> Arcanum VI

lunes, 14 de febrero de 2011

Aforismos Absurdos sobre el Amor


Aforismos Absurdos sobre el Amor
Por Diego Bang Bang
1.- Si nunca has amado, no puedes escribir sobre amor…
2.-Si no quieres terminar de leer La Insoportable Levedad del Ser es porque en realidad no quieres terminar tu relación actual…
3.-La mala costumbre de enamorarte de las mujeres de tus mejores amigos se puede explicar por tu incapacidad de conocer mujeres por tu cuenta…
4.-Amar a una mujer no es, necesariamente, una virtud: a veces ese sentimiento lleva el dolor en su más pura expresión: se comienza sufriendo y se termina sufriendo…
5.-A veces nos azotamos por adrenalina, a veces por estulticia, a veces por estupidez, a veces por deporte, a veces por las sustancias (las nefandas sustancias), a veces porque el amor cala nuestros huesos, remueve nuestras fibras más profundas, escribe con metal ardiente su marca en nuestro corazón, arriba sin aviso y se va con la puta más hermosa… a veces ¿por qué más?
6.-Si Charlie Kaufman tuviera la verdad no existiría la palabra hermosa denominada Olvido: esa palabra que transgrede la relativa certeza del amor…
7.-La mujer que te ama no te traicionará; simplemente se irá con su doctor, su profesor de la facultad o un alumno de intercambio…
8.-Las mujeres universitarias no leen a Ruvalcaba porque creen que sus calzones no son dignos de ser portados por un hombre (sencillo) en su bolsillo… Prefieren los bolsillos de los del ITAM
9.-Annie Hall no trata sobre una mujer: trata sobre la caricia inefable de un fantasma. Un fantasma ubicuo en la obra de grandes hombres.
10.-Este aforismo es un epitafio: la mujer que quería amar se ha ido, ojalá se encuentre a sí misma…
11.-Beso catalán, beso peruano, beso venezolano incluso beso francés… Ninguno es tan bueno como beso negro a la mujer que amas…
12.-La miras, te acercas, se ríen, se besan, se fajan, se acarician, se cogen, hacen el amor, discuten, se pelean, se reconcilian, ya se odian, pero se aman, casi se golpean: se engañan, se separan, se vuelven a coger, se despiden, se encuentran casualmente, creen estar saliendo, se hacen amigos, se vuelven a coger, se confunden, se resignan, se despiden… La miras, te acercas, se ríen: ¿En dónde estás tú?
13.-El verdadero conquistador se enamora (no sólo se las coge), se entrega y, sobretodo, sale perdiendo.

sábado, 5 de febrero de 2011

Filmoterías

This is Not a Movie: This is a Zapping

Por Diego Bang Bang

El fenómeno del zapping es uno de los fenómenos más extendidos en nuestra era: la era de la información[1]. Se caracteriza, a saber, por la capacidad del consumidor de medios para cambiar con una innegable facilidad de los canales de información sin importar el medio en el que se encuentre inmerso. Es, además, un fenómeno relacionado con la dinámica para transmitir contenidos: debido a la ganancia que la industria de la publicidad genera, ésta ha logrado posicionar su paradigma como el más idóneo (incluso como el canon) para transmitir mensajes. Este paradigma se ha impuesto en todos los medios electrónicos y, a la postre, ha domeñado las expresiones propias de esos medios. This is Not a Movie es un claro ejemplo.

Desde la cuestión técnica (forma) hasta la cuestión de contenido (fondo) prevalece una estructura guiada por el quehacer publicitario: en lo técnico se puede ver representado en los distintos comerciales o promocionales para las películas del personaje de Peter Coyote.[2] Recurso en nada criticable si se deja de lado una posición ideologizante acerca del sistema, pero no viceversa. Olallo Rubio comete el error, quizá intencionadamente, de construir un discurso, a través de su personaje Pete, crítico, escéptico y, finalmente, ideologizante[3] respecto al sistema. Y termina por desembocar en una contradicción entre la forma y el fondo: un choque entre los promocionales de las películas “The Man” y el discurso crítico hacia el sistema y su inquebrantable autopoiesis.

Lo elogiable en William S. Burroughs y su método vanguardista para hacer literatura—cut & paste—en Olallo Rubio se convierte en un zapping de contenido. En un vicio más que una virtud: el cut & paste del padre de los Beatniks era una manera de minar la literatura totalmente ordenada de las grandes novelas. Era, en su muy particular forma de ser, una técnica vanguardista perteneciente a su tiempo. En Olallo Rubio desemboca en un factor de distracción y sensación de confusión acerca de la profundidad de la obra en cuestión. En lugar de convertirse en una profunda reflexión acerca del declive de la civilización occidental[4] termina por convertirse en un discurso autocomplaciente por las inquietudes del antes locutor de Radioactivo. Un zapping intelectualoide, un zapping artisticoide.

