> Arcanum VI

domingo, 8 de abril de 2018

Las brujas son el poema de la noche


Por SonnyDe_Lorean

“Las brujas tienen que ser malas.
Yo quiero ser la más mala de todas.”

Veneno para las hadas

“Cuando la noche y las brujas se juntan nada bueno puede suceder”. No recuerdo si fue algo que aprendí de un cuento que mi madre me leía para dormir con la inclemencia del miedo o la compasión, de un consejo apremiante dicho por un vagabundo para darle unas monedas o un beso, o de la introspección vivencial de un futuro para el olvido, pero fue una frase que me sedujo y aprendí a perseguir contra toda voluntad.

Escribir, hablar, recordar, pensar, idealizar, imaginar de ella la primera vez que la vi, es hacer del infinitivo la sustracción de un tiempo inacabado y etéreo, es convencerte de que nunca más volverás a ver el mundo de la misma manera y creer que el principio y fin nunca existieron.

Lejos de la confabulación que se ha encerrado en el imaginario popular de que las brujas son seres que despiertan el arte de la seducción por su cuerpo de fábula y su cara de ensoñación, nada está más lejos de ser cierto cuando dirigió su presencia con un “Buenas noches”. Formalidad o conjuro diabólico para que la noche se estremeciera con la profecía de pertenecernos y con la videncia de saber que albergaríamos nuestras diferencias naturales, yo como simple humano, ella como médium de la inmortalidad.

Su conjuro fue un llamado entrañable al instinto de la bestia agonizante. Desde el momento que la miré supe que en las brujas lo inusual es hacer renacer el instinto de nuestra existencia porque despiertan un sentimiento moribundo: la lucha de la pasión contra la conciencia para perderse en el camino del encuentro. Ambos -pasión y conciencia- enseñan los dientes, destellan bravura, muestran sus armas para aniquilase, pero ante la presencia de la adivinadora de suertes no queda más que conciliar texturas y limar perezas, ser un tapete de su designio.

Pudiera describirla como un sincretismo de la diversidad existencial: ascendencia judía, descendencia eterna, piel fantasmagórica, complexión sustancial y hermeneuta de nuestras necesidades. Su soltura y estilo sólo eran reflejo de su carácter felino, la recuerdo siempre elegante y cautivadora. Pero lo que más me perturbó y fascinó aquella noche, fue la conjugación de su mirada y su nariz, tenían la perplejidad siniestra y amenazante de los cuervos. 

Una charla casual, sin muchas banalidades, pero su cercanía y presencia me revelaron misterios que no conocería ni viviendo mil vidas. Todos sus movimientos fueron de una sutileza digna del erotismo. Incluso la manera como tomaba su vaso, lo meneaba imperceptiblemente hasta llevarlo a sus labios, sin dejar de mirarme. Una gota escurrió de su boca y me invitó a que la limpiará con mi lengua. Lo hice. Con ese beso aprendí que desear y recordar a una bruja es lo mismo, porque se bebe del mismo río ya que la cura está en el veneno: me convirtió en un ser maldecido que buscaría una pócima de amor para el olvido.

Me tomó de la mano y salimos de aquel lugar. Mentiría si dijera que volamos mientras caminaba a su lado, pero con la soltura de su andar sentí mis pies ligeros y mi existencia liviana. Cuando llegamos a su casa la oscuridad era un aliado de ella, por algún momento sentí miedo aunque yo me alié de la excitación quien nunca me abandonó.

Situados en medio de su cama, el atisbo de luz que entraba por la ventana era perfecto, irradiaba todo por lo que pasaba a su encuentro, fue en el momento de postrarse en ella cuando declinó a la gracia de la imperfección de un cuerpo envuelto en el deseo más incontrolable. Sólo con ver su piel irresistible e irreprochable supe que una bruja nunca fue una hereje de Dios, sino de los humanos. Las brujas sólo decidieron ser apostatas de la sociedad, no de su fe.

Esa noche fui un aquelarre de la libertad humana. Cuando la desnudé e hicimos el amor, me convertí en un vagabundo cenando en el Banquete de Platón, un animal milenario metiéndose en la Cueva de las Maravillas, un nigromante desencriptando la luz mortecina de las estrellas y un astrologo buscando nuevas constelaciones en el espacio corporal.

Ser una bruja es un don y un castigo, todo se debe a la lucidez de la que son cautivas. Y es que qué bruja no es Lucifer, ese al que Alejandra Pizarnik dijo que… “está todo en la palabra, lúcido viene de Lucifer, el arcángel rebelde, el demonio. Pero también se llama Lucifer, el lucero del alba, la primera estrella, la más brillante, la última en apagarse. Lúcido viene de Lucifer, y Lucifer viene de Lux y de Fergus que quiere decir, el que tiene luz, el que genera luz, el que trae la luz que permite la visión interior, el bien y el mal, todo junto; el placer y el dolor. La lucidez es dolor y el único placer que uno puede conocer, lo único que se parecerá remotamente a la alegría, será el placer de ser consciente de la propia lucidez, el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal."

