> Arcanum VI

martes, 15 de enero de 2013

De los recuerdos

De los recuerdos

Por Diego Bang Bang 

Inspirado en la libreta de M. R. I., alumna del 621, Prepa 8.

Más de uno hemos emprendido el viaje mar adentro en el océano de los recuerdos de manera accidental y accidentada. Los artefactos inductores de recuerdos son variados: alguna libreta vieja, algún correo electrónico, una llamada inesperada y/o algún número registrado en la agenda del celular. Meros pretextos para echar a andar una maquinaria profunda, enterrada en lo más hondo de la psique. Una maquinaria injusta por ser parcial.

Últimamente he renunciado de mi pasado. He tratado de concentrarme en la solidez y cruda tangilbilidad del presente. Miro con ahínco la pila de libros dispuesta en mi mesa, escucho con interés las melodías que surgen de mi pequeña grabadora. Siento el palpitar de mi corazón mientras me recuesto de manera oblicua en mi cama. El presente está ahí, se encuentra a flor de piel en el umbral de mi ventana: con los ruidos de los vecinos y los crujidos de la casa de mis padres. Si quisiera hacerlo un tanto más plácido, me refiero al trémulo presente, subiría a la azotea y miraría los nubarrones y las azoteas de la colonia. Sin embargo, no es placidez lo que me arrebata en este ejercicio de la empiria. Es, más propiamente, una especie de liquidez. Un derramamiento. Eso es: el presente es un derramamiento constante.

Comencé por el presente, pero el tema es el pasado. En algún lugar del primer capítulo de “Esculpir el tiempo” de Andrei Tarkovski, el enigmático director asegura que las imágenes de las películas deben estar conectadas con la sensación romántica de los recuerdos. No sé si fue esa frase o ese pensamiento lo que me llevo al viaje primigenio descrito en el primer párrafo. Quizá no, quizá sí como en “Inception”. Una frase que deviene pensamiento y que crece constantemente. Lo lees un viernes y miras el resultado en lunes o el martes próximo.
*
A la sazón, estás ahí debajo de la mesa de tu cuarto. Buscas en los tres niveles de un mueble viejo que contiene sólo papeles. ¿Papeles solamente? Dífícil saberlo. Das vuelta a los tres niveles. Libros de inglés, libros de ortografía, alguno de química y hasta una vieja constitución. Nada que podamos considerar detonante hasta el momento. Hay otra pequeña mesa de madera con las patas muy flojas. Te sumerges poco a poco: tareas de la secundaria, trabajos de la prepa, escritos de la universidad. Algo comienza a florecer en tu cabeza. Es una sensación vaga (a lo mejor la tinta con la que se imprimió el libro de Tarkovski comienza a materializarse) porque ya se encuentran los primero garabatos. Son algunos teléfonos, algunos dibujos muy monos productos del ocio de las clases, nombres de tus grupos de rock favoritos de aquella temporada. Toses, en el momento de finalizar, a causa de las capas de polvo que has levantado.

Te paras a la luz de la ventana y, poco a poco, algo se empieza a formar en tu cabeza. Apenas está dando vueltas, apenas está tomando fuerza. El agua cruza el tobogan de la garganta y moja tu pecho hasta asentarse en algún lugar que siempre has imaginado como el estómago. El polvo se muestra con más caos a esas horas de la mañana, los rayos que entran tiránicamente parecen hacer flotar las pelusas y motas de polvo en todo el cuadrado de la estancia. Miras el ropero y ahí también hay recuerdos: recortes, boletos de tus conciertos, algún poster de la adolescencia (cuando la flama estaba en el punto más alto).