Pero aún hay más, a manera de colofón, de este zapping televisivo con fotografía fílmica: los referentes. La película, quizá por su cinismo artístico indisciplinado, no cuida sus referentes: ahí están todos. Desde Hunter S. Thompson[5] hasta David Fincher y Pantera. Por momentos parece que Rubio tenía una pretensión muy grande: hablar de todo lo que le ha inquietado en la vida. Lo que no le dijeron es que obras de esa envergadura se logran sólo con disciplina y dedicación, así como referentes menos digeridos. Terry Gilliam lo sabe, ¿o no?



[1] Para un enfoque marxista de fondo de la causalidad del fenómeno revisar la obra de Manuel Castells.

[2] Los cuales pretenden ser homenajes y/o sátiras de películas clásicas del cine norteamericano.

[3] No ideológico porque en ningún momento rastrea alguna ideología como por ejemplo: Marxismo, Leninismo o incluso Gramscismo.

[4] Pocos para tratar el tema como Palahniuk en el Club de la Pelea.

[5] Quien por cierto trató muchísimo mejor la locura en un hotel de las vegas.

jueves, 27 de enero de 2011

Introducción a la Podredumbre III (El Brandy)

Ese hombre soy yo...

Por Diego Bang Bang


A veces uno se cierne sobre la tristeza, confina su cabeza en ese recoveco y describe un movimiento estrepitoso a su alrededor. No hay mejor forma de llamar la atención que caminar (cabizbajo) por la línea del dolor, el sufrimiento y/o la tragedia. Vive (ese hombre) enclaustrado en cuatro paredes ilosorias: esas paredes le muestran la esperanza, un horizonte prometedor y, sin embargo, el decurso de la vida --esa abstracción impúdica-- se ajustará al devenir de la melancolía. Alguna vez ese hombre ha padecido una enfermedad, sus huesos afligidos parecen quebrarse, su corazón empequeñecido palpita lentamente, su cabeza parece explotar en diminutos fragmentos... Quizá, ese hombre, piense en la Muerte o: ¿será que sólo pueda pensar en su muerte? Quizá cierre los ojos y encuentre el éter y, como animal entrampado, patalee en un acto inefable de desesperación.

Da vuelta en una esquina (cualquiera), busca algo en sus bolsillos y entra en la cantina más cercana. Busca, a la manera de los viejos tiempos, una mujer digna de ser deseada: una mujer cuya efigie esté labrada por la máscara masculina de Dios. Por supuesto, él no cree en Dios porque en su personalidad no existe la templanza para encontrar ese concepto, esa noción, esa vivencia. Por mucho tiempo formuló preguntas sin encontrar respuestas: ahora la vida se presenta en experientia. Todo su derredor son causas y efectos inmediatos, preguntas banales y sentimientos fugaces, caricias engañosas y promesas resquebrajadas...

En el tercer párrafo encuentra una bebida: la mira desde todas las perspectivas posibles. Una salida del caos sentimental, una entrada al averno animal, la caída de la formas civilizadas, Freud embotellado, el elixir Bukowskiano, el perenne aliento de un perdedor, la alcantarilla perfumada. Por fin bebe aquel líquido, levanta la mirada y la clava en el hombre a su lado: parece un perdedor igual que él. Ese otro hombre no toma whiskey ni tampoco vodka. Prefiere lo sencillo, prefiere un poco de brandy con coca. Su mirada (la de ese otro hombre) describe una línea recta al suelo: parece estar buscando un guijarro con el cual poder desprenderse de sus penas. Su barba escuálida soporta una gota de sudor, su cabello canoso tirita en el instante mismo que su mano desciende su vaso, su camisa desgastada cubre su flácido cuerpo. Ese hombre voltea, entonces, y profiere una sonrisa pusilánime hacia mí, en el instante lo reconozco: ese hombre desgarbado ha estado dentro de mí desde hace mucho tiempo. Su nombre, su nombre ha resonado mucho tiempo en mis tímpanos e incluso sus vivencias han marcado mi existencia... Ese otro hombre, tal vez, soy yo o tal vez es alguien más...

sábado, 15 de enero de 2011

Cinco Canciones de Amor y Un Universo Paralelo VI (Coda)


