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martes, 2 de julio de 2013

La deformación del escritor


La deformación del escritor

Por Diego Bang Bang  

Fue una tarde lluviosa de verano en la que los conocí. Con seguridad ya nos habíamos visto, pero nunca dirigido la palabra. Las minucias de nuestro inminente encuentro fueron las siguientes.

Caminé por la calle de Allende hasta el pequeño expendio coloreado en azul. Las sillas de plástico oxidado se disponían como de costumbre. En el fondo del pequeño cuarto el perenne ruido de la vetusta televisión y los recurrentes gritos en sordina de los fantasmas en putrefacción que lo habitan. Ese día leía un libro sobre los horrores de la guerra y decidí acompañarlo con una cebada. En verdad el libro era mi único interés, sin embargo uno de los fantasmas en putrefacción terció aquella lectura.

–¿Tú también eres escritor?, preguntó mientras sus mandíbulas temblaban.

–No..., contesté mientras un exabrupto de cerveza mojaba mis dientes.

Una de sus piernas cruzaba a la otra y sus mejillas mostraban un relieve escaldado por jirones de una barba cana. Infló por un momento ambos cachetes y tensó las hileras de dientes en un gesto de caja registradora esquizofrénica. Volteó, un segundo más, para ver a la pareja de punks sentada frente a nosotros.

–Ese pinche viejo de allá es escritor, sentenció displicentemente.

Volteé inmediatamente y sólo pude ver una larga madeja de cabello coloreada en blanco y negro. Percibí, también, su vaso de plástico medio lleno y un morral tan desgarbado como si lo hubieran utilizado de tapete por una semana. Cuando regresé la mirada a mi interlocutor, éste ya no se encontraba frente a mí.

Traté de no desviar mi concentración del relato de guerra. Me importaba terminarlo porque me parecía un proemio inmejorable para comenzar con “For whom the bell tolls”. Seguí, pues. El relato se desgajaba en capas con una ruta hacia la deshumanización. Mi mente estaba en aquella línea de fuego, en las catacumbas y captando los aterradores sollozos de la caballería agonizante en el campo de batalla. Volteaba de a ratos hacia una de las esquinas del cuarto mientras la cerveza pasaba por mi garganta. Cuando volteé hacia la entrada, pude ver la cara del viejo. Entonces sí, el horror de la guerra ante mí.

El viejo tenía marcadas facciones autóctonas; rasgos indios inocultables. Una frente amplia en donde caían algunos hilos blancos de su madeja, una boca ancha como tallada en una piedra antigua y una nariz destrozada, sumida por los cartílagos a la altura de los pómulos. Fue inevitable, entonces, pensarlo guerrero antiguo de una raza antigua pisoteada. Imagen que, a la postre, devinó en metáfora. Metáfora que aderecé con otro largo trago de cerveza.

Traté, posteriormente, de no mirarlo para no provocar una incomodidad indebida. Sobra decir que contenía aquel impulso morboso. Ese impulso por querer mirar la ruina, la carne roída. Repentinamente, otro pensamiento saltó a la cancha de mi mente. Recordé, por morbo más que por pericia, un pasaje de Jung en el cual cuenta las razones de la deformación facial de un sabio hindú. Según el místico suizo, aquel hindú había podido percibir la omnipotencia de Dios sin ningún símbolo mediador. Aquella visión religiosa contenía tal potencia que el místico hindú había deformado su rostro hasta el punto de quedar irreconocible.

Después de esa abrumadora digresión –amén de otro trago de cerveza– mi atención regresó al diálogo sostenido entre el fantasma en putrefacción y el guerrero pisoteado. Mencionaban algo de irse a vivir juntos: el primero a causa de la defección de su hija; el segundo, de la muerte de su madre. A la sazón, el fantasma volteó hacia la pareja punk y convidó nuevamente el oficio del viejo. El viejo de la nariz aplastada respondió, a pregunta expresa de la punk, que contaba con trece libros de poesía publicados. Anotó, casi en el misma sílaba, que si ella llegaba a encontrar uno, él estaba dispuesto a comprarlo a cualquier precio. Ella, una mujer regordeta de lentes plagada de horribles tatuajes, respondió que también era escritora. Contaba con un libro de poesía publicado y el esfuerzo editorial, apuntaló con un dejo de falsa modestia, había sido iniciativa de “la banda”. Casi en la misma sílaba también, conminó a su colega a venderle su propia obra si llegaba a encontrarla. El viejo, indiferente y distante, regresó con al fluir de su acompañante originario. La mujer de los horribles tatuajes, complacida por dentro e impávida por fuera, también regresó a su fuente primigenia de atención.

