> Arcanum VI

domingo, 8 de diciembre de 2013

D. (el) F. (os) [III]


Por Diego Bang Bang


Danieri pasea los ojos por los tubos oxidados de los puestos de la Lagunilla. A esa hora parecen un cementerio de metal, un esqueleto derruido sin carne. En el muro grisáceo de polaroids vehiculares son pocos los carros de color rojo. Un rojo que se escurre por el sistema digestivo de Danieri. Más allá del dolor de brazos y piernas, le duele la cabeza. Pero no como un dolor físico propiamente, se diría que le duelen los pensamientos que son recuerdos e imágenes. Cierra por un momento los ojos y comienza el carrusel: un charco de sangre en Garibaldi, uno en Tepito y el último en la Lagunilla. La luz de los establecimientos nocturnos, según esta lógica memoriosa, los hace más vívidos. Una sensación de asfixia, entonces, revolotea en su cabeza. Los recuerdos se le han subido a la cabeza. Por su garganta la sangre sigue su paso cansino. En su estómago imagina un lago de sangre: un signo inequívoco de destrucción, de muerte. Ahora esa quimera formará parte del carrusel sangriento. Danieri cede a la debilidad de sus piernas. Posa las entumidas nalgas sobre el concreto y su espalda absorbe la frialdad de la cortina de hierro. Cierra los ojos y se vuelve a dejar llevar por el carrusel sangriento.

¡Recuerdan la canción del homosexual en el primer disco de La Maldita Vecindad? Pues, resulta que no se llamaba Rafael, sino Mario. Cuando la escribieron decidieron cambiar el nombre para no revelar la identidad del personaje. Aunque a Mario no le hubiera importado, pero ya ven que los integrantes de esa agrupación eran respetuosamente disidentes. Lo supe en una cantina de la calle Palma, muy cerca de la calle Madero y a poca distancia de la calle Donceles. Aquella tarde llegué con Fernando León y Erick Arqueles a La Montañesa. A falta de un lugar exclusivo, nos invitaron a sentar en la mesa de un viejo de lentes grandes y barba blanca. Al principio todo era cordialidad y preguntas protocolarias: ¿de dónde son? ¿cuántos años tienen? ¿vienen muy seguido a este lugar? Posteriormente, con 1.5 litros de alcohol en las venas, comenzaron las confusiones y confesiones. Mario, quien de principio no lo aparentaba, era una loca. Aseguraba que su target preferido eran los hombres casados: “después de los cuarenta se les hace agua la canoa”. Nos preguntó si alguna vez nos habían metido un dedo y, de pasada, nos ofreció su habilidad dactilar en ese particular. Unos cuantos mililitros de alcohol después, Mario nos confesó su mayor desgracia. El amor de su vida, un hombre casado de la Juárez, había muerto de cáncer prostático. Nos confesó que se encontraba devastado. El silencio de su boca fue acompañado por un brillo meláncolico en sus ojos. En el epílogo de aquella tarde-noche, Mario nos contó sus peripecias amorosas con un integrante de la Maldita Vecindad. Nunca reveló la identidad del susodicho. Su último comentario fue: “La Maldita Vecindad hace tiempo que se fue a la mierda”. Y pues sí...

... el cuarto de Ricardo en la Portales, un mural invisible en Chapultepec, Los Coronas en el Centro Cultural España, Doña Bertha en la calle Moneda, el respiradero del metro Pino Suárez, el concierto de Café Tacuba en el Zócalo, un poco de Coyoacán (el kiosko, sobretodo), el recuerdo de Alceste en Tlatelolco, la aeronáutica de los ojos de Mónica, el castillo kafkiano de la Guerrero, la tímida catedral del Franz Mayer, el hoyo skinhead de Don Fausto, las banquitas de Bellas Artes, la cúpula del Fondo de Cultura Económica en Eje Central, el corazón de Nancy en el centro del Templo Mayor, un trío en un hotel de Garibaldi, besos a una mujer catalana en Xochimilco, el fantasma de Yari en La Vaquita, el cuarto de Jorge a un lado del metro Juárez, las miradas perdidas en los callejones de Donceles, el primero y último beso con Samantha en El Zaguán, debut y despedida en el oleaje circular de México, Distrito Federal... Camino y camino en este viaje de revisitación citadina.

jueves, 28 de noviembre de 2013

D. (el) F. (os) [II]


Por Diego Bang Bang

¿Qué quiero de ti, Ciudad?

