> Arcanum VI

miércoles, 4 de febrero de 2015

El monstruo enamorado

Por Diego Bang Bang

El enamorado no es otra cosa que el perseguidor de señales. Alguien que decide ponerse en el canal intempestivo del destino y, por lo tanto, del lado de la fe. Ésta última, instancia inexplicable desde el raciocinio y que trasciende el plano emocional. La fe, entonces, es una conjunción de la negación racional, la trascendencia emocional y la convicción estética.

Este perseguidor tiene distintas modalidades para hurgar entre las capas del enamoramiento. Hay una en particular que interesa a los asiduos del enamoramiento: la arrobadora, valiente, salvaje, tempestuosa y violenta. Aquella que "[...] cala los huesos sin avisar[...]", como una lluvia inesperada. Aquella que rompe los diques de la conformidad, remueve los lindes de lo permisivo y alienta a caminar sobre las nubes.

Cuando, por otra parte, se ha experimentado esta violencia -de ola, de tifón, de acantilado- no se volverá a ser el mismo. Se habrá experimentado la deliciosa tragedia de no pertenecer a uno mismo. Se habrá experimentado la injusticia de saber que esa cumbre del placer existe y que se buscará toda la vida. Por eso el personaje de "El secreto de sus ojos" espera en la estación al asesino de su amada -sí con violencia de venganza, pero también con violencia de enamorado. Por eso Alceste prefiere abandonarnos a todos, por eso prefiere morir a solas y en busca de la violencia que alguna vez lo arrojó de sí mismo.

lunes, 26 de enero de 2015

Raina-Ariadna/2

Por Diego Bang Bang

Poseer. La ilusión de poseer. El verbo-fluido, líquido o, mejor aún, plasma. En eso pienso mientras muerdo tus nalgas. Mientras mis dedos se marcan en tu piel blanca. Un bello truco de magia. Mejor que cualquier tatuaje. Estar sin estar. Porque el sabor nunca es cicatriz y las verdaderas cicatrices se llevan en el alma.

Poseer. La ilusión de poseer. En algún momento pensamos que nos pertenecíamos. Pertenencia arcaica a manera de artesanía. Como esos hermosos cabellos muertos que guardo en la guantera del alma. O como los sueños donde la única estratagema es mordernos hasta sentir arcadas.

Poseer. La ilusión de poseer. No tengo miedo, pequeña Ariadna. Gigantesca Raina. El miedo es para los neófitos. Para esos que huyen del fuego y prefieren las algas. Aquí estoy con la temperatura alta. Fiebre de ti. Fiebre por ti. Listo a esperar mil años en lava. Hasta poder huir de mí, de ti, de todos...

Te regalo mis venas. Haz de mí lo que tengas por bien y también lo que tengas por mal. 

miércoles, 21 de enero de 2015

Raina-Ariadna

Por Diego Bang Bang

Justo en este momento pienso en no darme por vencido. En que, a fuerza de verdad necia y capricho maldito, no tengo miedo de aburrirme de ti porque sería aburrirme de mí. 

Y es entonces cuando la realidad se cierra y se vuelve un impasse con las mismas puertas y ventanas y las pequeñas luces parpadeantes que dicen stop.

Entonces los segundos de ese gran reloj de arena llamado amor, y más bien pasión, comienzan a desgranarse. Grano sobre grano: sabemos que es momento de voltear el tiempo en busca del ocho horizontal.

Pero este miedo no es de aburrimiento (eso ya ha pasado). Por el contrario, es miedo a nunca aburrime de ti y no poder salir nunca de ahí. ¡Oh, Raina-Ariadna! ¡Tengo un amor desquiciado por ti!

No tengo miedo a aburrirme de ti porque sería aburrirme de mí. Y tú eres la parte más hermosa de mí.

jueves, 1 de enero de 2015

Frijoles (Mexican Jumping)

Por Diego Bang Bang

María-Marie ya te había contado de 96 tears y de ? & the Mysterians, pero las joyas musicales chicanas no se agotan ahí. Hubo un tiempo, no sé si antes o después de los Red Hot Chili Peppers, en que Tijuana sonaba a frijoles en ignición. A frijoles en expansión que le provocaban pasajes desérticos visionarios a Speedy González. Tijuana como lugar de reunión de todas las alimañas de esa relación de yanqui-yonqui-dominador versus azteca-yonqui-dominado. Un enfrentamiento de lucha libre desigual, un enfrentamiento de lucha libre desigual de 130 años de desfase histórico. Por lo menos y según los cálculos de un historiador de apellido Meyer. (¿Por qué todos los historiadores son Meyer o Mayer en México, María-Marie?). Y esos frijoles como reunión de las alimañas méxicoamericanas y los sonidos funk profundamente negros. ¿Pero por qué te cuento esto, María-Marie? 

