> Arcanum VI

martes, 17 de marzo de 2015

26/Marzo para armar II

*Últimos estertores de invierno. El aliento se vuelve respiración, a cada beso corresponde un tanque de oxígeno. No hay nada parecido a estar perdido, sin rumbo y saberse en todas partes. Sólo necesito mirar el círculo que bordea sus ojos para comprobar el uróboros. Y claro... sus costillas pequeños hexagramas; sus venas intrincados laberintos. 
*Documento recién encontrado. Sección "Efemérides del corazón". Track 7. Año: 1987. Mientras mi madre me entrega a ese otro mundo, el documento sonoro termina su hechura. 11 canciones en total. Sólo una importa: "This one goes out to the one i love". Tu madre ni siquiera aún conoce a tu padre. México aún no sale del primer periodo de la hegemonía priista. Ambos ya conocemos el amor. ¿José Agustín ya había escrito "Cerca del fuego"? El coro del documento sonoro: "Fire".
* Las volutas de humo se vuelven espirales que surcan piratas en barcos fantasmas. ¡Crack! Así suenan nuestras articulaciones verbales. RadiAn escupe algo acerca del abismo. Una frase de Nietzsche convertida en personaje de Moore. ¡Crack! Así se siente la sinapsis en nuestros cerebros. En la oscuridad total se escucha una luz. Es la voz de Carl Gustav Jung. Quien conoce la vastedad del interior, intuye el infinito exterior. Quien mira el abismo es mirado por el abismo. ¡Crack!
* Arrellanado en un sillón derruido. La única ventana del mundo tiene bordes intermitentes. La luz mortecina que se filtra es color ámbar. La visión de mi cabeza es de un rojo intenso. Como la edición de ese libro en Anagrama. De pronto, me siento indefenso. Mis padres morirán algún día. Mis amigos se exiliarán en la familia. Mis ojos cegarán pronto, mi hígado dejará de sintetizar. Igual que mi cerebro. Me gusta pensar que el hecho de perder 21 gramos es un acto volitivo. El soplo de la vida se vuelve el aliento de la muerte.
* punk.(Voz ingl.).1. adj. Perteneciente o relativo al movimiento punk. 2. adj. Seguidor o partidario de ese movimiento. U. m. c. s. 3. m. Movimiento musical aparecido en Inglaterra a fines de la década de 1970, que surge con carácter de protesta juvenil y cuyos seguidores adoptan atuendos y comportamientos no convencionales.

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26/Marzo para armar

*Monosa en la esquina de Allende y República de Cuba. Brazo tatuado desde el hombro hasta el índice. Alguien le da su cambio. Recién le metió la verga por el ano. Mira a la nada, respira el éter. Compra una cerveza mientras todos los seniles le miran el culo. Uno de ellos también le meterá la verga en el callejón de enfrente.

*En el lugar recibe a los parroquianos con una amplia sonrisa. Dice "mi amor". Sus ojos brillan en color ámbar. De la cerveza y de las paredes. Recuerda, mientras desmonta su traje, en un antiguo amor de cantina. Fausto era su nombre. Le conoció en el ´74. Ella tenía un fleco tamaño parabólica. Él vestía casimir todos los días. Duró poco la emoción, la infatuación. Él apareció muerto en el ´85, bajo los escombros. Ella lee a Jodorowsky en el metro de camino a casa.

*Una vez más: "Los detectives salvajes". Un yuppie ahora hipster en el Péndulo de Zona Rosa. El libro rojo con el ámbar, de la cerveza y las paredes, a manera de fondo. También un proto punk lo lee en el metro. El rojo es más intenso según el contexto. El ámbar es del mismo color del hígado agonizante de Bolaño. Un ámbar casi naranja y naranja casi negro. Tan negro como el año 26/66 en Santa Teresa.

* 26 de febrero. Debería ser una fecha unipersonal pluriéxtatica. Lo es, en cierta medida. De cierto modo. Por cuestiones personales/trascendentes/intrascendentes. Porque el blues de la mirada de Raina rebota en cada resquicio de la ciudad. El problema, de esta pequeña pieza de rompecabezas, comienza cuando la normalización asoma. La normalización de los normalistas, por supuesto. La normalización de los monstruos de Raina. Normalización tan negra como el año 26/66 en Santa Teresa. 

* rompecabezas. 1. m. Juego que consiste en componer determinada figura combinando cierto número de pedazos de madera o cartón, en cada uno de los cuales hay una parte de la figura. 2. m. coloq. Problema o acertijo de difícil solución. 3. m. Arma ofensiva compuesta de dos bolas de hierro o plomo sujetas a los extremos de un mango corto y flexible.

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lunes, 2 de marzo de 2015

El monstruo enamorado VI

Por Diego Bang Bang

Querida Raina:

Para cuando termine de escribir este texto la noche será profunda y mis ganas de estar contigo serán olas de un mar igual de profundo. En esa profundidad, la noche y mi ansiedad por ti se convertirán en una sola, única y misma cosa.

