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martes, 23 de julio de 2013

La mujer dormida


La mujer dormida

Por Diego Bang Bang 

Este escrito se lo robé a Fernando León Baltazar. O, mejor dicho, la idea que navega a través del río de estas letras fue lo que le robé. Cuando uno pretende emprender vuelo en el arte de la tura literaria, uno se acostumbra a hacer ese tipo de cosas. Robar, plagiar, parafrasear... verbos, todos, referidos a un mismo eufemismo: hacerse pasar por otro. La misma idea precedente la tomo prestada de Enrique Vila Matas, quien a su vez -seguramente- la tomó prestada de otros escritores; quienes a su vez...

León Baltazar me contó, hace muchísimos años luz, de una mujer que amaba hasta el tuétano. Me contó que tenía muchos planes con ella: bailar descalzos en los anillos de Saturno, saltar los aros de fuego de los infiernos dantescos y vencer las peripecias kafkianas de Tar. Me contó, tristemente, que habían intentado el cultivo de un jardín y se había marchitado. Que ni siquiera Isidro había podido salvar la vida. Me contó que había hecho un recorrido por el sur más denso (repleto de quimeras de un dinosaurio tricolor, el Reptil) y planeaba hacer un recorrido de vuelta hasta el norte más tórrido. Me dijo, como en un susurro electrónico, que planeaba hacerle una última ofrenda a aquella mujer. Un poema tallado en piedra en las entrañas de la Mujer Dormida. No volví a saber de él... por un tiempo. 

En el ínterin sucedieron algunas cosas: compartí una mujer con Clavijero, fracasé en mis intentos de vida intelectual y me obsesioné con una gitana. En alguna de las junturas de estos avatares, también comencé a leer a Kawabata. Recordé tiempos antaños a lado de Ariadna; me recordé lleno de esperanzas y utopías. Después del ejercicio en retrospectiva, vino el ejercicio en prospectiva. Me vislumbré triste y acabado, solitario. Nada extraño en el escenario de alguien que desea desgranarse en letras.

Pasaron así varias semanas: entre saltos de espacio (***) y elipsis borrascosas. Leía a Kawabata y se me antojaba una anfetamina. Leía a Kawabata y pensaba en la Mujer Dormida. En algún momento, todo se convirtió en sincronía.

León Baltazar me envió un correo. Me contaba algunas cosas acerca de su vida: mujeres, trabajo y mucha literatura. Sin embargo, lo más importante era un poema que había anexado y otros textos periodísticos. Los recortes eran acerca del mito volcánico de la Mujer Dormida (Iztaccihuatl). Cronologías y relatos diversos acerca de la tradición oral. El poema, por otro lado, era una reinterpretación muy íntima y portentosa; merecedora del premio Andrés Henestrosa.

Era un poema larguísimo, en la vena de “Howl” de Ginsberg, que mezclaba de manera exquisita la tradición oral prehispánica y la cosmovisión más profunda de la ciencia ficción. Un oxímoron dedicado al mito, pretérito y futuro, de la eterna Mujer Dormida.

El poema, ese mosaico tralmafadoriano, se apoderó de mí en los días sucesivos. El mito, según recuerdo dice Campbell, es de quien lo vive. Comencé a vivir aquel mito de manera intensa: todas las noches ella llegaba a mi cabeza y dormía mientras yo la soñaba durmiendo. Eran sueños largos y con mucha textura. Eran sueños para el tacto. Las cortinas de seda, su terso kimono, sus suaves pestañas...

Una noche, en alguno de esos sueños táctiles, alejaba la mirada de ella. En un rincón yacía un ejemplar de Kawabata. Las pastas estaban carcomidas y en el lomo se leía “La casa de las bellas durmientes”. En el sueño caía en cuenta del porqué de los rasgos orientales de la Mujer Dormida. Entonces, me desnudaba y, con una sonrisa de complacencia en el rostro, me tendía a un lado de ella. Tocaba su pelo y lo olía. Cerraba los ojos y pensaba en el poema de León Baltazar. Le decía (entre ecos de ensueño) : “Amigo, permíteme este haiku onírico acerca de Iztaccihuatl”.

martes, 2 de julio de 2013

La deformación del escritor


La deformación del escritor

Por Diego Bang Bang  

Fue una tarde lluviosa de verano en la que los conocí. Con seguridad ya nos habíamos visto, pero nunca dirigido la palabra. Las minucias de nuestro inminente encuentro fueron las siguientes.