Porque, en algún punto, los chicanos se parecen más a los negros. Porque me imagino a un productor chicano con el mismo toque, ritmo y melodía que George Clinton al producir el Freaky Styley. Porque el Behind the music de los frijoles saltarines habría sido más sincero y con problemáticas de raza. Pero no eran blancos, sino chicanos. Y todos sabemos que la música chicana sólo se escucha en alguna parte de África. Y en alguna antesala del infierno. Porque no eran blancos, sino chicanos. Y todos los chicanos se van al infierno.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Introducción a la podredumbre: Gaby's been working for the drug gang


Por Diego Bang Bang

La colonia Guerrero siempre me ha parecido un terruño citadino habitado por fantasmas. De cuando en cuando, no obstante, me he dado cuenta que otro tipo de númenes asoman. Entes acatrinados se pasean por antiguas vecindades, pachucos de bombín y traje de lentejuela. Pequeños hombres lobo asomados sobre los epitafios del Panteón de San Fernando.

Esta historia comienza con un aullido sordo. El aullido de un pequeño hombre lobo homosexual. Aterido de miedo, en plena agonía. Un aullido sordo que transmina por entre los cimientos y los ladrillos y las alcantarillas. Un aullido convertido en lamento cuando se monta en los rieles de la historia de esta Colonia. Lamento escuchable sólo en los distintos salones de baile que atiborraban la avenida Guerrero en los años sesenta. Un lamento jolgorio.

Un lamento que ha perdurado a lo largo de la historia particular de la colonia. Muchos podrán escribir y reflexionar la historia de sus calles, de sus personas, de sus personajes. Aún así el lamento permanece inconmensurable, potente. Un ruido de fondo colgado de la pequeña boca de una lata que narra el terror subyacente en todas sus vecindades, en todas sus azoteas y en todas sus bocacalles.

El desarrollo de mi adicción se dio en este contexto. Contexto: esa palabra tan gris y fuera de foco porque cuando la decimos no decimos nada. Porque cuando por fin rasgo el envoltorio de la crackatoa no pienso en ella. No pienso en los laboratorios ni en los buques marítimos ni en la cuentas bancarias necesarios para poder tenerla en mis neuronas.

Hubo un tiempo, un lapso de este contexto que les cuento, en el que todas las noches me paraba en algún punto de la calle Héroes. El tiempo me atravesaba, pero el tiempo era la última cosa importante en la vida. El tiempo lo medía por la distancia entre una dosis de crackatoa y la siguiente. A veces los días los terminaba con la garganta llena de cobre y los intersticios de los dientes y las muelas llenos de semen.

El desarrollo de mi adicción se dio bajo la consigna de ese derrotero. Nunca imaginar la vida más allá de los 35, nunca imaginar un cuerpo esbelto y bonito, nunca dejar que las tentaciones de la convencionalidad se apoderaran de mí. No al príncipe azul, no a la casa bien amueblada, no a la mascota y no a la perpetuación de la especie humana.

Conforme el humo cobrizo corría por entre mis pulmones la vida iba secando esas tentaciones frescas. Para cuando llegaba el amanecer con sabor a látex, mi ideario ya formaba parte de la Vox Thanatos. Los primeros hilos de luz me contaban la muerte de mi madre, el destino trágico de mi padre ausente. El dolor inmenso del amor.

Más de una vez desperté rodeada de cartones y chatarra en el cruce de Reforma y Eje 1. Entre vestigios de botellas de Tonayán y cobijas con olor a mierda. Más de una vez me platicaron mis escapadas a los hoteles con viejos de la tercera edad. Más de una vez la rodilla raspada, los codos amoratados, los ojos cerrados. En plena oscuridad abisal, sin asomo del caleidoscopio.

