> Arcanum VI

miércoles, 17 de mayo de 2017

Ciudad palimpsesto III

Por Diego Bang Bang

11) Condicional: abrir bien los ojos

El hombre baja del vagón y comienza a reprobar con la cabeza. Sus pies se arrastran a causa de un accidente, como bien lo hizo saber durante su trayecto. Trae un par de muletas adheridas a sus brazos. Su expresión es de desesperación mientras cabecea. Su piel ha perdido color en todos estos años de pedir ayuda. Una profunda impotencia se asoma en sus ojos y su boca.

***

Su cama es una rampa para discapacitados. Huele a podredumbre. El cartón y la cobija con los que duerme parecen chamuscados por la acumulación de mugre. Todo el tiempo profiere groserías. La gente pasa y lo mira maldecir. Algunos piensan que son ellos el objetivo de aquellas injurias. Su cuerpo repta a espasmos por Puente de Alvarado. De algún modo, es a todos a quien ofende con sus enunciaciones. A la ciudad. Al país.

***

Se encuentra parada en la esquina de la avenida Héroes Ferrocarrileros. Viste una chamarra barata de algo parecido a la piel. Su acompañante huele solvente. Ella cuenta una historia sobre un hombre. En particular, sobre la amenaza que le hizo ese hombre. Su ojo luce una aureola. Una aureola asimétrica. Un golpe propinado, ¿por el hombre del relato? Un golpe asestado, ¿por la ciudad, por el país?

***

Cuando lo conocí tenía el cabello en forma de arbusto. Ahora lo tiene en forma de casco ensortijado. Calza tenis anchos de skater, aunque seguramente no patina. Viste un chaleco rosa del gobierno local de lunes a viernes. Es moreno. Como su mamá. Y habla lento. Como su mamá. Recoge basura. Como su mamá. Pocas veces habla. Y, si lo hace, es para asentir. Para encaminar la basura de la colonia al repositorio móvil más cercano. Las hojas caídas lo siguen en su trayecto de pequeño Frankenstein. ¿Cuál será su nombre? ¿Alguna vez conoció a su padre? ¿Vive en un basural?

***

Manos finamente delgadas que tocan un piano ficticio a la luz de las velas. Sus piernas son largas y blancas, recorridas por torrentes verdosos. También su cara es de una fresca blancura. Suele vestir blusas transparentes. Su espalda está marcada a tinta por dos alas negras. El plumaje frondoso de un cisne. Labios pintados de un pálido naranja. Ojos de prostituta, de águila cazadora. Habla por celular mientras mira a los roedores. Puede penetrar tu ano con su pene delicadamente o lamer tus testículos con voluptuosidad femenina. Los clientes con antigüedad compran dubonnet para el encuentro y se lo sirven en las rocas. Su nombre es Paulhan. Su signo es la androginia. Su carta el arcano XV, el Diablo.  

12) Condicional: un poco de suerte

Las hojas caen dramáticamente, son un velo. Un ornamento para la visión. Una anteojera necesaria para poder reconocer los escombros, las ruinas. Un tamiz calibrado para recoger las historias, los gestos y las voces.

Las hojas caen fidedignamente, son un designio. Un augurio de la escritura. Un amuleto entre tanta realidad obliterada. Entre tanta realidad de plasma, plasmada en la ubicua pantalla.   

La realidad es un coitus interruptus que dura un meme. La erección de la realidad dura muy poco y sus procesos se han visto pervertidos. Entre tanta intermitencia, la jauría de perros que ladra en su babel, el coito prolongado de la literatura es inconcebible. Por eso, las hojas que caen dramáticamente son un signo. Son una suerte. Un sino de la escritura. 

13) Condicional: la vocación de incendio








14) Condicional: encontrarse

Fenómeno curioso cuando el amor comienza entre lágrimas. El cuerpo hierve en deseo sexual, en su lógica carnal irrefrenable. La mente se bambolea entre celos y aprehensiones.

Ella descansa en tu pecho mientras lanza preguntas inexactas: ¿deberíamos estar juntos? ¿nos merecemos mutuamente? Un verso aparece en nuestras cuatro paredes (¿mentales?): “No supe ser el que tú esperabas, yo sólo soy el que supo llegar”. Su sueño se acerca a tus ojos: una marca antigua en forma de alacrán emerge de su empeine. Un veneno corroe tu garganta. Es dulce, sabe a vino, y es amargo también. Es un éxtasis. Una patología extática. 