Caminé por la calle de Allende hasta el pequeño expendio coloreado en azul. Las sillas de plástico oxidado se disponían como de costumbre. En el fondo del pequeño cuarto el perenne ruido de la vetusta televisión y los recurrentes gritos en sordina de los fantasmas en putrefacción que lo habitan. Ese día leía un libro sobre los horrores de la guerra y decidí acompañarlo con una cebada. En verdad el libro era mi único interés, sin embargo uno de los fantasmas en putrefacción terció aquella lectura.

–¿Tú también eres escritor?, preguntó mientras sus mandíbulas temblaban.

–No..., contesté mientras un exabrupto de cerveza mojaba mis dientes.

Una de sus piernas cruzaba a la otra y sus mejillas mostraban un relieve escaldado por jirones de una barba cana. Infló por un momento ambos cachetes y tensó las hileras de dientes en un gesto de caja registradora esquizofrénica. Volteó, un segundo más, para ver a la pareja de punks sentada frente a nosotros.

–Ese pinche viejo de allá es escritor, sentenció displicentemente.

Volteé inmediatamente y sólo pude ver una larga madeja de cabello coloreada en blanco y negro. Percibí, también, su vaso de plástico medio lleno y un morral tan desgarbado como si lo hubieran utilizado de tapete por una semana. Cuando regresé la mirada a mi interlocutor, éste ya no se encontraba frente a mí.

Traté de no desviar mi concentración del relato de guerra. Me importaba terminarlo porque me parecía un proemio inmejorable para comenzar con “For whom the bell tolls”. Seguí, pues. El relato se desgajaba en capas con una ruta hacia la deshumanización. Mi mente estaba en aquella línea de fuego, en las catacumbas y captando los aterradores sollozos de la caballería agonizante en el campo de batalla. Volteaba de a ratos hacia una de las esquinas del cuarto mientras la cerveza pasaba por mi garganta. Cuando volteé hacia la entrada, pude ver la cara del viejo. Entonces sí, el horror de la guerra ante mí.

El viejo tenía marcadas facciones autóctonas; rasgos indios inocultables. Una frente amplia en donde caían algunos hilos blancos de su madeja, una boca ancha como tallada en una piedra antigua y una nariz destrozada, sumida por los cartílagos a la altura de los pómulos. Fue inevitable, entonces, pensarlo guerrero antiguo de una raza antigua pisoteada. Imagen que, a la postre, devinó en metáfora. Metáfora que aderecé con otro largo trago de cerveza.

Traté, posteriormente, de no mirarlo para no provocar una incomodidad indebida. Sobra decir que contenía aquel impulso morboso. Ese impulso por querer mirar la ruina, la carne roída. Repentinamente, otro pensamiento saltó a la cancha de mi mente. Recordé, por morbo más que por pericia, un pasaje de Jung en el cual cuenta las razones de la deformación facial de un sabio hindú. Según el místico suizo, aquel hindú había podido percibir la omnipotencia de Dios sin ningún símbolo mediador. Aquella visión religiosa contenía tal potencia que el místico hindú había deformado su rostro hasta el punto de quedar irreconocible.

Después de esa abrumadora digresión –amén de otro trago de cerveza– mi atención regresó al diálogo sostenido entre el fantasma en putrefacción y el guerrero pisoteado. Mencionaban algo de irse a vivir juntos: el primero a causa de la defección de su hija; el segundo, de la muerte de su madre. A la sazón, el fantasma volteó hacia la pareja punk y convidó nuevamente el oficio del viejo. El viejo de la nariz aplastada respondió, a pregunta expresa de la punk, que contaba con trece libros de poesía publicados. Anotó, casi en el misma sílaba, que si ella llegaba a encontrar uno, él estaba dispuesto a comprarlo a cualquier precio. Ella, una mujer regordeta de lentes plagada de horribles tatuajes, respondió que también era escritora. Contaba con un libro de poesía publicado y el esfuerzo editorial, apuntaló con un dejo de falsa modestia, había sido iniciativa de “la banda”. Casi en la misma sílaba también, conminó a su colega a venderle su propia obra si llegaba a encontrarla. El viejo, indiferente y distante, regresó con al fluir de su acompañante originario. La mujer de los horribles tatuajes, complacida por dentro e impávida por fuera, también regresó a su fuente primigenia de atención.

