Por Ladybug.
martes, 19 de julio de 2011
Cuadros de ciudad.
Por Ladybug.
lunes, 4 de julio de 2011
Barranca (La sempiterna)

Barranca (La sempiterna)
Por Diego Bang Bang
Los chamanes también se cuelgan guitarras. Éste en especial era uno muy mexicano: más cercano a María Sabina y Don Juan que de Timothy Leary o Hoffman. La primera canción, pequeño, que escuché de él fue Por donde pasas. Su voz se alzaba y se estiraba por toda mi cabeza; la letra, simplemente, una oda a la mujer venenosa. En esa canción comprendí del “veneno que trastorna con dulzura.”
Una tarde me decidí a comprarme el Tempestad por una reseña en la parte central de La Mosca. Era un verano lluvioso de pláticas en mi cuarto con Adrián, mi mejor amigo. ¿Recuerdas, Manuel, la primera vez que fuimos al Museo de Antropología? ¿Recuerdas ese escalofrío que me contaste después de mirar el calendario? Esa misma sensación sentí al ver la portada de ese disco. En los trazos de aquellos dibujos se encontraba ese mismo pensamiento, ese mismo sentir mexicano. De inmediato Día Negro se convirtió en una de mis canciones favoritas: la pesadumbre que recorre toda esa pieza va muy bien con nuestra ciudad. Ese mismo fin de semana decidimos, Adrián y yo, conseguir todas las grabaciones de ellos, de los iniciados.
Y luego, flaquito, vino el amor. Una noche, después de medio ácido, colocamos aquella grabación en la grabadora de mi cuarto. Nos acostamos en forma de Ying-Yang. Con sus pies, Aracely mi primera novia, comenzó a acariciar mi pecho. Después, en la pequeña grabadora que tiramos hace apenas un mes, comenzó a sonar El Velo. Ese día me enamoré por primera vez, envuelto en el líquido amniótico musical de La Barranca.
Desgraciadamente, también llegó el desamor. Ese llegó dos lluviosos veranos después. En ese tiempo salía mucho con mi amigo Alan. Y entre fiesta y fiesta, la cruda y su cura en La Barranca. En especial una canción, Manuel. Al final de la playa… Rara vez la tocaban en sus conciertos. Supongo que era así por la tortuosa sensación que transmite. Ese mismo verano consumí por primera vez peyote: en aquel éxtasis fabuloso comprendí el último verso de esa canción: “tal vez el mar devuelva un poco, al final de la playa…”
Fui en busca de la playa, del mar. Montados en una camioneta rentada, nos largamos para el sur. A Cancún, a Playa del Carmen, a Pamul y a Akumal. Misteriosamente, hijo, un domingo antes de mi partida conseguí El Fuego de la Noche, el primer larga duración. La canción número cuatro se llamaba Akumal. Sentado en aquel paraíso, con el atardecer aperlado frente a mis ojos, el mar me devolvía un poco de esperanza al final de la playa. La esperanza de volver a enamorarme.
Conocí, entonces, a Yari-Yarie aka Clementine aka Yariska aka tu madre. Sin estar exentos de conflicto, lo nuestro reptó y trepó a la cima del enamoramiento. Recuerdo muy bien el día que nos enamoramos. Ese día estuvimos juntos todo el día. Nos acostamos cerca de dos horas afuera del Cinemark del CNA. Hablamos de muchas cosas, sobretodo recuerdo nuestra plática acerca de la fotografía. También recuerdo nuestra platica sobre los hijos y sobre la tesis fundamental de Helen Fisher: «la única razón para que un hombre y una mujer se enamoren es porque tienen la necesidad de perpetuar a su especie.»
Y también recuerdo, pequeño Manuel, el día en que Yari-Yarie me hizo saber de tu venida:
La guitarra era como una extremidad más de su cuerpo, de verdad que sí lo era. Era una Fender blanca, muy bonita. Él, José Manuel Aguilera, vestía una camisa morada con figuras romboide, un elegante saco verde oscuro, un pantalón oscuro también y unos zapatos color café. Acompañado de otros tres caballeros, nuestro chamán rasgaba lentamente la primera cuerda de su guitarra. Así pasó durante cerca de tres minutos. Yari-Yarie, tu madre, estaba en frente de mí. Yo la sostenía de su vientre. Después del segundo verso de la primera canción (“No sé si fuiste sueño tú o sueño es lo que vivo todo el tiempo”), con la emoción a flor de piel, Yari-Yarie (tu madre) giró su cabeza hasta mi oído derecho y pronunció las siguientes palabras: “Mi amor, estoy embarazada”.
sábado, 25 de junio de 2011
Alacrán (La Venganza de)

lunes, 6 de junio de 2011
Del olvido y otras cosas.
