> Arcanum VI

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Antihomenaje a Eusebio Ruvalcaba


Por Diego Bang Bang

En la línea y en concordancia con tus antiensayos. En contrapunto y alejado del más solemne de los recintos culturales de México (Palacio de Bellas Artes). 

Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que estuve aquí. Era más joven y, por lo tanto, entusiasta. Tenía muchas ganas de existir. Y uno de los catalizadores de ese impulso existencial eran tus letras. Descubiertas en alguna edición peregrina de La Mosca en la Pared. ¿Por qué te relaciono con esta pulquería? Tú nunca estuviste aquí, en Las Duelistas. Es ahora cuando debo confesar que este antihomenaje sucede por capricho de asociación. 

En alguno de tus textos, leído por mí en aquel tiempo remoto, mencionabas tu predilección por el curado de apio. En esa misma gota de tiempo condensado, me recuerdo probando mi primer pulque de apio en este lugar. Ese sabor fresco, de literatura y de alcohol, impregnó mi memoria. Y yace aquí pulsante. En el menú de hoy. 

El capricho de asociación es consecuente respecto a otro menester. Me recuerdo sufriendo a solas en este lugar por mi primer amor. Como los hombres sórdidos y miserables de tus textos. Hombres regulares con aspiraciones regulares. Que pelean por teléfono con sus ex esposas. Justo como el hombre que yace a mi lado en este momento. Obrero regular, igual que todos, que huye del trabajo para poder tomarse un trago y apaciguar la tortuosa existencia. "El matarratas" en pocas palabras. 

Las puertas de este lugar son un díptico de tipo western y, mientras las miro, recuerdo una de las fotos más difundidas de tu efigie. Miras a la cámara de manera serena y tus manos se posan en ambas alas de la puerta de alguna entrañable cantina. Es raro pensarte en muerte. Como una inexistencia. En la ausencia. Y esta rara sensación se extiende hasta pensar como un sueño aquella vez que platicamos cara a cara. En esa ocasión, me contaste la siguiente anécdota: el padre de uno de tus amigos se encontraba en la parte más turbulenta de su vida. Un malvado alzheimer lo mantenía entre lo tangible del recuerdo y lo lacerante del olvido. No obstante esta pérfida situación, tu amigo era un hombre feliz. Regocijante a causa de la posibilidad de una retribución existencial para con su padre. Feliz en el ouroboros de la vida, feliz en ese momento crucial donde los papeles de esta tragicomedia se invierten: el hijo cuida al padre y cierra con dignidad los entretelones de la puesta en escena. Desde aquel día me permito pensar en cómo afrontaré ese momento: ¿por qué no habría de ser un placer el cuidado de los padres? Más allá de los diques existenciales, más allá de las mezquindades, más allá de eso... la sangre llama a la sangre para su celebración. 

El chile en polvo se mezcla con el sabor acuoso del curado de apio, alzo la mirada y vislumbro una pequeña cucaracha. Una genuina sonrisa aparece en la comisura de mis labios. Grata coincidencia encontrarme con uno de estos insectos en este preciso momento. Me hace recordar el inicio de "El despojo soy yo". En un primer párrafo invitas al lector a lanzar su sensibilidad a las cucarachas luego de una resaca. En general, así es como tus textos me hacían y me hacen sentir. Como un insecto, como una insignificancia. Un ser que mueve sus extremidades agónicamente, incluidas las antenas. Incluido el corazón. Una nada olvidada (porque hay nadas que se recuerdan) y marginada del bullicio del mundo. Una nada marginada de la solemnidad y la cómoda hipocresía. 

Largo rato he pensado cómo terminar este antihomenaje de bolsillo. Y dos imágenes se proyectan en mi cabeza. En la primera, todos tus personajes se reúnen en tu cantina favorita para hacerte un homenaje. El Taimex, León Bernal y su amigo chino, Mariana y Elena, algún travesti de mucha monta, tu maestro literario quien escribía con las manos ensangrentadas, tu padre y sus amigos del cuarteto Lener, Chopin y Schumann, el Diablo... En la segunda, mis mejores amigos baten las puertas de esta pulquería. Y, guarecidos de cualquier indicio de solemnidad, repasamos con melancolía recuerdos de nuestra juventud. Y entonces nos damos cuenta: tu literatura, querido Eusebio, siempre será uno de los puntos de fuga.

martes, 27 de junio de 2017

Ciudad Palimpsesto IV

Por Diego Bang Bang

16) Condicional: abrir bien los ojos

Ante todo, fue el sentido del humor. El tuyo particular, esa manera de anudar las palabras con tanta gracia. Ese mismo que regresa cada vez que miro una de tus fotografías. Y entonces me pregunto: “¿qué pensarás cuando te cuente?”. Cuando te diga de la pequeña libreta amarilla. Ese diario extrapersonal. ¿Nuestro? Liado con cada uno de tus sueños, recuerdos y fotografías. En algunos aparezco reproducido a escala. En otros simplemente no aparezco. Y entonces me pierdo en ese largo trecho llamado memoria, tu memoria. Una especie de desierto con zonas selváticas. Así me la imagino.