Falta sólo un mueble. Se encuentra justo en la parte más alta de tu cabeza. Es una pequeña repisa con libretas, diccionarios y libros manuales de todo tipo. Desde el clásico libro monero de Rius, el diccionario de sinónimos y antónimos, hasta las letras del “Blood on the tracks” escritas en las últimas hojas de un cuaderno de forma francesa. El polvo es el único inquilino constante de este concubinato. El rubro libretas, el más difícil. Ahí está la tinta de muchos recuerdos. No de las clases, tampoco de los maestros. Son, en su mayoría, recuerdos de cómo te sentías o cómo crees que te sentías. Son recuerdos de tus amigos, del olor de sus suéteres, de sus muletillas. Son recuerdos de los juegos coquetos que se colaban a las cuadrículas. Un gato, un ahorcado, alguna declaratoria indirecta. Las miradas inconexas pero embebidas de deseo. Una pequeña lucha por ganar territorio. Algún toqueteo torpe pero delicioso. Un regaño compartido en la dirección. También, es triste decirlo, están las páginas en blanco. Esas que no se pudieron llenar con juegos ni declaratorias insulsas. ¿Las razones? Las largas vacaciones de verano y el imposible (el de ella también) retorno a la misma escuela. Las promesas, los planes echados por la borda. No por ti ni por ella...

martes, 8 de enero de 2013

La distancia

La distancia 

Por Diego Bang Bang 

Desear a una mujer no es un crimen...

Todas las tardes me acomodaba a la orilla de mi puerta para, a través de una ínfima rendija, espiarla. Sabía todos sus horarios y conocía, hasta el más íntimo detalle, a sus visitantes. Siempre que la encontraba en la calle era incapaz de cruzar palabra alguna con ella. Aunque mi corazón latía de manera excesivamente acelerada, mi boca se trababa y mi mirada se ofuscaba. Por las tardes, mientras bebía mi acostumbrado café con ron, imaginaba nuestro primer encuentro. También reflexionaba en la posibilidad de habernos conocido en otras vidas. A pesar de la carga romántica de este pensamiento, una carga incómoda se instalaba en mi ánimo. ¿Y si esta vida era la destinada al desencuentro perpetuo? ¿Y si el códice de nuestro demiurgo dictaba el silencio y la cisma en nuestro tiempo? Inseguridad hecha preguntas y preguntas convertidas en minas de la seguridad.

Tiempo después, una serie de hechos y noticias habían derramado una tristeza insoportoble en el zócalo de mi alma. Mi mascota favorita, un pez japones dorado, contrajó una infección rarísima en la piel. A pesar de los cuidados señalados por el veterinario, el golden fish agonizó de una manera inevitable. Por las noches soñana un constante deja vu en el cual el pez moría de amor. Por las mañanas, pensaba en la teoría de un gurito que había conocido en una aburrida reunión de los amigos de la niñez. Su teoría establecía que nuestra energía se movía en círculos concentricos y afectaba de manera gradual a los seres animados a nuestro alrededor. Cuando se trataba de energía negativa, el gurito recomendaba buscar uno de los llamados no-lugares, un aeropuerto por ejemplo, y desactivar mediante gritos o sollozos aquella energía destructiva. A decir verdad, me había parecido una superchería digna de Walter Mercado o cualquiera de esos ocultistas de pacotilla. Sin embargo, todas las mañanas amanecía con aquella teoría en la cabeza. Y, a la postre, el pececillo murió lleno de manchas blancas y verdes en piel y ojos.

La noticia más oscura de aquel tiempo me la dio una mujer con la cual compartí algunas experiencias sexuales. Aquellas experiencias no habían representado gran cosa. Tampoco eramos amigos, pero de vez en cuando sabíamos algo el uno del otro. Aquella tarde, mientras miraba un cielo despejado, se filtró su voz por el auricular para decirme que Raúl estaba internado en un hospital psiquiatrico. Raúl había sido mi mejor amigo de la preparatoria, mi mejor amigo en la vida. Por azares de convención social, nos habíamos separado hasta el punto de perdernos el rastro. Se dedicaba a su mujer y a su trabajo en un café del centro de la Ciudad. Debido a mi encierro obligado, no tenía tiempo para visitarlo. Ahora ni siquiera podríamos compartir memorias adolescentes. Después de aquel pensamiento, una impotencia vil me aprisionó. Sentí ansiedad, vacío y muchas ganas de llorar. Colgué el teléfono sin decir palabra alguna. Lo desconecté de inmediato.

