> Arcanum VI

viernes, 20 de junio de 2014

D. (el) F. (os) IV

Por Diego Bang Bang

“Teatro psicotrónico: el único y verdadero”, así se anunciaba un inmueble ubicado en la calle Puebla en la colonia Roma. El lugar había pertenecido a Bef, un dibujante y escritor epígono de la ciencia ficción mexicana.

Este lugar fue el resultado de la mezcla entre un profundo amor por el teatro y una fascinación extrema por la ciencia ficción. La idea primaria fue de Francisco Tario y el Dr. Alderete a mediados de los años ochenta. El primero, amante furtivo de los pisos de madera (tablones); el segundo,  apasionado del kitsch, la serie B y la ciencia ficción metafísica. Sin embargo, por motivos contextuales, coyunturales e incluso extrasensoriales no pudo concretarse en aquel año de 1984.

Las principales razones fueron: la prematura muerte de Tario (muerte por amor) y la consecuente retirada de Alderete. Este último se dedicó a ilustrar la escena surf-garaje mexicana a través de carteles, productos audiovisuales y demás parafernalia artística de alta calidad. A la postre, formaría parte de la agrupación Gallo Negro.

Durante la primera década del S. XXI, Bef dio con la idea anidada en lo más profundo de la historia del teatro mexicano. Bef conoció a un joven director de teatro de nombre Alberto Villarreal. Él le contó el mejor secreto guardado del teatro mexicano. A Bef le fascinó la idea como todo lo que tuviera que ver con la ciencia ficción.

Pasó un tiempo más, los quarks se desplazaron en el eje temporal, y Bef se hizo un escritor y dibujante reconocido. Se codeaba con Juan Villoro en ferias del libro nacionales e internacionales. Se había convertido en el heredero, según la crítica, del coto literario de la égida Taibo.

Este reconocimiento le valió un mejor estatus económico y con ello el impulso de varias ideas y proyectos pendientes. Entre ellos, la realización de Dune a la mexicana con los storyboards originales de Jodorowsky. También, entre estos proyectos, se encontraba el teatro psicotrónico con el que habían soñado Tario y Alderete.

Junto con Villarreal y un joven dramaturgo de apellido Alcocer, se juntaron las energías suficientes para echar adelante la empresa teatral. Compraron un predio a medio derruir, en la cual Villarreal vivió la mejor etapa de su teatro, y juntaron el equipo técnico necesario para poder tener temporadas completas.

El día de la inauguración, en el natalicio de William Gibson, montaron una obra de Tario. La idea era hacer del teatro un lado B de la ciencia ficción cinematográfica. Una de sus premisas era que el cine había hecho mucho daño a la ciencia ficción. La había convertido, según sus postulados estéticos, en un producto desechable y en un espectáculo digerible de salas 4D.

En aquella primera función se hizo un montaje muy básico en el que se proyectó material audiovisual diverso del Dr. Alderete. "El caballo asesinado" fue el título de esa primera escenificación. Una adaptación de lo que se considera la primera dramaturgia de ciencia ficción en México. El montaje se basaba en la fuerza motriz de la actuación y en el poder de la repetición dadaísta. Según contaron los privilegiados asistentes, el montaje era un eterno ensueño que te hacía perder los cabales más mínimos de la temporalidad. 

(El texto hace mutis)


viernes, 30 de mayo de 2014

Do the Blues

Por Diego Bang Bang

11) Slide: la melodía se mueve en tus hermosas pestañas, mi little blues. La melodía se ladea con cadencia en tus caderas y desaparece justo en el calor de tu entrepierna. La melodía se panea en el brillo aperlado de tus ojos. La melodía zigzaguea en la juntura de tus senos. La melodía busca algún rincón para anidarse en tu ronco pecho. Brilla, también, en tus dientes recién descubiertos. Respira en cada uno de tus poros. Es la eléctrica melodía del blues: aquella que nos hace buscarnos por las manos y desaparecer en la fugacidad de muchos besos. 

