> Arcanum VI

lunes, 1 de agosto de 2011

Entomología urbana

El efecto mosca


Por Sonny DeLorean


Uno siempre busca los vestigios de su condición en lo que más le acomoda o en esas marcas imperceptibles que se esconden a primera vista. Uno nunca cree ser el testigo de la condición compartida por muchos de nosotros en una escena del orden común, tan acostumbrada para mí y para ellos. Dice Salvador Elizondo que Un efecto que se puede producir con dos causas distintas es un efecto deleznable y ese es el (de)efecto de nuestra condición.


Eras tú, amigo lector, o era yo, remedo de escritor, no recuerdo, eso es lo de menos, estábamos ahí todos lo que quieran verse reflejados aquí. Sólo sé que fue instante llamado simultaneidad, una mosca postrada en la caseta telefónica comienza el movimiento alatorio y las perturbaciones del ambiente hacen que comience a llover. La causa era la misma que producían las alas de la mariposa, no hay novedad, pero eso no explicaba por qué un beso terminaba con sabor a despedida, por qué la distancia del abrazo dejaba una estela de recuerdos y cosas que faltaron por hacer, por qué su mirada estaba sumida en esa línea infame y difusa que separa el amor del dolor y viceversa, por qué su presencia le resultaba ahora y siempre tan ajena motivándolo a sentir su condición de des(dichado). Entonces la mosca estaría en la misma dirección que su movimiento le confiere, sería el átomo desencadenado, pasaría de un vuelo incomprensible (el sueño de todo hombre) a suspender éste en el cascajo, en la mierda (hacía donde todos vamos).


Las causas eran las mismas: el aleteo de un insecto; el efecto: ¿habría sido diferente quién aletea? Obviamente que sí, pero las mariposas no viven en la ciudad. Además las moscas son mejores compañeras, hasta en la boca dejada de los borrachos entran sin ningún aviso, sin ningún sigilo, a ellas no les da asco, son las primeras presencias que reconocen y nos acompañan en la muerte. Tal vez por eso son mejores para explicar la naturaleza de ellas en nosotros y el efecto que nos condiciona. Una naturaleza más compleja y menos completa, tal vez inacabada; más confusa y menos tendencial, seguramente implacable; más expuesta y menos entendible, de ahí la incongruencia y su encanto; después de todo las moscas también sirven como argumento para explicar la realidad, y claro, el porqué las mujeres hacen que ésta sea más confusa, “digerible” y entrañable.


Este suceso podría sonar como una fatalidad en acecho de la causa y efecto de una desgracia meramente formal, humana. No obstante estoy convencido de que El efecto mosca no motiva la des(dicha) por una patología o por sentir una dependencia inmerecida; sólo es resultado del daño colateral, de la causa pérdida. El efecto mosca lo encontramos por un recóndito azar que no es necesario comprender, así, como el movimiento perpetuo de la moscas.


Ese mismo movimiento perpetuo es el que me permite no hablar a título personal, y puedo asumir que me ha llevado no sólo a reconocer esa cualidad que Eduardo Torres presume de los enanos: Los enanos tienen una especie de sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista. Confirmo que el reconocimiento es aún más inmediato que el de ellos, no sólo por la apariencia desconsolada y un tanto miserable, sino también por nuestro estado permanente de sístole-diástole propio de las enfermedades crónicas del corazón, puedo sentir su desdicha a mi manera, pero no deja de ser la misma. Nos encontramos en el metro, en la cantina o a donde nos lleve la mosca, y nos lo decimos, no es necesario cruzar palabra alguna, me basta ver su puño cerrado, sus ojos inmisericordes que maldicen a la mosca, su cara trémula y pensar en el mal endémico (tan necesario en nosotros) de nuestra condición para extendernos la mano vacía, o la mano con una cerveza para saber que: “Hay que compartir el amor, porque es una fermentación morbosa, se sube pronto a la cabeza y nadie puede consumir una mujer entera” (¿desde cuándo me gusta tanto el alcohol?).


