado por completo. Negar mi genealogía. Negar todo ese mosaico triste y sórdido en donde me veía reflejado. Pero el pasado es futuro. Y es una fuerza innegable e inconmensurable.

Y heme ahí de nuevo. En sus calles rectas y bajas. Con los rostros tristes e incomprendidos. Donde el viento sopla una melodía vulgar y donde todos nos hacemos tontos para no escucharla.

2) Valeria era su nombre. Una niña pequeña de tamaño que ya rozaba la adolescencia. Esa adolescencia precoz, vulgar y violenta propia de Ciudad Limbo. Porque acá las mujeres se embarazan luego de la fiesta de XV años. Porque acá las mujeres son mancilladas con palabras vulgares con regularidad.

Valeria no decidió subir a ese automóvil. Lo decidió su padre. Lo decidió el destino. Lo decidió el Diablo. ¿Qué miraban sus ojos al subir a esa combi? ¿Olía a grasa y a gasolina? ¿Qué fue lo último que escuchó Valeria? ¿Cuál fue su último pensamiento antes de ser asesinada?

¿Y el asesino? ¿Qué pasó por su cabeza? ¿Cuánta ansiedad reconcentrada en sus testículos? ¿Cuánto dolor a largo plazo nos cuesta este placer de corto plazo? Placer funesto, maldito y estúpido.

Mi sobrina también se llama Valeria. También vive en la Colonia Benito Juárez. Espero nunca le pase lo que le pasó a Valeria.

3) Me encuentro por encima de la Avenida Siete. Una laguna privilegiada para entender la palabra “conurbada”. Justo en esta franja la provincia choca de manera estruendosa con la capital hasta convertirse en otra cosa. Una cosa feroz e indetenible que avienta sus rastros y vestigios hasta las costas del metro Pantitlán o los muelles del aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México.

En el reflejo de la ventana se repiten patrones de luces y construcciones cuadradas de concreto gris. Con esa imagen baldía por delante, una serie de recuerdos se asoman en mi cabeza. Por ejemplo, mi primera visita a Radián en la cárcel. Porque ahí comenzaba la cárcel, ese era el comienzo de un camino sin retorno. Continuado en dos nichos espejo: uno a la virgen de Guadalupe y el otro dedicado a las potestades de la santa muerte. En ese preciso lugar, las puertas aperladas del infierno, recuerdo haber visto la mirada gris de Radián. Iluminada repentinamente por nuestro ansiado encuentro. Mi mano temblorosa, guardada en mi bolsillo derecho, jugueteaba nerviosamente con un puñado de monedas. Monedas catalizadoras de la violencia inmediatista y microfísica del lugar.

Esa misma tarde, Radián me entregó Rayuela a la orilla de una escalera en la cárcel, a la orilla de cualquier convención, a la orilla de la tranquilidad, a la orilla del mundo. En el inframundo que se expresa en el número cero si se le mira dentro de una escala de diez.

4) Ciudad Limbo es un lugar triste, melancólico, desgarrador. Un lugar de paso, ente mestizo constituido de concreto y hierbas malas rastreras. Un lugar donde los maridos matan a sus esposas con un cuchillo. Crisol armado de doble moral y centro comercial. Donde la música de banda se refracta en un cielo sin estrellas. Y donde el olor a basura se filtra por las ventanas acompañando muchas veces a los rayos del sol. Una luz fétida asoma en sus amaneceres y marca el designio de los días. Las calles inundadas por peces gigantes llamados “Chimecos”, los cuales desembocan en los arenales del Bordo de Xochiaca y se quedan varados para presenciar la ilusión ignota de un juego de fútbol. Ciudad Limbo es un lugar cantado por El Haragán y nosotros somos su compañía. 

