> Arcanum VI: La Barranca
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miércoles, 12 de junio de 2019

Llueve

Por Diego Bang Bang

1) La lluvia es una espera obligada. Hay que detenerse para dejarse besar por ella. En cualquier azotea, en cualquier balcón. Abrir la boca y sacar la lengua lentamente. Paladearla. Dejarse inundar vertiginosa y verticalmente por ella. La lluvia es una espera obligada. Se absorbe a la piel. Una vez que pasa la espera, la lluvia se evapora en forma de aliento. Lluvia: mi aliento, tu respiración. 

2) La lluvia disuelve también la ansiedad. Eso se entiende cuando abandonamos la cantina Complot Mongol y nos reciben las húmedas calles de Ciudad Monstruo. Limpiamos las suelas de nuestros zapatos al pisar los pequeños charcos. Mientras avanzamos también limpiamos esa inmensa ansiedad por la existencia. Paramos para mojarnos los labios. Sabemos que sólo la Rueda de los Tiempos detiene el agua. Por eso pedimos otro mezcal y platicamos de la muerte. De la muerte de Benito Juárez, de nuestra próxima cita: a las puertas de un panteón y a la siguiente lluvia.

3) Hace apenas dos horas llovía tu cuerpo, escurría. Una luz furtiva, mortecina de placer, iluminaba elegantemente tu cuerpo. Tus senos dos faros en medio de la oscura noche del placer. Un leve sonido de placer, un grito voluntariamente ahogado. Gotas de lluvia en tu cuerpo, de otra lluvia. No la misma que tocó a mi ventana la primera vez que dormiste en mi cama. Tu lluvia, única e indisoluble en mi boca.

4) Llueve en tus ojos y llueve en los cielos también. Con los ojos henchidos por el dolor. Con la voz cortada por la tristeza. Así naufraga en mi memoria uno de nuestros últimos recuerdos. El más fatal quizá, el más funesto sin duda. Tendida a un lado mío, vestida. Sin el roce característico de nuestros pies. Sin tu nariz/boca en mi cuello. Con una mano haciendo tierra en el suelo de mi cuarto. Vestidos porque la ropa ya no es una forma del erotismo. Luego de aplazar el después y anticipar el antes. Con la maldición del diablito alebrije traída desde Oaxaca. Con los últimos chistes en Playa Cometa B-612, tan agustinillo, y con un par de balsas en sendas caras. Llueve en tus ojos y llueve en los cielos también. In ma on nell nonquiz 

5) Suspiraban lo mismo los dos… y ahora son parte de una lluvia lejos.

lunes, 6 de agosto de 2018

Todo nos trajo hasta hoy

Por Diego Bang Bang

1) Trasnochado, envenenado por el rojo de tu voz: sólo se escucha la suave lengua del mar, marea arriba y marea abajo, a veces toca nuestros pies y revuelve los pequeños e infinitos granos de arena. Hay luces festivas a lo lejos, de fin de año, por suerte ninguna interrumpe nuestra íntima oscuridad. Tus ojos son canicas aperladas, apenas si percibo sus movimientos. Tus dientes asoman de vez en cuando, algunas veces por la incomodidad ante la presencia de algún mosquito. Es raro mirarte en esa oscuridad a tres cuartos, pero nunca poco placentero. Comienzan tus bellos cantos de sirena. Me cuentas de la existencia de animales fantásticos en lo más profundo de la tierra. Animales de colores inefables, algunos otros depredadores improbables. Me cuentas también de la utilidad de los faros en las noches más oscuras de la tierra. También de aquellos pescadores considerados parte del oficio más peligroso del mundo laboral. ¿Trabajan 6 meses para sobrevivir un año? Y, por supuesto, las injusticias ecológicas contadas en algún documental sobre la matanza de ballenas en oriente. Me quedo pensando en todo ello, fascinado por el rojo de tu voz. Cuando acabas y la marea de mis pensamientos se mece lentamente, recuerdo la obsesión de José Manuel Aguilera por el mar y también el gusto superlativo de David Olguín por el ídem. Recuerdo también que Bolaño se consideraba una piedra solitaria, bañada por un oleaje intempestivo. Así me siento en este momento, aunque no del todo; porque puedo escuchar el bello canto de una sirena. De mi sirena. 