Al menos todos lo que hayan llegado aquí, sabrán que El efecto mosca no es una generalidad. Lo digo por aquellos que me han llamado incompetente e incapaz, que ellos han visto volar moscas y son inmunes a su efecto, que han aprendido a condicionar su comportamiento en presencia de ellas (y de las mosca) y hasta saben como catarlas y controlarlas; yo nomás no puedo, o no quiero (que para este caso es lo mismo). No diré que me gusta mi condición anquilosada, pero qué gratas son las recaídas porque así puedo empezar a reanimarme (y pensar en la des[dicha] que viene). Después de todo esto es un principio de vida: nos caemos para levantarnos, siempre he fijado mis límites, para algunos es el cielo, yo no voy tan lejos, tengo ese con(suelo).


Me apena darme cuenta que es absurdo buscar explicaciones y equiparar el aleteo de una mosca para entender el desdén de las mujeres en mí y en los que me siguen (cada vez son menos), o tratar de encontrar una razón para entender los sinsentidos de sus actos, ya ni mencionar mi búsqueda en su movimiento browniano para comprender mi proclividad a la des(dicha); ese podría ser el problema, no hay que comprender la des(dicha) que provocan las mujeres y conformarse sólo con eso… con disfrutarlo. Por si las dudas ya no sonsacaré a esa mosca, dejaré que repose donde mejor le apetezca y tal vez pueda entender porque está lloviendo.

martes, 19 de julio de 2011

Colvin´s Stomp

Colvin´s Stomp

Por Diego Bang Bang

Se me permitirá—espero— el hecho indiscutiblemente incorrecto de que uno de los integrantes del trío no cuente esta historia. Sin embargo, la licencia más necesitada de mi parte esta noche es aquella en la que el lector no requiere demasiada información sobre mi persona. Mi cualidad, desde hace varias fiestas, de náufrago me ha hecho perder el registro de algunos datos vitales para el lector común—aquel que necesita ir en la página cincuenta para hacer una metáfora sobre el título del libro en cuestión. Náufrago de carrera: la estación de aterrizaje de hoy es un concierto de Los Colvins.

Mi estratagema fiestera va de la siguiente manera: un poco de Whisky en las rocas, un poco de vodka en jugo de arándano, previa visita del cartón bajo la lengua, un ipod y una credencial por si el baño está ocupado, las citas de Hornby en un papel de baño por si llegan los intRa, una frase de amor en la bolsa pequeña del pantalón… Las cinco canciones de “esta semana”: 1.-“Paddle Away” de Los Santisimos Snorkels; 2.-“Big Wave Riders” de Los Coronas; 3.-“The Casbah” de Los Straitjackets; 4.-“Mazatlan Stomp” de The Sir Finks; 5.- “Corazon Loco” de Los Twang! Marvels.

Náufrago—decía— intergaláctico de los mil placeres y de los mil plácemes. Me resisto a pensar que lo mejor de la fiesta sucedió en los años ochenta; me resisto, también, a erigirme como la única antena de este naufragio. Los Colvins también son antenas de este cariz.


Así lo siento cada vez que prenden sus amplificadores.

Cada vez que afinan sus instrumentos.

En sus melodías.


Así lo siento ahora en medio de este predio baldío, con Celia dormida en el bombo de la batería.

Así se siente en el cover de “I Wanna Sniff Some Glue”.

En la letra de “Eres una Puta”.


En el cuartel principal de toda esta operación—siempre el baño con el destapa caños, los papeles con mierda como reflejo de tu condición, siempre dispuesto a servir de desagüe para tus pensamientos— presiento que algo está totalmente mal. Ninguna de las canciones de estos Colvins trata el tema de la muerte. Al menos no directamente. Es raro, muy raro, que mi pensamiento más constante sea ese en este preciso instante.