12) Rasgueo: un día amanecí con el ritmo de tu canción. La noche anterior, la noche interminable, había soñado que mis dedos oprimían las cuerdas de la maldición. La síncopa resultante era el ritmo de nuestra canción. El ritmo era embelesador y tenía un sabor muy particular: una especie de traición. Cada vez que la tocaba sentía un abismo muy particular. Maldición delectable que reptaba por las huellas dactilares hasta la médula espinal. Y otra vez: mi, re, do… ¡Maldición con sabor a traición! Justo como se habrían sentido los primeros blancos al apropiarse de la maldición blues de los negros algodoneros. Y te decía que amanecí con esa maldición heredada de un sueño. Y te decía que entonces salí a buscarte porque más valía estar maldito y traicionar que no estar contigo. Y te decía que varios años más tarde te habría de encontrar para vivir contigo el ritmo de nuestra canción, para vivir contigo nuestro abismo muy particular.

13) Nota: ¿te imaginas cómo fue el primer sonido del universo? Un do tocado por la plumilla de dios y convertida en muletilla por sus ejércitos musicales. La doctrina dogmática de la creación. Pero un día las cosas salieron mal, porque toda aquella luz convertida en sonido se volvió oscuridad. Un ángel rebelde que espetó el re de vuelta. La contrahistoria, la otra visión, la nota en oposición… Después nosotros, mi little blues. La tercera nota.

14) Robert Johnson, Son House, John Lee Hooker, Muddy Waters, Willie Dixon, John Mayall, Eric Clapton, The Rolling Stones, Sony Boy Williamson II, B.B. King, Howlin´ Wolf, T-Bone Walker, Jimmy Page, Alvin Lee, Ry Cooder, Dan Auerbach, Jack White III, Benjamin Booker... Since i found you, mi little blues.

15) Estoy aquí, dije, con los perros blueseros y aquí me voy a quedar.

domingo, 11 de mayo de 2014

Re Verb The/De Blues

Por Diego Bang Bang

6) Pero claro nuestro blues tuvo algún preámbulo: fuimos rasgadura de cuerdas. Fuimos espíritu en descampado y también almas en pena. Fuimos esclavitud sureña y herederos del hijo de casa (Son House) o la casa del hijo maldito –Gypsy Woman told me so. Y así tenía que ser porque nuestro lamento bluesero comenzó con nuestras penas. Fuimos, en primerísimo lugar, pequeñas tragedias.

7) Comencemos con el verbo, entonces. Bluesear. ¿Cuántas veces lo ejercimos? Lo vivimos. Solitarios entre tanta gente que no bluseaba; solitarios entre tanta gente que no ejercía su potestad de vivir en la tristeza. Acodado en algún puente de Canciones Tristes, esperaba a la blue woman autóctona de Villa de la Tristeza. A veces la dibujaba en mis cuadernos de falso estudiante; a veces podía presentir su forma en los agujeros indolentes del asfalto.

8) Be kind, mi little blues, & reverb: filamento de paja o la paja vacía. Así te sentías, no obstante tu corazón lleno de amor. Buscabas al forastero de los besos de ginebra, justo como Boxcar Bertha. Y tus trenes metafísicos se perdían por los vericuetos del desamor... otra vez. Y otra vez y otra vez. No obstante, el rumor lejano del forastero. A veces parecía que te acercabas; a veces, simplemente el rumor se volvía viento. Y ahí estabas, otra vez, en la casa embrujada.

9) “¿Cuántos blueses antes de volverme agua?”, me preguntaba mientras miraba mi forastera sombra. Por momentos, a lo lejos, podía lograr percibir algún tren. Corría y no paraba de correr para tratar de conocer su destino. Mi urgencia era llegar a Villa de la Tristeza. Muchas veces había soñado con dejar Canciones Tristes, pero simplemente no lo hacía. En el ínterin de la indecisión, soñaba con volverme agua. Agua caudalosa de río. Pensaba que así podría llegar más rápido a Villa de la Tristeza. Sigo pensando que sería la forma más sencilla... Mientras eso sucede, tendré que seguir corriendo para alcanzar alguno de esos trenes. ¿Metafísicos?

10) Los negros llegaron desnudos pero no solos. Una cauda de espíritus los acompañaba en su periplo trasatlántico. Estos espíritus los impelieron a fundar dos comunidades marginales: Canciones Tristes y Villa de la Tristeza. Por un tiempo, ambas comunidades gozaron de gran comunicación. Sin embargo, varios cataclismos los separaron. Según los espíritus, en sus lamentos mitológicos, estas comunidades se volverán a unir como en tiempos pasados. Esto pasará cuando un forastero de Canciones Tristes se enamore de la blue woman –autóctona de Villa de la Tristeza– que sueña con trenes metafísicos.

sábado, 3 de mayo de 2014

Mi blues en mí menor

Por Diego Bang Bang

1) Al final fue el blues, esa rasgadura placentera, lo que nos encontró. O tal vez nosotros lo encontramos sin darnos cuenta. En todo caso, ahí estaba: en cualquier póster de cualquier acera de alguna pared. O tal vez en las pérfidas cervezas, también placenteras, que habíamos de derramar en los labios. Porque lo nuestro no fueron cosas melífluas ni adoquinadas. No lo sé, no lo sé: presiento que fue algo más. ¿Se les llama corazonadas? Tal vez certezas.