Río Churubusco, unidad habitacional “Mujeres Ilustres”. Eran los tiempos de la cocaína. Lulú aún se encontraba en la Ciudad. Era una tarde normal, gris como todas. Decidimos comprar un gramo y algo de marihuana. De pronto el monstruo citadino asomó: las nubes se descolgaron, los conductores enloquecieron y los dealers comenzaron a cerrar los pasillos. Aquello se convirtió en un laberinto con decenas de bestias al acecho. Las ventanas se golpeaban contra el concreto. Parecía que todos los rincones gritaban el nombre de mi hermana. En algún momento tuve la sensación de sangre en mis manos, en mi vientre, en mi nariz. Golpes invisibles, contusiones de la desesperación. Corrimos y corrimos mientras los corredores se asfixiaban. Todo laberinto tiene algo de alcantarilla. Por fin salimos, afuera estaba Lulú con su tono de voz afable. Los carros seguían su pasarela indiferente. Incluso algunas exhalaciones solares se colaban de entre las nubes.

Calle Buentono, cerca de metro Salto del Agua. En cuanto a esta Ciudad lo único que sé es que hay que vivirla dos veces. En esta Ciudad nada es estático, ni siquiera el recuerdo de Bolaño. Por eso volví a ir a los lugares que frecuentábamos: Uta Bar, Las Escaleras, aquel rincón de Reforma, alguna azotea de la Guerrero, los pastos del CNA, el elevador de la Narvarte, el salón Bombay, El Alicia, las escaleras de la Cámara de Diputados... La calle Buentono con sus tarjetas explicativas: “DIEGO: Es romántico y un poco posesivo”. Camino y camino en este viaje de revisitación citadina.

Desnivel de Viaducto, ellos pasan mientras nosotros nos petrificamos. Los carros son peces que se desgranan segundo a segundo. A esta hora de la mañana todo parece vivo, hasta las sombras de los perros. Me basta, entonces, cerrar los ojos para imaginar un escenario. Después imaginarte a ti a mi lado. Vamos a arriesgarnos, vamos a enamorarnos sin tocarnos. El escenario se divide en dos, una línea invisible lo separa. Somos peces enfrascados en espacios contiguos, citadinos. Somos seres extraños que necesitamos de la distancia para gustarnos. Por momentos a alguno de los dos nos gana la ansiedad y expresamos de más el gusto mutuo. Me siento en algún rincón del escenario y vuelvo a imaginar: “Me gustas en superlativo”, te digo en un recuerdo futuro. Abro los ojos y sigues en esa distancia cercana. Una lejanía cercana tensada por el deseo. Lees y hueles los libros que lees. Quiero decirte que el polvo es compañero inseparable de los libros, pero me contengo. Eres tan hermosa (“me gustas en superlativo”) en la utopía. En mi utopía. Abro los ojos y los coches siguen con su pasarela indiferente. Las sombras de los perros ya no parecen tan vívidas. Me basta sonreír para digerir tu futuro recuerdo.