Por Diego Bang Bang
Yo me imagino que se tiene que batallar para dejarla y si usted la quiere bastante pues no es muy fácil para dejarla, hay que sufrirle para dejarla…
Porque sufro, yo te amo; entre más distante, más recalcitrante: El corazón aún palpita en lo más recóndito del pecho, en la deliciosa agonía de tu ausencia: algunos hablan de muerte simbólica, otros de desapego moderado; no hay tal cosa, tú y yo lo sabemos: sólo hay Uta, vino tinto con vodka, un beso en el mirador y “el calor de tu cuerpo en la noche sanando todas las heridas”… ¿Recuerdas?
Éramos prosa, nunca poesía: la prosa no siempre rima, la prosa es vulgar y llena de barbarismos; la prosa se escribe con las entrañas, a diferencia de la poesía del corazón: la prosa se lleva en un papel arrugado (papel que sirve para limpiarle las comisuras al borracho) y se confunde con cualquier boleto del metro o panfleto vil. Éramos prosa underground , pero éramos algo inédito y hermoso, tópico y dichoso, demoniaco, pero verdadero.
Porque sufro, yo te amo; entre más distante, más recalcitrante: Vaya ingenuidad pensar que pudiéramos terminar como amigos, ¿para qué? Si siempre fuimos los extremos, los cabos inconexos. Es, tú bien lo sabes, el amor a sangre fría (siempre me gustó esa expresión) por convicción, por decisión, por prolegómeno (cuasi-religioso). Nunca te lo dije, pero no hubo cosa más dulce que traer el pecho en vilo, abierto, rajado por tu ausencia: hasta en eso fuiste una delicia, hasta en eso fuiste mi influencia.
El corazón muchas veces me domina…
Porque sufro, yo te amo; entre más distante, más recalcitrante: Te imagino, esta manía de auto-flagelarme, en los brazos de otro, en la cama de ese mismo y en las caricias del ídem; te imagino pronunciando las mismas palabras de amor pero ante otros ojos y otra boca; te imagino explicándole el Love Metal, te imagino con Villaurrutia en el buró… A mí, por favor, imagíname en la Quinta Avenida o en Playa del Carmen o en Pamul esperando el amanecer. Aún no llega y me comienzo a resignar a esta ramplona oscuridad de expectativas de encontrar algo así de rijoso como fue lo nuestro.
Éramos prosa, nunca poesía: éramos la cruda prosa con sus inacabables comas y sus indignos puntos, llenos de muletillas (“Te amo” “Te odio”) sin retórica, sin teoría sobre el lenguaje (sobretodo el nuestro); tan sólo una prosa improvisada de pluma-cerveza-papel, tan sólo la praxis amorosa. Éramos esa prosa que se escribe sin sentido en las paredes de una ciudad derruida: la ciudad, la maldita ciudad, como único testigo de la caída, del derrumbe de la pasión.
Porque sufro, yo te amo; entre más distante, más recalcitrante: ¿te acuerdas como se nos acababan los rincones para devorarnos a besos (el verdadero lenguaje del enamoramiento)? Jugábamos a que yo era la barranca y tú aquella mujer dormida que se avienta impulsivamente, ¡vaya morbidez la nuestra!
En las canciones está el recuerdo…
Éramos prosa, mi querida Ariadna, nunca poesía: a veces la prosa se recuerda más que la poesía, a veces la prosa es más directa y menos intrincada; por el otro lado, la poesía (la infinita poesía) se busca todo el tiempo, pero cuando se es prosa parece que esa poesía se esconde, se amaga, se encapricha en sus figuras, en sus formas, en sus versos (sublimes)… Éramos prosa, ojalá encuentres la poesía.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Cinco canciones de amor y un universo paralelo V

She´s Suffering…

Por Diego Bang Bang

Contra el sufrimiento la belleza no puede hacer nada. Ariadna mira las cartas y las lee sentada en la orilla de la cama, se pregunta las cosas que hizo erróneamente y admite ese pesado sentimiento que se acurruca (imperceptiblemente) en su corazón. Piensa en ese funesto embarazo: en lo más maravilloso de la vida arruinado por los torpes hábitos sexuales, arruinado por la incompatibilidad de los tiempos y, finalmente, arruinado por la infranqueable e insoslayable separación con Lucio. Se imagina (a veces también lo sueña) a ese pequeñín guarecido en sus brazos o succionando impetuosamente uno de sus senos; también, sus rasgos más pequeños desde el color de sus ojos, su particular olor e incluso su singular tono de voz.

Se suelta y cae en su rígido colchón: sus ojos miran directamente al raído techo de su cuarto. Absorta, Ariadna, quisiera tener la respuesta, el entendimiento para comprender esa sensación de vacío, esa llama quemante en el alma, ese mareo vertiginoso que ha sacudido su vida. Por qué se sentía asesina, por qué no se sentía con el derecho para hacer lo que hizo, por qué un abismo insondable se le colocaba enfrente de la vida… Aquel aborto sólo le plantaba miríadas de porqués en su cabeza. Desde el momento de la tempestuosa noticia, Lucio y ella arremetieron con más empuje el uno contra el otro: el velado odio comenzó a escalar hasta convertirse en la actitud predominante. Peor aún, terminó por odiar a aquella naciente criatura.