Otro trago de cerveza. En mis manos las acolchonadas tapas del libro de guerra. Sus letras refulgían al imperceptible tacto de la luz de aquella catacumba azul. Por mi mente, escurriéndose por entre la maraña neuronal, una breve reflexión; bueno dos. 1) La fijación que ambos escritores, autoinsuflados en ese horrible oficio por derecho propio, por la publicación de las obras literarias. El número de páginas, el número de párrafos, el número de letras... el número de ventas. 2) Una percepción del escritor, manido término en detrimento, como alguien en perpetua competencia. Seres con egos incontrolables alimentados por la tragedia. El escritor, parafraseando a Bukowski, tiene madera para tal si y sólo si es un fracasado.

Un chorrito final de cerveza. Todo lo anterior se corroboró cuando la mujer regordeta se levantó al baño. Toda esa sensación de que los pretendidos escritores somos seres en constante deformación: arruinados a nivel físico (feos por antonomasia), arruinados a nivel estético (frustrados endémicos), arruinados a nivel ético (incapaces de reconocer los méritos de otros). Decía que todo se corroboró, porque aquella “poeta” caminaba chueco. Tenía torcida una de sus piernas y eso la hacía aún más fea.


jueves, 6 de junio de 2013

Los gigantes de lava


Los gigantes de lava

Por Diego Bang Bang

Primero fue la desaparición mutua de nuestras lenguas. Llamitas puntiagudas que ardían en los recovecos de nuestras oscuras bocas. Esa lucha milenaria por robarnos mutuamente el fuego del alma. Caminar y caminar con las manos trazadas por flamas... Relucientes como metal en ignición, hogueras paganas de la clandestinidad cotidiana. Prometeos pequeñitos, gigantes de lava.

Fuego tú, fuego yo... Nubes incendiadas y los dragones ya en marcha. Te recuerdo las infinitas citas en aquel café, la sonrisa de balsa y los ojos de luna. Poco a poco el aire del alma se entreveraba. Con esas trenzas de viento en el pecho, con los candelabros de la razón incendiada... Tus senos, las nalgas, nuestra mirada.

¡FUEGO! La gramática, la arquitectura, los planos... Tus pies en mis bisagras, mi llama en tu catedral. Mi mano se convierte en tu piel, las respiraciones una forma de la amalgama. Ese animal nocturno que ruge a bocanadas... ¡FUEGO! Tus piernas se estremecen, tu espalda se amaga y ese rostro se ha vuelto una espada. La fuerza decae, la luz atraviesa nuestra neblina.

Dislexia, mi amor, así le llaman... Un extinguidor y una llamada a nuestros bomberos. La lluvia moja a manera de lágrimas. Y cada día te veo menos de frente, algo me ha arrancado tu mirada. ¿De qué sirve arrastrarse cuando ya no hay savia?

Sintaxis, mi amor, dicen que es necesaria. Cada día nos hablamos menos porque los defectos no cambian. ¿Y los gigantes de lava? ¿El fuego del alma?

Una vez me contaron una historia sobre la lengua del alma. Me contaron que los hablantes se amaban a ultranza. Ellos, los hombres de la verdadera lingua franca, la escribieron en viejos pergaminos. La estudiaron y construyeron en sus más mínimos detalles. Era perfecta, mejor que cualquier arma. Un día esa lengua se extinguió.

Llegó una peste. Barrió las casas y los muelles. Encontró las camas y todos los muebles. Aún en aquel sufrimiento profundo ellos respetaron su lengua (con su gramática y sintaxis perfecta), se amaban. Dicen que sus palabras aún vuelan por las montañas y están grabadas en las piedras.

Mi amor, si me lo permites, deseo que aun en esta peste de lluvia de ranas no olvides nuestra llama. Espero que algún día los gigantes de lava se vuelvan piedra y en ellas nuestra lengua viva iletrada.

lunes, 27 de mayo de 2013

La caída de nuestro imperio


La caída de nuestro imperio 

Por Diego Bang Bang 

En ningún otro ámbito, como en la terminación del amor y la caída de algún imperio, las cosas son tan absolutamente trágicas. Siempre me ha gustado pensar el amor como una especie de imperio. Y, comencemos con la analogía, se sabe que ningún imperio ha sobrevivido al paso del tiempo.