Luego de un rato regreso a las fotografías: ¿qué habrás sentido al tomar ésta? ¿cuánto de ti se ha ido en ésta otra? Me da un vértigo. De no saber quién eres. De perderme en la infinidad de tu ser. Porque de eso se trata, ¿no? De abrirnos, como rendijas del universo que somos, para dejar entrar al otro. Al ser vivo, al humano. Al amante impertérrito. Por eso aquí estoy: con la curvatura del cielo frente a mí y con la vieja computadora. Invento relatos, derivados de tus fotografías.

***

Te vi a lo lejos. Estabas con un hombre apuesto. Él bebía una margarita mientras avizoraba un puñado de gaviotas surcar hostilmente el cielo. Fue el ruido, quizá, de las aves lo que me hizo voltear. No lo sé. En esta parte de la fotografía mi memoria se ha vuelto ambigua. Porque todo se volvió desechable al percatarme de ti. Una cámara apuntada al cielo. Uno, dos o tres tiros. No lo recuerdo bien tampoco. Mi mirada fija en tus furtivas orejas. Seis aves impregnadas en una memoria digital, portátil. Cuando bajaste la cabeza para revisar las imágenes, entonces regresé la mirada con alivio a mi libro en turno. Desde entonces acompañas mis lecturas… ¿y yo tus fotografías?        

17) Condicional: un poco de suerte

Este texto trata sobre la suerte. Suerte de sobrevivencia. Al contexto vil y variopinto de donde provengo: Ciudad Limbo.

En mi familia sólo mi abuelo es el portador de la fe artística. Él ha librado épicas batallas en nombre de la pintura. Algunas las ha ganado y las más importantes las ha perdido. Él fue quien sembró la raíz de nosotros, su progenie, en las profundidades de Ciudad Limbo. Dejó la pintura para dedicarse a la panadería y así poder mantener a más de una decena de hijos. Con un poco de suerte, algunos de sus nietos hemos podido heredar algún viso artístico.

En un universo ordinario sin suerte, me convierto en un padre de familia adolescente o en un ladrón de poca monta antes de caer en las garras de la cárcel. Ante la desesperación de este cruel encierro, decido quitarme la vida. Mi madre llora al pie de mi ataúd. Mi padre muere de un segundo ataque al corazón, luego de mi sepelio. Mis sobrinas siempre me recordarán como un ser deleznable y desechable. No hay epitafio ni dedicatoria alguna en mi tumba.

En el caso particular del universo extraordinario con suerte, me tocó poder escribir una pequeña obra de teatro antes de cumplir los treinta. Esta pequeña obra cuenta dos historias. En la primera, el personaje femenino reivindica los valores de la rebeldía a través del anarquismo. En la segunda, la obrita se publica y puedo regalarla a mi abuelo y a mi padre. La dedicatoria, el contraepitafio, es para ellos. Porque sin ellos no habría ópera punk a la mexicana.

En el universo ordinario sin suerte, pude haber sido mi primo que murió con esquizofrenia o alguno de mis primos que viven con retraso. También pude haber heredado la pusilanimidad de algunos de mis tíos. Pero no… me tocó lo extraordinario y lo agradezco enormemente. Me tocó poder despedir un libro, porque todo libro es un viajero. Buena suerte, CamiLa.  

18) Condicional: la vocación de incendio

Orgullosa de sí misma / Se levanta la ciudad de México-Tenochtitlan / Aquí nadie teme la muerte en la guerra / Esta es nuestra gloria / Este es tu mandato / ¡Oh, dador de la vida! / Tenedlo presente, oh príncipes / No lo olvidéis / ¿Quién podrá sitiar a Tenochtitlan? / ¿Quién podrá conmover los cimientos del cielo…? / Con nuestras flechas / Con nuestros escudos / Está existiendo la ciudad / ¡México-Tenochtitlan subsiste!        

19) Condicional: encontrar a Ella

Ganar una ciudad… formidable recurso para el amor.

Llegué a Ciudad Palimpsesto luego de un largo y forzado deambular en Ciudad Limbo. Fui traído por los intempestivos lamentos de una tumba que se sucedieron oníricamente en blanco y negro.