Alcanzo a ver un par de siluetas — ¿alguna canción sobre siluetas burdas? Ella dice algo sobre sexo anal en la bañera y él responde con una carcajada demoniaca. Abro un poco los cristales uniformes de la ventanita. Estoy en busca de un respiradero en medio de este limbo hostil. Repentinamente, tocan el cristal del baño y sólo alcanzo a pronunciar la torpe frase «en un momento».


¿En un momento qué?

Escucho el trepidante sonido de un redoble.

Quizá la muerte.

Cuadros de ciudad.

Crónica de cualquier paseo vespertino.

Por Ladybug.



Nos tomamos de la mano y caminamos fingiendo que somos una pareja más que se encuentra entre la gente, simulamos que no existe nada detrás de ti y que lo único que buscamos es amor. Pero ambos sabemos que eso es tan falso como tu vida; cuando estamos juntos me gusta mirarte, veo en tus ojos cerrados el deseo de un tiempo antiguo del cual no guardo más que recuerdos. Tú no eres un recuerdo (aunque en ocasiones eso desearía), eres el presente, me buscas y yo no soy más que el rostro de un deseo insatisfecho, de verdad ¿crees que llegaremos lejos? A veces, cuando tu lengua me acaricia suavemente y siento la desesperación bajar del cuello a mi pecho, creo que podemos hacerlo, de pronto una niña sonríe y nos juzga, es la sombra de tu presente, que jamás podrá ser pasado.

No hay remedio, estamos jodidos, la mentira y la evasión son la base de nuestros encuentros, nadie más lo sabe y cuando te beso no huelo la culpa; pero no soy yo quien está huyendo, eres tú el que tarde a tarde busca en mí la absolución, el descanso. Tu cuerpo tiembla porque el mío se acerca y lo toca suavemente; el mío sabe que todo placer es pasajero y que ésta no será la excepción, por eso, cuando escucho tu respiración agitada no me gusta pensar en el futuro que probablemente no veré.

Ahora camino a tu lado, te acaricio la mano y finjo que podemos amarnos, pero cómo podremos convertir nuestra historia en eso, sé que el amor es una nube, todo es confuso y pocas veces se puede saber cuándo ha dejado de ser sólo algo nuevo. En realidad no se sabe, sólo nos empeñamos en que la sinapsis de las neuronas diga que te quiero…camino a tu lado y toco tu mano cálida, dejo de pensar por qué estoy aquí y me convenzo de que no siempre el futuro estará atado al pasado, olvido las reglas y decido que este ardoroso beso sea lo único que tenga relevancia en este sinsentido que, de cualquier manera, está lleno de mentiras, una más no puede condenarnos, simplemente nos mantiene al borde.

lunes, 4 de julio de 2011

Barranca (La sempiterna)


Barranca (La sempiterna)

Por Diego Bang Bang

Los chamanes también se cuelgan guitarras. Éste en especial era uno muy mexicano: más cercano a María Sabina y Don Juan que de Timothy Leary o Hoffman. La primera canción, pequeño, que escuché de él fue Por donde pasas. Su voz se alzaba y se estiraba por toda mi cabeza; la letra, simplemente, una oda a la mujer venenosa. En esa canción comprendí del “veneno que trastorna con dulzura.”

Una tarde me decidí a comprarme el Tempestad por una reseña en la parte central de La Mosca. Era un verano lluvioso de pláticas en mi cuarto con Adrián, mi mejor amigo. ¿Recuerdas, Manuel, la primera vez que fuimos al Museo de Antropología? ¿Recuerdas ese escalofrío que me contaste después de mirar el calendario? Esa misma sensación sentí al ver la portada de ese disco. En los trazos de aquellos dibujos se encontraba ese mismo pensamiento, ese mismo sentir mexicano. De inmediato Día Negro se convirtió en una de mis canciones favoritas: la pesadumbre que recorre toda esa pieza va muy bien con nuestra ciudad. Ese mismo fin de semana decidimos, Adrián y yo, conseguir todas las grabaciones de ellos, de los iniciados.