Calle Lucerna, muy cerca del Museo del Chocolate. A las tres o cuatro de la tarde todos descienden a las fondas de la colonia. Comen mientras tratan de no remojar las corbatas en los diferentes caldos de comida. Algunos otros hacen círculos alrededor de la canasta de tacos o del comal de las garnachas. Las nubes casi no se ven debido a los múltiples edificios. Los parquimetros son el nuevo objeto de enojo: mujeres que pelean con los botones de la máquina; franeleros que ahora son lagartijas que toman el sol de tiempo completo. Es un tanto chocante que la mayoría de las calles de esta zona ostenten nombres europeos. Nada más aspiracional y engañoso. Más de uno las habrá imaginado con nombres prehispánicos. Extremo, de igual manera, ridículo. Si se mira esta calle, amable Lucerna, desde la avenida principal (Reforma) parece la punta de una lanza. ¿Se podrá conocer una calle por completo? Conocer cada uno de sus rincones, cada uno de sus gatos, cada una de sus aceras. En algún lugar leí acerca del personaje de la cámara, aquel que grabaría todo el tiempo una calle del centro de la Ciudad. Tendré que buscarlo para hacer algo parecido con Lucerna.

lunes, 18 de noviembre de 2013

D. (el) F. (os)

Por Diego Bang Bang

¿Qué quieres de mí, Ciudad?

Para mí la ciudad se presenta como un juego de azar. Para mí no hay nada más serio que un juego. Luego entonces: la ciudad es la rayuela, la escenografía, la arquitectura, la caligrafía, incluso... la superestructura. Mientras deambulo encuentro miles de motivos para imaginar miles de mitologías; miles de vestigios para recobrar antiguas chamanerías.

Por ejemplo, Izazaga. Es diciembre, aunque es noviembre. Los fríos ya rayan las mejillas y entumen los pómulos. Tengo cerca de una hora y media para caminar. Avanzo y me doy cuenta que me ha hecho mal, pero bien leer a Robert Walser. Mal porque mis ojos no encuentran la belleza que él sí podría; bien porque, al menos, ahora he comenzado a buscar esa belleza escondida.

Chapultepec, por ejemplo. Acá las cosas son un poco más lujosas. Hay mujeres hermosas en bicicleta y sus bufandas ondean como elegantes pendones. Este juego en serio me ha llevado a una pequeña plaza que no parece mexicana. Pienso, de pronto, en lo caro que deben ser las rentas en esta colonia. En el centro de la pequeña plaza, una gigantesca estatua rodeada de agua fuente. Es una escultura griega. Me dan ganas de mojarme, pero recuerdo que son las nueve de la mañana. Mejor no, mejor otro día...

República de Chile o Salvador, no me acuerdo. Este personaje decide no pasear. Ha comprado una cámara de video y vive de los ahorros que generó mientras trabajaba para una empresa explotadora. Ha decidido grabar todo lo que sucede frente a su balcón: las viejas locas, los viejos pervertidos, las mujeres ninfómanas y los borrachos de tiempo completo. Hasta ahora sólo ha grabado a un pájaro que caga mientras cuelga de los cables de la luz. Hizo un paneo a la derecha y se detuvo en un par de tenis colgados. Ha decidido bajarlos...

Niños Héroes: el olor es de tamal con alcantarilla. Camina, camina y vuelve a caminar... Se encuentra con un escaparate giratorio. Tarjetas pequeñas rotuladas con cientos de nombres. Se detiene: Ariadna, Itzel, Damina... El primero es hebreo, el segundo es prehispánico, el tercero algo tiene que ver con los gitanos. Viene cada uno de los horoscopos de esas damas. Mientras lee, niega con la cabeza. “Ellas no eran así”, se dice. Aún así, saca su teléfono celular. Fotografía cada uno de los nombres especiales. Llega a la oficina e ignora la bandeja de entrada con los pendientes del día. Manda a cada una de ellas el nombre con su explicación. Algo se mueve y se remueve en su pecho. ¿Es la nostalgia?

Allende, verbigracia. Se saludan de beso, casi en la boca. Él pide una cerveza mientras ella pasea, ¿involuntariamente?, su lengua ávidamente. Se retira y él mira el suculento trasero. Piernas fornidas, nalgas bien paraditas. Chichis puntiagudas. Y pensar que no ha cogido en tanto tiempo. Ya hasta ha perdido la cuenta. Poco recuerda de una vagina (a lo mejor y sí tienen dientes), sobre todo en cuanto al olor de la misma. Ella regresa y saca el cambio de su cangurera. Él tiene la verga enhiesta y recuerda cómo gemía aquella perra. Recuerda el tacto de su tanga y también la sensación húmeda de aquella vagina. Bebe de la cerveza... de pronto recuerda a Ariadna embarazada. Mira cómo pasan los coches por la avenida (Allende, verbigracia). Sabe que es un castrado a voluntad.