Negro y blanco era el vestido de la aparición femenina de aquellos sueños. Sus labios incendiados de rojo pronunciaban un apellido: Lafragua.

Cuando me hube en la urbe, lo primero que hice fue apostarme en el cruce de las calles de San Fernando y Héroes. Así pude leer la inscripción que se me presentó varias ocasiones en sueño: “Llegaba ya al altar feliz esposa, ahí la hirió la muerte, aquí reposa”.

Las hojas de los árboles se mecían acompasadamente, a la luz de los últimos hilos del rubor químico de la tarde, mientras una noble brizna rozaba mi rostro. A lo lejos un rayo iluminó las hierbas que tiritaban en las grietas del pavimento. Entonces la aparición femenina salió de su aposento. Se acercó a mi cuerpo adosado a las polvorientas rejas. Su presencia era etérea, se sentía un gran vacío y también una ubicuidad desbordante. Cuando habló, una calma inconmensurable inundó el panteón. “Debes buscar a la Mujer Intergaláctica”, me dijo en un claro español. Para después perderse entre las columnas de piedra y los viejos troncos de los árboles.

Aquella fue la noche decisiva para confirmar tu existencia y comenzar a buscarte… Mujer Intergaláctica.    

20) Condicional: perder la decencia

Esquina del eje de Guerrero y Puente de Alvarado. Son las nueve de la noche de un miércoles de 2017. Un par de viejos amigos de la universidad se encuentran en la cantina El Mirador. Ambos son directores de teatro, reconocidos cada uno en su estilo. Uno de ellos ha sido multipremiado por las instituciones de cultura del sistema político mexicano. Ha tenido algunos coqueteos con el teatro comercial. El segundo ha tenido cada cierto tiempo bombazos en las taquillas de los teatros más comerciales de la república mexicana. Ambos dan clases en escuelas de teatro. Luego de haber bebido un par de horas, la lengua se suelta leguas. Han hablado ya de sus proyectos en puerta. De la muerte de Vicente Leñero. De los múltiples homenajes a Ludwik Margules. Es el momento idóneo para hablar de las víctimas:

Dramaturgo-geógrafo: tenía 21 años cuando la conocí y comencé a darle clases. Su nombre era María. Mis alumnos presentaban monólogos, si no mal recuerdo, como examen final. María quería ser actriz antes que cualquier cosa, pero no daba el ancho. Cada uno de sus ejercicios era pésimo. No tenía presencia escénica, no tenía ni el más mínimo dominio de su corporalidad. En sus ojos se asomaba todo el tiempo la inseguridad. Nunca le dije nada al respecto. Siempre traté de hacer buenos comentarios y mostrarme optimista acerca de su trabajo. Para el momento del examen final, escogió un texto de Ingmar Bergman. Fue su peor actuación. Incluso así hice algunos comentarios positivos, sobre todo acerca de su dicción. Ella pasó el curso con una calificación regular. No volví a saber de ella hasta dos años después. Había terminado la carrera en actuación, pero no había tenido ningún trabajo profesional ni en teatro ni en televisión. En todas las audiciones la rechazaban y también todos los directores de teatro la hacían a un lado. Se encontraba trabajando en la cafetería de un espacio escénico por las noches. Por las mañanas se empleaba en la limpieza del recién abierto “Gran Frontón de México”. Había subido de peso notablemente y una enfermedad cérvico-uterina parecía asomarse en los más recientes estudios que se había hecho. Todo me lo contó en el pequeño coctel del estreno de El sueño de Strindberg en el Centro Cultural del Bosque. Luego de despedirnos, una culpa inmensa no me soltó de vuelta a casa. Mi poca responsabilidad como tutor la había hecho creer en una carrera en el teatro. Me había comportado como un amante que hace creer en el amor eterno a la otra persona y después la traiciona de la manera más vil. Una culpa así de inmensa me revuelca cada vez que pienso en María. Cada vez que pienso en si hubiera sido responsable y fiel a la causa pedagógica. Pero no lo fui y ahora ella está destinada a deambular por las calles de Ciudad Monstruo en busca de algún escenario que pueda arroparla. En verdad lo siento... Pobre María.    

miércoles, 17 de mayo de 2017

Ciudad Palimpsesto III

Por Diego Bang Bang

11) Condicional: abrir bien los ojos

El hombre baja del vagón y comienza a reprobar con la cabeza. Sus pies se arrastran a causa de un accidente, como bien lo hizo saber durante su trayecto. Trae un par de muletas adheridas a sus brazos. Su expresión es de desesperación mientras cabecea. Su piel ha perdido color en todos estos años de pedir ayuda. Una profunda impotencia se asoma en sus ojos y su boca.