Y luego, flaquito, vino el amor. Una noche, después de medio ácido, colocamos aquella grabación en la grabadora de mi cuarto. Nos acostamos en forma de Ying-Yang. Con sus pies, Aracely mi primera novia, comenzó a acariciar mi pecho. Después, en la pequeña grabadora que tiramos hace apenas un mes, comenzó a sonar El Velo. Ese día me enamoré por primera vez, envuelto en el líquido amniótico musical de La Barranca.

Desgraciadamente, también llegó el desamor. Ese llegó dos lluviosos veranos después. En ese tiempo salía mucho con mi amigo Alan. Y entre fiesta y fiesta, la cruda y su cura en La Barranca. En especial una canción, Manuel. Al final de la playa… Rara vez la tocaban en sus conciertos. Supongo que era así por la tortuosa sensación que transmite. Ese mismo verano consumí por primera vez peyote: en aquel éxtasis fabuloso comprendí el último verso de esa canción: “tal vez el mar devuelva un poco, al final de la playa…”

Fui en busca de la playa, del mar. Montados en una camioneta rentada, nos largamos para el sur. A Cancún, a Playa del Carmen, a Pamul y a Akumal. Misteriosamente, hijo, un domingo antes de mi partida conseguí El Fuego de la Noche, el primer larga duración. La canción número cuatro se llamaba Akumal. Sentado en aquel paraíso, con el atardecer aperlado frente a mis ojos, el mar me devolvía un poco de esperanza al final de la playa. La esperanza de volver a enamorarme.

Conocí, entonces, a Yari-Yarie aka Clementine aka Yariska aka tu madre. Sin estar exentos de conflicto, lo nuestro reptó y trepó a la cima del enamoramiento. Recuerdo muy bien el día que nos enamoramos. Ese día estuvimos juntos todo el día. Nos acostamos cerca de dos horas afuera del Cinemark del CNA. Hablamos de muchas cosas, sobretodo recuerdo nuestra plática acerca de la fotografía. También recuerdo nuestra platica sobre los hijos y sobre la tesis fundamental de Helen Fisher: «la única razón para que un hombre y una mujer se enamoren es porque tienen la necesidad de perpetuar a su especie.»

Y también recuerdo, pequeño Manuel, el día en que Yari-Yarie me hizo saber de tu venida:

La guitarra era como una extremidad más de su cuerpo, de verdad que sí lo era. Era una Fender blanca, muy bonita. Él, José Manuel Aguilera, vestía una camisa morada con figuras romboide, un elegante saco verde oscuro, un pantalón oscuro también y unos zapatos color café. Acompañado de otros tres caballeros, nuestro chamán rasgaba lentamente la primera cuerda de su guitarra. Así pasó durante cerca de tres minutos. Yari-Yarie, tu madre, estaba en frente de mí. Yo la sostenía de su vientre. Después del segundo verso de la primera canción (“No sé si fuiste sueño tú o sueño es lo que vivo todo el tiempo”), con la emoción a flor de piel, Yari-Yarie (tu madre) giró su cabeza hasta mi oído derecho y pronunció las siguientes palabras: “Mi amor, estoy embarazada”.

sábado, 25 de junio de 2011

Alacrán (La Venganza de)