5) Un nueve, a veces un ocho infinito, dentro de una escala de diez. Así defino algunos lugares de Ciudad Limbo. Como por ejemplo, la tierna sonrisa de mi hermana. O las palabras de mi madre durante la comida. El pan de muerto de mi abuelo. O la juventud de mi padre, cuando cortejaba a mi madre montado en una pequeña bicicleta. Un gol por entre las piernas en un sábado de gloria. Los rizos de Cynthia en la primaria “Emiliano Zapata”. La tienda del Bona, donde se descubría el ocho infinito en las letras de una pila de cartones de cerveza. El cuarto de Carlos con un póster de Nirvana en el techo y una muñeca inflable que pasa de mano en mano mientras Los Colvins cantan: “Eres una puta, pero no lo bastante…”. Un nueve, a veces un ocho infinito.

miércoles, 6 de enero de 2016

Periferias del Narco II

Por Diego Bang Bang 

Conocí a Samuel Fierro un otoño. Luego de la caída de muchas hojas. Justo cuando ambos necesitábamos congelar nuestro pasado, algunas penas y muchas lágrimas. Nunca en mi vida he vuelto a conocer a alguien con tal fortaleza para congelar sus sentimientos. Quizá por eso nos unió el calor de la bebida. Porque derritió esa sustancia que de vez en vez debe fluir hasta inundarlo todo. En algún cartón de cerveza esa esencia nuestra aún espera.

De él recuerdo sus pómulos y las yemas de sus dedos. Músculos redondos intercambiables en su biología. Lo mismo los forzaba para abrir una caguama que para reír mientras la tomaba. Ambos tejidos se juntaban cuando en el punto más alto de nuestra embriaguez las lágrimas brotaban. La redondez de sus yemas se extendía sobre la biología redonda de sus pómulos.

Fue en una de esas noches de derretimiento cuando conocimos La Boca del Lobo. La trampa perfecta de la droga. Diseñada por una máquina esquizofrénica repleta de banalidades. Porque no hay nada más absurdo que pagar por algo sin importar el precio y además correr el riesgo de ser castigado por ello. Quienes no conocen este artefacto chiflado, no conocen el fundamento de los últimos quinientos años.

Aquella noche habíamos bebido en exceso, como de costumbre. Amparados por cajas de refresco y cartones de cerveza. Por el negocio familiar de Fierro, por el carisma de Jonás y de su tienda. Como en todo coctel, necesitábamos la parte final. La cereza, más bien el chantillí. Entonces subimos en un taxi por segunda o tercera vez en la noche.

Nuestras voces cortadas precedían el sólido carraspeo indetenible de nuestras placas dentales. Las fosas para entonces ya eran flautas desafinadas. Mientras avanzábamos las luces/sirenas también cortaban nuestra visión o, mejor dicho, la visión. Samuel miraba el retrovisor del lóbulo lateral del cerebro; yo, el retrovisor central del corazón. Un hilo blanco iba de la cruz blasfema de la nariz al oído fino de mi acompañante también amigo. En ese entonces, pero quién sabe ahora.     

Para cuando bajamos del taxi ya éramos la presa perfecta. Habíamos entrado en la zona roja. Cualquier mano de arbusto, cualquier nervio de piedra, cualquier animal insecto podía tomarnos. Desgarrarnos, penetrarnos o simplemente engullirnos. Por diversión o por genuino placer, eso francamente ya no importaba.

Poco tiempo después se confirmo, lo confirmamos. Sombras de la máquina chiflada, del artefacto esquizofrénico comenzaron a avanzar hacia nosotros. Forcejearon con la poca conciencia de nuestros cuerpos. Con la inútil flexibilidad de nuestras mentes. Poco después caímos en cuenta: aquel lobo, el único lobo, el de la trampa perfecta, nos masticaba a sus anchas… Con placer y a placer.

Nunca más volví a estar tan cerca de Samuel, como ese día en La Boca del Lobo. Fuimos la misma sustancia, una combinación de cerveza, cocaína y amistad genuina. Afortunadamente, el apetito de la máquina estaba saciado. Por eso nos escupió. Desgraciadamente, no trascendimos a las entrañas del Lobo. Pudimos haber sido algo, casi antihéroes, en esta nefanda trampa perfecta.