2) Hilando pedazos de cielo parece que vamos tirando paredes: la primera tarde de nuestro viaje se detuvo en una bella fotografía. Un cielo incendiado acompaña al sol en su descenso al inframundo. El agua parece pintada a pincelazos finos. La silueta de una persona es movida por una ola vespertina. La vimos y a ambos nos gustó. No dijimos nada al respecto. Luego de un tiempo, la publicaste con el título Aquí me quedo, gracias. Ahora te lo puedo decir: no estuve de acuerdo con ese título. De inmediato, al siguiente día de nuestra estancia en la playa, supe el título: Todo nos trajo hasta hoy. Un bello título tomado de un disco de 2017. Un bello título que significa todas esas cosas voluntarias e involuntarias necesarias para poder estar juntos. ¿Cuántos errores? ¿Cuántas estrías en el alma? ¿Cuántas incertidumbres? ¿Cuántos dolores? ¿Cuántas alegrías? Si me lo permites, opino de eso se trata aquella bella fotografía. Una última cosa: tú no estás detrás de la lente ni a mí me mueve una ola vespertina. En contrapartida, somos nubes que descienden con el sol al inframundo. 

3) Descuidado, tarareo un nuevo son: caminamos a lo largo de la playa sin decir nada. Puedo ver cómo tus huellas desaparecen bajo la espuma del mar. Este silencio me tortura con historias funestas. Historias imprecisas sobre ese pasado no compartido. Percibo dolor en ambos, puedo ver cómo el mar arrastra nuestros recuerdos, los escupe. Tu sombra es lo único que se forma en la arena húmeda. 

Esta tarde es bencedrina. Una droga perversa y necesaria para estar juntos. Una droga que nos hace ver las sombras y los miedos, los defectos y las dolencias. Mi sombra es lo único que se forma en la arena húmeda. 

De golpe, en mi cabeza se inyecta la letra de una canción: “la muerte no quita/sólo te da/ una razón para soñar/ abre tus brazos/ respira el mar/ cuando estés lista podemos zarpar”.

Y no hablamos y tus huellas desaparecen a cada paso. Una tonta ansiedad me hace correr a tu lado y preguntarte: 

—¿Qué tienes...?

—Nada

El silencio nos ahoga nuevamente. De mis audífonos emerge la letra de otra canción: “ves el tiempo correr pa´tras/ ves tus recuerdos caminar/ uno a uno hacia el mar/ quieren olvidar/ la fragilidad que hay en el andar”. 

Abro los ojos y ya no estás. No hay huellas, no hay sombras en la arena húmeda. Sólo el alba y, al final de la playa, un caracol en el que se escucha: “nos queda sólo estar aquí / y esperar a que nos volvamos a encontrar / partiendo olas”.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Ciudad Palimpsesto III

Por Diego Bang Bang

11) Condicional: abrir bien los ojos

El hombre baja del vagón y comienza a reprobar con la cabeza. Sus pies se arrastran a causa de un accidente, como bien lo hizo saber durante su trayecto. Trae un par de muletas adheridas a sus brazos. Su expresión es de desesperación mientras cabecea. Su piel ha perdido color en todos estos años de pedir ayuda. Una profunda impotencia se asoma en sus ojos y su boca.

***

Su cama es una rampa para discapacitados. Huele a podredumbre. El cartón y la cobija con los que duerme parecen chamuscados por la acumulación de mugre. Todo el tiempo profiere groserías. La gente pasa y lo mira maldecir. Algunos piensan que son ellos el objetivo de aquellas injurias. Su cuerpo repta a espasmos por Puente de Alvarado. De algún modo, es a todos a quien ofende con sus enunciaciones. A la ciudad. Al país.

***

Se encuentra parada en la esquina de la avenida Héroes Ferrocarrileros. Viste una chamarra barata de algo parecido a la piel. Su acompañante huele solvente. Ella cuenta una historia sobre un hombre. En particular, sobre la amenaza que le hizo ese hombre. Su ojo luce una aureola. Una aureola asimétrica. Un golpe propinado, ¿por el hombre del relato? Un golpe asestado, ¿por la ciudad, por el país?

***

Cuando lo conocí tenía el cabello en forma de arbusto. Ahora lo tiene en forma de casco ensortijado. Calza tenis anchos de skater, aunque seguramente no patina. Viste un chaleco rosa del gobierno local de lunes a viernes. Es moreno. Como su mamá. Y habla lento. Como su mamá. Recoge basura. Como su mamá. Pocas veces habla. Y, si lo hace, es para asentir. Para encaminar la basura de la colonia al repositorio móvil más cercano. Las hojas caídas lo siguen en su trayecto de pequeño Frankenstein. ¿Cuál será su nombre? ¿Alguna vez conoció a su padre? ¿Vive en un basural?