Regresas a la vieja computadora y lo puedes ver claramente: un café con leche, un cigarrillo entre su adictiva boca y las gotas de lluvia que mojan Bucareli. Puedes verlo claramente: eres nuevamente ese adolescente enamoradizo. El mismo que llora de felicidad por descubrir el amor.

Y llueve, llueve y llueve de felicidad en la ciudad.

15) Condicional: perder la decencia

Se abre una rendija existencial y aparece el miedo. Ella lame el pecho de él. Botellas de vino tinto por todo el lugar. Sabes que se habían deseado por mucho tiempo. Discretamente, furtivamente, respetuosamente. Era cuestión de dejarlos libres. De quitar los diques sociales de las buenas maneras y el chauvinismo emocional. Cortar el cordón umbilical societario.

Estás sobre un bote de pintura. Ella olisquea su pene. Él agarra su nuca y la nalguea. Tú no puedes hacer nada. Ni siquiera es una ventana de sótano para romper el cristal. Es una ranura en el concreto. Tus manos golpean la pintura amarilla fúnebre del cuarto inexpugnable. No quieres seguir observando, pero es inevitable.

Y entonces ella le pide la penetración. Y nunca la habías visto mejor. Tan ahíta de placer. Grita y grita y grita. Tú mueres un poquito. Lloras sin lágrimas. Ya no hay sustancia en ti. Cada noche la pesadilla es la misma. Lucky once, never twice.

domingo, 19 de marzo de 2017

Ciudad Palimpsesto II

Por Diego Bang Bang

6) Condicional: abrir bien los ojos

Un óleo poblado con voluminosas nubes yace como telón de fondo. Se colorea con finos hilos de luz naranja y magenta. En primer plano se observan hoteles, edificios comerciales y oficinas de gobierno. En otro plano, más epidérmico, una llamarada de autos y ríos de gente. Las nubes doradas cuentan una infame historia de amor. En su seno de algodón, todas las tardes el sol asalta con fuerza lujuriosa y crepuscular a la luna. Los ríos de gente no lo notan por lo regular. Pero todas las tardes, en las mismas coordenadas del firmamento, Él calma su ansiedad al beber de los turgentes labios de Ella. Por la noche, huyen al pantano onírico de la existencia.
 
7) Condicional: un poco suerte

Pudimos no haber vivido en el pospretérito. Alejarnos de la cruel posibilidad del pasado. Sentarnos en medio de Plaza de República con una sonrisa absoluta en la comisura presente del tiempo. Desactivar los mecanismos ansiosos de casa embrujada. Podíamos dejar de sentir un ardor en la garganta causado por nuestras neurosis insalvables. Acercarnos más a la factibilidad del futuro. Sentarnos en Santa María La Ribera en la tensa cuerda del equilibrista absoluto del presente. Pudimos, podíamos y, sin embargo, fuimos pospretérito. ¡Canallas! 

8) Condicional: la vocación de incendio 

RUINAS DEL TEMPLO MAYOR

Aquí cayeron los antepasados

Pueblos hábiles para la guerra   temerosos 

de sus hoscas deidades

Con manos delicadas para tallar la piedra

entretejer las plumas

abrir el pecho del cautivo 

y con lágrimas

para llorar después la servidumbre 

9) Condicional: encontrar a Él

Holly Fernández ha sido su nombre por mucho tiempo. Tomado de una vieja canción inspirada en Scott Fitzgerald una mañana de viernes, a ritmo de jazz mientras vislumbraba el sabor local de Ciudad Palimpsesto. De su pasado recuerda poco. En sueños, a veces lo recuerda mucho. Cuando esto sucede, su pecho vibra y le causa disnea. Un vértigo acompañado de lágrimas ralentizadas. De su futuro recuerda mucho. Una misión sideral, sobre todo.

Pero antes… 

Una mañana límpida. De lluvia cristalina, de aire fugaz. El escaparate de una librería. Autos y siluetas danzan en el reflejo del vidrio que funciona como filtro a sus ventas. Holly mira la portada de un libro. El fondo del cielo, un libro portátil y vibrátil. Cuando lo tiene entre sus manos se identifica: “[…] una historia con ciencia ficción.” Así es como fluye su existencia, entre cuentos infragalácticos de escritores rusos y teorías psicoanalíticas para explicar la anomalía de su memoria. “¿En qué momento comencé a recordar mis vidas futuras? Tu cuello, tu cabello ensortijado, el sabor de tus labios…”, se dijo de inmediato. Al salir de la tienda, ubicada en la Torre Central, un repentino golpe del destino: el choque de dos estrellas incandescentes. Así lo piensa ahora, aunque en ese momento sólo fue un grito pequeño de pudor y un “disculpe usted”. El pacto futuro se selló mientras las manos de él entregaban el libro portátil y vibrátil. Justo como sus corazones. 