Otro trago de cerveza. En mis manos las acolchonadas tapas del libro de guerra. Sus letras refulgían al imperceptible tacto de la luz de aquella catacumba azul. Por mi mente, escurriéndose por entre la maraña neuronal, una breve reflexión; bueno dos. 1) La fijación que ambos escritores, autoinsuflados en ese horrible oficio por derecho propio, por la publicación de las obras literarias. El número de páginas, el número de párrafos, el número de letras... el número de ventas. 2) Una percepción del escritor, manido término en detrimento, como alguien en perpetua competencia. Seres con egos incontrolables alimentados por la tragedia. El escritor, parafraseando a Bukowski, tiene madera para tal si y sólo si es un fracasado.

Un chorrito final de cerveza. Todo lo anterior se corroboró cuando la mujer regordeta se levantó al baño. Toda esa sensación de que los pretendidos escritores somos seres en constante deformación: arruinados a nivel físico (feos por antonomasia), arruinados a nivel estético (frustrados endémicos), arruinados a nivel ético (incapaces de reconocer los méritos de otros). Decía que todo se corroboró, porque aquella “poeta” caminaba chueco. Tenía torcida una de sus piernas y eso la hacía aún más fea.


jueves, 6 de junio de 2013

Los gigantes de lava


Los gigantes de lava

Por Diego Bang Bang

Primero fue la desaparición mutua de nuestras lenguas. Llamitas puntiagudas que ardían en los recovecos de nuestras oscuras bocas. Esa lucha milenaria por robarnos mutuamente el fuego del alma. Caminar y caminar con las manos trazadas por flamas... Relucientes como metal en ignición, hogueras paganas de la clandestinidad cotidiana. Prometeos pequeñitos, gigantes de lava.

Fuego tú, fuego yo... Nubes incendiadas y los dragones ya en marcha. Te recuerdo las infinitas citas en aquel café, la sonrisa de balsa y los ojos de luna. Poco a poco el aire del alma se entreveraba. Con esas trenzas de viento en el pecho, con los candelabros de la razón incendiada... Tus senos, las nalgas, nuestra mirada.

¡FUEGO! La gramática, la arquitectura, los planos... Tus pies en mis bisagras, mi llama en tu catedral. Mi mano se convierte en tu piel, las respiraciones una forma de la amalgama. Ese animal nocturno que ruge a bocanadas... ¡FUEGO! Tus piernas se estremecen, tu espalda se amaga y ese rostro se ha vuelto una espada. La fuerza decae, la luz atraviesa nuestra neblina.

Dislexia, mi amor, así le llaman... Un extinguidor y una llamada a nuestros bomberos. La lluvia moja a manera de lágrimas. Y cada día te veo menos de frente, algo me ha arrancado tu mirada. ¿De qué sirve arrastrarse cuando ya no hay savia?

Sintaxis, mi amor, dicen que es necesaria. Cada día nos hablamos menos porque los defectos no cambian. ¿Y los gigantes de lava? ¿El fuego del alma?

Una vez me contaron una historia sobre la lengua del alma. Me contaron que los hablantes se amaban a ultranza. Ellos, los hombres de la verdadera lingua franca, la escribieron en viejos pergaminos. La estudiaron y construyeron en sus más mínimos detalles. Era perfecta, mejor que cualquier arma. Un día esa lengua se extinguió.

Llegó una peste. Barrió las casas y los muelles. Encontró las camas y todos los muebles. Aún en aquel sufrimiento profundo ellos respetaron su lengua (con su gramática y sintaxis perfecta), se amaban. Dicen que sus palabras aún vuelan por las montañas y están grabadas en las piedras.

Mi amor, si me lo permites, deseo que aun en esta peste de lluvia de ranas no olvides nuestra llama. Espero que algún día los gigantes de lava se vuelvan piedra y en ellas nuestra lengua viva iletrada.

lunes, 27 de mayo de 2013

La caída de nuestro imperio


La caída de nuestro imperio 

Por Diego Bang Bang 

En ningún otro ámbito, como en la terminación del amor y la caída de algún imperio, las cosas son tan absolutamente trágicas. Siempre me ha gustado pensar el amor como una especie de imperio. Y, comencemos con la analogía, se sabe que ningún imperio ha sobrevivido al paso del tiempo.