Lo que al principio me pareció claustrofobia, después se convirtió en soliloquio. Comencé a dormir menos y a soñar demasiado. Sueños malvados, pesadillas incandescentes. Algunas noches eran lobos, otras no sabría definir con exactitud a aquellas figuras. Me levantaba en mitad de la noche, a veces, con la frente llena de sudor y la boca reseca. Las paredes parecían doblarse y los sonidos de la calle eran cuchillos sónicos que retumbaban en mis sienes. Muchas noches me tiré al suelo en un llanto incontenible. Algo en mí se estaba ahogando.

Hubo un sueño que lo cambio todo: me encuentro en la antigua casa de una de mis tías. Es un domingo cualquiera con una mesa dispuesta de alimentos. Los rayos del sol asoman por la ventana y una plática cualquiera de sobremesa se desarrolla. Todo marcha bien. En mis terminaciones nerviosas se acumula una tranquilidad elástica, expansiva. De repente, uno de los comensales mira fijamente el ventanal por donde el sol esparce su brillantina. En el acto dice: “ahí va, ahí está nuestro asesino serial”. Volteó, mientras una sensación efervescente de ansiedad se apodera de mí, y veo a un hombre mayor sonriendo de manera mordaz en una escalera de caracol. El hombre lleva en la mano un muñeco de ventrílocuo. Nos mira de frente y comienza a descender, casi como un líquido, por los escalones de la escalera. Me acercó al ventanal para seguirle la pista. Veo que de rato en rato voltea para mascullar palabras a través del muñeco que cuelga de su mano. En mi cabeza acecha un pensamiento: “es inevitable, aquel hombre va entrar en nuestro hogar”. La ansiedad en mis terminacones nerviosas crece como lava en ignición. Corro rápido a la puerta para atrancarla. Ya no hay nadie en aquel comedor. Escucho los pasos del asesino acercarse. Cada vez más cerca. Trago un poco de saliva antes de sentir el terror en su forma más vívida, onírica. De golpe, siento que se mueve el picaporte de la puerta. No sé qué hacer. Me dejo caer lentamente al suelo y recargo mi espalda en la madera. El asesino empuja con fuerza. Sé que va a traspasar la puerta en cualquier momento. En el último instante, cubro mi cabeza con mis brazos. Por fin despierto con la clarividencia de la sonrisa mordaz del asesino a la mitad de mi mente.

Quizá fue flaqueza de espíritu o la innegable potencia del sueño, no sabría determinarlo con exactitud. Me acomodé a la orilla de la puerta con una fuerte tensión en mi mandíbula. Cuando vi que llegó y cerró la puerta de su casa, salí de inmediato de mi estancia. Salté la verja que cubría la entrada exterior. Me refundí en la parte de atrás entre muebles olvidados y macetas desvencijadas. Esperé y esperé, escondido en el rincón más oscuro de su alcoba. Cuando vi los primeros puntos de luz provenientes del otro cuarto, corrí hacia ella. Corrí hacia la luz. Aquella luz se convirtió, después de las primeras tasajeadas, en un espectáculo de llamas coloridas. Por fin había recorrido la distancia que separa al deseo de su realización...

jueves, 27 de diciembre de 2012

Caleidoscopio


Caleidoscopio 

Por Diego Bang Bang 

En el principio fue un mañana, como diría Spinetta. Una manía inesperada de ciencia ficción. Una entrada subrepticia a la dimensión desconocida. ¿Que no es posible? Todo es posible. 