Qué esperabas de ese vil y deplorable errante, no podían ser otra cosa que simples vericuetos y aforismos insulsos. Después de todo era imposible que pudieras trabar una plática obstinada y empeñada en la elocuencia; lo que hacía, lo que decía e incluso lo que pensaba, sobre todo lo que pensaba, estoy casi seguro, contradecían el orden inmutable de la razón. Mira que concluir con la barruntada de que eras una persona en la determinación indeterminada y lo más absurdo, para olvidar es necesario recordar. Piénsalo bien, desde un inicio comenzó con los desbarajustes, no sé porque no te alejaste. Todo el tiempo estuvo siendo un simulacro tuyo, un palíndromo kinésico, una resonancia de ecos, una repetición de lo que nunca has querido ser.
Pero piénsalo bien, siempre ha sido así, no entiendo ahora tu molestia. Cada vez que entras en ese lugar y te sientas en ese lugar para no estorbar el paso y levantas la mirada, ahí está, una figura confundible con el común denominador, es tan ordinario como tú. Lo que no entiendo es el por qué de su fijación, sus ojos siempre están siguiendo a los tuyos (es extraño creer que lo único que podrías admirar en él es su mirada encandilada que sopesa tus penas), perfecta copia no sólo en tiempo y forma de tus gestos sino también de tus hábitos cuando peinas y encrespas con las manos tu cabello, señal inequívoca de tu embriaguez, incluso tiene tus mismos gustos mundanos en ropa y mujeres, lo sé porque el único momento en el que te pierde de vista (y tú no te das cuenta) es cuando reparan en ella. A veces pienso que te conoce tan bien, que ha entrado en tus pensamientos y los ha trastornado, podría escribir la historia de tu vida con sus impostergables anotaciones que hace de ti; es normal sentirse azorado cuando sabes que un impostor está vigilando todo lo que haces. Deja de pensar tanto en él, no vale la pena ya que siempre que vayas a ese lugar (¿sólo en ese lugar?) y te sientes en ese lugar (¿sólo en ese lugar?) concertarán una cita con las edades, y tal vez en las edades, para su (re)encuentro. Te diste cuenta de todo, ahora entiendo tu molestia.
Ya no es una noticia y mucho menos un rumor decirte que el intruso ha analizado y contaminado tus memorias. Todas tus colecciones de experiencias, desde las “más extensas y heterogéneas” (cosas olvidadas) hasta las “más pequeñas y selectas” (cosas inolvidables) han sucumbido al escrutinio de él. Se ha convertido en el usurero de tus más fantásticas y exquisitas memorias de “cosas inolvidables ya olvidadas”. Si lo sigues viendo no te quedará nada de tu vida, tan sólo el peso vacío del olvido. Es mejor si le das la espalda o tomas el libro que sacaste de tu mochila para recordarte lo que estás apunto de olvidar, como los recados de infancia que tu mamá escribía para que no olvidarás dejar las llaves con la vecina. Te aconsejaría que empezaras a leer otras cosas o es qué quizá aún guardas algo ahí: Las armas secretas de Julio Cortázar. No entiendo tu empeño en recurrir a una literatura tan (extra)ordinaria o ves en ello la única forma de conservar y evitar que tus recuerdos sean fagocitados y robados por él. ¿Qué esperas encontrar?
¿Algo de lo anterior te resulta pertinaz? Atrapar, gesto, revelador, expresión que todo lo resume; nada de eso le es tan tenaz y convincente como tu recuerdo (nuevamente confundes el recuerdo con la experiencia y la costumbre), sólo la continuidad de la vida que el movimiento acompasa pero que una imagen rígida destruye al seleccionar el tiempo, si no elegimos la imperceptible fracción esencial le permitirá saber que en verdad exististe y no fuiste un capricho pasajero o su excusa preferida. Ahora que lo piensas el incomprendido Farabeuf decía que “la fotografía es una forma estática de la inmortalidad”, será porque esta técnica encarcela tu tiempo en un espacio febril y procura la quietud de toda extensión.
Siempre te han causado aberración las fotografías, lo sé mejor que nadie. Piensas que son tan abominables y atroces porque al ser una extensión de los espejos reproducen la condición humana en una posteridad indefinida. Tal vez ésta sea diferente. Concéntrate en la foto y dime qué ves. Definitivamente es la imagen incomprensible de ella consignada en un pedazo de papel opalino con el olor de los artilugios vetustos; esperabas que el obturador capturara la expresión de lo que tantas conversaciones en el metro y tantos silencios te habían sugerido de ella. Es cierto, atrapó lo único que no debió atrapar, ese gesto de fotografía, todo lo contrario al nombre que la contiene. Su cara no es ni el reflejo de lo que recuerdas, será por su nariz cruel o esa mirada sin ojos (esas sombras) que se esconde tras sus anteojos, incluso lo que más admira de si también ha perecido al desencanto, la comisura de sus labios objeta con el rojo coagulante de esa imagen. Nunca estuviste de acuerdo con su perfil artificial de cuarto menguante cuando era fotografiada, pero como contrariar sus incompatibles gustos, su terquedad te conmueve porque piensa que al menos una de tantas reposará en lo que realmente quiere ser. Tú lo sabes mejor que nadie, eso no pasará y no habrá nada como el teatro retinal que has cimentado a manera de recuerdos o posiblemente todo sea la invención de lo que tú querías que fuera.