***

Manos finamente delgadas que tocan un piano ficticio a la luz de las velas. Sus piernas son largas y blancas, recorridas por torrentes verdosos. También su cara es de una fresca blancura. Suele vestir blusas transparentes. Su espalda está marcada a tinta por dos alas negras. El plumaje frondoso de un cisne. Labios pintados de un pálido naranja. Ojos de prostituta, de águila cazadora. Habla por celular mientras mira a los roedores. Puede penetrar tu ano con su pene delicadamente o lamer tus testículos con voluptuosidad femenina. Los clientes con antigüedad compran dubonnet para el encuentro y se lo sirven en las rocas. Su nombre es Paulhan. Su signo es la androginia. Su carta el arcano XV, el Diablo.  

12) Condicional: un poco de suerte

Las hojas caen dramáticamente, son un velo. Un ornamento para la visión. Una anteojera necesaria para poder reconocer los escombros, las ruinas. Un tamiz calibrado para recoger las historias, los gestos y las voces.

Las hojas caen fidedignamente, son un designio. Un augurio de la escritura. Un amuleto entre tanta realidad obliterada. Entre tanta realidad de plasma, plasmada en la ubicua pantalla.   

La realidad es un coitus interruptus que dura un meme. La erección de la realidad dura muy poco y sus procesos se han visto pervertidos. Entre tanta intermitencia, la jauría de perros que ladra en su babel, el coito prolongado de la literatura es inconcebible. Por eso, las hojas que caen dramáticamente son un signo. Son una suerte. Un sino de la escritura. 

13) Condicional: la vocación de incendio








14) Condicional: encontrarse

Fenómeno curioso cuando el amor comienza entre lágrimas. El cuerpo hierve en deseo sexual, en su lógica carnal irrefrenable. La mente se bambolea entre celos y aprehensiones.

Ella descansa en tu pecho mientras lanza preguntas inexactas: ¿deberíamos estar juntos? ¿nos merecemos mutuamente? Un verso aparece en nuestras cuatro paredes (¿mentales?): “No supe ser el que tú esperabas, yo sólo soy el que supo llegar”. Su sueño se acerca a tus ojos: una marca antigua en forma de alacrán emerge de su empeine. Un veneno corroe tu garganta. Es dulce, sabe a vino, y es amargo también. Es un éxtasis. Una patología extática. 

Regresas a la vieja computadora y lo puedes ver claramente: un café con leche, un cigarrillo entre su adictiva boca y las gotas de lluvia que mojan Bucareli. Puedes verlo claramente: eres nuevamente ese adolescente enamoradizo. El mismo que llora de felicidad por descubrir el amor.

Y llueve, llueve y llueve de felicidad en la ciudad.

15) Condicional: perder la decencia

Se abre una rendija existencial y aparece el miedo. Ella lame el pecho de él. Botellas de vino tinto por todo el lugar. Sabes que se habían deseado por mucho tiempo. Discretamente, furtivamente, respetuosamente. Era cuestión de dejarlos libres. De quitar los diques sociales de las buenas maneras y el chauvinismo emocional. Cortar el cordón umbilical societario.

Estás sobre un bote de pintura. Ella olisquea su pene. Él agarra su nuca y la nalguea. Tú no puedes hacer nada. Ni siquiera es una ventana de sótano para romper el cristal. Es una ranura en el concreto. Tus manos golpean la pintura amarilla fúnebre del cuarto inexpugnable. No quieres seguir observando, pero es inevitable.

Y entonces ella le pide la penetración. Y nunca la habías visto mejor. Tan ahíta de placer. Grita y grita y grita. Tú mueres un poquito. Lloras sin lágrimas. Ya no hay sustancia en ti. Cada noche la pesadilla es la misma. Lucky once, never twice.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Estelas

Por Diego Bang Bang

"[…] Stella da más o menos la medida de la visión de Hugo […]" 
Arthur Rimbaud 

1) Querida mía, aquí yacen tus rastros: tu nombre en la pantalla de la computadora a la espera de una contraseña. Un acertijo, un koan propios de nuestros días DC comics o de nuestras noches interminables con sabor a sushi. Tu sonrisa en la calle Victoria. Nuestro refugio erótico en los Laureles. Tus lágrimas reveladoras de las armas secretas. La música haciéndonos noche. Una botellita de tequila-amor el día de mi cumpleaños. Esta never-ending despedida. 