Cítrico con cafeína fue el sabor de nuestro encuentro. ¿Reforma o Garibaldi? Ambas, por ejemplo. Siento que algo se ha descuadrado: ¡malditas endorfinas! Mientras hablas tus dientes se vuelven un hermoso vals. Vuelves a mancillar tus labios con un penetrante carmín. Sigues riendo y nuestras manos ya conspiran. ¿Fuera de lugar? Nunca, nunca. Cruzas la pierna, la necesidad es mucha. Cierro los ojos y vuelves a estar ahí o, más bien, allá... Mejor no te digo lo que pienso. La sensación es mucha. ¡Cuidado! El amor se acerca. ¿Alguien podría decírselo? Porque yo no puedo y ya debería...

domingo, 29 de septiembre de 2013

Ortotipografía amorosa


Por Diego Bang Bang

Últimamente no me he podido concentrar. He estado pensando en los inevitables espacios dobles y en las nunca del todo comillas cerradas. Los espacios dobles, lagunas involuntarias de la memoria, han sido la causa de tantos desvelos. Insomne deambulo por los momentos decisivos e incisivos de mi viaje a Femeneidad. Me he dado cuenta que no he cambiado en nada: sigo admirando, con arrojo melancólico, a la Mujer. No importa si fue en la primaria mientras Ella pegaba su rostro a la ventana sin vidrio; tampoco si fue en nuestra última entrega en un sillón ajeno. En la coyuntura nocturna, aquellos momentos (la risa desparpajada en la Cineteca o la muñeca raspada por la navaja) se vuelven uno mismo. Reconcentran (el vacío es una totalidad) un dolor que no acaba en lo físico y se traslada a la anemia metafísica.



Miro a los gatos que ya no son pardos. Me doy cuenta de lo reduccionista de aquella máxima. Se piensa a la noche como unidad para no advertir la riqueza de sus monstruos. Entonces empieza el concierto de voces, a capella. Y veo cómo se abren las comillas, pero no siempre como se cierran. Y no se trata de una cuestión, lugar común de los amables amantes, de promesas no cumplidas. Se trata más bien, si se me permite esta lujuria hermenéutica, de la sensación funesta de continuidad. De pensar que el amor, al igual que la amistad, estará ahí. Un recurso renovable de las relaciones humanas. El problema es que el ser humano, de ahí la lucha prometeica, basa su esencia en la no-renovabilidad. Por eso nos preocupa tanto la caída del pelo y el final de la regla.



La noche repta conforme los minutos avanzan. La sensación de asfixia se renueva palmo a palmo. De mi techo se ha colgado una humedad catastrofista: el cielo llora porque llorar es su forma natural de expresión. De repente, la siguiente laguna. Otro espacio doble en esta composición: en medio de este párrafo camina una mujer llamada Mirna. Es bella, muy bella. A veces platicaba conmigo, pero mi síndrome de exilio me hacía contestar con monosílabos. Justamente, lo mismo me pasaba en la secundaria. Y ahí viene el otro recuerdo que llena el duplicado espacial: una mujercita con un lunar a la altura de la comisura del astrolabio. Estefany, así se llamaba. El día que nos presentaron me dio el síndrome del mudo. Me dio el mudo, testarudo y simple. Nunca más volví a intercambiar palabras con ella, aunque nunca me quité la manía de esperar a que pasará frente a mí a la entrada del turno vespertino.