Un desterrado a voluntad con el corazón hecho jirones. En un desierto plano y ramplón, deambulaba con el albornoz del mendigo cósmico. Los pies le ardían de día y le estrujaban por las noches. Alucinaba con la mujer espacial que daba vueltas sobre el camino de arcoíris. Ella no necesitaba la escafandra en el desierto, él, se decía para sus adentros, necesitaría la tecnología sonar en el arcoíris. Acaso un encuentro casual los habría de colocar en la misma órbita. 

El arcoíris desembocó, providencialmente, en una de las orillas del desierto después de una tarde de cortinas de arena y aullidos de coyote. El mendigo hundía sus pies en el oasis de horror mientras la mujer espacial ya dibujaba en el aire su primera sinfonía. Él la miró a lo lejos como el paisano mira la frontera autóctona. Si el desierto le planteaba preguntas a borbotones, aquella mujer le ofrecía la respuesta absoluta: el movimiento en medio de la nada. Por fin desembarcó en su cisne de jengibre el cual brillaba en un dorado incontenible. ¿Que no es posible? Todo es posible. Las variables de tiempo y espacio en concomitancia, la nubes con sus bordes desbordados. La cromática del arcoíris desdoblada. Para el mendigo la visión comenzó a flaquear. Había tropezado y la miraba de detrás de una cortina movediza. Quizá fuera la sed o el hambre o sólo la altísima temperatura del desierto, pero su imagen se presentaba irreal. Se iba con cada segundo que pasaba, se hacía más borrosa. Y, de golpe, la profundidad del éter. La plena oscuridad.

Una densa gota de sudor, quizá de vida, lo despertó de un sueño profundo. Los huesos le dolían a más no poder. Las manos las tenía engarrotadas. En lo alto un par de lunas brillaban centelleantes. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que se lanzó aquel cohete? ¿Cuánto tiempo desde esa inesperada mañana de despedida? ¿Cuánto tiempo desde el último baile y la señal de despedida? La sequedad de la boca y el ardor de las rodillas lo sacaron de las hendiduras mentales. El viento cantaba con un flautín endemoniado. ¿Y la mujer espacial?, se cuestionó repentinamente. Trató de mover el musculo principal de la pantorrilla sin poder lograrlo. En ese momento era un alma errante en un cuerpo engarrotado. Recordó una canción, la canción de su larga estancia de hibernación. “Young Folks”, tan precisa para el momento de debut y despedida. La había encontrado en el momento menos perfecto, pero más perfectible. Él no envejecería y ella tampoco, según los dictados de la tecnología en boga. Y de la música se pasó al olor. Ese olor a hierba, a fresa, a pléyade. El albornoz se sacudió en aquel momento y de alguna de las lejanías se escuchaba un sonido rastrero. Después los cascabeles sonaron. En lo alto el par de lunas semejaban luminarias artificiales, de algún modo lo eran. De algún modo todo aquello lo era.

En el horizonte despuntaban los primeros hilos del amanecer. Sus ojos sintieron la marea dorada de luz y se abrieron con un resquemor levemente hostil. A lo lejos, otra vez podía verse el arcoíris. Era una especie de fractal. Los ramales crujían ante el azote del último grito del anochecer. Ahí estaba, ahí seguía en la hora más oscura antes del amanecer. Con el teatro de la mirada lleno de recuerdos terrenales. Y entonces, al fondo como un punto de fuga, apareció ella. La enviada por azar o la profeta por convicción. Cabalgaba en el lomo de jengibre y su semblante se miraba despreocupado. Ni idea de dónde venía ni adónde iba. Pasó de largo del camino multicolor. A cada segundo se acercaba más y más. Hasta que se detuvo ante sus ínfimas pestañas. Tuvo que cerrar los ojos en primera instancia porque el resplandor era insoportable. Entonces, ella estiró su cuerpo con soltura en dirección al suyo. Su mano se posó en su frente. Después de hurgar en uno de los bolsillos de su traje luminiscente, le dio en la boca una hierba. El sabor era fresco como una menta. Sin más, aquel hermoso accidente de colores, se alejó. Por fin recobró un poco de fuerza. Las luces del día despegaban con más brío. Las lunas eran ya un boceto de gis espacial. Ella montaba el primer tramo del arcoíris que se replegaba en la dirección de su paso. La última visión de aquel hermoso accidente sideral fue la estampa de un caleidoscopio en lo más alto del cielo.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Las aves de presa en la soledad