Cierra los ojos e instantáneamente un par de lágrimas comienzan su recorrido: Ariadna comienza a tragarse el dolor y no encuentra lugar dentro de su cuerpo; por momentos se imagina a sí misma tasajeando a su hijo o, incluso, se imagina aceptando con gusto la flagelación de algún verdugo medieval. En el momento más aciago cree fervientemente en el suicidio mientras contrae su cuerpo y, toda ella, se vuelve un entramado de dolor. Precisamente ese entramado que sirve de conducto a la prudencia, el mismo que hace abrir los ojos incluso al más necio.

Ariadna se levanta y camina en dirección al reproductor, busca dentro de la gama de discos disponibles: recuerda lo importante, tanto para Lucio como para ella, de la música de los Manic Street Preachers. Pulsa play: comienza una discreta melodía y una suave batería; exactamente después de los primeros treinta segundos y el primer verso surge el verso que, de ahora en adelante, marcará invariablemente su pasada relación con Lucio: “Lovers wrapped inside each others lies”.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Cinco canciones de amor y un universo paralelo IV

Neon Lights…

Por Diego Bang Bang

La noche es oscura, los rascacielos son imponentes, la vida es demasiado controlada (incluso en una galaxia de la periferia) en estos tiempos de progreso y prosperidad. Danieri mira el expediente: un caso de violación de parámetros de pensamiento. El sello del departamento es un águila de metal con dos ojos enigmáticamente penetrantes. Policía del Pensamiento: Departamento de Abstracción, un buró de investigación meticulosamente planeado para las rupturas con los esquemas de pensamiento propios de un ciudadano de la Vía Láctea.

Danieri estudia los rostros, las ocupaciones de este par de individuos y piensa una manera de atraparlos: llevan ya varias amonestaciones por transgredir los límites de abstracción. Al parecer su relación con la Sustancia Soma (la SS de las drogas) es muy estrecha. Danieri mira, piensa, cavila… Repentinamente su radio de ondas hertzianas recibe un mensaje: los jóvenes sospechosos han sido videados en las cercanías de una estación del STI. Danieri prende sus jets a propulsión y calcinando los restos ígneos del pavimento sale a toda velocidad.

La zona centro de la Ciudad de México, lugar conocido por sus traficantes de Sustancia Soma, es donde comienza la persecución: las ondas cerebrales de los sospechosos fueron detectadas a las afueras del recinto parlamentario de San Lázaro. Danieri planea interceptarlos en unos segundos en la estación terrenal Cuauhtémoc; es de suma importancia no permitirles la llegada a la estación matriz de Observatorio.

Ya en Cuauhtémoc se escucha una canción clásica del añejísimo siglo XX: Neon Lights de Kraftwerk, proverbial expresión de los páramos citadinos del futuro. Sube al tren, se recarga en las puertas corredizas, mira, observa, busca la señal de Ondas Cerebrales (OC). Camina entre los pasajeros abstraídos en los paraísos virtuales ofrecidos por la tecnología. El radar marca cada vez más cercanas las señales de ambos individuos: Kosmofly y Kometen. De pronto las miradas se funden: la cacería ha comenzado.

Los fugitivos prenden sus jets y pasan a una velocidad apoteósica entre los cuerpos y cabezas de los ciudadanos mexicanos. Algunas veces chocan y reciben insultos o empujones. Por su parte, el detective Danieri grita entre los usuarios: “guarden la calma, misión de la Policía del Pensamiento”. Entre las miradas de reprobación los fugitivos llegan al vagón de control. Están cercanos a llegar a Observatorio, lugar en el que podrán montar el águila mecánica rumbo a Aldebarán o Vega —estrellas fuera de la jurisdicción de Danieri.

En la oscuridad del vagón principal su ropa de led brilla con más intensidad. Los golpes al conductor son lo suficientemente fuertes como para tenderlo en el piso inconsciente. Danieri se mira venir a través de la pequeña puerta divisoria. Kometen atranca la puerta y Kosmofly navega la nave a través del hoyo de gusano. Por fin han alcanzado Observatorio: brincan aún con los jets encendidos y a gran velocidad alcanzan a entrar en una de las águilas metálicas; Danieri ha fracasado (los sospechosos se caracterizan por saber manejar de maravilla los jets a propulsión) y, con la mirada clavada en el rostro de los fugitivos, mira partir el águila mecánica a la velocidad de la luz. Aldebarán se encuentra fuera de su jurisdicción: sólo queda hacer un reporte a la estrella de la galaxia Tauro.