***

Su cama es una rampa para discapacitados. Huele a podredumbre. El cartón y la cobija con los que duerme parecen chamuscados por la acumulación de mugre. Todo el tiempo profiere groserías. La gente pasa y lo mira maldecir. Algunos piensan que son ellos el objetivo de aquellas injurias. Su cuerpo repta a espasmos por Puente de Alvarado. De algún modo, es a todos a quien ofende con sus enunciaciones. A la ciudad. Al país.

***

Se encuentra parada en la esquina de la avenida Héroes Ferrocarrileros. Viste una chamarra barata de algo parecido a la piel. Su acompañante huele solvente. Ella cuenta una historia sobre un hombre. En particular, sobre la amenaza que le hizo ese hombre. Su ojo luce una aureola. Una aureola asimétrica. Un golpe propinado, ¿por el hombre del relato? Un golpe asestado, ¿por la ciudad, por el país?

***

Cuando lo conocí tenía el cabello en forma de arbusto. Ahora lo tiene en forma de casco ensortijado. Calza tenis anchos de skater, aunque seguramente no patina. Viste un chaleco rosa del gobierno local de lunes a viernes. Es moreno. Como su mamá. Y habla lento. Como su mamá. Recoge basura. Como su mamá. Pocas veces habla. Y, si lo hace, es para asentir. Para encaminar la basura de la colonia al repositorio móvil más cercano. Las hojas caídas lo siguen en su trayecto de pequeño Frankenstein. ¿Cuál será su nombre? ¿Alguna vez conoció a su padre? ¿Vive en un basural?

***

Manos finamente delgadas que tocan un piano ficticio a la luz de las velas. Sus piernas son largas y blancas, recorridas por torrentes verdosos. También su cara es de una fresca blancura. Suele vestir blusas transparentes. Su espalda está marcada a tinta por dos alas negras. El plumaje frondoso de un cisne. Labios pintados de un pálido naranja. Ojos de prostituta, de águila cazadora. Habla por celular mientras mira a los roedores. Puede penetrar tu ano con su pene delicadamente o lamer tus testículos con voluptuosidad femenina. Los clientes con antigüedad compran dubonnet para el encuentro y se lo sirven en las rocas. Su nombre es Paulhan. Su signo es la androginia. Su carta el arcano XV, el Diablo.  

12) Condicional: un poco de suerte

Las hojas caen dramáticamente, son un velo. Un ornamento para la visión. Una anteojera necesaria para poder reconocer los escombros, las ruinas. Un tamiz calibrado para recoger las historias, los gestos y las voces.

Las hojas caen fidedignamente, son un designio. Un augurio de la escritura. Un amuleto entre tanta realidad obliterada. Entre tanta realidad de plasma, plasmada en la ubicua pantalla.   

La realidad es un coitus interruptus que dura un meme. La erección de la realidad dura muy poco y sus procesos se han visto pervertidos. Entre tanta intermitencia, la jauría de perros que ladra en su babel, el coito prolongado de la literatura es inconcebible. Por eso, las hojas que caen dramáticamente son un signo. Son una suerte. Un sino de la escritura. 

13) Condicional: la vocación de incendio








14) Condicional: encontrarse

Fenómeno curioso cuando el amor comienza entre lágrimas. El cuerpo hierve en deseo sexual, en su lógica carnal irrefrenable. La mente se bambolea entre celos y aprehensiones.

Ella descansa en tu pecho mientras lanza preguntas inexactas: ¿deberíamos estar juntos? ¿nos merecemos mutuamente? Un verso aparece en nuestras cuatro paredes (¿mentales?): “No supe ser el que tú esperabas, yo sólo soy el que supo llegar”. Su sueño se acerca a tus ojos: una marca antigua en forma de alacrán emerge de su empeine. Un veneno corroe tu garganta. Es dulce, sabe a vino, y es amargo también. Es un éxtasis. Una patología extática. 

Regresas a la vieja computadora y lo puedes ver claramente: un café con leche, un cigarrillo entre su adictiva boca y las gotas de lluvia que mojan Bucareli. Puedes verlo claramente: eres nuevamente ese adolescente enamoradizo. El mismo que llora de felicidad por descubrir el amor.

Y llueve, llueve y llueve de felicidad en la ciudad.

15) Condicional: perder la decencia

Se abre una rendija existencial y aparece el miedo. Ella lame el pecho de él. Botellas de vino tinto por todo el lugar. Sabes que se habían deseado por mucho tiempo. Discretamente, furtivamente, respetuosamente. Era cuestión de dejarlos libres. De quitar los diques sociales de las buenas maneras y el chauvinismo emocional. Cortar el cordón umbilical societario.