 
Las aves de presa en la soledad

Por Diego Bang Bang 

La soledad sabe a ajenjo, huele a humedad y se escucha a ritmo a go-go. Es una frontera, un cruce, una amalgama. Es un espacio que se comparte sólo con la sombra. Los metales y las voces crecen, poco a poco. El ajenjo hace lo propio: comienza a marear. Una gotera se une a la sección de las percusiones. Golpea, tamborilea en la superficie de plástico de una vieja consola de videojuego. En la soledad los coches suenan a buques en alta mar, los árboles son monstruos de la oscuridad. La humareda de la ciudad es el telón preferido para las aves. Aves de caza. En este cuarto de azotea aún merodea el hilillo de tu perfume natural. También la perfidia de tu sangre vaginal. Debajo del colchón están los viejos periódicos, las viejas noticias. Noticias lejanas para nuestro mundo de ensueño: sexo oral y anal todos los viernes por la mañana. Los sábados, eléctricos, nacían con el sonido a go-go de The Bostweeds y, por las tardes, películas de Bergman. Aunque, es necesario hacer la aclaración, nunca vimos la más importante: “Escenes from a marriage”. Las zapatillas, con olor a sudor y a cuero, descansaban en la alfombra el resto de la semana. Los viernes desde temprano, antes de lo oral y lo anal, música soul (siempre nos pareció adecuado aquel epíteto musical). Antes de cualquier perversión (volvamos a lo oral y lo anal) una plegaria: la música de Salomon Burke o Aretha. Y, a manera de acotación de baile, me dijiste que recordabas pocas novelas en las que los personajes bailaran. En cambio, muchas escenas de películas. Comenzaste, entonces, a bailar como la rubia de “Faster, Pussycat! Kill! Kill!”. Tus manos siempre estaban resecas. Lo noté, con más exactitud, la primera vez que me masturbaste. Acostados en los pastos del Parque Hundido. Mientras las personas hacían lo suyo: deambular como parte de una escenografía. Fue en esta oscuridad solitaria de azotea que te mostré mis calzoncillos fosforescentes. Los compré vía internet y siempre te aseguré que, muy probablemente, los integrantes de Kraftwerk usaban alguna prenda así. Tu risa fue apoteósica, una apoteosis que me llenaba de seguridad. Una apoteosis con sabor a cereza, con olor a eucalipto, de sonido indefinido por melodioso. La soledad es una silepsis con el mundo; una concordancia con tu recuerdo. Y, ahora lo noto, las aves de caza no son tal. Se han convertido en aves de presa. Vienen por los restos de mi soledad. Tomaré el último trago de este ajenjo. Sentiré una vez más la picazón nasal de la humedad. Subiré el volumen del pegajoso a go-go. Las malvadas aves ya se encuentran en el umbral de mi ventana.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Los detalles de la hoja

Los detalles de la hoja 

Por Diego Bang Bang 

Casi en la mitad de la hoja hay un pequeño hoyo. Reparo en él porque últimamente he pensado en la inmensidad de cualquier espacio. He estado perdido por mucho tiempo en los espacios de la hoja. Creo, ahora que lo pienso, que todo ha sucedido por la larga maratón que he decidido emprender en el mundo de las letras. Pero las letras son otro universo, quizá uno alterno. Me gusta imaginarlo como un universo con grosor, con volumen, donde las letras se inflan e insuflan de tinta mágica. Se forman con cualidad ingrávida de nube y terminan en la solidez de un molde. Y, sin embargo, eso no es lo que me ocupa. Por el momento.