***

Mientras camina agarrado de un libro de José Emilio Pacheco lo nota. No ha podido dejar de pensar en la mujer con la que chocó hace unos días. Mujer Intergaláctica ha decidido llamarla. 

10) Condicional: perder la decencia

Calle Mina: su rostro supura incertidumbre, sus labios rugosos claman por un poco de agua. Una parte de su cuello ha sido arrancada. En esa superficie, sangre roja coagulada convive con carne ennegrecida por el tiempo. Sus pasos son nimios. Ínfimas monedas brillan entre sus dedos. En cualquier momento una coladera mal dispuesta lo tragará por completo. Un desecho más de Ciudad Palimpsesto. 

El detective asoma todas las noches de su agujero favorito. Tiene bigotes largos y orejas puntiagudas. Apostado en la superficie sondea los pesares de los transeúntes. Como el de aquélla mujer detenida en la oscuridad de la pequeña plaza Tristessa. Quien recuerda el primer beso y también la amarga despedida.

domingo, 26 de febrero de 2017

DF Turnaround

Por Diego Bang Bang

Anoche soñé que volvía a verte. Nos encontrábamos de nuevo, a la vera de un arroyo seco. Estancado en el tiempo. Lleno de basura emocional. Salías de entre las sombras nocturnas. Tus pasos se acercaban al ritmo de la pequeña estampida de un vaso de unicel abandonado. Te pedía, entonces, que me imaginaras como un fantasma. Para poder escucharte, para volver a mirarnos.

Te hablaba del tiempo. De cuando me dijiste “es tiempo”. De las pocas historias nuestras pergeñadas en el diario impersonal de Ciudad Monstruo aka Distrito Ficcional.

Te contaba de la sintaxis intestina entre Raina, Sleeping pills y Stanyan Street. Nuestras tres canciones favoritas. En ellas, el autor, regresaba a una época particular de su vida. Un tórrido amor, un apartamento sobre una avenida aledaña y un tormentoso exilio amoroso. Es decir, la mujer mencionada en la tercera canción es Raina. La misma a la que sueña bajo el influjo de somníferos.

Extrañamente, porque así son las cosas en el infausto mundo onírico, transmutabas en alguien más. Pronto me decías tu nuevo nombre: Tan Triste. Menudo nombre aparejado al mío: Monstruo Enamorado. Condenados a habitar entre la Dimensión Desconocida y el Espejo Oscuro. Así yacíamos en el universo del Arenero. 

Agarrados por las manos nos desvanecíamos. Para aparecer, de espaldas, en China Town. Un pequeño jardín nos arropaba en su calor incómodo. El pequeño infierno de nuestro amor. En el centro tú llorabas, luego de 16 pastillas para dormir y 23 días de hospital. En los márgenes, en el movimiento centrípeto de la vida breve, yo destilaba culpa. Fenecía a fuego lento acechado por los perros románticos. 

Black Out. 

Tiempo después, una entrevista en nuestro programa de radio favorito reactivó la fuerza centrífuga de la historia más larga. “No sé si eres sueño todo el tiempo…”, te decía con el pensamiento. 

Caminaba contigo por senderos pueblerinos y conforme avanzábamos se convertían en rellanos citadinos. “La canción que cierra el disco, nuestro favorito de nuestro último año, se llama así porque Elvis Presley tomaba anfetaminas en sus giras para aguantar, para no dormir”, me decías con las manos.

En los flancos de nuestra caminata, en la intuición yacente en los rabillos de los ojos, se abrían las puertas de los cientos de lugares no visitados. Los pequeños universos paralelos de la imposibilidad. Vestigios prehispánicos, pueblos mágicos, ciudades exóticas, naturaleza viva y en vivo. “La única letra impresa en el librillo del disco corresponde a la única canción instrumental del mismo. Como ya lo sospechábamos”, creo que ambos enunciamos. 