Estás sobre un bote de pintura. Ella olisquea su pene. Él agarra su nuca y la nalguea. Tú no puedes hacer nada. Ni siquiera es una ventana de sótano para romper el cristal. Es una ranura en el concreto. Tus manos golpean la pintura amarilla fúnebre del cuarto inexpugnable. No quieres seguir observando, pero es inevitable.

Y entonces ella le pide la penetración. Y nunca la habías visto mejor. Tan ahíta de placer. Grita y grita y grita. Tú mueres un poquito. Lloras sin lágrimas. Ya no hay sustancia en ti. Cada noche la pesadilla es la misma. Lucky once, never twice.

domingo, 19 de marzo de 2017

Ciudad Palimpsesto II

Por Diego Bang Bang

6) Condicional: abrir bien los ojos

Un óleo poblado con voluminosas nubes yace como telón de fondo. Se colorea con finos hilos de luz naranja y magenta. En primer plano se observan hoteles, edificios comerciales y oficinas de gobierno. En otro plano, más epidérmico, una llamarada de autos y ríos de gente. Las nubes doradas cuentan una infame historia de amor. En su seno de algodón, todas las tardes el sol asalta con fuerza lujuriosa y crepuscular a la luna. Los ríos de gente no lo notan por lo regular. Pero todas las tardes, en las mismas coordenadas del firmamento, Él calma su ansiedad al beber de los turgentes labios de Ella. Por la noche, huyen al pantano onírico de la existencia.
 
7) Condicional: un poco suerte

Pudimos no haber vivido en el pospretérito. Alejarnos de la cruel posibilidad del pasado. Sentarnos en medio de Plaza de República con una sonrisa absoluta en la comisura presente del tiempo. Desactivar los mecanismos ansiosos de casa embrujada. Podíamos dejar de sentir un ardor en la garganta causado por nuestras neurosis insalvables. Acercarnos más a la factibilidad del futuro. Sentarnos en Santa María La Ribera en la tensa cuerda del equilibrista absoluto del presente. Pudimos, podíamos y, sin embargo, fuimos pospretérito. ¡Canallas! 

8) Condicional: la vocación de incendio 

RUINAS DEL TEMPLO MAYOR

Aquí cayeron los antepasados

Pueblos hábiles para la guerra   temerosos 

de sus hoscas deidades

Con manos delicadas para tallar la piedra

entretejer las plumas

abrir el pecho del cautivo 

y con lágrimas

para llorar después la servidumbre 

9) Condicional: encontrar a Él

Holly Fernández ha sido su nombre por mucho tiempo. Tomado de una vieja canción inspirada en Scott Fitzgerald una mañana de viernes, a ritmo de jazz mientras vislumbraba el sabor local de Ciudad Palimpsesto. De su pasado recuerda poco. En sueños, a veces lo recuerda mucho. Cuando esto sucede, su pecho vibra y le causa disnea. Un vértigo acompañado de lágrimas ralentizadas. De su futuro recuerda mucho. Una misión sideral, sobre todo.

Pero antes… 

Una mañana límpida. De lluvia cristalina, de aire fugaz. El escaparate de una librería. Autos y siluetas danzan en el reflejo del vidrio que funciona como filtro a sus ventas. Holly mira la portada de un libro. El fondo del cielo, un libro portátil y vibrátil. Cuando lo tiene entre sus manos se identifica: “[…] una historia con ciencia ficción.” Así es como fluye su existencia, entre cuentos infragalácticos de escritores rusos y teorías psicoanalíticas para explicar la anomalía de su memoria. “¿En qué momento comencé a recordar mis vidas futuras? Tu cuello, tu cabello ensortijado, el sabor de tus labios…”, se dijo de inmediato. Al salir de la tienda, ubicada en la Torre Central, un repentino golpe del destino: el choque de dos estrellas incandescentes. Así lo piensa ahora, aunque en ese momento sólo fue un grito pequeño de pudor y un “disculpe usted”. El pacto futuro se selló mientras las manos de él entregaban el libro portátil y vibrátil. Justo como sus corazones. 

***

Mientras camina agarrado de un libro de José Emilio Pacheco lo nota. No ha podido dejar de pensar en la mujer con la que chocó hace unos días. Mujer Intergaláctica ha decidido llamarla. 