Fuimos imperio en el sentido irrestricto del término. Porque hay algo en los imperios que los hace trascendentes e insoslayables. Hay algo en esas conformaciones totales que penetra en cada uno de nosotros hasta convertirse en una huella indeleble e irrastreable.

Todo imperio tiene un principio.

Los imperios en su forma primigenia son un momento, una coyuntura de fuerzas y pulsiones. Una alocada tendencia de deseos y caricias. De charlas explícitas y devaneos subrepticios. De sueños inflamables y canciones providenciales. Los imperios se forman por la necesidad de saberse parte de otro; de saberse indefenso en un terreno de hiedras y lodo.

Los imperios viven momentos gloriosos. Ganan grandes batallas y conquistan territorios. Nuestro imperio le ganó la batalla a la estulticia y a cualquier tipo de deterioro inmediato. Nuestro imperio conquistó los odiosos territorios de los celos y la posesión.

Y en los templos se cantaba de alegría y los poetas componían con sus letras las muchas cosas descompuestas. Porque en los imperios también hay desencuentros y rupturas.

Todo imperio vive alguna crisis.

Lo primero en crisis en cualquier imperio son los vasos comunicantes. Nuestras clases en un silencio progresivo. Nuestras castas en luchas intestinas. Nuestros cafés en ruina y las plazas públicas en abandono continuo. Nuestras instituciones amorosas perdidas. Nada más triste que negarnos la mirada, nada más impotente que resignarnos en caída.

Y, entonces, la guerra. Las luchas intestinas y las atroces despedidas. Los llamamientos a las armas y los enconos de las castas. Nuestra pequeña burguesía y la nada noble nobleza. Las trampas de la aristocracia del corazón: una diplomacia llena de dolor. Los primeros cañonazos y, por fin, la táctica y la estrategia. Mentir, escindir: cualquier verbo en infinitivo como incentivo de nuestra cisma.

Es hora de mover las piezas. Regimientos de rencor, parafernalias como artillerías. Nuestros antiguos cuartos como cuartos de guerra. Ya es hora de sacar a los soldados, ya es hora de luchar cuerpo a cuerpo. No es sólo el final del amor, querida, es también el inicio de nuestra guerra y la pronta despedida.

Todo imperio es historia.

Primero una verdad de guerra: nunca nadie gana la bélica. Tanto me dolió matar a tus cabos del recuerdo, tanto me costó dejar las costumbres de tus capitanes. ¡Generales del amor no se marchen todavía! Les pido, al menos, una linda despedida. Una última llamada amorosa a la guerra placentera.

Ya las carretas recogen a los muertos. Ya los últimos tanques abandonan la zona roja de guerra. Nos miramos de lejos, separados por las batallas enfermas, como enemigos que nunca pensamos seríamos. Allá vas con la cara hacia sol, en retirada. Yo también me retiro: con las entrañas hechas corazón y el corazón hecho trizas. Y pensar que creímos en nuestro imperio como algo imperecedero. De ahora en adelante, tendremos que pensárnoslo más antes de querer formar algún imperio.

martes, 14 de mayo de 2013

Galaxias nocturnas de café


Galaxias nocturnas de café 

Por Diego Bang Bang 

¿Cuánto tiempo llevo aquí? No podría decirlo.

Los días han dejado de pasar desde que volviste la mirada y la pusiste en mí. Los ojos sí, la fuerza centrípeta de los ojos, nos hacen girar como ruletas rusas: un día sí y otro también. Subíamos y volvíamos a subir, montados en los besos de menta y las caricias con olor a perla. Las sonrisas como balsas plateadas en mitad de la bruma, de la niebla y del smog. Un cigarrillo y carnívora comida vegetal, también un poco de whisky y diez cuentos de literatura espacial... Un mucho de sexo matinal.

Tardes de lluvia y volvíamos a salir. Leyendo los puntos y las comas de la ciudad, llevados por la sintaxis de arrabal. Un beso aquí y los semáforos nuestro azar. Un poco más de lluvia y la fuente de nuestra atracción que nunca se agobia. Caminar de puntillas, arrostrar las manías y decantarse en melodías...

Las nubes cambiaron y los perros migraron. Nuestros sentimientos menguaron. Nuestras líneas, geometría elemental, nunca más se cruzaron. Y no está nada mal, pero todo es tan igual. Los dolores de cabeza, las tapas del pan integral, los cervezas y el mezcal...