Pero piénsalo bien, ¿si las fotos contienen el nombre de lo que recuerdas, de la veracidad de ella? Las apariencias se convertirían en esencia (una mentira hecha verdad) y entonces era parte de su profesión de mujer abigarrarte de memorias inexistentes, de que esa atención desapegada no fuera del todo sincera y natural. Sin ir más lejos, recuerda cómo empezaron esas salidas furtivas, con la inminencia del criminal, del engaño ¿Qué esperabas? Recuerda que hay miradas que pesan sobre la conciencia y a pesar de que la suya era templaría y cansina tenía un peso infinito; recuerda como hasta en los juegos del cuerpo sus dedos tenían la sutileza del negociador y el convencimiento de la retórica; recuerda incluso como sus besos sucedieron antes que la voluntad.
Deberías aguzar tu paciencia para no anegarte de melancolía a pesar de que hayas descubierto que su atención distraída era realmente una atención fingida y simulada. Después de todo ese intruso que ahora te mira de reojo a través del espejo no es tan intempestivo, su aforismo se traduce en un enigma. Deja que convierta tus memorias farragosas de y con ella en un olvido e inventa esa mujer de la que aún después de saberla fascinante (he ahí el invariable y funesto fin de toda aventura) puedas seguir maravillándote. Quizá sea ella, la de la foto que no deberías ver.
Seguramente esa era la foto, como tantas otras, de la mujer capaz de imaginarse así misma convertida en algo que no era y no en algo que hubiera sido, era, tal vez, el recuerdo remotísimo de ella misma en la memoria de otra persona que ella había imaginado ser. Era eso, o simplemente el recuerdo agónico de un clocharde envuelto en la embriaguez de un sueño. Antes de que sea tarde, si es que aún puedes, guarda esa foto inacabada de lo que alguna vez pensaste conocer y recuerda, sólo por curiosidad, donde colocas ese fetiche de tu invención, entre la página 88 y 89 de la edición barata de Las armas secretas, ahora que tu memoria lo recuerda lo único que te queda por hacer es olvidar.
sábado, 7 de mayo de 2011
Esoterías II
Por Diego Bang Bang
Cuando eras pequeño las hojas formaban pequeños barcos, delicados aviones o mansos animales de zoológico. Esa hoja ha cambiado, en la doliente adolescencia, por cartas de ingenuo amor y dibujos risibles de los profesores. En otro momento, en la inefable preparatoria, servían para chismorrear o garabatear algún indicio de identidad. Conforme pasó el tiempo se convirtió en una puerta, la hoja, dispuesta en su forma horizontal; en su forma vertical, más bien un umbral.
También has percibido sus dotes de espejo y su innegable fusión con el dogma tecnológico: la hoja detrás de la pantalla. El tramoyero malvado la dispone, la tiende para ser llenada; tus entrañas, tu corazón y tus temblorosas manos la respetan. Has caminado demasiado y sólo tienes ese espacio para blindar tus torpes vivencias.
¡Cuidado! Puedes llenarla de vituperios contra la obsolescencia humana. También puedes honrarla con un pensamiento deontológico o mancillarla con la lujuria de un engaño. En algún momento se ha convertido en un vertedero de lágrimas, en el escaparate preferido para doblar las manos ante el sistema. Puede ser díptico, tríptico o crisol funerario. También se curva o se vuelca sobre sí misma…
Un sablazo a tu progenie, un sablazo a los amigos, un sablazo al amor y, por fin, un sablazo a tus entrañas como un Smith o Mishima. Purulenta tu herida mancha la hoja con un líquido viscoso; en algún otro momento sólo fue vómito, a veces sangre. Hoy, de tan podrida, es pus. Doblas esa hoja, la haces bolita, la vuelves a extender con las manchas desperdigadas de pus. Piensas incendiarla, pero caes en cuenta de que eso sería demasiado conmiserativo. No merece la extinción por fuego… De reojo percibes una navaja, esa navaja heredada por tu padre “para cortar el cuello de los mentirosos”. Empuñas la navaja y, en un acto indolente, rasgas imperiosamente la hoja. Ahora tus entrañas arden en esa repisa de papel.
jueves, 14 de abril de 2011
When the music is over: agradecimiento con olor a pasado.

