> Arcanum VI

jueves, 22 de septiembre de 2016

Es tiempo

Por Diego Bang Bang 

La cuestión, he pensado en los últimos días, es buscar un primer párrafo. Poder empezar a narrar lo inenarrable, lo inefable. La tersura de tus finas manos, la consistencia ilegal de tu sonrisa, la construcción sombría de nuestras reiteradas presencias. En eso pensaba ya hace tiempo, en eso pienso mientras coloco las manos (¿las mías?) en las distintas texturas de este pequeño cuarto de guerra.

Lo siguiente, luego del prólogo, es una cuestión instintiva. Seguir al corazón (“[…] volvernos vulnerables, taciturnos y cabizbajos”) por conducto del estómago. Mejor aún, a través del infame hígado. Tan picado por la bilis derramada, por el trago y nuestros antibióticos: la confianza a dueto, los placebos carnales y las ficciones narradas en la música.

Luego de la cuestión instintiva, es necesario concebir las grandes ideas. Mejor aún, la caída de las mismas. La utopía construida a dueto. La estrategia distópica implementada por la “inteligencia” de terceros. Los espías, como diría aquel grupo inglés. Agentes infiltrados que nuestro imperio nunca pudo derrotar. Mucho menos cooptar. Imperio torpe, ineficiente, exento de las condiciones materiales para pasar al derrotero de la Historia Amorosa. 

Muevo las piezas (el celular, la lámpara y la silla). No obstante, la pieza permanece. Un pequeño cuarto de guerra. Donde no hay control de daños, porque los errores amorosos siempre son irreparables. Y entonces nuestro cantante favorito continúa: “el amor es un juego donde todos pierden”.

viernes, 1 de abril de 2016

El monstruo enamorado VIII

Por Diego Bang Bang

Mi vida ha sido una constante peregrinación. Un movimiento periférico suburbano en busca del centro citadino. Me definí mucho tiempo por ser una ondulación imparable que buscaba el extático momento de la quietud. Luego de encontrar un pequeño espacio en Ciudad Monstruo, luego de eso, decidí a empezar un escrito muy particular.  Un diario impersonal fue como lo definí. A continuación transcribo la primera de sus visiones.

Visión # 1

Ella, Raina, pequeña. Con una bella mirada inocente. Unos gigantes ojos límpidos. Sin la inocencia pisoteada. ¿Cómo llamarías a este tipo de fotografía? ¿Difuminada? ¿Textura sepia de recuerdo?

Te pregunto: ¿qué tipo de ave eres? Me dices: “pingüino”. Un pingüino que vende catarinas, complementas. Me quedó paralizado. Un universo así de turbulento no lo esperaba. Un ave que vende insectos. Guardo, de golpe, las monedas que sostengo en mis manos. Entiendo que a un mercader de esa calaña no puedo comprarle con moneda convencional. Doy media vuelta y camino para alejarme.

Al día siguiente regreso convertido en un reptil. Un reptil comerciante de besos. Propongo dos besos por cada catarina. Claro, además de las nimias monedas del día anterior. Después del jaleo, del coqueteo. Entonces sí… nuestro primer beso. Mi gruesa boca de reptil en tu tersa mejilla de pingüino.

jueves, 25 de febrero de 2016

Sólo estoy tratando de romper tu corazón

Por Diego Bang Bang

Nuestra historia fue de esas canciones impredecibles. De ritmo descuadrado, de estructura derramada, de armonía coloreada por un solo larguísimo pergeñado a través de colores pálidos.

‘¿De qué sirve un corazón que no ha sufrido?’, me decías siempre. Mientras apoyabas los codos sobre alguna mesa de bar o cantina. Luego supe de la raigambre de esa pregunta. Un plagio voluntario a tu dramaturgo favorito. Esa pregunta ya la habías hecho antes, con otros amantes, en otros tiempos. No importaba entonces, como no importa ahora, porque lacerar el corazón es una tarea inacabada todo el tiempo. Aunque en aquellos tiempos no lo supiéramos. Como no lo sabemos ahora tampoco. 