Fuimos imperio en el sentido irrestricto del término. Porque hay algo en los imperios que los hace trascendentes e insoslayables. Hay algo en esas conformaciones totales que penetra en cada uno de nosotros hasta convertirse en una huella indeleble e irrastreable.

Todo imperio tiene un principio.

Los imperios en su forma primigenia son un momento, una coyuntura de fuerzas y pulsiones. Una alocada tendencia de deseos y caricias. De charlas explícitas y devaneos subrepticios. De sueños inflamables y canciones providenciales. Los imperios se forman por la necesidad de saberse parte de otro; de saberse indefenso en un terreno de hiedras y lodo.

Los imperios viven momentos gloriosos. Ganan grandes batallas y conquistan territorios. Nuestro imperio le ganó la batalla a la estulticia y a cualquier tipo de deterioro inmediato. Nuestro imperio conquistó los odiosos territorios de los celos y la posesión.

Y en los templos se cantaba de alegría y los poetas componían con sus letras las muchas cosas descompuestas. Porque en los imperios también hay desencuentros y rupturas.

Todo imperio vive alguna crisis.

Lo primero en crisis en cualquier imperio son los vasos comunicantes. Nuestras clases en un silencio progresivo. Nuestras castas en luchas intestinas. Nuestros cafés en ruina y las plazas públicas en abandono continuo. Nuestras instituciones amorosas perdidas. Nada más triste que negarnos la mirada, nada más impotente que resignarnos en caída.

Y, entonces, la guerra. Las luchas intestinas y las atroces despedidas. Los llamamientos a las armas y los enconos de las castas. Nuestra pequeña burguesía y la nada noble nobleza. Las trampas de la aristocracia del corazón: una diplomacia llena de dolor. Los primeros cañonazos y, por fin, la táctica y la estrategia. Mentir, escindir: cualquier verbo en infinitivo como incentivo de nuestra cisma.

Es hora de mover las piezas. Regimientos de rencor, parafernalias como artillerías. Nuestros antiguos cuartos como cuartos de guerra. Ya es hora de sacar a los soldados, ya es hora de luchar cuerpo a cuerpo. No es sólo el final del amor, querida, es también el inicio de nuestra guerra y la pronta despedida.

Todo imperio es historia.

Primero una verdad de guerra: nunca nadie gana la bélica. Tanto me dolió matar a tus cabos del recuerdo, tanto me costó dejar las costumbres de tus capitanes. ¡Generales del amor no se marchen todavía! Les pido, al menos, una linda despedida. Una última llamada amorosa a la guerra placentera.

Ya las carretas recogen a los muertos. Ya los últimos tanques abandonan la zona roja de guerra. Nos miramos de lejos, separados por las batallas enfermas, como enemigos que nunca pensamos seríamos. Allá vas con la cara hacia sol, en retirada. Yo también me retiro: con las entrañas hechas corazón y el corazón hecho trizas. Y pensar que creímos en nuestro imperio como algo imperecedero. De ahora en adelante, tendremos que pensárnoslo más antes de querer formar algún imperio.

martes, 14 de mayo de 2013

Galaxias nocturnas de café


Galaxias nocturnas de café 

Por Diego Bang Bang 

¿Cuánto tiempo llevo aquí? No podría decirlo.

Los días han dejado de pasar desde que volviste la mirada y la pusiste en mí. Los ojos sí, la fuerza centrípeta de los ojos, nos hacen girar como ruletas rusas: un día sí y otro también. Subíamos y volvíamos a subir, montados en los besos de menta y las caricias con olor a perla. Las sonrisas como balsas plateadas en mitad de la bruma, de la niebla y del smog. Un cigarrillo y carnívora comida vegetal, también un poco de whisky y diez cuentos de literatura espacial... Un mucho de sexo matinal.

Tardes de lluvia y volvíamos a salir. Leyendo los puntos y las comas de la ciudad, llevados por la sintaxis de arrabal. Un beso aquí y los semáforos nuestro azar. Un poco más de lluvia y la fuente de nuestra atracción que nunca se agobia. Caminar de puntillas, arrostrar las manías y decantarse en melodías...

Las nubes cambiaron y los perros migraron. Nuestros sentimientos menguaron. Nuestras líneas, geometría elemental, nunca más se cruzaron. Y no está nada mal, pero todo es tan igual. Los dolores de cabeza, las tapas del pan integral, los cervezas y el mezcal...

Me he cansado de arrastrar las mejillas, me he cansado de traer el grito ahogado de la melancolía. Algo me quema y es la ansiedad. La maldita soledad y cualquier expresión de “edad”. Sufro la tensión de la migraña existencial.