De pronto percibimos, a nuestras espaldas, una fuerte presencia intermitente. Un hombre de lentes gruesos, camisa elegantemente dibujada a rayas y un saco a medio morir nos dio alcance. Se colocó frente a nosotros. Olía a cigarrillo barato y a alcohol de segunda. “Nunca te enamoras dos veces igual”, sentenció.

viernes, 10 de febrero de 2017

Ciudad palimpsesto

Por Diego Bang Bang 

Dedicado a Eusebio Ruvalcaba. Cuando muere un autor, muere un amor.


1) Condicional: abrir bien los ojos.   
 
Hablábamos de la condición ulterior del alma. De la inexistencia de una vida espiritual sin las debidas condiciones materiales. Me decías: “Si tuviera el tiempo suficiente, lo resolvería”. Y sin duda no resolvíamos nada. Porque a mí ya me empezaba la comezón propia de la ansiedad espiritual. (Es raro, te veo en fotos y pareces otra. Te veo en persona y no pareces la misma.)  
 
El reflejo de las nubes desfilaba frente a nosotros. En ese momento me parecieron veleros dorados cargados con los huevos absurdos de nuestro romance epiléptico. Se podía ver un óleo pintado de forma natural en los cristales infinitos de la inmovilidad. (Pocas veces cambias de expresión. Lo haces, sobre todo, cuando hablamos de amor.)  
 
Fumábamos. El humo crecía lentamente en las dos monedas de oro incrustadas en tu rostro. Las comisuras de tu boca ladeaban sensualmente. Me decías: "Sin tanto pasado, tendríamos un futuro". Y tenías razón... Básicamente porque teníamos un poco de presente. (Te quise borrar de mi memoria superficialmente. Mientras escribo, tu imagen crece desde el fondo de mis ojos hasta convertirse en una ruina ígnea).      
 
2) Condicional: un poco suerte 
 
¿A dónde van a parar todas las utopías amorosas? Los viajes, los planes acompasados y los pesares acumulados. ¿Existe un muladar para todas esas palabras y deseos? ¿Existe un basurero para todas esas ideas? Si quisiéramos recuperarlas, deberíamos inventarnos algún artilugio. Una tienda con artefactos mágicos, por ejemplo. Un universo paralelo donde pudiéramos ver la estrella distante en el fondo del pozo. Lanzar las monedas a la espera del viraje venturoso.

Tú un tanto menos insegura; yo librado de ninguna culpa. Desgraciadamente, la suerte de la primera vez nunca regresa para la segunda vuelta.    

 3) Condicional: la vocación de incendio  
 
En este lugar el zumbido de los insectos solía llamar a la lluvia. Los dioses eran aeróbicos, se mimetizaban con las piedras circundantes. Faltos de la medida antropomórfica, hacían simbiosis con el follaje de los árboles y los silbidos del viento. 

Sangre derramada. La huella del homo, el templo aterrizado y la multiplicación de los ídolos. Piedras pensadas como sudarios. Prestidigitación alquímica: la transmutación del pulque en vino.

El Guerrero Águila atraviesa la armadura con el fuego rabioso de su lanza. El venido de ultramar saquea los tesoros naturales. El fuego incandescente de la historia los cobija.  

Las letras de neón asoman en la esquina. Un mariachi espera en la puerta principal. De un recoveco secreto surge un mercader sonriente. La peor de las sustancias es la mejor de las ganancias. Debajo de aquella construcción se encuentra una de las ruinas principales del Mictlán.

¿Cuántas huellas dactilares de sus cuatro patas habrán pasado sobre nuestros restos? Hordas de caballos metálicos y apocalípticos. Tenochtitlán, día tras día, se hunde más en nosotros. Algunos somos lodo, algunos ya somos magma. Nunca aceptaremos el mote de homo urbanus.

4) Condicional: encontrar a Ella

Se conocieron en la segunda década del S. XXI. Por aquel entonces, Viajero del Tiempo sólo pensaba en una cosa: Ciudad Palimpsesto. No obstante, la Ciudad era una colección de imágenes confusas… difusas. De ella, sólo unas cuantas cuadras se dibujaban con nitidez: Bucareli, Reforma y Guerrero. A sus pensamientos solía llamarlos dioramas citadinos. En ellos, la gente hablaba incansablemente. De cualquier tema, de cualquier amor. Paseaban a sus mascotas y miraban perdidos el pavimento. De igual forma, luces intermitentes asomaban a distintas distancias.