Cuando los gatos se aparean es un verdadero berenjenal. He escuchado a mis amigos tener sexo, pero nada se compara con los gatos. El acto sexual de los gatos es una batalla estentórea. Un ritual a muerte que permite la procreación de la vida. Así mis gatos comienzan su pelea lujuriosa: las frases en el acto sexual son las que menos cierran sus comillas. Esto se debe a que el sexo es un oasis, un espejismo en mitad del desierto de la condición humana. Y uno nunca sabe: ¿los gemidos se convierten en onomatopeyas? ¿el ruido de las articulaciones respeta el canon de las interjecciones? Y cuando cierras los ojos y el orgasmo no se ha dispersado del todo, entonces piensas que alguien más escribirá en aquella hoja. Alguien más arreglará el interlineado del amor de tu vida.



El amanecer no llega. En algún punto de La Mancha es de noche todo el tiempo. Los gatos ya se han recogido detrás de las patas de los muebles viejos. He buscado los espacios dobles de este texto y me he percatado que no he abierto ningún par de comillas. Finalmente, los espacios dobles no son otra cosa que caprichos de alguna realidad paralela. Quizá el amor de tu vida no lo fue del todo y aquella niña que te sonreía en la primaria pudo haber sido tu Dulcinea. Las comillas siguen abiertas, por lo demás, para arropar algún día las palabras de Dulcinea. Algún día.

domingo, 25 de agosto de 2013

Lado B

II

Por RadiAn Luna

En un futuro no muy distante será escrita una novela de título Octubre. El nombre del autor no tiene trascendencia, la obra lo rebasará como suele suceder con los trabajos iniciáticos. Arrastrado por las intenciones de fabricar un monumento y una obra literaria digna de sus predecesores y maestros[1] escribirá por las noches sólo con la luz de una vela como un santo o, con la luz de su computadora, como un adicto a las anfetas su delirio hecho palabras. Llevará su escritura a los límites de la representación[2] buscando el artilugio adecuado para cada uno de los distorsionados capítulos[3]. El trabajo lo encontrará recorriendo lecturas y citas que lo iluminaron o lo atormentaron a lo largo de la metamorfosis de su labor literaria y lo formaron como criatura retadora y creadora de su propio Universo Literario, camino anhelado por todo aquel que porte la vocación de escribir los textos de la noche.
La labor escritural de la novela no se verá atada a ningún sitio en particular ni a ninguna disciplina impuesta por su autor, simplemente estará repartida en varios episodios que tendrán lugar a lo largo de una ruta que recorrerá a través de su país. Un colapso de lucidez en la playa Punta Incendios, patrocinado por varios micropuntos de LSD, dará pie a la primera serie de letras que conformarán el poema central. En la carretera, buscando la perla Beat, escribirá caminos  por los cuales entramar a sus personajes, visiones que llegarán con cada puesta de sol y caída de las estrellas. Alucinaciones en la selva, fiestas de pueblo y de ciudad, sueños de desierto, luces de frontera, recorridos del juego Turistas y Vagabundos, del que será participe activo, acabarán por moldear la idea total, anagnórisis, que será transcrita a una notebook en los ratos libres que tendrá, de vuelta en la capital, entre trabajos eventuales, drogas legales e ilegales y amores imposibles. La tarea de buscar casas editoriales no se vestirá con las prendas de la suerte. Optará por las plataformas electrónicas para subir en entregas algunos capítulos. Finalmente, después de varios intentos en la red, una casa editorial pequeña[4], aceptará, un 19 de octubre, publicar el libro bajo su sello.    
Un manual para el abismo; instrucciones para transitar por los caminos de la incertidumbre del amor, deambular por los laberintos rotos de la locura y perderse tras abrir y cerrar cada puerta que resguarda un recuerdo desempolvado por las manos de la gracia o la desventura. Una colección de historias ideadas como pistas para un soundtrack que toca y canta sobre el camino que recorremos en busca de una verdad que nos resulta impostergable para vivir una existencia plena de significado y trascendencia, serán las palabras de la crítica más optimista tras la publicación de Octubre en los círculos literarios de la Ciudad de México. Tendrá varias reseñas en publicaciones culturales, digitales e impresas. Será mencionada en algún programa de difusión cultural en radio, tv e internet. Venderá un número reducido de ejemplares los primeros meses y después se perderá en las librerías como saldo vencido y será desechada a los estantes de ofertas y descuentos. Algunos ejemplares terminarán en la calle de Donceles a merced del polvo y la entropía, unos pocos en las manos de  lectores apasionados por los relatos desesperados. Lo demás será intrahistoria.
            La novela no revelará ningún misterio. Nadie se condenará por leerla y viceversa. En lo absoluto, jamás recibirá un premio de la crítica. Tendrá a bien ser recordada por un puñado de secretos seguidores que la mantendrán como lectura de cabecera para esos días inclementes en los que las nuevas tecnologías harán cada vez más irreal el paso del tiempo y las relaciones humanas. Algunos ejemplares tendrán el mejor de los destinos: la sección de literatura latinoamericana en alguna biblioteca.