Ya las aguas descorren sus torrenciales velos: capas y más capas de acero. Ya escucho los pasos líquidos de ese gigante de acero. Miro por la ventana y la ciudad no te trae de regreso. ¿Dónde ha quedado, mi amor, la sintaxis de arrabal? ¿A dónde ha ido a parar? Vuelvo al cuarto (nuestro) la mirada. Sólo las grietas a manera de cuento, los colores del encierro y las cartas como ungüento. Acá estoy y no sé por cuánto tiempo, acá estaré mientras las galaxias nocturnas de café tracen su derrotero.

miércoles, 8 de mayo de 2013

La continuidad del Fin

La continuidad del Fin

Por Sonny DeLorean


Alguna vez te dije que no sabía si yo busqué o la literatura me encontró en detrimento y alegato de mi existencia, habrá sido por eso que recordé con tanta asiduidad lo que  Ernest Hemingway dijo: "París no se acaba nunca". Dejaré abierta toda posibilidad, por más anoréxica que pueda ser, nuevamente a la esperanza, por más tortuosa que pueda ser. Y aquí estoy con pluma en mano deshojando esta historia: Continúa o fin, continúa o fin, continúa o fin, continúa o fin… continúa… o fin… la continuidad del Fin.
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-¡CORTE!... Después de dos años de trabajo, hemos terminado. Felicidades, te luciste con esa improvisación de la carta y la última línea: Continuidad del Fin. Podría ser el título de mi siguiente historia.
-…
-¿No me digas qué no estás convencido con este Fin?
-No sé ni siquiera quién me habla y no sé a qué te refieres.
-Ya veo, eres un primerizo o un advenedizo del amor.
-Creo que… un… de ambas tengo un poco. Pero sigo sin entender. ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? Explícamelo todo.
 -Trataré de ser lo más concreto posible. Pero pensé que ya te habías dado cuenta después de aquella noche.
-¿Qué noche?
-Está bien, te lo cuento. Lo de menos es saber quién soy. Lo que te puedo decir es que fue una excelente historia, tuvo de todo: magia parisina cortazariana, viajes intempestivos bolañianos, inmundicia poética papasquiariana, deambulares citadinos bukowskianos, laberintos universales borgianos, movimientos perpetuos monterrosianos, irrealidades creíbles kafkianas, finales continuos fresarianos. Incluso fuiste un caballero andante cervantino.
-Sigo sin entender.
-Vaya que eres un bruto. Que todo ha terminado. Yo soy el ángel envuelto por el azar o el demonio de las coincidencias que hizo posible que tú y ella se conocieran. Sin mí nunca se hubieran conocido. Fui su destino. ¿Me entiendes ahora?
-Estás diciendo que lo pasó entre ella y yo, ¿sólo fue una ilusión y lo que vivimos nunca ocurrió realmente?
-En cierta forma sí y no, ya sabes que el destino tiende a ser ambiguo y caprichoso. En parte no porque todos los días son actores, unos mejores que otros;  y en parte sí porque son actores de su vida. En esta vida hay muchos papeles que jugar. Unos hacen la historia, otros participan en esa historia, otros tendrán que contar la historia y también están los testigos.
-¿Y yo fui un actor?
-Desafortunadamente a ti te toco ser muchas cosas. Tú sabes, escases de personal, vacaciones, malos actores, en fin. Tal vez por eso no lo disfrutaste tanto, te veía siempre tan preocupado y nervioso. Me apena mucho por ti.
-¿Eso qué quiere decir?
-Que tú no sólo fuiste un actor, también me ayudaste a contar mi historia, que para el caso también es tu historia, pero yo soy el que tendrá los derechos de autor. Tal vez para la próxima te vaya mejor y te toque un mejor papel o puedas ser tú el que escriba tu historia.
-¿Eso puede ocurrir?
-Sí, pero tienes que aprender a no tomarte tan en serio la vida. Hay personas que nunca aprenden.
-¿Y ella ya lo sabe?
-¿Ella? No te digo, te falta mucho por aprender. Ella lo supo todo el tiempo. Francamente hizo lo que pudo. Pero para serte sincero, siempre fuiste una lata. A cada rato te salías del guion y te gustaba improvisar con tus locuras literarias. Era entendible que tu historia no diera para más, la tenía que cortar.
-Ya veo. ¿Y ella se acordará de esta historia?
-Probablemente no. Los que saben actuar ante la vida prefieren olvidar este tipo de papeles. Han sido muy pocos los casos en donde mis colegas vuelve a reincidir en historias pasadas y cuando los actores se encuentran ya ni un ¡Hola! se dicen. Te recomiendo que disfrutes las próximas historias en las que participarás.
-Creo que sí… Aunque me podrías hacer un favor.
-No puedo. Si me vas a pedir que haga lo posible porque ella te recuerde, te advierto que haré todo lo imposible porque no pase. Además, no necesitas pedírmelo, con tu mala racha seguro algo pasa.  