Después de un tiempo, los pensamientos transmutaron en sueños. Por un largo período, Viajero del Tiempo soñó con el mismo lugar y en las mismas condiciones. Un panteón. Una tumba. Con fechas inverosímiles. Datadas en un futuro lejano. Los atardeceres oníricos se sucedieron. Una escritura disímil también se ceñía a la piedra de aquella tumba. Todas las mañanas se hizo la misma pregunta: ¿A quién pertenecía esa tumba?

***

De ella sólo se recuerda que soñaba a colores radiantes y con bellos lugares imprecisos.

5) Condicional: perder la decencia

Todas las mañanas miro sus tetas. Sentada sobre Puente de Alvarado, mira los autos pasar. La imagino frente al espejo del cuarto 505 del Hotel Riviera. Su cabellera ensortijada brilla debido a algún producto de tienda de autoservicio. Quizá servicio sea justamente la palabra. Ella brinda un servicio. No solamente cuando practica sexo oral a cambio de dinero. No sólo cuando practica sexo anal. Ella sirve, funciona en el todo citadino. No sólo yo le miro sus bellas tetas. He visto como lo hacen hombres más viejos y también más jóvenes. ¿Pensarán lo mismo? ¿Sienten hervir los testículos? ¿Las ganas de querer morder esas tetas y oler ese culo?

He pensado seriamente en detenerme un día y confesárselo. Decirle “tienes un par de tetas deliciosas”. Imagino su sonrisa al escuchar esto. Aunque, si soy sincero, también imagino su incomodidad. ¿Debería pagar por ver? El pensamiento común dice lo contrario: la mirada es inofensiva hasta que enamora. Y sus tetas en verdad son motivo de enamoramiento.

Es mediodía. Sombras vestidas con corbata pasan a mi lado. Soy, lo sé, también una de esas sombras. Sigo pensando en la prostituta parada frente al puesto de historietas. ¿Cuál es su nombre? ¿Cuántos penes mamara al día? ¿Cuánto dinero ganó el día anterior? ¿Tiene alguna enfermedad infecciosa? ¿Alguno de sus clientes se ha enamorado de ella?  

Mientras aquellos pensamientos aún revolotean en mi mente, recuerdo a las mujeres que he amado en mi vida. Entonces, una mezcla vívida de sensaciones evanescentes me carcome. No río ni tampoco flaqueo. Simplemente cierro los ojos y escucho el tren de la vida llegar. Siguiente estación: Tristessa.

jueves, 26 de enero de 2017

Texto a seis manos: Diatribas de Dylan

Por Los IntRas

Fue una madrugada de hace cuatro años, en casa de Samuel Fierro, cuando llegamos a la conclusión: el genuino heredero musical de Bob Dylan es Sufjan Stevens. Esto viene a colación, porque ahora nos parece un muladar lamentable. Nos referimos a las falsas herencias e interpretaciones tramposas de la obra de Dylan. Y no solamente significamos lo sucedido con el premio nobel (en minúsculas para que venda menos libros), también al abigarrado dechado de falaces exégetas pululantes.

Empecemos por las obviedades: Bob Dylan no es el único revulsivo del paradigma histórico del rock & roll. Ni tampoco el único forjador de la escena cultural de Greenwich Village. Por el contrario, fue el más apto para hacer mímesis con el naciente capitalismo cultural salvaje de la década de los sesenta. Un hombre blanco más en el memorial de los latrocinios a la cultura negra. Un Judas. No en el sentido del grito más snob de la historia de los conciertos. Más bien, un Judas genuino en el sentido cristiano del epíteto.

El otro gran robo de Dylan pertenece a la esfera de los poetas malditos y la generación beat. En este sentido, el premio nobel (en minúsculas para que lo lean los Poetas Posmodernos) es la muestra más acabada. ¿Lo habrán entendido los jueces anónimos nórdicos, cuasi dioses, como un premio a la vena de poetas como Baudelaire y Rimbaud? ¿O como un triunfo institucional, vigilar y castigar, sobre Kerouac y Ginsberg? Por cierto, en el marco de la condecoración, no coincidimos tampoco con Juan Villoro. No hubo tal salto cualitativo por parte de la Academia y, en consecuencia, no se premió la dimensión oral de la literatura. Más bien se premió al snobismo suscitado por la figura de Dylan. 