Recuerdo las noches que fuimos blues. Cuando nos mandábamos canciones a través de Mypain.com; tú en el avatar de Joy Press (la esposa desaparecida de Simon Reynolds) y yo en el avatar de Cerpin Taxt (el personaje de Deloused in the comatorium).

Te conté, entonces, del coma psicodélico de Cerpin Taxt. Su relación con un planeta lleno de veneno para hadas. La manera en que un escritor argentino había unido los mundos de Onetti y de la extinta banda The Mars Volta. El nombre de la banda texana era una de las regiones más oscuras de Santa María. Una región en completa desolación.

Me contaste acerca del imposible. La imposibilidad de los mundos. La imposibilidad del tiempo. La imposibilidad del amor. La imposibilidad de vida en otros planetas. Todo era ruptura, según entiendo. Todo es ruptura, según entendí. Esa misma noche me enseñaste una cita de Bataille acerca del Imposible. La habías escrito a lo largo de tu brazo y daba vueltas concéntricas en tu bella extremidad.

Nos despedimos cerca de la hora del segundo atardecer. Los dos soles ya se dibujaban en el horizonte. Andy Kaufman empezaba su segunda emisión a través de la frecuencia Kenneth. Para cuando dijimos adiós, para entonces, sonaba Everybody hurts. Un clásico de Twisted Kites, la banda favorita de Joy Press.

Extracto del libro Sommeil paradoxal de Danieri C. Aquiahuatl.

lunes, 23 de febrero de 2015

El monstruo enamorado IV

Por Diego Bang Bang

"¿Estás enamorado?", me preguntó en su tono homosexual característico. Respondí afirmativamente. Afuera el sonido de los vigilantes era potente. Se escuchaban sus pasos por entre las estructuras de metal y concreto. Las sirenas iluminaban las calles en azul y rojo, sobre todo en rojo. 

"¿Cómo sabes que estás enamorado?", volvió a inquirir aquel hombre lobo mientras una luz mortecina se filtraba por la ventana del bar. Entonces pensé en Raymond Carver. En Henry Miller. En Juan Carlos Onetti. ¿Qué hubieran contestado? Seguramente mucho o tal vez nada. Quizá hubieran quemado un libro de Jaime Sabines frente a su interlocutor.

Traté de guardar la calma. La nariz ya se me había convertido en cara cortada. El monstruo blanco dentro del monstruo eléctrico. "¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?", pronuncié con la boca hecha champurrado de cebada. "Lo sé porque su recuerdo se vuelve inesperado, aparece de la nada y en la nada". Mi amigo, el hombre lobo homosexual, volteó ansioso a ambos lados del bar. Buscaba los ojos, las siluetas, la materialidad de un mundo convertido en materia onírica. Me hubiera encantado estar en las brumas de su cabeza. Mirar con microscopio la alquimia de la cocaína.

Después de un rato, se levantó para ir al baño. Así pasaron algunos minutos. Mi garganta dormía el sueño de Iztaccíhuatl, entre nieve epidérmica y fuego arcano interior. Volví en cuantiosas ocasiones a los ejércitos de Cebada. Cerré los ojos y vi el rojo derramado de las sirenas. El cómico favorito del pueblo deprimido, luego también muerto. Cuando los abrí, mi amigo estaba agazapado en un rincón. Debajo de una escalera de madera. Intercambiando caricias con otro hombre lobo homosexual. El olor a cereza era penetrante. En los baños explotaban los poppers. Sólo en esta parte de África las cosas son tristes. Triste sí, triste no.

Entendí que debía salir de Casablanca. Cuando empujé las pequeñas puertas, mi amigo se encontraba bailando con su compinche nocturno. Sus pechos se rozaban a un ritmo frenético de contrabando, una máquina de contrabajo. "El baile y el salón", escrita en 1985 por Estación Rockabilly. Banda formada por el escritor, bajista también, de "El vampiro de la colonia Roma".

De camino a casa, en la soledad nocturna del Metrobús, escribí a Raina un mensaje: "A veces perdido en Santa María intuyo comprender el mundo. Una sensación extraña se apodera de mí. Una especie de desasosiego dulce y también incierto. A lo cual mi memoria sólo recurre a ti. Como certeza. Como cereza existencial. Lo demás, no es baladí decirlo, es un camposanto minado de preguntas sin respuestas".

sábado, 14 de febrero de 2015

El monstruo enamorado III

Por Diego Bang Bang

Nuestra historia estaba perdida entre las extraordinarias narraciones de Edgar Allan Poe. Era una edición barata Porrúa, sin remitente como una botella en mitad del todo. Una historia de revista, de fanzine, una pulp fiction non grata. Una biblia tijuanense sin destino ni remitente.

Comenzó en un patio convertido en pista de baile. Tú bailabas como siempre... como nunca. Tu cabello corto supersónico. Tu segunda piel: unas medias negras. Botas leopardo, botas de espanto. Boca menuda; piernas largas. ¿Popotitos?