10) Condicional: perder la decencia

Calle Mina: su rostro supura incertidumbre, sus labios rugosos claman por un poco de agua. Una parte de su cuello ha sido arrancada. En esa superficie, sangre roja coagulada convive con carne ennegrecida por el tiempo. Sus pasos son nimios. Ínfimas monedas brillan entre sus dedos. En cualquier momento una coladera mal dispuesta lo tragará por completo. Un desecho más de Ciudad Palimpsesto. 

El detective asoma todas las noches de su agujero favorito. Tiene bigotes largos y orejas puntiagudas. Apostado en la superficie sondea los pesares de los transeúntes. Como el de aquélla mujer detenida en la oscuridad de la pequeña plaza Tristessa. Quien recuerda el primer beso y también la amarga despedida.

domingo, 26 de febrero de 2017

DF Turnaround

Por Diego Bang Bang

Anoche soñé que volvía a verte. Nos encontrábamos de nuevo, a la vera de un arroyo seco. Estancado en el tiempo. Lleno de basura emocional. Salías de entre las sombras nocturnas. Tus pasos se acercaban al ritmo de la pequeña estampida de un vaso de unicel abandonado. Te pedía, entonces, que me imaginaras como un fantasma. Para poder escucharte, para volver a mirarnos.

Te hablaba del tiempo. De cuando me dijiste “es tiempo”. De las pocas historias nuestras pergeñadas en el diario impersonal de Ciudad Monstruo aka Distrito Ficcional.

Te contaba de la sintaxis intestina entre Raina, Sleeping pills y Stanyan Street. Nuestras tres canciones favoritas. En ellas, el autor, regresaba a una época particular de su vida. Un tórrido amor, un apartamento sobre una avenida aledaña y un tormentoso exilio amoroso. Es decir, la mujer mencionada en la tercera canción es Raina. La misma a la que sueña bajo el influjo de somníferos.

Extrañamente, porque así son las cosas en el infausto mundo onírico, transmutabas en alguien más. Pronto me decías tu nuevo nombre: Tan Triste. Menudo nombre aparejado al mío: Monstruo Enamorado. Condenados a habitar entre la Dimensión Desconocida y el Espejo Oscuro. Así yacíamos en el universo del Arenero. 

Agarrados por las manos nos desvanecíamos. Para aparecer, de espaldas, en China Town. Un pequeño jardín nos arropaba en su calor incómodo. El pequeño infierno de nuestro amor. En el centro tú llorabas, luego de 16 pastillas para dormir y 23 días de hospital. En los márgenes, en el movimiento centrípeto de la vida breve, yo destilaba culpa. Fenecía a fuego lento acechado por los perros románticos. 

Black Out. 

Tiempo después, una entrevista en nuestro programa de radio favorito reactivó la fuerza centrífuga de la historia más larga. “No sé si eres sueño todo el tiempo…”, te decía con el pensamiento. 

Caminaba contigo por senderos pueblerinos y conforme avanzábamos se convertían en rellanos citadinos. “La canción que cierra el disco, nuestro favorito de nuestro último año, se llama así porque Elvis Presley tomaba anfetaminas en sus giras para aguantar, para no dormir”, me decías con las manos.

En los flancos de nuestra caminata, en la intuición yacente en los rabillos de los ojos, se abrían las puertas de los cientos de lugares no visitados. Los pequeños universos paralelos de la imposibilidad. Vestigios prehispánicos, pueblos mágicos, ciudades exóticas, naturaleza viva y en vivo. “La única letra impresa en el librillo del disco corresponde a la única canción instrumental del mismo. Como ya lo sospechábamos”, creo que ambos enunciamos. 

De pronto percibimos, a nuestras espaldas, una fuerte presencia intermitente. Un hombre de lentes gruesos, camisa elegantemente dibujada a rayas y un saco a medio morir nos dio alcance. Se colocó frente a nosotros. Olía a cigarrillo barato y a alcohol de segunda. “Nunca te enamoras dos veces igual”, sentenció.

viernes, 10 de febrero de 2017

Ciudad Palimpsesto

Por Diego Bang Bang 

Dedicado a Eusebio Ruvalcaba. Cuando muere un autor, muere un amor.


1) Condicional: abrir bien los ojos.   
 
Hablábamos de la condición ulterior del alma. De la inexistencia de una vida espiritual sin las debidas condiciones materiales. Me decías: “Si tuviera el tiempo suficiente, lo resolvería”. Y sin duda no resolvíamos nada. Porque a mí ya me empezaba la comezón propia de la ansiedad espiritual. (Es raro, te veo en fotos y pareces otra. Te veo en persona y no pareces la misma.)  
 