En lo tocante a falsas herencias e interpretaciones tramposas, nos parece lamentable la mercantilización de Sergio Zurita en el panorama mexicano. Dramaturgo de oropel que en la radio mexicana expolia el legado del otrora mil veces ladrón. Ese mismo que necesita valor y se refugia en la lírica de Dylan al componer sus frívolas escenas (Antes de irme, el amor (2015), verbigracia). Capaz de mezclar la industria de la autoayuda y al Rimbaud digerido en Dylan. 

Lo anterior como el grotesco más aberrante. No obstante, incluso Fresán ha abusado de esto que consideramos una fórmula. Fórmula alguna vez estética; devenida en fórmula comercial. 

Como todo axioma de la cultura popular, la fórmula comercial es simple. Citar y/o referenciar a Dylan. Entre más descarado mejor. Entre más evidente mejor. Ya no sólo en los epígrafes, también en los títulos (Adiós a Dylan (2016), por ejemplo). Lo anterior a manera de estatuto de conocimiento. Una vez docto falaz en la obra: las reseñas, las entrevistas, las presentaciones de libros, las redes sociales y el dinero. El dinero dylaniano. Más efectivo que el efectivo e incluso que las bitcoins.

Por supuesto, esta es una fórmula ladrona simple destilada de la fórmula maestra del ladrón supremo. Porque si tomamos el hurto como una de las grandes herramientas del arte, entonces son pocos los ladrones maestros. En ello radica la diferencia entre los Zurita y los Alejandro Carrillo en comparación con los José Agustín y los Sufjan Stevens. 

Los últimos dos fueron artífices, alquimistas, de la dimensión estética de la fórmula dylaniana.

martes, 17 de enero de 2017

Texto a seis manos: El espíritu de la ciencia ficción

Por Los IntRas

Conforme pasan los años una cosa sucede más a menudo en nuestras vidas: el desencanto. Quizá por ello, con regularidad, recordamos la primera vez que leímos Los detectives salvajes. Regresamos, como necesidad perentoria, a ese primer golpe energético clavado en nuestra memoria. Volvemos a ese libro capaz de fungir como “[…] manual de comportamiento de los jóvenes lectores”. Educación sentimental necesaria, aunque no lo pensáramos así en aquel momento. 

Desde entonces el eje temporal se ha movido bastante y rápidamente. Cierta estrella en nuestros ojos se ha apagado. Porque en nuestra memoria tripartita habitan los asfixiantes rellanos de la cárcel, un aeropuerto sofocante en Frankfurt y la disnea que causa tasajear la vida de un no nacido. Porque en nuestras vidas extrañamos a Clavijero como, en el fondo, sólo él nos extraña. 

Parte de esa estrella menguante se encuentra en la banalización de Bob Dylan. En la normalización de Roberto Bolaño. En el desprecio irrestricto por la obra de José Agustín. En el usufructo a Kerouac por ciertos pensadores ávidos de likes y no de kilómetros carretera. Manifiestos hechizantes, coloquios teledirigidos y opinólogos supuestamente ubicuos en redes sociales derivan de estas lacras.

Es tema de antaño, lo sabemos. Por supuesto, no escribimos esto para decir algo novedoso. Este texto, pues, es un te amo cotidiano para La Desconocida. Una serendipia citadina que encuentra una nueva ventana encendida, vibrátil, encima de La Habana. Para ser más precisos: es un contrapunteo al nefasto prólogo escrito por Christopher Domínguez Michael a propósito del libro El espíritu de la ciencia ficción. Una cachetada al canibalismo y la cobardía tanto de Carolina como de los otros buitres alrededor de la obra póstuma y publicada en vida de Roberto Bolaño.

Por ello, lo primero para desmontar toda esta parafernalia es dejar de emparejar la obra Bolaño con el canon construido por académicos como Domínguez Michael. Ya desde hace mucho tiempo Terry Eagleton demostró lo falaz de ese tipo de argumentos. La noción misma de literatura es una construcción social dictada en cascada por un grupo intelectual de élite. Resultado inmediato: el encarcelamiento de la obra. De ahí nace la fijación del historiador amateur en literatura maldita (Domínguez Michael) por aparejar la obra del chileno a la los “grandes clásicos” de la lengua española. De ahí la necesidad de acotar la obra a la Teoría de Juegos y/o a la Teoría de la Recepción.