2) Se nos acabó la sustancia, mi amor. Y ni siquiera por el efecto de la exacerbada termodinámica. Fue por nuestro progresivo enfriamiento. Debido al gélido manto de la desconfianza. Por la intromisión de los fantasmas deambulantes en nuestra cocina embrujada. Por la malvada rutina. Por la inmisericorde estulticia. Espero podamos encontrarnos al final de la playa. 

3) Búscame en el Cementerio de los Corazones Rotos. En el cruce de los derroteros "Infidelidad" y "Desconfianza". Debajo de un árbol Nocilla Plastĭcus. Ahí estaré con un libro de Bolaño a tu espera. Recargado en el respaldo de nuestra lápida. Donde, algún día, podremos leer nuestro epitafio en stretto: "Te fallé. Me fallaste. Le fallamos a Morel". 

4) Le dicen "La Espeleóloga", porque gusta de andar en las profundidades. Primero juguetea con las anteras. Suele otear los filamentos mientras tantea parte de los pétalos y el sépalo. Se regodea con el estilo y el estigma. Justo después lambucea el terso receptáculo. Finalmente, termina por tragarse el pistilo por completo. Eso hace ella: "La Esteleóloga". 

5) Iniciática sangre vertida en el edredón. Decenas de cabellos revueltos en la almohada. Olor dioico suspendido en el aire. Un hermoso diorama. ¡Oh Estela!

lunes, 17 de octubre de 2016

Dentro de un siglo

Por Diego Bang Bang


Si pudieras despertar dentro de un siglo
ya sin tanto nudo en tu interior
bastaría remover en los escombros
y ver que sigo estando junto a ti
La Barranca

Han pasado muchos años y el frío otoño descrito por Iván se ha desplazado en la línea temporal.

El pasado ahora importa más que el futuro. Me veo al espejo con demasiadas rampas craneanas e intermitentes remolinos blancos en la cabeza. Miles de líneas inconexas rayan mi cara y son estanques de mi fétido aliento. Mi espalda es una madera astillada y mi estómago un campo minado de úlceras.

Por fin puedo presentarte a Fauno. Un lindo gato nocturno. Desapegado a mí como la luna del sol. Y lo acepto: no es nada desagradable volcarse de amor hacia otra especie.

Hace mucho murieron mis papás. Mi padre de un segundo ataque al corazón. Mi madre de un paro hepático. Lloré mucho por ambos. Contarte también: mis sobrinas viven en distintos lugares distantes. La más grande en un estado del sur. La más pequeña en un condado de los Estados Unidos. Hace mucho no las abrazo. No obstante, paso mucho tiempo de mis tardes husmeando en sus redes sociales.

La política no resultó ser lo mío. Las cosas fueron de mal en peor. Nunca mejoraron. Nunca lo harán.

Me arrepiento de muchas cosas. Sobre todo, de haber creído en mí. En la posibilidad de haber escrito una novela. En tomar decisiones enfocadas a la realización intelectual. Ahora todo es muy claro: si la luz cae en las grietas, la confusión es pasajera. Luego de un año con dolores estomacales insoportables caigo en cuenta. El intelecto no suple, ni un lo más mínimo, la caricia viva de una mujer viva.

Hace poco encontré nuestra pequeña libreta amarilla. Sí, la misma llena de anotaciones lascivas y pesimistas. Todo el tiempo me negué a sentirme vulnerable. A dejarme llevar. Ahora me arrepiento. Aunque se lea estúpido. Y sólo me consuela un pensamiento: pensarnos en un universo paralelo juntos, quizá otra vida, con dos perros y un gato. Retirados en algún lugar de Ciudad Monstruo. Con una centena de discos en vinil. Con fotos de tu autoría en nuestra pequeña sala de estar. Con un millar de libros. Con tres restaurantes de sushi favoritos. Con nuestras patologías y manías, pero muy juntos. 

jueves, 25 de febrero de 2016

Sólo estoy tratando de romper tu corazón

Por Diego Bang Bang

Nuestra historia fue de esas canciones impredecibles. De ritmo descuadrado, de estructura derramada, de armonía coloreada por un solo larguísimo pergeñado a través de colores pálidos.

‘¿De qué sirve un corazón que no ha sufrido?’, me decías siempre. Mientras apoyabas los codos sobre alguna mesa de bar o cantina. Luego supe de la raigambre de esa pregunta. Un plagio voluntario a tu dramaturgo favorito. Esa pregunta ya la habías hecho antes, con otros amantes, en otros tiempos. No importaba entonces, como no importa ahora, porque lacerar el corazón es una tarea inacabada todo el tiempo. Aunque en aquellos tiempos no lo supiéramos. Como no lo sabemos ahora tampoco. 