El reflejo de las nubes desfilaba frente a nosotros. En ese momento me parecieron veleros dorados cargados con los huevos absurdos de nuestro romance epiléptico. Se podía ver un óleo pintado de forma natural en los cristales infinitos de la inmovilidad. (Pocas veces cambias de expresión. Lo haces, sobre todo, cuando hablamos de amor.)  
 
Fumábamos. El humo crecía lentamente en las dos monedas de oro incrustadas en tu rostro. Las comisuras de tu boca ladeaban sensualmente. Me decías: "Sin tanto pasado, tendríamos un futuro". Y tenías razón... Básicamente porque teníamos un poco de presente. (Te quise borrar de mi memoria superficialmente. Mientras escribo, tu imagen crece desde el fondo de mis ojos hasta convertirse en una ruina ígnea).      
 
2) Condicional: un poco suerte 
 
¿A dónde van a parar todas las utopías amorosas? Los viajes, los planes acompasados y los pesares acumulados. ¿Existe un muladar para todas esas palabras y deseos? ¿Existe un basurero para todas esas ideas? Si quisiéramos recuperarlas, deberíamos inventarnos algún artilugio. Una tienda con artefactos mágicos, por ejemplo. Un universo paralelo donde pudiéramos ver la estrella distante en el fondo del pozo. Lanzar las monedas a la espera del viraje venturoso.

Tú un tanto menos insegura; yo librado de ninguna culpa. Desgraciadamente, la suerte de la primera vez nunca regresa para la segunda vuelta.    

 3) Condicional: la vocación de incendio  
 
En este lugar el zumbido de los insectos solía llamar a la lluvia. Los dioses eran aeróbicos, se mimetizaban con las piedras circundantes. Faltos de la medida antropomórfica, hacían simbiosis con el follaje de los árboles y los silbidos del viento. 

Sangre derramada. La huella del homo, el templo aterrizado y la multiplicación de los ídolos. Piedras pensadas como sudarios. Prestidigitación alquímica: la transmutación del pulque en vino.

El Guerrero Águila atraviesa la armadura con el fuego rabioso de su lanza. El venido de ultramar saquea los tesoros naturales. El fuego incandescente de la historia los cobija.  

Las letras de neón asoman en la esquina. Un mariachi espera en la puerta principal. De un recoveco secreto surge un mercader sonriente. La peor de las sustancias es la mejor de las ganancias. Debajo de aquella construcción se encuentra una de las ruinas principales del Mictlán.

¿Cuántas huellas dactilares de sus cuatro patas habrán pasado sobre nuestros restos? Hordas de caballos metálicos y apocalípticos. Tenochtitlán, día tras día, se hunde más en nosotros. Algunos somos lodo, algunos ya somos magma. Nunca aceptaremos el mote de homo urbanus.

4) Condicional: encontrar a Ella

Se conocieron en la segunda década del S. XXI. Por aquel entonces, Viajero del Tiempo sólo pensaba en una cosa: Ciudad Palimpsesto. No obstante, la Ciudad era una colección de imágenes confusas… difusas. De ella, sólo unas cuantas cuadras se dibujaban con nitidez: Bucareli, Reforma y Guerrero. A sus pensamientos solía llamarlos dioramas citadinos. En ellos, la gente hablaba incansablemente. De cualquier tema, de cualquier amor. Paseaban a sus mascotas y miraban perdidos el pavimento. De igual forma, luces intermitentes asomaban a distintas distancias.

Después de un tiempo, los pensamientos transmutaron en sueños. Por un largo período, Viajero del Tiempo soñó con el mismo lugar y en las mismas condiciones. Un panteón. Una tumba. Con fechas inverosímiles. Datadas en un futuro lejano. Los atardeceres oníricos se sucedieron. Una escritura disímil también se ceñía a la piedra de aquella tumba. Todas las mañanas se hizo la misma pregunta: ¿A quién pertenecía esa tumba?

***

De ella sólo se recuerda que soñaba a colores radiantes y con bellos lugares imprecisos.

5) Condicional: perder la decencia

Todas las mañanas miro sus tetas. Sentada sobre Puente de Alvarado, mira los autos pasar. La imagino frente al espejo del cuarto 505 del Hotel Riviera. Su cabellera ensortijada brilla debido a algún producto de tienda de autoservicio. Quizá servicio sea justamente la palabra. Ella brinda un servicio. No solamente cuando practica sexo oral a cambio de dinero. No sólo cuando practica sexo anal. Ella sirve, funciona en el todo citadino. No sólo yo le miro sus bellas tetas. He visto como lo hacen hombres más viejos y también más jóvenes. ¿Pensarán lo mismo? ¿Sienten hervir los testículos? ¿Las ganas de querer morder esas tetas y oler ese culo?