Alacrán (La Venganza de)
Por Diego Bang Bang
Le pedí a Yari-Yarie que cerrara sus ojos: «Me xixtl co. Eso era lo que repetían al comienzo de todas y cada una de las sesiones. Era una invocación hermosa del principio femenino. Sentados de manera estratégica para formar un maguey a los ojos cenitales de Quetzalcoatl. Cada uno de ellos disponía de cierta dosis de pulque condimentada con una fina capa de peyote: de cuando en cuando el ritmo percusivo marcaba los momentos para ingerir aquella bebida extática. Por favor, imagina que estás dentro de la oscuridad de sus ojos escuchando el cántico sagrado.»
Yari-Yarie abrió sus ojos al oír la voz de Don Jacinto para ofrecernos algo más; pedimos un curado de apio y un curado de maracuyá para proseguir: «El más viejo comenzaba a deambular entre los acólitos mediante una danza parsimoniosa mientras los demás con los ojos cerrados sólo percibían las pequeñas corrientes de aire del gurú enmascarado. Su traje de piel de serpiente producía un sonido seco al chocar contra su piel: movimientos espasmódicos concéntricos sobre el mismo eje, mientras la máscara de un dios iracundo irradiaba energía a cada uno de los rincones del templo.»
Un par de pulques dispuestos en la mesa, un par de sorbos (sincrónicos) que se escurrían de nuestras comisuras y nuestros ojos en absoluta complicidad (¿recuerdas, Yari-Yarie?), extendí mi mano hasta tocar la tuya y continuar con la desconcertante historia: «Así era todos los días, hasta que el último día de las celebraciones un hombre de semblante extraño llegó y se posó exactamente en la puerta del templo para preguntar por la máxima autoridad: nadie abrió los ojos y, por supuesto, nadie dejó de rezar el mito.»
Por un momento pensé que dirías algo al respecto, pero al igual que yo cuando me explicaste tu Chaos Theory guardaste silencio mientras mirabas el códice que había traído desde mi casa: «Su nombre era Alacrán, al ver que nadie respondió a su llamado se perfiló al lugar más alto de aquel templo en espera de Serpiente Voladora. Se sentó sobre el mandala de piel de serpiente en el que se había plasmado el mito de Mayahuel, un tanto en forma soberbia, un tanto en forma profundamente concentrada.»
Por fin dijiste algo mientras sorbías nuevamente aquel curado verde (tu segundo color favorito): «Joseph Campbell situaría ese momento como el momento cumbre: el oráculo siempre será el momento más intenso de todos los mitos. El oráculo es una dualidad.» A lo cual no tuve otra opción que asentir, Yari-Yarie: «Arribó Serpiente Voladora y preguntó por la identidad del foráneo. El foráneo no abrió los ojos ni tampoco movió músculo alguno, pero profirió una pregunta: “¿Por qué siguen repitiendo el mito? El mito no necesita de ustedes…”. Alarmado Serpiente Voladora dijo: “El mito es más grande que nuestras manos, que nuestros sueños, que nuestras conciencias; pero nuestra fe es lo que lo reinventa: la manera de demostrar nuestra fe es repitiéndolo infinitamente.” “¿Qué pasaría si tú dejarás de creer?”, dijo Alacrán con profunda morbidez. “Alguien más lo haría…”. “Eso es correcto, pero los iniciados sabemos que se necesita de un sacerdote, que el sacerdote es la llave para perpetuar el mito. Veo que todos los aprendices son muy jóvenes, nadie de ellos tiene la entereza para sostener la rigurosa doctrina. Así que si tú murieras el mito moriría contigo…” “Eso no es cierto… El mito es más grande que nuestra historia, Alacrán. Tú mismo creías fervientemente en el mito y sabes muy bien que no podrías pergeñarlo con tu traición.” “Tú fuiste el encargado de introducir la traición a esta historia. Tú y ella”. De inmediato de una tela húmeda color rojo saltó la cabeza cercenada de una mujer. Serpiente Voladora la miró estupefacto. Alacrán le miró socarronamente y, por fin, dijo: “La reinvención de los mitos corre a cargo de los hombres. He decidido mancillar con el veneno de la venganza el mito de Mayahuel.” Acto seguido empuño la filosa obsidiana y la clavó en el cuello de su hermano.»
Recuerdo tus ojitos desorbitados y tu mueca como si la sangre de Serpiente Voladora hubiera chisporroteado frente a ti, Yari-Yarie. Casi al final de nuestra segunda ronda te dije que así había sido como el mito pulquero había sido profanado y de cómo el pulque tuvo que sobrevivir como una bebida para iniciados durante el periodo de la Conquista. «De hecho, Yari-Yarie, desde el altercado entre Alacrán y Serpiente Voladora se empezó a generalizar un desdén para con el principio femenino hasta llegar a la denostación total del mismo por parte de la cosmovisión católica.» Al final del mito (curioso tú sólo enarbolabas teorías) me dijiste: «¡Caray! ¿cómo lo hubiera analizado Jung con su psico-antropología?», mientras bebías otro delicioso trago de curado de piñón.