[1] En alguna carta a su amigo, cofundador de Movimiento&Sombra, declarará una lista de autores y obras de influencia evidente para la creación de su primera novela. Aquí el fragmento de las menciones: Buscando en todos esos años de delirio y escritura pude clarificar las señales y los ejes por donde se movieron mis letras para conformar mi texto. El orden de los textos y los autores  que menciono a continuación  no tiene escondida intención alguna, solamente es como  recuerdo cada obra apareciendo en mi vida. Empiezo con El tarot de Marsella, por razones obvias.  Quevedo, por ese soneto que versa sobre el polvo (Amor constante, más allá de la muerte). Bernardo Couto Castillo y sus tres niveles de Asfódelos. Franz Kafka,  por el absurdo posible que es El proceso. Juan Rulfo, por el fantasma de Pedro Páramo. Jack Kerouac por su Tristessa mexicana y por el desencanto total de Big Sur. Adolfo Bioy, y los primeros atisbos Sci-fi en La invención de Morel. Phil K Dick, Fluyan mis lagrimas dijo el policía, plagado de drogas, desdoblamientos, alucinaciones y revelaciones.  Salvador Elizondo, Farabeuf y su crónica del instante. Julio Cortázar, por obvias razones (más obvio aún, por el capítulo 73 de Rayuela). José Agustín, por el colapso y la catarsis muy Cerca del Fuego. Morirás lejos de José Emilio Pacheco. El borracho de Charles Bukowski limpiándose el delirium con La manta. Al poemario Tres de Roberto Bolaño le debo todo. Rodrigo Fresán, por las primeras letras (y las últimas) desde El fondo del cielo. A la fragmentación y a la estética de la tristeza en Nocilla Experience de Agustín Fernández Mallo. Mario Santiago y su Jeta de Santo (recopilación). Mitología Perpetua de Fernando León Baltazar. Y cómo no incluir tu poema Elipsis Borrascosas…
[2] Auerbach-Baudrillard
[3] El libro se dividirá en dos partes de cinco capítulos cuya lectura irá de izquierda a derecha para una mitad de los apartados y de derecha a izquierda para la mitad restante. Ambas partes tendrán como punto de unión un poema que se inscribirá en las páginas centrales y dará el final a la obra.  Esta será la ordenación de los capítulos según la última edición que se conocerá (Habrá otra en la que cada apartado contendrá un subtitulo entre paréntesis) :

1 Arcanum XV : LE DIABLE
2 Vino desde el mar
3 El porqué de los tiempos
4 Bolero o La creación de los monstruos
5 Mándala
LADO B (Poema central)
5 Espiral
4 Nudo órfico
3 Canibalismo perihélico
2 Granada de-fragmentación
1 Enrayuelado
 
[4] Ex-tinta-Editorial

domingo, 11 de agosto de 2013

Vendavales de arrabal I

El pasado más distante 

Por SonnyDe_Lorean
“El olvido es el hermano ausente de la memoria
pero siempre es reconocido en su presencia”
Cees Nooteboom