En algún lugar leí que los signos de puntuación no intentaron ser tal hasta el siglo VII de nuestra era. Antes de ese intento de ordenamiento ortográfico, sólo existía palabra/palabra. Es decir, palabra sobre palabra. Nohabíaningúntipodeseparación. Y, por ende, la computadora lo subrayaría en rojo. En un rojo muy vivo que encendería una alarma en esa policía ortográfica que todos hemos introyectado. Pero eso tampoco es lo que me ocupa. Por el momento.

Los espacios entre cada una de las palabras en tus cartas, por ejemplo. Caligrafiadas a mano, esos espacios me decían tanto de ti. De tu pulso trémulo al aceptar que estábamos destinados a estar alejados, a ser ajenos. Recuerdo que percibí el astigmatismo en el borde de las letras. Y, entonces, el espacio entre cada una de las palabras, incluso de las letras, se hizo más evidente. Más exquisito. Porque entonces recordé el espacio que recorrieron nuestras cabezas para poder fundirnos en un beso. Un beso expectante, en vilo. A la orilla del precipicio. Sin embargo, esos besos no es la materia de este escrito. Por ahora.

Llegaste una tarde con un libro de Quintero. No del monero, sino de Ednodio. Me dijiste que en cierta página se escondía una hoja de marihuana. En tres puntas, un tridente de cannabis. Al abrirlo, se desprendió el olor refrescante de la planta. Y también vimos el pigmento impregnado en aquella hoja. Un verde suave, con sabor a jade, dijiste. Esa página se volvió nuestra página. En ella se hablaba, se escribía, de los perros de presa. La leímos sentados en alguno de los rincones de la Alameda. Hicimos caso omiso, sin embargo ya se anunciaba. Se anunciaban nuestros perros de presa. Alimentados con sendas raciones de soledad y rabia. No obstante, ese no es tema. Al menos por este párrafo.

Si usamos el recurso del retruécano, la Olivetti de Sacheri sí tenía aquella vocal. Sí podía impregnar la A, sin embargo la hoja se rehusó a imprimirla. A cada A merecía un espacio. Era una broma de la hoja. La hoja nos hablaba a todos aquellos enamorados de esas mujeres que tienen una doble A en el nombre. Una especie de broma con doble filo. Esos enamorados suelen tener problemas de alcoholismo. Un a ironía con tintes de epifanía. La epifanía de la doble A. En esta parte de la hoja ya no sé cuál es el tema.

Es curioso cuando encuentras alguna parte de una hoja subrayada. Visto desde cierta perspectiva, es una cicatriz. O, al menos, eso intenta ser. Una cicatriz en la hoja que pretende ser una rúbrica en nuestra memoria. El recurso cicatriz. Un recurso nemotécnico que pretende hacerse nomotético. Aunque después de ver tantas Rayuelas subrayadas en “Andabámos [...]” uno termina por desencantarse. El recurso cicatriz está en peligro. La injusta memoria tiene la culpa. ____________________________________

La única mujer que he amado con locura, una vez me escribió un pensamiento de amor sin palabras. O, mejor dicho, con la ausencia de palabras. En un texto que le regalé, borró las letras y las sílabas que debían faltar. Trabajó en ello toda la noche. A la mañana siguiente, sabía con total certeza que ella me amaba. Ese detalle de la hoja me lo comunicaba de la mejor manera. Hoy encontré esa hoja, debajo de un lindo caleidoscopio, antes de prepararme un mate. Mientras el agua se calentaba, leí de nuevo esa hoja. En verdad nos amábamos. Pero, ésta es la materia del texto, la ausencia ya estaba anunciada desde el comienzo.

jueves, 15 de noviembre de 2012

El mito primigenio (Primera parte)