‘¿De qué sirve un corazón que no ha sufrido?’, vuelvo a escribir en la orilla de una hoja rota. La pregunta invisible para los neófitos del dolor. Pregunta perdida que regresa a las manos del zapatero; a los pies del triste amanuense. Por magia volitiva, la llevo en lo más alto de las manos y en la parte más baja de los pies. Repta a lo largo de todo mi cuerpo. Llega al corazón y vuelca. Como vuelcan las olas en su naturaleza más ignota.

Y, sin embargo, alguien siempre debe hacerlo. Desde la punta más impúdica hasta la base más furibunda. Romper el corazón. Partirlo, dividirlo, escindirlo… ¡Oh Jesús… etcétera!

Desde aquel día fuiste invierno fantasmal, un pequeño infierno presencial. ‘¿De qué sirve un corazón que no ha sufrido?’, para entonces sólo un espejismo tramado por las flores de invierno del Río Nevá. Entonces lo supimos: el amor es una plaga y deja marcas criminales en la piel. ¡Oh Jesús… etcétera!

No te equivocas cuando aseguras que he estado bebiendo. Tampoco te equivocas al pedirme que asesine la avenida del pasado. Pero antes debía desaparecer en el resplandor citadino.  Para poder desvestirte nuevamente. Raina, deseo vehementemente volver a brillar en tus hermosas pupilas. ¿En qué estaba pensando el día que decidí romper tu corazón?

Nuestra historia fue una de esas canciones llena de versos tristes, construida a través de cuestionamientos pueriles. De ritmo descuadrado, de estructura derramada, de colores pálidos. Y, sin embargo, siempre alguien debe volver a ejecutarla.

Te amo, Raina. Tan sólo soy ese hombre que te ama.

viernes, 16 de octubre de 2015

Periferias del Narco

Por Diego Bang Bang

Esta historia está desenfocada. Esta pequeña historia es tangencial. Es un rayo oblicuo atravesando la tempestad. Una sustancia visceral mezclada con el ácido estomacal de una tierra baldía.

Comenzó una noche hace ya varios años. Situada en uno de los círculos abismales de la Isla de Filoctetes. Terminó esa misma noche como todas las peripecias en esta isla.

El personaje principal es el viento. Un viento rojo que avanza poco a poco en el transcurso de la noche. Una mancha seminal que cubre el fondo de nuestros sueños. 

Respiramos el viento y lo convertimos en aliento. El ave del viento hace fotosíntesis con nuestra química alcohólica. Así caminamos entre sueños rotos, sin saber lo que la Máquina nos tiene preparado.

Un mismo cuarto para los tres. Así estamos aún en mi memoria. Despiertos envueltos por volutas con olor a gas. Dormidos con el olor a sexo marchito. Los dientes tiemblan al rememorar el encuentro inmediatamente anterior: ¡Jesús!

Un momento antes le encontramos. Lo encontramos. No al Hijo de Dios. Sí al Mesías. También al Judas. Supimos su nombre luego de haber dado las primeras caladas a su cigarro de marihuana.

Instalados en su pequeño automóvil. Se había acercado a nosotros a la luz de un Oxxo. Nos invitó a beber una cerveza de manera efusiva. Por el dinero no debíamos preocuparnos. No lo hicimos. Subimos y aparcamos justo frente a la casa de mis padres.

“Amo demasiado a mi hija”, dijo abruptamente. “También a mi esposa”, completó. Después de los primeros 5 minutos ya no nos miraba. Ni siquiera en el reflejo del espejo retrovisor. Su mirada se encontraba en un hoyo negro incrustado en medio del parabrisas.

Clavijero bebía de manera desfachatada. El viento rojo avanzaba lentamente. Radián volteado hacia su propio reflejo en el vidrio lateral. Jesús, así se llamaba. Amaba en superlativo a su hija. También a su esposa. El viento rojo ya era para entonces el sudario del Hombre de la Luna.

Sus manos hormigueaban sobre el volante. Silencio entonces. El coche era un desorden total. Basura en todos sus recovecos. Las circuitos eléctricos colapsados igual que los nervios. Su chamarra olía a pólvora. Su sexo estaba marchito. La palidez parduzca de su cara: un vivo reflejo del viento rojo. Rojo como el coyote inmenso que aullaba debajo de aquella noche.