Me he cansado de arrastrar las mejillas, me he cansado de traer el grito ahogado de la melancolía. Algo me quema y es la ansiedad. La maldita soledad y cualquier expresión de “edad”. Sufro la tensión de la migraña existencial.

Ya las aguas descorren sus torrenciales velos: capas y más capas de acero. Ya escucho los pasos líquidos de ese gigante de acero. Miro por la ventana y la ciudad no te trae de regreso. ¿Dónde ha quedado, mi amor, la sintaxis de arrabal? ¿A dónde ha ido a parar? Vuelvo al cuarto (nuestro) la mirada. Sólo las grietas a manera de cuento, los colores del encierro y las cartas como ungüento. Acá estoy y no sé por cuánto tiempo, acá estaré mientras las galaxias nocturnas de café tracen su derrotero.

miércoles, 8 de mayo de 2013

La continuidad del Fin

La continuidad del Fin

Por Sonny DeLorean


Alguna vez te dije que no sabía si yo busqué o la literatura me encontró en detrimento y alegato de mi existencia, habrá sido por eso que recordé con tanta asiduidad lo que  Ernest Hemingway dijo: "París no se acaba nunca". Dejaré abierta toda posibilidad, por más anoréxica que pueda ser, nuevamente a la esperanza, por más tortuosa que pueda ser. Y aquí estoy con pluma en mano deshojando esta historia: Continúa o fin, continúa o fin, continúa o fin, continúa o fin… continúa… o fin… la continuidad del Fin.
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-¡CORTE!... Después de dos años de trabajo, hemos terminado. Felicidades, te luciste con esa improvisación de la carta y la última línea: Continuidad del Fin. Podría ser el título de mi siguiente historia.
-…
-¿No me digas qué no estás convencido con este Fin?
-No sé ni siquiera quién me habla y no sé a qué te refieres.
-Ya veo, eres un primerizo o un advenedizo del amor.
-Creo que… un… de ambas tengo un poco. Pero sigo sin entender. ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? Explícamelo todo.
 -Trataré de ser lo más concreto posible. Pero pensé que ya te habías dado cuenta después de aquella noche.
-¿Qué noche?
-Está bien, te lo cuento. Lo de menos es saber quién soy. Lo que te puedo decir es que fue una excelente historia, tuvo de todo: magia parisina cortazariana, viajes intempestivos bolañianos, inmundicia poética papasquiariana, deambulares citadinos bukowskianos, laberintos universales borgianos, movimientos perpetuos monterrosianos, irrealidades creíbles kafkianas, finales continuos fresarianos. Incluso fuiste un caballero andante cervantino.
-Sigo sin entender.
-Vaya que eres un bruto. Que todo ha terminado. Yo soy el ángel envuelto por el azar o el demonio de las coincidencias que hizo posible que tú y ella se conocieran. Sin mí nunca se hubieran conocido. Fui su destino. ¿Me entiendes ahora?
-Estás diciendo que lo pasó entre ella y yo, ¿sólo fue una ilusión y lo que vivimos nunca ocurrió realmente?
-En cierta forma sí y no, ya sabes que el destino tiende a ser ambiguo y caprichoso. En parte no porque todos los días son actores, unos mejores que otros;  y en parte sí porque son actores de su vida. En esta vida hay muchos papeles que jugar. Unos hacen la historia, otros participan en esa historia, otros tendrán que contar la historia y también están los testigos.
-¿Y yo fui un actor?
-Desafortunadamente a ti te toco ser muchas cosas. Tú sabes, escases de personal, vacaciones, malos actores, en fin. Tal vez por eso no lo disfrutaste tanto, te veía siempre tan preocupado y nervioso. Me apena mucho por ti.
-¿Eso qué quiere decir?
-Que tú no sólo fuiste un actor, también me ayudaste a contar mi historia, que para el caso también es tu historia, pero yo soy el que tendrá los derechos de autor. Tal vez para la próxima te vaya mejor y te toque un mejor papel o puedas ser tú el que escriba tu historia.
-¿Eso puede ocurrir?
-Sí, pero tienes que aprender a no tomarte tan en serio la vida. Hay personas que nunca aprenden.
-¿Y ella ya lo sabe?
-¿Ella? No te digo, te falta mucho por aprender. Ella lo supo todo el tiempo. Francamente hizo lo que pudo. Pero para serte sincero, siempre fuiste una lata. A cada rato te salías del guion y te gustaba improvisar con tus locuras literarias. Era entendible que tu historia no diera para más, la tenía que cortar.
-Ya veo. ¿Y ella se acordará de esta historia?
-Probablemente no. Los que saben actuar ante la vida prefieren olvidar este tipo de papeles. Han sido muy pocos los casos en donde mis colegas vuelve a reincidir en historias pasadas y cuando los actores se encuentran ya ni un ¡Hola! se dicen. Te recomiendo que disfrutes las próximas historias en las que participarás.
-Creo que sí… Aunque me podrías hacer un favor.
-No puedo. Si me vas a pedir que haga lo posible porque ella te recuerde, te advierto que haré todo lo imposible porque no pase. Además, no necesitas pedírmelo, con tu mala racha seguro algo pasa.  