lunes, 6 de junio de 2011

Del olvido y otras cosas.

Por Sonny DeLorean

Qué esperabas de ese vil y deplorable errante, no podían ser otra cosa que simples vericuetos y aforismos insulsos. Después de todo era imposible que pudieras trabar una plática obstinada y empeñada en la elocuencia; lo que hacía, lo que decía e incluso lo que pensaba, sobre todo lo que pensaba, estoy casi seguro, contradecían el orden inmutable de la razón. Mira que concluir con la barruntada de que eras una persona en la determinación indeterminada y lo más absurdo, para olvidar es necesario recordar. Piénsalo bien, desde un inicio comenzó con los desbarajustes, no sé porque no te alejaste. Todo el tiempo estuvo siendo un simulacro tuyo, un palíndromo kinésico, una resonancia de ecos, una repetición de lo que nunca has querido ser.

Pero piénsalo bien, siempre ha sido así, no entiendo ahora tu molestia. Cada vez que entras en ese lugar y te sientas en ese lugar para no estorbar el paso y levantas la mirada, ahí está, una figura confundible con el común denominador, es tan ordinario como tú. Lo que no entiendo es el por qué de su fijación, sus ojos siempre están siguiendo a los tuyos (es extraño creer que lo único que podrías admirar en él es su mirada encandilada que sopesa tus penas), perfecta copia no sólo en tiempo y forma de tus gestos sino también de tus hábitos cuando peinas y encrespas con las manos tu cabello, señal inequívoca de tu embriaguez, incluso tiene tus mismos gustos mundanos en ropa y mujeres, lo sé porque el único momento en el que te pierde de vista (y tú no te das cuenta) es cuando reparan en ella. A veces pienso que te conoce tan bien, que ha entrado en tus pensamientos y los ha trastornado, podría escribir la historia de tu vida con sus impostergables anotaciones que hace de ti; es normal sentirse azorado cuando sabes que un impostor está vigilando todo lo que haces. Deja de pensar tanto en él, no vale la pena ya que siempre que vayas a ese lugar (¿sólo en ese lugar?) y te sientes en ese lugar (¿sólo en ese lugar?) concertarán una cita con las edades, y tal vez en las edades, para su (re)encuentro. Te diste cuenta de todo, ahora entiendo tu molestia.

Ya no es una noticia y mucho menos un rumor decirte que el intruso ha analizado y contaminado tus memorias. Todas tus colecciones de experiencias, desde las “más extensas y heterogéneas” (cosas olvidadas) hasta las “más pequeñas y selectas” (cosas inolvidables) han sucumbido al escrutinio de él. Se ha convertido en el usurero de tus más fantásticas y exquisitas memorias de “cosas inolvidables ya olvidadas”. Si lo sigues viendo no te quedará nada de tu vida, tan sólo el peso vacío del olvido. Es mejor si le das la espalda o tomas el libro que sacaste de tu mochila para recordarte lo que estás apunto de olvidar, como los recados de infancia que tu mamá escribía para que no olvidarás dejar las llaves con la vecina. Te aconsejaría que empezaras a leer otras cosas o es qué quizá aún guardas algo ahí: Las armas secretas de Julio Cortázar. No entiendo tu empeño en recurrir a una literatura tan (extra)ordinaria o ves en ello la única forma de conservar y evitar que tus recuerdos sean fagocitados y robados por él. ¿Qué esperas encontrar?