La luna pendía completa, ahíta, llena y desbordante. Hombres lobo homosexuales, fantasmas acatrinados, el perseguidor de señales. Un lamento: el canto de un cisne negro. Una azotea en alguna vecindad de la Guerrero. Nosotros no teníamos salones de baile y tampoco las explanadas de barrio. Nosotros éramos azotea... otro día sótano.

El tacón de tus zapatos fue lo primero. El rojo de tus labios el corolario. Mi voluntad anidaba, aquella noche, en un lejano rincón. Rayos de luces serpenteantes, sombras ignotas danzantes. Mis ojos pegados a tu figura. Mis dedos deseosos de la álgida Atlántida. Mi corazón perdido en la ardiente Pompeya. El caleidoscopio sin lente; un pequeño estrobo diletante.

Mi garganta invadida por los ejércitos de Cebada. Mi nariz convertida en cara cortada. El cantrabajo que siempre me recuerda la palabra contrabando. Tus caderas, la locura: la guitarra sin Elvis y sin Vincent. Gene o Price. Pero no cualquier baladronada.

martes, 10 de febrero de 2015

El monstruo enamorado II

Por Diego Bang Bang

Lo único que nos unió fue el terror. Ese terror intrínseco de la existencia anidado en ciertas palabras. Como obliterar.

Nos recuerdo, por ejemplo, tirados en alguna vieja calle de Coyoacán. Con los labios rojos de mordernos tanto. Con las orejas rojas de tanto ron o vodka o bacanora. Un día como tantos en los que inventábamos nombres de taquerías, cantinas y restaurantes. Un día como tantos en los que enlistábamos nuestras palabras favoritas. Más pronto que tarde, caímos en cuenta: nos gustaban por su terror inherente. Tú decías fiambre y entonces contestaba con púas y alambre. A veces decías mierda; otras sangre. Nunca pene o pito o verga. Así sabíamos: el terror no es cosa baladí ni cotidiana. El terror es cosa velada. Humareda convertida en velo de gitana.

El terror, uno de los hilos de Ariadna. Hilo narrativo concluyente en mi aborto a los veintiuno. Oralidad terminante en las babas del Diablo; otrora hilos de la Virgen. O, mejor aún, semillas de la ídem. Semillas consejeras: "TODOS SOMOS ABORTOS, pequeño diego". De alguna u otra forma así es. Abortos sociales diseñados para abortar biológicamente. Terror, terror y más terror.

La luna pende completa, ahíta, llena y desbordante. Algún músico se desangra en una capilla decimonónica. Cansado de perseguir arcoiris, el pariente lejano del caleidoscopio. Mira la luna. Otra vez el terror. Dentro de su palidez, una obertura. Una pompa fúnebre que da paso al obturador que escupe fuego. Una navaja de afeitar se ha quedado atrapada dentro del ojo noctambulo de la luna. Raspa la plata; desangra al conejo.

Los tiempos de vapor ya no permiten monstruos como nosotros. Por eso amarse se ha vuelto una actividad furtiva. El ojo público, con paja incluida, permite el orgullo y la soberbia del enojo. No así la vulnerabilidad del enamorado. El arcano VI es el más extraviado de nuestros días. Me decía una oriental. Por eso nosotros los monstruos vivimos en la aciaga laguna. Alejados/apartados/obliterados. Vivimos en el terror bajo tierra, bajo lava. En el terror de amar. Incansablemente. Indefectiblemente.

miércoles, 4 de febrero de 2015

El monstruo enamorado

Por Diego Bang Bang

El enamorado no es otra cosa que el perseguidor de señales. Alguien que decide ponerse en el canal intempestivo del destino y, por lo tanto, del lado de la fe. Ésta última, instancia inexplicable desde el raciocinio y que trasciende el plano emocional. La fe, entonces, es una conjunción de la negación racional, la trascendencia emocional y la convicción estética.

Este perseguidor tiene distintas modalidades para hurgar entre las capas del enamoramiento. Hay una en particular que interesa a los asiduos del enamoramiento: la arrobadora, valiente, salvaje, tempestuosa y violenta. Aquella que "[...] cala los huesos sin avisar[...]", como una lluvia inesperada. Aquella que rompe los diques de la conformidad, remueve los lindes de lo permisivo y alienta a caminar sobre las nubes.

Cuando, por otra parte, se ha experimentado esta violencia -de ola, de tifón, de acantilado- no se volverá a ser el mismo. Se habrá experimentado la deliciosa tragedia de no pertenecer a uno mismo. Se habrá experimentado la injusticia de saber que esa cumbre del placer existe y que se buscará toda la vida. Por eso el personaje de "El secreto de sus ojos" espera en la estación al asesino de su amada -sí con violencia de venganza, pero también con violencia de enamorado. Por eso Alceste prefiere abandonarnos a todos, por eso prefiere morir a solas y en busca de la violencia que alguna vez lo arrojó de sí mismo.