Ciertas tardes podía comprender el aullido; algunas otras el lamento jolgorio.

El aullido lo comprendía en las noches de compañía. Cuando el escritor Juan Antonio Castañeda doblaba la esquina de su voluntad y se decidía a estar entre mis piernas. Eran noches hermosas. Juan me contaba de sus otras mujeres y de su vida en familia. Sin embargo, lo que más me gustaba era cuando me escuchaba. Le contaba mis pesadillas, mis sensaciones, mis recuerdos. Él fruncía el ceño mientras fumaba o bebía un poco de cerveza. Siempre terciaba mis relatos con monosílabos o pequeñas onomatopeyas. Juan siempre ha sido un gran tipo. Incluso cuando sólo me dejaba $ 20 pesos para seguirmela. Me decía que ciertas semanas ganaba más en el periódico para el que escribía. En otras menos y por eso sólo tomábamos tepache y comíamos garnachas antes de tenerlo entre mis piernas.

Cuando Juan partía por la mañana, comenzaba el aullido. Muy vivo en mi cabeza, se colgaba de todos los aparejos viejos de los hoteles. Reptaba por las paredes y se desprendía de los azulejos derruidos. Muy vivo en mi cabeza, se lanzaba desde mis entrañas y en pequeños espasmos me sacudía todavía en la cama. Entonces el aullido ya no sólo era interno. Comenzaba a extenderse al salir a la calle y al vislumbrar las rejas mal pintadas. Un aullido no sólo convertido en sonido, sino también en imagen y sensación. La sinestesia propicia para alguien como yo, quien ha vivido toda la vida entre fantasmas, pachucos pervertidos y hombres lobo homosexuales.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Poética de chile pimiento (comatorium amoris)

Por Diego Bang Bang


17) Toda obsesión conlleva una serie inesperada de conexiones insólitas. Los sueños terminan por ser videojuegos, la gente suele expresarse a través de viñetas de cómic o los lapsus verbales convierten los sustantivos en adjetivos. La obsesión, de esta manera, se vuelve una anteojera y -entonces- el nombre de un amor pasado se aparece en el parabrisas de algún camión citadino o luce en la marquesina de cualquier fonda rural. La obsesión produce inesperadas conexiones insólitas que pueden llevar a la locura más sublime o un ridículo inmarcesible.

La obsesión, siempre he pensado, ha sido infravalorada. La obsesión, últimamente lo he pensado, es una expresión del exceso. Obsesión y exceso se mueven en el mismo remolino semántico y uno nunca termina por identificar sus fronteras. Y, quizá, obsesión y exceso sean el binomio que conforma la pasión. Así, por ejemplo, cuando hablamos de una pasión no estamos hablando de otra cosa que de la conjugación de la obsesión y el exceso. De este modo, la pasión sería un eufemismo que no contiene el sesgo patológico de la obsesión y tampoco la vindicación moralizante de la palabra exceso. Por lo anterior, hablaré de mi última gran obsesión: nuestra poética de chile pimiento.

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18) We're Red Hot:  tu fina mano delgada sobre mi abultada mano reseca. Esa imagen me hace pensar que esta historia (nuestra historia), debe comenzar por negar las dicotomías. Moverse allende de los opuestos complementarios. ¿Y si pudiéramos ser unidad todo el tiempo? La trémula línea de bajo de Flea + la fantasmagórica melodía de guitarra de Slovak; el verso dipsómano de Kiedis + el burlesque rítmico de Will Ferrel. Allende de tus cejas lunares y mis pestañas solares. Una misma cosa: Marte + Jupiter. El asterisco magnolia: Robert Johnson + George Clinton.

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19) José “El Frus” Martínez del Campo, restaurante bar Jarritos, México DF, noviembre de 2024. Estaba sentado en una de las mesas de arriba. Tenía en su mano una pluma plateada y pergeñaba garabatos en una libreta tamaño carta. De cuando en cuando, alzaba la vista para pedir otra cerveza. Al principio me pareció, así visto a la distancia, un pretencioso cualquiera. En los 8 años que llevaba de ir al lugar, los jueves de cada semana, había visto desfilar a los de su calaña por montones. Tipos pretenciosos que se autoproclaman escritores por el simple hecho de portar una pluma y un pedazo de papel. Decidí ignorarlo entonces.