Acaso esperas encontrar la foto de ella que nunca viste entre las hojas confinadas de letras e historias de seres improbables y entrañables. Esperas qué con esa foto tu mente traslade ese poema de la infancia que ahora no recuerdas, o esa película infame que ahora olvidas, o esa imagen que nuca viste y nunca verás. No te empeñes tanto en algo que no ha de suceder, sólo abre el libro, para mayor seguridad en la página 89 de esa edición barata que compraste en el montón de libros usados apilados como torres derruidas de Babel. Coloca tu dedo índice sobre el segundo párrafo y por osmosis recorre esas líneas: Levanté la cámara, fingí estudiar un enfoque que no los incluía, y me quedé al acecho, seguro de que por fin atraparía el gesto revelador, la expresión que todo lo resume, la vida que el movimiento acompasa pero que una imagen rígida destruye al seleccionar el tiempo, si no elegimos la imperceptible fracción esencial. Ahora da vuelta a la página y no pretendas atrapar en el aire esa foto-separador insoldable de ella, deja que gravite en el aire por unos segundo y acaricie el piso, sólo después de eso podrás tomarla y hacer lo que tienes que hacer, recordar.

¿Algo de lo anterior te resulta pertinaz? Atrapar, gesto, revelador, expresión que todo lo resume; nada de eso le es tan tenaz y convincente como tu recuerdo (nuevamente confundes el recuerdo con la experiencia y la costumbre), sólo la continuidad de la vida que el movimiento acompasa pero que una imagen rígida destruye al seleccionar el tiempo, si no elegimos la imperceptible fracción esencial le permitirá saber que en verdad exististe y no fuiste un capricho pasajero o su excusa preferida. Ahora que lo piensas el incomprendido Farabeuf decía que “la fotografía es una forma estática de la inmortalidad”, será porque esta técnica encarcela tu tiempo en un espacio febril y procura la quietud de toda extensión.

Siempre te han causado aberración las fotografías, lo sé mejor que nadie. Piensas que son tan abominables y atroces porque al ser una extensión de los espejos reproducen la condición humana en una posteridad indefinida. Tal vez ésta sea diferente. Concéntrate en la foto y dime qué ves. Definitivamente es la imagen incomprensible de ella consignada en un pedazo de papel opalino con el olor de los artilugios vetustos; esperabas que el obturador capturara la expresión de lo que tantas conversaciones en el metro y tantos silencios te habían sugerido de ella. Es cierto, atrapó lo único que no debió atrapar, ese gesto de fotografía, todo lo contrario al nombre que la contiene. Su cara no es ni el reflejo de lo que recuerdas, será por su nariz cruel o esa mirada sin ojos (esas sombras) que se esconde tras sus anteojos, incluso lo que más admira de si también ha perecido al desencanto, la comisura de sus labios objeta con el rojo coagulante de esa imagen. Nunca estuviste de acuerdo con su perfil artificial de cuarto menguante cuando era fotografiada, pero como contrariar sus incompatibles gustos, su terquedad te conmueve porque piensa que al menos una de tantas reposará en lo que realmente quiere ser. Tú lo sabes mejor que nadie, eso no pasará y no habrá nada como el teatro retinal que has cimentado a manera de recuerdos o posiblemente todo sea la invención de lo que tú querías que fuera.

