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miércoles, 12 de junio de 2019

Llueve

Por Diego Bang Bang

1) La lluvia es una espera obligada. Hay que detenerse para dejarse besar por ella. En cualquier azotea, en cualquier balcón. Abrir la boca y sacar la lengua lentamente. Paladearla. Dejarse inundar vertiginosa y verticalmente por ella. La lluvia es una espera obligada. Se absorbe a la piel. Una vez que pasa la espera, la lluvia se evapora en forma de aliento. Lluvia: mi aliento, tu respiración. 

2) La lluvia disuelve también la ansiedad. Eso se entiende cuando abandonamos la cantina Complot Mongol y nos reciben las húmedas calles de Ciudad Monstruo. Limpiamos las suelas de nuestros zapatos al pisar los pequeños charcos. Mientras avanzamos también limpiamos esa inmensa ansiedad por la existencia. Paramos para mojarnos los labios. Sabemos que sólo la Rueda de los Tiempos detiene el agua. Por eso pedimos otro mezcal y platicamos de la muerte. De la muerte de Benito Juárez, de nuestra próxima cita: a las puertas de un panteón y a la siguiente lluvia.

3) Hace apenas dos horas llovía tu cuerpo, escurría. Una luz furtiva, mortecina de placer, iluminaba elegantemente tu cuerpo. Tus senos dos faros en medio de la oscura noche del placer. Un leve sonido de placer, un grito voluntariamente ahogado. Gotas de lluvia en tu cuerpo, de otra lluvia. No la misma que tocó a mi ventana la primera vez que dormiste en mi cama. Tu lluvia, única e indisoluble en mi boca.

4) Llueve en tus ojos y llueve en los cielos también. Con los ojos henchidos por el dolor. Con la voz cortada por la tristeza. Así naufraga en mi memoria uno de nuestros últimos recuerdos. El más fatal quizá, el más funesto sin duda. Tendida a un lado mío, vestida. Sin el roce característico de nuestros pies. Sin tu nariz/boca en mi cuello. Con una mano haciendo tierra en el suelo de mi cuarto. Vestidos porque la ropa ya no es una forma del erotismo. Luego de aplazar el después y anticipar el antes. Con la maldición del diablito alebrije traída desde Oaxaca. Con los últimos chistes en Playa Cometa B-612, tan agustinillo, y con un par de balsas en sendas caras. Llueve en tus ojos y llueve en los cielos también. In ma on nell nonquiz 

5) Suspiraban lo mismo los dos… y ahora son parte de una lluvia lejos.

martes, 26 de diciembre de 2017

Barrio chino

Por Diego Bang Bang

Barrio chico, infierno grande. En otro tiempo lo hubiera podido soportar. Caminar de nuevo por la calle angosta, incluso pararme en los aparadores para mirar las figuras y los objetos multicolores. Hubiera podido entrar en alguno de los restaurantes y hubiera podido tomarme un café, con la seguridad de que mi pulso seguiría estable.

Mientras prendo un cigarrillo pienso en esa gran mentira contada a mí mismo: aquella fábula en la que salgo indemne del amor. Casi como Filiberto García al inicio de su complot amoroso. Siempre me pensé de esa manera: un león enjaulado y por fin puesto en libertad para cuando ellas se marchaban. Así pase la mayoría de mis años veinte. Con bastantes expectativas de que la mujer indicada me encontraría.

En el transcurso de mis años treinta, esa utopía desapareció por completo. Comencé a tener menos tiempo para leer, sobre todo mis amadas novelas policíacas. Mi viejo apodo de antaño, compuesto de una onomatopeya en repetición, perdió también mucho de su sentido. Un día funesto, como cualquier otro, caí en la cuenta del número mayor de likes que leía en comparación del número de bangs. Fue terrible... aunque no lo notara del todo en aquel momento.

Y no lo notaba por el simple hecho de estarme contando la gran mentira de los treinta. ¿Cuántas mentiras debemos contarnos a lo largo de la vida para poder sobrellevarla? Me contaba la mentira de la madurez, del trabajo, de la estabilidad económica y de la productividad como preámbulo de la deseada inserción social. Así viví más de la mitad de mis treinta. Con una sonrisa inamovible como fachada. Huyendo de mis amistades de juerga, de los efímeros coqueteos, de la literatura y sus vicios adyacentes.  

Días previos a la celebración del año chino, un sobre amarillo llegó a la oficina donde laboro. En aquellos días había padecido varias pesadillas. La muerte prematura de mi padre. El asesinato del candidato de izquierda durante las elecciones del próximo año. Una matanza en la que soy, en última instancia, el culpable de manera directa. El sobre contenía el booklet de uno de mis álbumes favoritos. Varias palabras venían remarcadas a propósito. Una especie de criptograma. Y además una nota que decía: Encuéntrame en la celebración del dragón. Atte. La Mujer Intergaláctica.

Ya instalado en mi bar favorito, volví a poner frente a mis ojos las hojas. Varias frases se alcanzaban a leer: “Hombre, tienes una fatal percepción sobre las personas”, “Esto es sólo un juego…”, “Emerge de un lugar muy particular, donde los demonios de las personas juegan a correr y a esconderse”, “Soñé anoche que volvía a verte”… Pedí otra cerveza. Salí a fumar otro cigarrillo. Le pregunté a una de las meseras qué pensaba. No obtuve una respuesta muy lúcida. Aunque había podido distraerme con su penetrante olor y la forma de sus tetas. No hay mejor manera de aceitar el intelecto que con la estratégica liberación de la libido.

Como decía, en otro tiempo lo hubiera podido soportar. No obstante, en este momento siento mis manos engarrotarse, mi esófago paladea miedo y mi vista se obnubila de manera extraña. Treinta minutos llevo sin poder doblar la calle atestada de chinos. Dragones de fuego que parecen burlarse de mí y bolas incandescentes que parecen lanzarse hacia mí. De mi gabardina pude extraer un cigarrillo. No logra calmarme, sino todo lo contrario. Siento mi brazo izquierdo pulsar de manera extraña.

Cuando volteo de nuevo a la bocacalle, ella entra a la celebración oriental. Viste unas botas muy altas que cubren parte de su pantalón de mezclilla. Una chamarra larga cubre más allá de sus nalgas. Alcanzo a descifrar su perfil y una marea de recuerdos me hace caer en una rara ensoñación. Me recuerdo sonriente y también pusilánime, me recuerdo con pocas ganas de vivir y al mismo tiempo con todo por delante, me recuerdo enojado e incomprendido… Me recuerdo tirado en el pequeño callejón dentro del callejón de Dolores. Con una pequeña botella de mezcal y una vieja chamarra de cuero, luego de un concierto de jazz. Con una ansiedad desbordada y en busca de uno de los famosos fumaderos de opio. Con aquella maldita necesidad para poder calmar el dolor de aquel complot amoroso.