2) Quizá las mariposas no se permitan en esto del blues. No recuerdo a ningún bluesero coquetear con las mariposas. Y es que todo en el blues es campos de algodón, espinas en el corazón y tristeza… mucha tristeza. El merodeo de los lobos y el canto de las hienas, pero nunca el revoloteo de las mariposas. No obstante, mi blues, cuando comenzamos con nuestro pequeño enamoramiento todo era mariposas. O, más exactamente, sombras de mariposas. Algo oscuro debía de tener, ¿o no? Y entonces cerraba los ojos y veía esas sombras coleópteras revolotear como en un grabado hermoso. ¿José Guadalupe Posada alguna vez grabó mariposas? No lo sé, no lo sé: en algún rincón de mi memoria sí que lo hizo.

3) ¿Sería perogrullo bluesero decirte que me causas mucha tristeza? Me dueles cada arpegio, cada acorde; incluso cada nota. Me dueles en esos ojos claros de gitana y en esos labios inmensos de avenida. Me dueles y pienso el porqué de esta tristeza y el porqué de su conjugación en tiempo presente. A veces, mi blues, tengo la sensación de que el dolor es una cuestión humana irrecusablemente presente y presencial. Un gemido de armónica presente y presencial en la sinfonía caótica del día a día.

4) Al escribir este texto, mi hermoso blues, tengo la sensación de vivir un infinito déjà vu. Una muletilla infinita y en la vorágine repetitiva estás tú. Estás ahí a la orilla de algún libro de Dylan, tan callada y blanca como el papel. Estás ahí en lo más profundo de la herida que horadas con ceniza. Estás ahí desnuda en los sentimientos y vertida sobre ti misma. No hablas, pero tampoco callas aunque estés callada. Y entonces el déjà vu también es paradoja y la paradoja es hermosa porque no es presente ni pasado. El déjà vu eres tú en lo más hondo de la herida. Un hermoso blues en mí, menor.

5) ¿Fuimos blues, mi blues? ¿Con cada beso se llenaba nuestra Copa de la Tristeza? ¿Fuimos campo de algodón, espinas en el corazón? ¿Fuimos el aullido de los lobos y el canto de las hienas? Y nuestras sombras, ¿sombras de mariposas? Ruego a Robert Johnson no haber sido melodía bendita. Doy gracias por haber nacido bajo la maldición del blues, de nuestro blues. 

sábado, 15 de marzo de 2014

La Deformación del Escritor II

Por Diego Bang Bang

La condición contemporánea apremia que el escritor no tenga nada que perder y, a la par, lo pierda todo. Lo anterior para que no suceda el infame paso del placer al poder. Me explico.

Cuantiosas son las historias de escritores que pasan del placer al poder, de vivir para la literatura a vivir de la literatura. Y no hablo de los premios Nobel, premios Cervantes, premios Benítez, premios Rómulo Gallegos, premios Herralde y demás casos que no tiene sentido mencionar… por pura mentira de perogrullo. Hablo, por el contrario, de aquellos que se esfuerzan, se esmeran con denuedo, por convertirse en figuras públicas, en líderes de opinión, en manipuladores de la conciencia… Guillermo Fadanelli, por ejemplo. Antonio Ortuño, verbigracia. Fabrizio Mejía Madrid, sin duda. De izquierda, según la triste historia de la Izquierda Mexicana.

¿A qué me refiero con no tener nada y perderlo todo? No tener hijos, sobre todo. No tener alcurnia, sin duda. Reconocerse en alguna genealogía, literaria y no de otra. No tener obsesiones de poder, no querer hacerse de un lugar en la historia de la LITERATURA… Perderlo todo: la comodidad, ante todo, la buena conciencia, la corrección política, la seguridad en sí mismo (sobre todo).