‘¿De qué sirve un corazón que no ha sufrido?’, vuelvo a escribir en la orilla de una hoja rota. La pregunta invisible para los neófitos del dolor. Pregunta perdida que regresa a las manos del zapatero; a los pies del triste amanuense. Por magia volitiva, la llevo en lo más alto de las manos y en la parte más baja de los pies. Repta a lo largo de todo mi cuerpo. Llega al corazón y vuelca. Como vuelcan las olas en su naturaleza más ignota.

Y, sin embargo, alguien siempre debe hacerlo. Desde la punta más impúdica hasta la base más furibunda. Romper el corazón. Partirlo, dividirlo, escindirlo… ¡Oh Jesús… etcétera!

Desde aquel día fuiste invierno fantasmal, un pequeño infierno presencial. ‘¿De qué sirve un corazón que no ha sufrido?’, para entonces sólo un espejismo tramado por las flores de invierno del Río Nevá. Entonces lo supimos: el amor es una plaga y deja marcas criminales en la piel. ¡Oh Jesús… etcétera!

No te equivocas cuando aseguras que he estado bebiendo. Tampoco te equivocas al pedirme que asesine la avenida del pasado. Pero antes debía desaparecer en el resplandor citadino.  Para poder desvestirte nuevamente. Raina, deseo vehementemente volver a brillar en tus hermosas pupilas. ¿En qué estaba pensando el día que decidí romper tu corazón?

Nuestra historia fue una de esas canciones llena de versos tristes, construida a través de cuestionamientos pueriles. De ritmo descuadrado, de estructura derramada, de colores pálidos. Y, sin embargo, siempre alguien debe volver a ejecutarla.

Te amo, Raina. Tan sólo soy ese hombre que te ama.

miércoles, 6 de enero de 2016

Periferias del Narco II

Por Diego Bang Bang 

Conocí a Samuel Fierro un otoño. Luego de la caída de muchas hojas. Justo cuando ambos necesitábamos congelar nuestro pasado, algunas penas y muchas lágrimas. Nunca en mi vida he vuelto a conocer a alguien con tal fortaleza para congelar sus sentimientos. Quizá por eso nos unió el calor de la bebida. Porque derritió esa sustancia que de vez en vez debe fluir hasta inundarlo todo. En algún cartón de cerveza esa esencia nuestra aún espera.

De él recuerdo sus pómulos y las yemas de sus dedos. Músculos redondos intercambiables en su biología. Lo mismo los forzaba para abrir una caguama que para reír mientras la tomaba. Ambos tejidos se juntaban cuando en el punto más alto de nuestra embriaguez las lágrimas brotaban. La redondez de sus yemas se extendía sobre la biología redonda de sus pómulos.

Fue en una de esas noches de derretimiento cuando conocimos La Boca del Lobo. La trampa perfecta de la droga. Diseñada por una máquina esquizofrénica repleta de banalidades. Porque no hay nada más absurdo que pagar por algo sin importar el precio y además correr el riesgo de ser castigado por ello. Quienes no conocen este artefacto chiflado, no conocen el fundamento de los últimos quinientos años.

Aquella noche habíamos bebido en exceso, como de costumbre. Amparados por cajas de refresco y cartones de cerveza. Por el negocio familiar de Fierro, por el carisma de Jonás y de su tienda. Como en todo coctel, necesitábamos la parte final. La cereza, más bien el chantillí. Entonces subimos en un taxi por segunda o tercera vez en la noche.

Nuestras voces cortadas precedían el sólido carraspeo indetenible de nuestras placas dentales. Las fosas para entonces ya eran flautas desafinadas. Mientras avanzábamos las luces/sirenas también cortaban nuestra visión o, mejor dicho, la visión. Samuel miraba el retrovisor del lóbulo lateral del cerebro; yo, el retrovisor central del corazón. Un hilo blanco iba de la cruz blasfema de la nariz al oído fino de mi acompañante también amigo. En ese entonces, pero quién sabe ahora.     

Para cuando bajamos del taxi ya éramos la presa perfecta. Habíamos entrado en la zona roja. Cualquier mano de arbusto, cualquier nervio de piedra, cualquier animal insecto podía tomarnos. Desgarrarnos, penetrarnos o simplemente engullirnos. Por diversión o por genuino placer, eso francamente ya no importaba.