Lo anterior nos lleva al segundo punto: ¿por qué lo último en discutirse a la salida del libro fue, por inverosímil que parezca, la ciencia ficción? Aunque explícito desde el título, este subgénero cedió a las pulsiones y luchas intestinas de agentes literarios o, mejor dicho, de brokers literarios. Personas dedicadas a firmar papeles, a cerrar compromisos, a valorizar el valor del bien simbólico. Meros especuladores de las letras. 

De lo contrario, Fresán hubiera escrito el prólogo con apego al gusto desmedido de ambos por la ciencia ficción. Hubiera hablado del gusto de ambos por Philip K. Dick. Del único pasaje de Los detectives salvajes cifrado en la sintaxis de este subgénero. Del universo paralelo de Los detectives salvajes si hubiera seguido el curso patente en El espíritu de la ciencia ficción. De que, seguramente, Bolaño tiene resguarda por sus buitres de cabecera una novela de este cariz.

Pero este hipotético prólogo es un universo paralelo en sí. No existe en este plano existencial. Porque lo realmente importante, aquí y ahora, es saber quién tiene los derechos de cuál libro y quién paga un favor con qué prólogo acartonado. Todo en el marco de una vulgar telenovela emanada de un supuesto tórrido amorío. 

El tercer punto, en nuestra memoria tripartita, es el más deplorable. La disnea, asfixiante y sofocante, causada por la burda comercialización de la obra de Bolaño. Desde los anuncios ingenuos en el metro hasta los pésimos textos escritos, a manera de homenaje, en los panfletos confeccionados por la librería Gandhi. Comercialización deplorable, decimos, porque desemboca en nuestro vil desencanto cotidiano. Porque leer a Bolaño, desgraciadamente, ha dejado de ser arriesgado. Lo hemos condenado a la cárcel, lo hemos abandonado en un hostil aeropuerto de Frankfurt. En lo consecuente, hemos de tasajearlo como a un no nacido. Le extrañaremos, aunque él ya no lo haga.


jueves, 12 de enero de 2017

DRAE Personal

Por Diego Bang Bang

El siguiente diccionario pretende ser una explicación personal y provisional del caos cotidiano. Por conducto de sus distintas entradas, pensadas como puertos o crepúsculos citadinos, se busca conformar y confirmar una cosmovisión caprichosa. La obra en su totalidad abarca tres apartados: 1) La parte sinóptica; 2) La parte analógica y; 3) La parte alfabética. De ningún modo es excluyente o concluyente a obras del mismo cariz y calado. 

Extracto de la parte alfabética 

Amar tr. En el caso del verbo amar, se permite la tautología a través de la utilización del superlativo. De esta manera, expresiones como "Te amo mucho" y/o "Te amo demasiado" (tautologías en sí y de sí) se permiten para dar un acento diacrítico, en el plano semántico, a la expresión. De hecho, este verbo es el único que sale de las reglas convencionales de la semántica y, de esta forma, permite el barbarismo rayano en la vulgaridad o en la plena ultracorrección. Este diccionario caprichosamente personal entiende de la importancia de amar como verbo encarnado en la cotidianidad. Por ello, no importa la gramática ni la prosodia y, por supuesto, tampoco la retórica en la aplicación de esta palabra.

Atrabesar tr. (De besar para trascender) Imantar las mucosas labiales ha sido a lo largo de la historia una de las cosas más innatas. Reminiscencia del acto fundacional de mamar, besar se presenta como la forma más imponderable de significación al tacto. Conforme pasan los años, el humano, en su insalvable subjetividad y soledad, toma conciencia de la importancia de esta acción. Es decir: se vuelve día con día más necesaria. Para cuando este crescendo implosiona y derrama su sustancia viva, dos acciones habrán de fundirse y modificarán la estructura de pensamiento y la morfología de la lengua. En resumen, se besa para trascender y se atraviesa la vida a base de besos. En ello la vida es irreductible y obcecada. Lo anterior sucede en un pequeño cambio de grafías: la transmigración de la v hacia la otra b

Pasión f. Aunque la palabra pasión contiene la tradicional conformación a través de raíces griegas y latinas, es consabida su utilización semántica de corte romántico. Si bien es cierto que sus cruces semánticos son múltiples y, por momentos, contradictorios: la única constante es su fuerza emotiva. De esta manera, la podemos denominar palabra residente del núcleo emocional y, la mayoría de las veces, motor vivencial de eso llamado vocación. Así pues, la pasión se entiende como la fuerza emotiva para llevar a cabo una vocación. Así, por ejemplo, esa vocación consuetudinaria e indispensable sustantivada en la palabra “amor".