La mirada de Radián se posa en la mía. Esta historia está desenfocada. Es una línea amarilla trazada en medio de la gran capa roja. Un ojo noctambulo cruzado por una paja de cristal lacerante. Pensamos lo mismo. Clavijero fuma marihuana desgarbadamente. Nos despedimos mientras Jesús regresa de sí. Dos legañas brillan con el furor de lágrimas. Bajamos del pequeño automóvil.

Antes de abrir la puerta, Clavijero nos manda al diablo. Su cuerpo necesita droga. También el nuestro, pero somos drogos pudorosos. Cobardes. Nuestro amigo, entonces, se confunde con el punto de fuga rojizo desdibujado en el horizonte.


Cerramos la puerta. Con aliento alcohólico lo decimos: “Acaba de matar a alguien”. Jesús era un asesino a sueldo. Amaba a su hija en superlativo. Un sicario de la Isla de Filoctetes. Amaba a su esposa también.

viernes, 3 de abril de 2015

26/Marzo para armar III


Por Diego Bang Bang

* La carne pequeñita, aún manchada con las tintas del vientre materno, de Sofía se constriñe hasta el rechazo. La aguja se tensa al entrar en un cúmulo de músculos recién creados por la naturaleza. Más que sufrir ella, sufrimos nosotros al mirar la expresión de dolor en estado puro. A través de sus ojos escurre la Lágrima de Oro; a través de sus gritos se expresa la oscuridad más profunda del Universo.

1.- Uno es el número de veces que he visto a mi padre llorar.

a) Beso de ginebra. Desde Celta hasta Maracaibo, desde un blues hasta una sonata, desde el pezón de fuego hasta la punta de tu dedo más gélido, desde la A hasta la Z, desde el crepúsculo de la lucidez hasta la más peregrina locura, desde la primera mirada hasta el último aullido... Así me sabe este primer inciso-ósculo de la serie Besos de Licor.

* La mitad de su cuerpo se encuentra destrozado. Es una noche lluviosa. Se arrastra en busca de refugio. Su ladrido ya figura estertor. Es un hilo de aliento que palidece en mitad de la noche. Las llantas del coche se encuentran marcadas en su estómago. Sus entrañas parecen las babas de Diablo inyectadas de sangre. No hay nada que pueda hacer, el pobre animal está por perder la vida. Se escurre poco a poco, la vida y también la sangre, por los pequeños torrentes de agua encaminados a las alcantarillas. Justo ahí donde reposan las costras pérfidas de este mundo. ¿El perro agonizando es acaso un arquetipo citadino recurrente?

2.- Dos es el número de líneas necesarias para comenzar a intuir al Creador.

b) Beso de vino tinto. Cada 28 días, según la costumbre astral, la Luna palidece al Sol porque su sensibilidad se encuentra mancillada. En su centro emocional se guarece la fuerza destructora del Tanatos. Es una máquina destructora creadora de tempestades y marejadas salvajes. Entonces el Sol comprende la función trascendental del verbo transmutar. Transmutar el Tanatos en Eros a través del acto oral. Beber la sangre derramada y así permitir la alquimia de Midas. Convertir el agua en vino y el vino en oro.

* ¿Alguna vez has pensado en quitarle la vida a otra persona? ¿En presenciar el último respiro y el último brillo de vida en sus ojos? ¿Sentir como su carne desinfla en tus manos para perder grosor y volverse voluta involuntaria? ¿Dices no? ¿O dices sí? De tu respuesta depende que no se ensarte la tijera plateada en tu cuello.

3.- Tres es el poemario de Bolaño que olvidé en algún rincón de Santa Teresa.

c) Beso de Jerez. Tu risa me da risa. Tu calor me da valor. Regálame otro beso de jerez. Uno que termine con todo este dolor. Con toda insatisfacción. Con la corrupción. Con la NORMALIZACIÓN. Tu risa me da risa. Tu calor me da valor. Regálame otro beso de jerez. Uno que termine con todo este exilio. Con todo el exterminio. Con el genocidio. Con la Babylon del desaparecido. Regálame, Malegria, otro beso de jerez.

* normalizar.
1. tr. Regularizar o poner en orden lo que no lo estaba.
2. tr. Hacer que algo se estabilice en la normalidad. Normalizar políticamente.
3. tr. tipificar (‖ ajustar a un tipo o norma).
4. INTRANSITIVO. NORMALIZAR A LOS NORMALISTAS A 6 MESES. A 6 MESES, NORMALIZAR A LOS NORMALISTAS.

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