Poco tiempo después se confirmo, lo confirmamos. Sombras de la máquina chiflada, del artefacto esquizofrénico comenzaron a avanzar hacia nosotros. Forcejearon con la poca conciencia de nuestros cuerpos. Con la inútil flexibilidad de nuestras mentes. Poco después caímos en cuenta: aquel lobo, el único lobo, el de la trampa perfecta, nos masticaba a sus anchas… Con placer y a placer.

Nunca más volví a estar tan cerca de Samuel, como ese día en La Boca del Lobo. Fuimos la misma sustancia, una combinación de cerveza, cocaína y amistad genuina. Afortunadamente, el apetito de la máquina estaba saciado. Por eso nos escupió. Desgraciadamente, no trascendimos a las entrañas del Lobo. Pudimos haber sido algo, casi antihéroes, en esta nefanda trampa perfecta.

viernes, 16 de octubre de 2015

Periferias del Narco

Por Diego Bang Bang

Esta historia está desenfocada. Esta pequeña historia es tangencial. Es un rayo oblicuo atravesando la tempestad. Una sustancia visceral mezclada con el ácido estomacal de una tierra baldía.

Comenzó una noche hace ya varios años. Situada en uno de los círculos abismales de la Isla de Filoctetes. Terminó esa misma noche como todas las peripecias en esta isla.

El personaje principal es el viento. Un viento rojo que avanza poco a poco en el transcurso de la noche. Una mancha seminal que cubre el fondo de nuestros sueños. 

Respiramos el viento y lo convertimos en aliento. El ave del viento hace fotosíntesis con nuestra química alcohólica. Así caminamos entre sueños rotos, sin saber lo que la Máquina nos tiene preparado.

Un mismo cuarto para los tres. Así estamos aún en mi memoria. Despiertos envueltos por volutas con olor a gas. Dormidos con el olor a sexo marchito. Los dientes tiemblan al rememorar el encuentro inmediatamente anterior: ¡Jesús!

Un momento antes le encontramos. Lo encontramos. No al Hijo de Dios. Sí al Mesías. También al Judas. Supimos su nombre luego de haber dado las primeras caladas a su cigarro de marihuana.

Instalados en su pequeño automóvil. Se había acercado a nosotros a la luz de un Oxxo. Nos invitó a beber una cerveza de manera efusiva. Por el dinero no debíamos preocuparnos. No lo hicimos. Subimos y aparcamos justo frente a la casa de mis padres.

“Amo demasiado a mi hija”, dijo abruptamente. “También a mi esposa”, completó. Después de los primeros 5 minutos ya no nos miraba. Ni siquiera en el reflejo del espejo retrovisor. Su mirada se encontraba en un hoyo negro incrustado en medio del parabrisas.

Clavijero bebía de manera desfachatada. El viento rojo avanzaba lentamente. Radián volteado hacia su propio reflejo en el vidrio lateral. Jesús, así se llamaba. Amaba en superlativo a su hija. También a su esposa. El viento rojo ya era para entonces el sudario del Hombre de la Luna.

Sus manos hormigueaban sobre el volante. Silencio entonces. El coche era un desorden total. Basura en todos sus recovecos. Las circuitos eléctricos colapsados igual que los nervios. Su chamarra olía a pólvora. Su sexo estaba marchito. La palidez parduzca de su cara: un vivo reflejo del viento rojo. Rojo como el coyote inmenso que aullaba debajo de aquella noche.

La mirada de Radián se posa en la mía. Esta historia está desenfocada. Es una línea amarilla trazada en medio de la gran capa roja. Un ojo noctambulo cruzado por una paja de cristal lacerante. Pensamos lo mismo. Clavijero fuma marihuana desgarbadamente. Nos despedimos mientras Jesús regresa de sí. Dos legañas brillan con el furor de lágrimas. Bajamos del pequeño automóvil.

Antes de abrir la puerta, Clavijero nos manda al diablo. Su cuerpo necesita droga. También el nuestro, pero somos drogos pudorosos. Cobardes. Nuestro amigo, entonces, se confunde con el punto de fuga rojizo desdibujado en el horizonte.


Cerramos la puerta. Con aliento alcohólico lo decimos: “Acaba de matar a alguien”. Jesús era un asesino a sueldo. Amaba a su hija en superlativo. Un sicario de la Isla de Filoctetes. Amaba a su esposa también.

jueves, 20 de agosto de 2015

VI. El Enamorado

En la carta: Las siamesas, Cupido y 9.