La oscuridad abnegaba la parte trasera de aquella bodega hasta dejarla desnuda de color, sólo un hilito de voz se logró colar por el haz de luz que proyectaba aquella televisión, se escuchaba el sonido monocorde y tétrico de las personas que no se inmutan por callar la verdad y ofrecer la mentira como el mejor sedante tan bien aceptado por la ignominia social: elecciones libres y transparentes, combate inteligente contra la delincuencia, cruzada nacional para erradicar el hambre, economía mexicana a la alza…
 
Solovino, mote inmerecido que sobrevive más tiempo que su nombre y lo único que conservó de la travesía * sin retorno; estaba sumergido en ese letargo que causa la vida del encallado y la monotonía del presente. Tal vez por eso muchas veces sintió que el patrimonio de su despilfarro consistía en colocar el número de envases vacíos sobre la mesa cuando engullía la última gota; de aplastar las colillas de cigarro después de que la nicotina fuera consumida y las volutas se disolvieran en la nada como todas las personas que habían entrado y salido de su vida; y exprimir los limones en su boca con tal saciedad para cicatrizar las palabras y los besos que sólo la lengua herida puede dar. Como si tales acciones apaciguaran la continuidad de las decisiones que estacionaron lo que imaginó sería su vida, dejándolo sustraído en el presente como un ebrio a la deriva.  

(Quince años transcurrieron para que volviera a retumbar en su consciencia el epitafio que su padre le dijo con el que dejó atrás su pueblo: “puedes huir del pasado, pero el pasado nuca te deja”. De no ser por esa frase que acaba de recordar, pensaría que el parto de su vida comenzó en la adolescencia, cuando dio el primer paso con el que cortó el cordón umbilical que lo separaba del nombre que alguna vez existió, y después otro paso más en el que aún palpitaba su pretérito, y así de pasos fue dando hasta que borró la historia cuando ya no hubo nada que se la recordara.  

El alcohol ha entrado como narcótico en sus neuronas, es un muerto contento; aunque tiene la desazón de que el motivo por el que está aquí no es su pasado remoto, sino su pasado inmediato, intentando  poner una dimensión justa al tiempo). Trata de recordar que lo trajo aquí… y como la suerte o como la muerte, que para el caso es lo mismo, cuando uno menos la espera, le llega. Subrepticiamente la memoria desempolva el recuerdo perdido… 

se ha sentido mal porque desde que tiene uso de memoria siempre quiso errar para perderse en el culo del mundo, arrogarse a/en la nada para seguir una dirección de viaje sin brújula y ser como esos seres mágicos que son capaces de aparecer en todos los rincones del planeta: los extraviados extraños o los extraños extraviados; cuando ve escenas tan miserables y desproporcionadas como la muerte de un vagabundo cuesta creer que le duela tanto. Fue el motivo que lo orillo a hacerle un homenaje fúnebre al futuro que ya no será, al fantasma del porvenir que vivió debajo de los puentes o donde la noche le vomitara, a los viajeros eternos y sin reparo. El único cementerio que pudo encontrar para tal ritual no es gratuito que se llame Los Olvidados

… y parece algo increíble porque tan sólo han pasado tres horas desde que vio aquel hallazgo e hizo un esfuerzo terrible por recordar. Después de todo cumplió con un doble sepelio, porque Solovino con el paso de la sequía ha desarrollado una desaforada virtud, es capaz de enterrar y cantar un réquiem a su memoria cuando así lo desea, nuevamente ha sepultado su pasado.