Pero piénsalo bien, ¿si las fotos contienen el nombre de lo que recuerdas, de la veracidad de ella? Las apariencias se convertirían en esencia (una mentira hecha verdad) y entonces era parte de su profesión de mujer abigarrarte de memorias inexistentes, de que esa atención desapegada no fuera del todo sincera y natural. Sin ir más lejos, recuerda cómo empezaron esas salidas furtivas, con la inminencia del criminal, del engaño ¿Qué esperabas? Recuerda que hay miradas que pesan sobre la conciencia y a pesar de que la suya era templaría y cansina tenía un peso infinito; recuerda como hasta en los juegos del cuerpo sus dedos tenían la sutileza del negociador y el convencimiento de la retórica; recuerda incluso como sus besos sucedieron antes que la voluntad.

Deberías aguzar tu paciencia para no anegarte de melancolía a pesar de que hayas descubierto que su atención distraída era realmente una atención fingida y simulada. Después de todo ese intruso que ahora te mira de reojo a través del espejo no es tan intempestivo, su aforismo se traduce en un enigma. Deja que convierta tus memorias farragosas de y con ella en un olvido e inventa esa mujer de la que aún después de saberla fascinante (he ahí el invariable y funesto fin de toda aventura) puedas seguir maravillándote. Quizá sea ella, la de la foto que no deberías ver.

Seguramente esa era la foto, como tantas otras, de la mujer capaz de imaginarse así misma convertida en algo que no era y no en algo que hubiera sido, era, tal vez, el recuerdo remotísimo de ella misma en la memoria de otra persona que ella había imaginado ser. Era eso, o simplemente el recuerdo agónico de un clocharde envuelto en la embriaguez de un sueño. Antes de que sea tarde, si es que aún puedes, guarda esa foto inacabada de lo que alguna vez pensaste conocer y recuerda, sólo por curiosidad, donde colocas ese fetiche de tu invención, entre la página 88 y 89 de la edición barata de Las armas secretas, ahora que tu memoria lo recuerda lo único que te queda por hacer es olvidar.

sábado, 7 de mayo de 2011

Esoterías II

Rasgar la hoja

Por Diego Bang Bang

Cuando eras pequeño las hojas formaban pequeños barcos, delicados aviones o mansos animales de zoológico. Esa hoja ha cambiado, en la doliente adolescencia, por cartas de ingenuo amor y dibujos risibles de los profesores. En otro momento, en la inefable preparatoria, servían para chismorrear o garabatear algún indicio de identidad. Conforme pasó el tiempo se convirtió en una puerta, la hoja, dispuesta en su forma horizontal; en su forma vertical, más bien un umbral.

También has percibido sus dotes de espejo y su innegable fusión con el dogma tecnológico: la hoja detrás de la pantalla. El tramoyero malvado la dispone, la tiende para ser llenada; tus entrañas, tu corazón y tus temblorosas manos la respetan. Has caminado demasiado y sólo tienes ese espacio para blindar tus torpes vivencias.

¡Cuidado! Puedes llenarla de vituperios contra la obsolescencia humana. También puedes honrarla con un pensamiento deontológico o mancillarla con la lujuria de un engaño. En algún momento se ha convertido en un vertedero de lágrimas, en el escaparate preferido para doblar las manos ante el sistema. Puede ser díptico, tríptico o crisol funerario. También se curva o se vuelca sobre sí misma…

Un sablazo a tu progenie, un sablazo a los amigos, un sablazo al amor y, por fin, un sablazo a tus entrañas como un Smith o Mishima. Purulenta tu herida mancha la hoja con un líquido viscoso; en algún otro momento sólo fue vómito, a veces sangre. Hoy, de tan podrida, es pus. Doblas esa hoja, la haces bolita, la vuelves a extender con las manchas desperdigadas de pus. Piensas incendiarla, pero caes en cuenta de que eso sería demasiado conmiserativo. No merece la extinción por fuego… De reojo percibes una navaja, esa navaja heredada por tu padre “para cortar el cuello de los mentirosos”. Empuñas la navaja y, en un acto indolente, rasgas imperiosamente la hoja. Ahora tus entrañas arden en esa repisa de papel.