Testimonio de un desesperado

Por Sonny DeLorean 

“La vida se desliza como una serpiente a través del universo
y tú seguirás dormida hasta que te plante un beso”

Hay pocas sensaciones que podrían preferirse en la vida antes de tomar esta decisión; por ejemplo, sería maravilloso que se me condenara al olvido antes de saber que buscaré a la Muerte cuando amanezca. No pensé que al ver mi nombre tallado en la tumba de las aparentes verdades y las supuestas mentiras gozaría de tal felicidad, pero los humanos no estamos acostumbrados a la inmortalidad. Paulatinamente siento como la angustia se apodera de mí  a través de palabras imprecisas y temerosas; nunca debí participar en el cautiverio del mito primigenio.

No quisiera justificarme, pero yo como simple mortal, qué podía hacer ante la amenaza de los hijos del Tiempo y la Ciudad, de las invenciones fantásticas que deambulan en las calles citadinas con la única intención de atemorizar, de la encarnación espectral de los mitos urbanos. Hace tanto tiempo que se hospedan en esta buhardilla porque el destierro los trajo hasta aquí; pudo haber sido otro pero el sopor de la noche y sus andares soterrados por la decepción los condujeron a este hotel de paso. 

Uno a uno llegó por su cuenta. Los humores de la noche fueron cambiando, si antes la noche fue su dominio y las calles su conquista, ahora sólo son una huella empobrecida de los ayeres. Tan solo el rumor de algunas voces piadosas logra que sus nombres sean recordados por decir menos. Leproso, Robachicos, Candigas, Trailaraila, Degenerado y así se acumula la lista infame de los huéspedes (hasta ahora eternos) que pernoctan en los cuartos derruidos y desesperanzados del Centro Histórico. Un olor nauseabundo ha perfumado con el rocío fétido de su presencia cada uno de los rincones y los intersticios. Lo que fueron personajes seductores y estrafalarios se convirtieron en personajes fácilmente olvidables y decrépitos. Al menos antes se animaban a salir a las calles porque percibían el aspecto lunar y desértico de antaño, pero se dieron cuenta que sus pistas fueron sustituidas por verdaderos comensales del horror y de la violencia, ellos no tienen nada de funambulesco.  

Algunas vez me dijeron que los mitos nunca mueren y sólo se reinterpretan; el Progreso lo ha desmentido totalmente. La terrible condición de estos hijos desa(l)mados los hizo perpetrar el mayor de los crímenes: robar su pasado para seguir viviendo, atentaron con la creación. Si la sustancia de los mitos urbanos es el Tiempo de/y la Ciudad, el Progreso con su desvalijada memoria los estaba matando. Nunca creí ver como una madre y un padre se empeñaban en dar muerte a sus hijos de una manera tan encarnizada.

Tal vez pueda ser exculpado si el falso refugio de la verdad no resulta tan inalcanzable, después de todo, la culpa la tiene Gerardo Murillo y su libro Cómo nace y crece un volcán. El Itz. Quién más podía ser sino el más intrigante de estos mitos inofensivos el que me lo dijo todo…