Por Ladybug.
Las invitaciones al retorno del alma perdida no sirven de nada, escuchar voces que incitan a la pretensión de acercarse al cielo no valen de mucho en un espíritu cuyas ganas de tocar las nubes con las manos y el cuerpo se han esfumado. When the music is over es preciso imaginar una nueva sinfonía o quizá, como en este caso, un concierto de recuerdos, nota tras nota, haciendo sinapsis en la mente que hasta ahora estaba apagada. Poner play de nuevo al disco, no sin antes un preludio que se compone de momentos: una mañana tibia con una revista esperando ser leída (dos espíritus que se encuentran), una tarde con una manzana esperando ser fumada (dos espíritus que se acercan), una hoja seca en otoño, esperando ser recogida (dos espíritus que se unen). La música siempre ha estado entre nosotros y este proceso de escritura, la primera vez, Sargent Peppers y la chica que quiere huir=volar ¿recuerdas? Quizá soy yo quien lo olvidé, olvidé las ansias de las líneas, el sosiego de un cigarro de mariguana y la alucinación de un LSD.
Es tarde y debería estar durmiendo, pero no se puede, sería injusto ¿sabes?, ¿acaso Sal dormía mientras Neal tocaba a su puerta? Cuando yo, debajo de las cobijas, intentaba descifrar cómo era el camino hacia la anhelada perla, pero ésta, sólo arde cuando escribo estas líneas, cuando pienso en ustedes y el soundtrack que nos ha acompañado, ahora puedo ver la película desde aquí, y veo que los amo, que aquel trébol son ustedes, somos nosotros.
“No importa”, dijiste y sabía que era verdad, de cualquier manera, quizá tú lector no existas y éstas sean palabras como polvo en el agua, ¡qué más da cambiar una hoja de papel vieja!; si buscas poesía no está aquí (pierdes tu tiempo leyendo), está allá afuera, ahí fue donde la encontré, en un vaso de pulque que festejaba tu cumpleaños B.B (como te haces llamar), está en la primera tarde que hablamos como verdaderos amigos, añorando los momentos al lado de la Luna. La poesía está en la vida y en la noche, es como el blues.
He vuelto a la poesía, que no a los versos. 5…4…3…2…1…estoy viviendo…5…4…3…2…1…estoy sonriendo…5…4…3…2…1…estoy escribiendo!
Gracias a la Luna que siempre anula mi temor y dudas.
domingo, 10 de abril de 2011
Métaforas VS el olvido
Por radiAn Luna
Turn out the lights!
J. Morrison
… y cuando vuelvas a la poesía llenarás con gotas de lluvia todas las ventanas, ¿vendrás por mí? Será que nos encontraremos y nos conoceremos en los pasillos de otra Universidad desconocida y saltaremos en los charcos de luna de un espejo de agua distinto. Llegaremos a los columpios que te acercan al cielo, THC para eso, ¿recuerdas? Y(a) no cederemos ante la gravedad…
Nadie nos negara la entrada al libro de la luz y sombra, porque cuando vuelvas a la poesía seremos llaves negras, árboles creciendo, una ráfaga en bicicleta, un meteoro, una navaja picando unas líneas con esmero, ¿cuántas líneas he, cuántas líneas? No, no querrás unas cuantas líneas, mejor textos completos, ¡las obras completas de la Cocaína! Alas de ángel hechas polvo-polvo arcángel por las avenidas, nieve, hielo por todas las calles amarillas recorridas.
Otro intento… hay una sustancia en ti que pocos tienen, que ya no recuerdan o han expulsado de su cuerpo; un montón de letras, proxenetas relucientes. Una historia épica sobre el movimiento, el ardid de la noche, a veces la del Este al Oeste, luego la del Norte a nuestro Sur; todo el be-bop, todas las drogas, el amor como un revolver a punto de estrenarse en la sien, la velocidad y la muerte latente (igual que las mujeres, ¿no, Bang Bang?). Toda la saga del Salvador del Paraíso, la perla al final del camino en tus palabras esperando arder.
Un último intento… este texto está hecho de hojas caídas, levantadas con tus manos y guardadas en secreto; de una pareja dentro de luces rojas bailando un solo disfrutando de la pista, del espacio; de cuatro ingleses salidos de algún conjuro reinventando la música del Delta Negro, de la tristeza en los senderos; de saltos al vacio, persecución de perros desquiciados, búsqueda perpetua, acción, Poyésis_Poesía… Así que cuando vuelvas bajo tu cobija y leas en la noche con sólo una lamparita aquel libro, recuerda que cuando el disco se acabe lo único que conviene hacer es ponerle play de nuevo.