viernes, 3 de mayo de 2013

El ritual


El ritual
Por Diego Bang Bang  
Andresito Wurlitzer trabajaba en las paradojas del tiempo y el espacio. De alguna manera, la idea de estar en dos lugares al mismo tiempo o la idea de recomenzar acciones del pasado en un futuro lejano, eran sus grandes obsesiones. Muchas noches soñó con resolver dichas paradojas a través de sus invenciones.
Muchas noches, también, soñó con los conejitos blancos. Más exactamente, en un ritual antiguo que implicaba conejitos blancos, gatos negros y piedras de mar. Más o menos era algo así: los lugareños de una ciudad costera se reunían para colocar a los conejitos blancos y a los gatos negros sobre las piedras de mar. La idea era que los gatos negros y los conejitos blancos pudieran pervivir en el mismo espacio. Sin embargo, llegado cierto tiempo, los gatos negros comenzaban a comerse a los conejitos blancos. Después de un tiempo, lo único que quedaba eran gatos negros y piedras de mar. Los gatos negros defecaban a los conejitos blancos sobre los recipientes llenos de piedras de mar. Y eso era todo. Una especie de ciclo. Un ciclo malvado.
Una mañana Andresito se levantó aún con las imágenes del sueño y con muchas ganas de operar a alguno de sus robots. Tenía un robot que era, más exactamente, un cyborg. Había implantado partes robóticas en un cadáver que había robado de la morgue. Caminó al refrigerador y lo sacó. Wurlitzer tomó el bisturí y lo hundió en la piel del cadáver. Acometió una abertura de cerca de 25 centímetros desde el diafragma hasta el vientre. Cuando terminó la incisión sintió una extrañeza en su cuerpo. Una especie de desdoblamiento que lo hizo voltear a su derredor. Miró sus apuntes en una mesa. Miró la esquina con el reloj de mercurio que languidecía gota a gota. Todo enrarecido por la atmosfera que brindaban las luces intermitentes. De golpe, un apagón.
Con los ojos fijos en aquella oscuridad repentina. Con un miedo inefable para alguien tan racional. Con una fuerte sensación de estar soñando o estar muerto en vida. Con esa desesperación alcanzó a ver una luz. En realidad, dos luces redondas y profundas. Esas luces redondas daban de frente a sus ojos. Un par de luces debajo de una de sus mesas. Un par de luces que eran un par de ojos. Un par de ojos que, cuando regresó la caprichosa luz, pertenecían a un gato negro.
Andresito, entonces, emitió una bocanada de miedo. Aunque de primera instancia no quiso reconocer que era de miedo. El gato negro acechaba fijamente como si el tiempo se hubiera detenido. Entonces pensó que lo mejor era seguir trabajando. Hacer la operación y dejar que el gato pereciera en la indiferencia. Entonces, con la mirada fija en la incisión, prosiguió a hurgar en los interiores del cadáver. Comenzó a mover lentamente los metales revestidos de tejido orgánico. Los separaba para revisar las conexiones o posibles desconexiones. Y, entonces, el terror. Ahí estaba y no sólo era uno, pero sí el primero. Un conejito blanco se movía en las entrañas del cyborg. Se movía y paraba las orejas mientras otro despertaba en la parte superior del cadáver. Alguno otro ya asomaba por las orejas y otro por la boca. Andresito volteó y también el gato seguía al acecho. Se echó para atrás y tropezó con un montón de chatarras. Tendido en el piso, mientras el reloj goteaba lentamente, vio como otro gato salía del ropero. Antes de cerrar los ojos, también vio que los conejitos blancos ya inundaban todo el cuarto.