viernes, 3 de mayo de 2013

El ritual


El ritual
Por Diego Bang Bang  
Andresito Wurlitzer trabajaba en las paradojas del tiempo y el espacio. De alguna manera, la idea de estar en dos lugares al mismo tiempo o la idea de recomenzar acciones del pasado en un futuro lejano, eran sus grandes obsesiones. Muchas noches soñó con resolver dichas paradojas a través de sus invenciones.
Muchas noches, también, soñó con los conejitos blancos. Más exactamente, en un ritual antiguo que implicaba conejitos blancos, gatos negros y piedras de mar. Más o menos era algo así: los lugareños de una ciudad costera se reunían para colocar a los conejitos blancos y a los gatos negros sobre las piedras de mar. La idea era que los gatos negros y los conejitos blancos pudieran pervivir en el mismo espacio. Sin embargo, llegado cierto tiempo, los gatos negros comenzaban a comerse a los conejitos blancos. Después de un tiempo, lo único que quedaba eran gatos negros y piedras de mar. Los gatos negros defecaban a los conejitos blancos sobre los recipientes llenos de piedras de mar. Y eso era todo. Una especie de ciclo. Un ciclo malvado.
Una mañana Andresito se levantó aún con las imágenes del sueño y con muchas ganas de operar a alguno de sus robots. Tenía un robot que era, más exactamente, un cyborg. Había implantado partes robóticas en un cadáver que había robado de la morgue. Caminó al refrigerador y lo sacó. Wurlitzer tomó el bisturí y lo hundió en la piel del cadáver. Acometió una abertura de cerca de 25 centímetros desde el diafragma hasta el vientre. Cuando terminó la incisión sintió una extrañeza en su cuerpo. Una especie de desdoblamiento que lo hizo voltear a su derredor. Miró sus apuntes en una mesa. Miró la esquina con el reloj de mercurio que languidecía gota a gota. Todo enrarecido por la atmosfera que brindaban las luces intermitentes. De golpe, un apagón.
Con los ojos fijos en aquella oscuridad repentina. Con un miedo inefable para alguien tan racional. Con una fuerte sensación de estar soñando o estar muerto en vida. Con esa desesperación alcanzó a ver una luz. En realidad, dos luces redondas y profundas. Esas luces redondas daban de frente a sus ojos. Un par de luces debajo de una de sus mesas. Un par de luces que eran un par de ojos. Un par de ojos que, cuando regresó la caprichosa luz, pertenecían a un gato negro.
Andresito, entonces, emitió una bocanada de miedo. Aunque de primera instancia no quiso reconocer que era de miedo. El gato negro acechaba fijamente como si el tiempo se hubiera detenido. Entonces pensó que lo mejor era seguir trabajando. Hacer la operación y dejar que el gato pereciera en la indiferencia. Entonces, con la mirada fija en la incisión, prosiguió a hurgar en los interiores del cadáver. Comenzó a mover lentamente los metales revestidos de tejido orgánico. Los separaba para revisar las conexiones o posibles desconexiones. Y, entonces, el terror. Ahí estaba y no sólo era uno, pero sí el primero. Un conejito blanco se movía en las entrañas del cyborg. Se movía y paraba las orejas mientras otro despertaba en la parte superior del cadáver. Alguno otro ya asomaba por las orejas y otro por la boca. Andresito volteó y también el gato seguía al acecho. Se echó para atrás y tropezó con un montón de chatarras. Tendido en el piso, mientras el reloj goteaba lentamente, vio como otro gato salía del ropero. Antes de cerrar los ojos, también vio que los conejitos blancos ya inundaban todo el cuarto.


miércoles, 17 de abril de 2013

Despedida simbólica

Despedida simbólica

Por Sonny DeLorean

A nadie le gusta que lo interrumpan cuando manifiesta un diálogo interno que le pueda dar una respuesta, por más tentativa que pueda ser, a su resabia perdida amorosa; pero hay tres aspectos que se vuelven inevitables e imprescindibles para aceptar la plática de un desconocido: los ojos  de una mujer con anteojos que reparen en el instante preciso para saberme sorprendido mas no interrumpido, que su compañía sea la grata soledad y una cerveza que atenué y haga más solemne su soledad.