martes, 13 de noviembre de 2012

6 26 29

6 26 29

Por Diego Bang Bang 
Últimamente en todos lados se me aparece la cualidad inconclusa de las cosas. De las personas, de las formas amorosas y, sobretodo, de los destinos amorosos. Y es que en nuestra manera de pensar, si se me permite la arriesgada disquisición, occidental se mantiene escondido el eje de la inconclusión. En algún libro, una novelita rock, leí que todas las cosas deben tener un comienzo y un final y que así debía de ser… pero eso no pasa, al menos no es lo más frecuente que suceda. Y no hablo, escribo más bien, de procesos sociales latinoamericanos o tal vez sí hable de ello pero no es mi intención. Mi intención es describir, o tratar de hacerlo, la manera en que los latinoamericanos vivimos en un limbo y tenemos esa manía de no cerrar nunca nada. Somos personas que nunca terminamos por hacer que sus destinos coincidan.
De sí, entonces, fue como poco a poco caí en la cuenta que no había olvidado a mi primer gran amor. La busqué tramposamente. Fingí una sorpresa nerviosa, con una sonrisa nerviosa. Platicamos. Supe que tenía una relación sólida y que seguía perdida en los médanos literarios. Leía y leía y me contó que leía para encontrarse porque con el tiempo se había dado cuenta que las personas comprenden menos. Que vivir era un acto de confusión inminente.
Hicimos el amor.
Deshicimos los corazones. Porque después de verla y de que se marchara de mi cuarto de azotea, en mi pecho comenzó a sentirse un precipicio. Uno muy escarpado y rugoso. Con las manos en ese pecho en vilo, me acomodé a llorar como no lo había hecho en mucho tiempo. Y de súbito me di cuenta que todo se derrumbaría a mi alrededor.
Poco tiempo después intenté buscarla de nuevo. Sin embargo, un algo me decía que se la había tragado la tierra. Súbitamente, no contestaba en su celular y nadie hacía lo propio en su teléfono de casa. Decidí ir a su domicilio y el intento fue vano. La casa parecía una liebre momificada. Nada se movía en sus adentros y tampoco nada emitía ruido alguno. Sentado debajo del árbol que daba la bienvenida, me hice las más extrañas preguntas.
Su presencia por segunda ocasión me había ultimado una especie de malestar. Caminaba a diario como con una herida ininteligible en el pecho. Una herida que se tragaba cualquier intento de sosiego. Una especie de vorágine en la que permanecían sus recuerdos, nuestros recuerdos.
Fue, entonces, cuando comencé a sentirme más extraño. Mis sueños eran cada día más vívidos. Y, de golpe, las cosas se doblaban o tomaban un extraño color. Las calles, Madero por ejemplo, eran de un verde opaco. Guerrero, por ejemplo, era de un sepia desértico. Era, a su vez, como si mis huesos y mis músculos comenzarán a reblandecerse como migajón en café con leche. Mis pies flaqueaban y, solamente, ella aparecía en colores. Sus cabellos eran hilos de neón, sus uñas como anfetaminas y sus ojos como botones de marfil. En verdad algo me pasaba y se paseaba en mí. Un buitre de mal agüero o una medusa con tentáculos de plastilina. Y, al final, otra vez ella. Con un canto en Esperanto.
Días después comenzó la cuestión del número. Un número raro aparecía todas las noches en mi cabeza. 62629. Y no sólo en mis sueños. Por ejemplo, en placas de coches aparecía 6 AN 29. En las cuentas de pago, en los boletos del metro o tickets de otros servicios. Ese número comenzó a volverse una constante insoslayable.
Una noche más extraña de lo normal, me di cuenta que mi número de afiliación a la universidad también contenía, de manera sucinta, ese número. Y, que de alguna manera azarosa, era el día en que había conocido (después de investigarlo lo supe) a ese primer gran amor. Lloré el día que lo supe. Más aún, quedé prendado de la misteriosa manera cómo la numeralia se significa en la vida cotidiana. Reflexioné acerca de la manera cómo los números nos pasan desapercibidos y, sin embargo, un día se manifiestan.
El fin de semana inmediato le conté mi historia a RadiAn. Le conté de la manera cómo ella había desaparecido. La última vez que hicimos el amor y otros detalles. Y, con su tono visceral, me dijo que me había sucedido un final bolañiano. Que ella había salido de mi vida como los personajes de Archimboldi saltan de las páginas. Que ella había rajado mi pecho para que manara sangre indefinidamente (¿infinitamente?)... Que ella se había marchado y me había dejado a cuestas la maldición de Enrique Martin. Que no es otra que la maldición de la inconclusión.