Se está haciendo tarde y es hora de regresar a casa en donde lo esperan su esposa y sus dos hijos,  los tres clavos que lo crucificaron en el madero de sus decisiones y su presente. Golpea la mesa maldiciendo que el amor  sea capaz de arruinar el futuro de la nada y que Solovino no le advirtiera que estacionarse por amor lo dejaría varado para siempre. Aún queda un diminúsculo y desproporcionado trago en la botella. Lo toma para no recordar el trago que lo trajo aquí…


________________________________________________________________________* en la que muchos familiares y desconocidos se embarcaron para cumplir con los designios del viaje tradicional, clásico, épico, triunfal y convertirse en los pletóricos Ulises modernos para regresar a casa con la desfase de la Historia, con las ilusiones destrozadas, con la piel vetusta y los sueños desalmados y ya para siempre con la mirada cuesta abajo… Fue aquella noche impávida y absorbida por la memoria cuando platicó con Solovino, un anciano que vivió unos meses en Resignación de las Peñas; siempre fue mal visto, no sólo porque era extraño, sino porque en los meses que estuvo parecía insensatamente feliz, pueblo al que le era difícil compartir tal estado de ánimo. En ese extracto en que la tarde se convierte en noche, Solovino caminaba por el escampado y vislumbró un punto que al acercarse se convirtió en persona, no sabía si contemplar a la persona o lo contemplado por  la persona, ambas escenas dignas de fascinación. Solovino miraba a Venus, cuerpo celeste que es ocaso de la tarde y alba de la noche. No deseaba distraerlo pero el ruido que ocasionó al pisar las hojas secas lo hicieron volver hacia él. Solovino vio a un chico flaco y correoso, tostado por la inclemencia del Sol. Sin saber porqué, el anciano le platicó que el único lugar al que no ha viajado es al espacio, pero que estaba seguro que esos puntos refulgentes que se ven en la noche si nos acercáramos más veríamos otras formas de vida, y lamentaba que este tipo de hazañas y proezas ya no tendrían cabida para él, el único consuelo que alberga es que siempre habrá viajeros sin reparo que escribirán la Historia del Futuro; que él sólo es un hombre destinado a seguir perdiendo y vagando con esta forma de vida, que si lo veían feliz los demás es porque es muy fácil malinterpretar la desdicha y que lo único que lo reconforta es vagar en línea recta, “una especie de peregrinaje, de viaje que procede siempre hacia adelante, hacia un punto imposible del infinito, como una recta que avanza titubeando en la nada”, como perro sin dueño; le era ajeno la dicha del viaje circular contemporáneo, que este pueblo y todas las ciudades han corroborado lo que piensa, que el volver solo paraliza y hace más insoportable la vida, hace que la pesadumbre sea eterna y a pesar de que él también tenga la desdicha encima nada más por ser humano, le pesa menos, porque no hay pasado

lunes, 5 de agosto de 2013

Lado B

I


por RadiAn Luna

Después de todo este tiempo sigo encontrando gatos en todas partes; en marquesinas, jardineras, bajo la cama, en portadas de discos, a media noche en grandes avenidas. Inclusive los he notado cerca de la ventana abierta cuando escucho Flores sobre las piedras, juego a que me entienden y supongo que es a ti a quien buscan y les digo entre risa y lamento que nadie está aquí, no hay nadie aquí, nada hay aquí. Fingen no entender, ronronean, sueltan dos o tres vocablos gatunos fuera de mi comprensión y se alejan en busca de una gata, de una rata, de algún veneno o de una llanta que los reviente lejos de este lado. Mientras caen las hojas y Octubre no acaba por instalarse del todo en este rincón del cuarto y la lluvia sigue con los últimos estertores, leo el libro que olvidaste o dejaste a propósito. Un bonito separador abre el libro en la página 19 y aparece tu nombre escrito con la noche. No hay mucho que leer. Es una lectura que no disfruto. Tediosa y pretenciosa. Con todo y su epígrafe que cita y recita a un Fresán realmente enloquecido por la nieve. Supongo que al escritor le llama la atención tal palabra que en su latitud ecuatoriana adquiere una dimensión irreal e inalcanzable. Niña punk ¿en qué brazos duermes ahora?/ ¿Quién te lee esos cuentos mientras te penetra? vomita una canción de Los Bajones Eléctricos en mi computadora justo cuando el ocaso se presenta y el último rayo de luz cae en la nota que viene al final de tu libro olvidado, La amistad crece en tres soles y una luna y permanece a través de los mundos…