Asombrosamente, esto no sucede en los submundos inmediatos de la dominante cultura literaria. Incluso en los escritores (aquí sólo aplica como categoría guía) lumpen: aquellos que se autoproclaman fuera de cualquier sistema.


Desgraciadamente, incluso entre los intRa hay algo de todos los anteriores. Nos hemos dado cuenta que la soledad, la marginación, el ostracismo no son cualquier cosa. Bartleby, visto de este modo, es una quimera que constantemente se aleja. Todo es un maldito chiste y el chiste es una mentira rotunda.

jueves, 27 de febrero de 2014

Subgéneros del Amor: Surfin´ Love

Por Diego Bang Bang

En lo más alto de su cresta e in crescendo... Más allá de diques del tiempo y aún ante el anuncio de tormenta. Con espuma burbujeando entre las piernas y el cuerpo enterrado en la arena. Ingrávido amor de tabla surfera. Te hace sentir ligero, cual gaviota pasajera. De atardeceres naranjas y crepúsculos magenta... Con tanga o sin ella... Tiki tiki taka, tiki tiki taka. Salada tu oreja, salada mi esperma. Tus senos dos palmeras, tus ojos... sólo eso. Lentes oscuros anteceden tus ojos. Ahí viene la marea: aún tenemos granos de arena, pero los cuerpos ya se pegan (anémonas humanas). Reverb... tiki tiki taka. Tu mano mi playa, la playa entre tus manos. Nada de acantilados. Erizos, algunos; no muchos. Arrecifes, tus mejillas. A lo lejos una isla, ¿encantada? Nadar y nadar y navegar. Tu sonrisa mi balsa en el naufragio. Por fin, tierra... Tumba, tumba. Máscaras, collares y algunos zombies; muchas palmeras y algo de selva. Isla encantada, noche aciaga. Tu mano mi playa, tu sonrisa mi balsa y tus ojos... sólo eso. Tumba, tumba: rugido de volcán; susurro de palmeras. Fuego ultramarino de ritual introspectivo. La noche aciaga colgada en las inmensas nubes mientras nosotros esperamos el naranja y el magenta. Negro profundo, profundo negro previo al naranja y al magenta. Nos duelen los huesos de ritual, ya nos carcomen las ansias de sacrificio. Por suerte, la noche no ha sido eterna. Por fin, nada de marea nocturna. Nadar y nadar hasta regresar. ¿El naufragio nocturno convertido en naufragio en pleno día? Te alejas o me pierdo: somos islotes oscuros. ¡Adiós, pequeña Sirena! Algún otro surfero escuchará tu canto de embeleso. Es hora de dejarse llevar... Marea abajo, de vuelta a la eterna espera.  

jueves, 30 de enero de 2014

Escribir a mano

Por Diego Bang Bang

Escribir a mano tiene todavía algún encanto. Pienso si el enunciado anterior debería tener signos de interrogación. Porque escribir a mano es una actividad que ha venido a menos. No obstante, son pocos los que se lamentan de ello. No se lamentan, al menos, tanto como en cuanto al detrimento de la lectura. Y tienen razón, porque la lectura es más importante. Muchos podríamos dejar de escribir y no sucedería nada. Pocos son indispensables para las perras negras.

Escribir a mano se parece un mucho a masturbarse. En ambas actividades el autor deja pasear a la mujer por su cabeza. Escribir a mano, entonces, es tan vulgar como la chaqueta. Es curioso como es más sencillo, en ambas manualidades, ser perverso, ser un puerco. Cuando se trabaja en ello, basta pensar un par de tetas, un par de nalgas o el rostro de placer de alguna vecina o compañera de trabajo.

Escribir a mano es hacerse un masaje. Uno muy necesario en la conciencia. Más cuando se ha tenido un día de la chingada: todos los pendientes se volvieron independientes. La gripa asomó todo el día por las fosas nasales y se encerró en los oídos. Entonces se necesita un masaje: respirar hondo, olvidar todo. Incluso a Ella.

Escribir a mano para Ella. Esa era la verdadera razón, el impulso primordial. Ella que se ha convertido en una ansiedad constante: una necesidad. Escribir a mano para no caer en la tentación de charlar con Ella. Escribir a mano para repasar lo poco (que es mucho) que se sabe de Ella. Escribir a mano para consignar las notas mentales en hechos nodales.


Escribir a mano para después masturbarse. Todo se acabará cuando tus manos se muevan en aquella geografía. Y entonces tendrás que volver a escribir con las manos vacías.