He pensado seriamente en detenerme un día y confesárselo. Decirle “tienes un par de tetas deliciosas”. Imagino su sonrisa al escuchar esto. Aunque, si soy sincero, también imagino su incomodidad. ¿Debería pagar por ver? El pensamiento común dice lo contrario: la mirada es inofensiva hasta que enamora. Y sus tetas en verdad son motivo de enamoramiento.

Es mediodía. Sombras vestidas con corbata pasan a mi lado. Soy, lo sé, también una de esas sombras. Sigo pensando en la prostituta parada frente al puesto de historietas. ¿Cuál es su nombre? ¿Cuántos penes mamara al día? ¿Cuánto dinero ganó el día anterior? ¿Tiene alguna enfermedad infecciosa? ¿Alguno de sus clientes se ha enamorado de ella?  

Mientras aquellos pensamientos aún revolotean en mi mente, recuerdo a las mujeres que he amado en mi vida. Entonces, una mezcla vívida de sensaciones evanescentes me carcome. No río ni tampoco flaqueo. Simplemente cierro los ojos y escucho el tren de la vida llegar. Siguiente estación: Tristessa.

jueves, 26 de enero de 2017

Texto a seis manos: Diatribas de Dylan

Por Los IntRas

Fue una madrugada de hace cuatro años, en casa de Samuel Fierro, cuando llegamos a la conclusión: el genuino heredero musical de Bob Dylan es Sufjan Stevens. Esto viene a colación, porque ahora nos parece un muladar lamentable. Nos referimos a las falsas herencias e interpretaciones tramposas de la obra de Dylan. Y no solamente significamos lo sucedido con el premio nobel (en minúsculas para que venda menos libros), también al abigarrado dechado de falaces exégetas pululantes.

Empecemos por las obviedades: Bob Dylan no es el único revulsivo del paradigma histórico del rock & roll. Ni tampoco el único forjador de la escena cultural de Greenwich Village. Por el contrario, fue el más apto para hacer mímesis con el naciente capitalismo cultural salvaje de la década de los sesenta. Un hombre blanco más en el memorial de los latrocinios a la cultura negra. Un Judas. No en el sentido del grito más snob de la historia de los conciertos. Más bien, un Judas genuino en el sentido cristiano del epíteto.

El otro gran robo de Dylan pertenece a la esfera de los poetas malditos y la generación beat. En este sentido, el premio nobel (en minúsculas para que lo lean los Poetas Posmodernos) es la muestra más acabada. ¿Lo habrán entendido los jueces anónimos nórdicos, cuasi dioses, como un premio a la vena de poetas como Baudelaire y Rimbaud? ¿O como un triunfo institucional, vigilar y castigar, sobre Kerouac y Ginsberg? Por cierto, en el marco de la condecoración, no coincidimos tampoco con Juan Villoro. No hubo tal salto cualitativo por parte de la Academia y, en consecuencia, no se premió la dimensión oral de la literatura. Más bien se premió al snobismo suscitado por la figura de Dylan. 

En lo tocante a falsas herencias e interpretaciones tramposas, nos parece lamentable la mercantilización de Sergio Zurita en el panorama mexicano. Dramaturgo de oropel que en la radio mexicana expolia el legado del otrora mil veces ladrón. Ese mismo que necesita valor y se refugia en la lírica de Dylan al componer sus frívolas escenas (Antes de irme, el amor (2015), verbigracia). Capaz de mezclar la industria de la autoayuda y al Rimbaud digerido en Dylan. 

Lo anterior como el grotesco más aberrante. No obstante, incluso Fresán ha abusado de esto que consideramos una fórmula. Fórmula alguna vez estética; devenida en fórmula comercial. 

Como todo axioma de la cultura popular, la fórmula comercial es simple. Citar y/o referenciar a Dylan. Entre más descarado mejor. Entre más evidente mejor. Ya no sólo en los epígrafes, también en los títulos (Adiós a Dylan (2016), por ejemplo). Lo anterior a manera de estatuto de conocimiento. Una vez docto falaz en la obra: las reseñas, las entrevistas, las presentaciones de libros, las redes sociales y el dinero. El dinero dylaniano. Más efectivo que el efectivo e incluso que las bitcoins.

Por supuesto, esta es una fórmula ladrona simple destilada de la fórmula maestra del ladrón supremo. Porque si tomamos el hurto como una de las grandes herramientas del arte, entonces son pocos los ladrones maestros. En ello radica la diferencia entre los Zurita y los Alejandro Carrillo en comparación con los José Agustín y los Sufjan Stevens. 

Los últimos dos fueron artífices, alquimistas, de la dimensión estética de la fórmula dylaniana.