La Papisa: C´est l´amour a Marseille, Santiago. Carta sagrada: ¡oh, Fortuna, semper variabilis! ¡El enamorado! Tu amigo te trajo suerte.

13: No bebí suerte. Bebí chartreuse, absynth, pierdealmas... Me llené el buche con el monstruo de los ojos verdes...

La Papisa: Aloxinus en latín papal.

13: Eso, exactamente: alucino.

La Papisa: ¿Pero qué tanto cargas, muchacho, qué cargas en tu equipaje?

9: Carga conmigo, no lo sabe pero me carga, lo intuye secretamente, no sé si acaricia la posibilidad pero yo sí lo sé de cierto: El cruzado loco, me dicen, y soy Santiagueño. A Santiago de Matamoros amo y en Santiago de Matamoros creo.. No hay más palabra que la de Santiago. Él es mi fe y mi justicia y mi espada y mi sangre y mi boca y todo mi cuerpo espera una palabra suya para sanar mi alma. Santiago despierta en mí el respeto del padre que no tuve. Predica con cuentos y a veces me pierdo las palabras pero nunca el movimiento de su boca. Santiagueño soy y por él muero y aunque nunca toque esa boca, por él sería capaz de matar.

Cupido flecha al enamorado y desata sus zaetas. Todo enloquece en un rapto de amor.

[...]

La Papisa (furioso) : Damas y caballeros, aquí se abre un paréntesis. Aparecen Los Amorosos y todo se va al Diablo, y no me refiero al azul del Tarot. El Arcano VI, el amor, es una carta que perturba todo, tiene su imperio y arrasa; y si es capaz de abrir mares, ¿no podrá sacar una trama de su ya de por sí frágil cauce?

Fragmento de La inocencia de David Olguín.

lunes, 3 de agosto de 2015

El limbo de Lulú

Por Diego Bang Bang

Las sopas maruchan yacen medio vacías o medio llenas, según se las vea. No tragábamos nada más en aquel tiempo. En verdad me parece curiosa la palabra tiempo. Decirla, escribirla y ya no se diga pensarla. Cuando la pienso para referirme a aquel tiempo es como una espiral de volutas con olor a marihuana. O como un delicioso mareo posterior a un orgasmo. Así era aquel tiempo: un bello mareo posorgasmico con olor a marihuana.

De Lulú mucho se puede decir, pero basta decir que oímos sus gemidos mientras tiraba y también sus cánticos en el metro para alimentarnos. Nos enseñó expresiones tan particulares como coño de su madre y por ella aprendimos el sentido y la profundidad de andar pegados. En algún momento, llegamos a suponer su locura como secuela por conocer México. O, al menos, de conocer a tres con ese gentilicio. Nadie lo sabe. Ni siquiera la Psiquiatría.

En más de una ocasión nos vio volvernos mierda: en su casa o en el terreno irregular de Santo Domingo. Al palpar el agua de su excusado o también al dormir en su aposento llorando a causa de alguna traición amorosa. Vimos, bajo su techo, los ojos de Radián ponerse más rojos que los atardeceres de Marte. Fuimos testigos, a las afueras de su morada, del trance de Clavijero a causa de una ingesta innoble de Válium o algo parecido al Diazepam.

Percibimos la muerte de la mujer en turno, para luego aullar como cisnes negros. De muchas maneras, en esos cuartos llenos de antipoesía, comenzamos a delinear nuestra convicción literaria. Miramos a los ojos de los “literatos”. Aquellos que ya lo son, porque así han decidido declararlo. Ellos, los ganadores de premios de poesía o narrativa. Ellos, los fundadores de casas de cultura con su nombre.


A decir verdad, sólo palpamos algunos de los bordes de este exquisito limbo. Nacido del arquetipo de Auxilio Lacouture. Quizá Lulú no conocía a todos los escritores de nuestra generación, pero de alguna manera quienes la conocían intuían algo poético en ella. Esa flama conmovedora que deja malparado a cualquiera. Porque en lugar de encontrar una madre, encontramos a la mujer compañera. Lulú no como un Auxilio sino como un Exilio.