Y esto resulta aún más complaciente y aceptable cuando no es uno el que procura la charla de una mujer simpática, insatisfecha y dolosa. A decir verdad, su acercamiento podría haber sido la técnica que ha perfeccionado un seductor cualquiera al grado de convertirla en maña, pero nada de eso, sólo fui testigo de que las penas con pan no son dulces, más bien las penas con alcohol son más fáciles de compartir.

-Todavía me resultas tan extraño, Manuel- asintió la mujer que por motivos desconocidos llamaré Claude. Logré dilucidar la sentencia que se confundía en la ebriedad y una lengua extranjera.

-No sé a qué te refieres. Además yo no me llamo… Es la oración de principio a fin que dije en esta historia, por mucho mi mejor intervención.

-¿Sigues leyendo a Apollinaire para ahorrarte los protocolos hirientes de la separación?-. Hasta ese momento no me había fijado que sus ojos eran un imán de atención al libro que se encontraba sobre la mesa y la carta que la invitaron a sentarse a mi lado.

-Dicen que la historia se repite, sin embargo la vida no me alcanzaría para vivir de duelos-. Sus manos torpemente se acercaron a las mías para descubrir que hay personas que comienzan sus historias con las manos. No pude evitar recordar el cuento en donde la mano de un individuo seducía con dedos vacilantes y gráciles la mano cortesana de una sordomuda.

Claude continuaría con su monólogo externo en automático. -Recuerdas que gracias a tu romanticismo simbólico acordamos que el candado sería la consigna para sellar o liberar nuestro destino, más bien tú lo acordaste, yo sólo fui parte de tus decisiones. No bebí aceptar esa farsa, mira que abandonarme sin despedirte. Colocar un candado en las rejas de aquella casa infestada de olvido por la que siempre pasábamos antes de llegar a mi hogar para ahorrarnos la bochornosa e infame charla de la separación parecía tan romántico y de lo más inteligente. Lo sé, pude hacer lo mismo antes de que tú abrieras el candado y desaparecieras, pero tire la llave porque estaba segura que nadie de los dos abriría ese candado.

Sus manos eran un acompañante perfecto de la historia, parecían ser los efectos espaciales que se  adaptaban a las palabras afrancesadas que salían de su boca. Eran dedos retráctiles que cuando se acordaban lo mucho que odiaba a Manuel  se desprendían inmediatamente, pero sabía que aún lo seguía amando porque hubo ráfagas de palabras que pretendían darle respiración de dedos a mis manos.

Con la misma provocación que Claude se unió a mi soledad, ninguna, soltó mis manos como epílogo de nuestro encuentro para decirme: "Nunca terminamos por despedirnos". Se levantó y se  marchó.

La ausencia de Claude había sido el signo perfecto de la representación simbólica de la realidad impuesta por Manuel. Yo no era Manuel, eso era obvio, pero los dos ocupamos en algún momento la personificación del extraño. Manuel fue un conocido que le resultaba extraño, yo terminaba de ser  un extraño que le parecía conocido. De igual manera, las pocas veces que llegó a mirarme a los ojos pareciera que los extraños son personas solitarias por naturaleza, porque su mirada traspasaba mi cuerpo como la ausencia misma.

En mi vida he leído a Apollinaire, el libro que se encontraba en mi mesa era Los vasos comunicantes de André Breton. Pudo haber sido cualquier libro de vanguardias artísticas, pero Manuel hizo de Claude un ser que empezaba a vivir más del otro lado, en la metafísica, que aprendería a sobrellevar la vida por las representaciones simbólicas antes que la realidad.

Y tal vez lo más significativo, a falta de candado, repare en el sentido de la perdida que ella había adjudicado al tomarme de las manos confundiéndome con la persona por la que había empezado/dejado de amar.  Ella entrelazo mis manos como si fueran un candado humano, por eso muchas veces soltó de ellas con el descuido perceptible de la voluntad: ella tenía las maletas hechas para despedirse antes de querer conocerme.

Pagué la cuenta y salí con una respuesta tentativa que me hizo sentir mejor: Lo auténtico y real puede venir de la comparecencia ajena, por ejemplo, que la “última” despedida de toda relación sólo es la antesala de un principio de memorias remotísimas; y esa historia almacenada en archivos llamados recuerdos se irán sin la necesidad de despedirse.