Sin embargo, conforme avanzó aquel juevebebes, tuve que interesarme en él. Primero, porque el pretencioso había desmontado su suéter para descubrir una playera de los Red Hot Chili Peppers. Segundo, porque el pretencioso había puesto 3 canciones de la misma agrupación en la vieja rocola del lugar. No tengo que aclarar, a estas alturas del relato, que mi apodo viene devengado de mi afición por los Red Hot. Con el alcohol apoderado de mi voluntad decidí acercarme a su mesa y comenzar una conversación. Desde la primera palabra que profirió, todo me resultó más nebuloso y mágicamente extraño.

No recuerdo su nombre, pero sí su boca ladearse al contarme su empresa escritural. El tipo en cuestión estaba inmerso en una empresa titánica y, por lo tanto, hermosa: escribir de cada una de las canciones de los Red Hot un relato. Le llamaba el Proyecto Escritural Chile Pimiento (PECP). Mientras sostenía nerviosamente su libreta, me enseñó varios de los relatos ya trazados. Ahí estaban Scar Tissue, Freaky Styley, Fight Like a Brave, Suck My Kiss y muchas otras. Emocionado de escucharlo, empinaba mi Bohemia incansablemente. Hasta que el desconocido miró su reloj y cambió de semblante. Me dijo que debía marcharse y me regaló $ 10 para una cerveza más. Lo vi descender la pequeña escalera de madera del Jarritos como una bruma citadina. Después en la pequeña ventana que da a la calle en la parte de arriba, vi pasar finalmente su melena ensortijada. 

En años posteriores, como cada jueves, nunca dejé de ir religiosamente a aquel bar. No le volví a ver por ahí. Tengo la sensación de que aquel encuentro fue un sueño o una alucinación. Un desdoblamiento mío o de una pulsión enquistada en lo más hondo de mis deseos. A veces he llegado a imaginar que encuentro aquella libreta en una fría banca de la avenida Juárez. Eso es lo que pienso cada vez que suena una canción de los Red Hot en la vieja rocola del Jarritos.

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20) Céfiro ondea tu hermoso cabello con su viento fructífero. No obstante, el hermoso girasol que prende de él permanece incólume. El hermoso girasol resplandece in crescendo conforme el vals de Céfiro se anuda a la cascada de tu cabello. Eso es lo que alcanzo a ver desde este balcón donde he colocado el caleidoscopio. La lente tiembla, pero los colores permanecen. Tu cabello ondea y el girasol permanece incólume. Algunos le han dado en llamar la Canción de Céfiro. En ella se cuenta el abismo de colores que antecede al espejo de la luna. El abismo avanza conforme mi necesidad de buscarte también lo hace. Mis pupilas tiemblan y la oscuridad permanece. En ella tu cabello ondea y el girasol permanece incólume. Algunos le han dado en llamar el Espejo de la Luna.

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jueves, 6 de noviembre de 2014

Poética de chile pimiento: trabalenguas (lapsus erotĭcus)

Por Diego Bang Bang

16) La razón es un trasatlántico batiente que repentinamente toca tierra en un embarcadero desconocido. La rueca de Átropos se da tiempo para hilvanar las babas del Diablo. Por supuesto, el cartero no llama dos veces: a cada reloj de pared le corresponde un huraño pajarito inquilino. DIY, servidores públicos de Ósculo, inventan la Estación del Beso en la línea 8 del metro. Algún mamífero en el ártico también se detiene, hiberna. La máquina de follar claudica... ¿Y si el corazón dejara de latir... acaso habría vida? DIY, acólitos de Ósculo, inventan el Beso Zen que no sólo blanquea la mente y sí también detiene el tiempo. Porque todo es una cuestión de tiempo: la Espada de Dámocles, la Isla de Filoctetes, el Martirio de Prometeo. Pero, sobre todo y ante todo, la tortuga que se sincroniza con la flecha del tierno Cupido. Un Cupido temporalmente como Aquiles. Entonces a DI se le traba la lengua, porque el trasatlántico de la razón ha topado con el embarcadero del corazón... que nunca dejará de latir porque siempre habrá vida. Y así este loop de lapsus erotĭcus y así este loop de lapsus erotĭcus.