Antes de que despuntará la mañana ella quiso adivinar mi futuro en su bola de cristal. No fue necesario, porque sus caricias trazaron mi suerte y sus ojos vislumbraron mi muerte, pero qué acaso ese no es el destino de los hombres que siguen apostando a perder(se) en la noche.

Escribo esto pensando que no fui presa de una quimera de la ensoñación y que algún día los infinitivos tendrán género, modo, aspecto y un tiempo para ser reales. Se rebelarán como el sueño de mi augurio.

martes, 26 de diciembre de 2017

Barrio chino

Por Diego Bang Bang

Barrio chico, infierno grande. En otro tiempo lo hubiera podido soportar. Caminar de nuevo por la calle angosta, incluso pararme en los aparadores para mirar las figuras y los objetos multicolores. Hubiera podido entrar en alguno de los restaurantes y hubiera podido tomarme un café, con la seguridad de que mi pulso seguiría estable.

Mientras prendo un cigarrillo pienso en esa gran mentira contada a mí mismo: aquella fábula en la que salgo indemne del amor. Casi como Filiberto García al inicio de su complot amoroso. Siempre me pensé de esa manera: un león enjaulado y por fin puesto en libertad para cuando ellas se marchaban. Así pase la mayoría de mis años veinte. Con bastantes expectativas de que la mujer indicada me encontraría.

En el transcurso de mis años treinta, esa utopía desapareció por completo. Comencé a tener menos tiempo para leer, sobre todo mis amadas novelas policíacas. Mi viejo apodo de antaño, compuesto de una onomatopeya en repetición, perdió también mucho de su sentido. Un día funesto, como cualquier otro, caí en la cuenta del número mayor de likes que leía en comparación del número de bangs. Fue terrible... aunque no lo notara del todo en aquel momento.

Y no lo notaba por el simple hecho de estarme contando la gran mentira de los treinta. ¿Cuántas mentiras debemos contarnos a lo largo de la vida para poder sobrellevarla? Me contaba la mentira de la madurez, del trabajo, de la estabilidad económica y de la productividad como preámbulo de la deseada inserción social. Así viví más de la mitad de mis treinta. Con una sonrisa inamovible como fachada. Huyendo de mis amistades de juerga, de los efímeros coqueteos, de la literatura y sus vicios adyacentes.  

Días previos a la celebración del año chino, un sobre amarillo llegó a la oficina donde laboro. En aquellos días había padecido varias pesadillas. La muerte prematura de mi padre. El asesinato del candidato de izquierda durante las elecciones del próximo año. Una matanza en la que soy, en última instancia, el culpable de manera directa. El sobre contenía el booklet de uno de mis álbumes favoritos. Varias palabras venían remarcadas a propósito. Una especie de criptograma. Y además una nota que decía: Encuéntrame en la celebración del dragón. Atte. La Mujer Intergaláctica.

Ya instalado en mi bar favorito, volví a poner frente a mis ojos las hojas. Varias frases se alcanzaban a leer: “Hombre, tienes una fatal percepción sobre las personas”, “Esto es sólo un juego…”, “Emerge de un lugar muy particular, donde los demonios de las personas juegan a correr y a esconderse”, “Soñé anoche que volvía a verte”… Pedí otra cerveza. Salí a fumar otro cigarrillo. Le pregunté a una de las meseras qué pensaba. No obtuve una respuesta muy lúcida. Aunque había podido distraerme con su penetrante olor y la forma de sus tetas. No hay mejor manera de aceitar el intelecto que con la estratégica liberación de la libido.

Como decía, en otro tiempo lo hubiera podido soportar. No obstante, en este momento siento mis manos engarrotarse, mi esófago paladea miedo y mi vista se obnubila de manera extraña. Treinta minutos llevo sin poder doblar la calle atestada de chinos. Dragones de fuego que parecen burlarse de mí y bolas incandescentes que parecen lanzarse hacia mí. De mi gabardina pude extraer un cigarrillo. No logra calmarme, sino todo lo contrario. Siento mi brazo izquierdo pulsar de manera extraña.

Cuando volteo de nuevo a la bocacalle, ella entra a la celebración oriental. Viste unas botas muy altas que cubren parte de su pantalón de mezclilla. Una chamarra larga cubre más allá de sus nalgas. Alcanzo a descifrar su perfil y una marea de recuerdos me hace caer en una rara ensoñación. Me recuerdo sonriente y también pusilánime, me recuerdo con pocas ganas de vivir y al mismo tiempo con todo por delante, me recuerdo enojado e incomprendido… Me recuerdo tirado en el pequeño callejón dentro del callejón de Dolores. Con una pequeña botella de mezcal y una vieja chamarra de cuero, luego de un concierto de jazz. Con una ansiedad desbordada y en busca de uno de los famosos fumaderos de opio. Con aquella maldita necesidad para poder calmar el dolor de aquel complot amoroso.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Ciudad Limbo

Por Diego Bang Bang

1) Regresé a Ciudad Limbo muy pronto. Porque me avisaron que mi padre había sufrido un ataque al corazón. No tenía mucho de mi partida hacia Ciudad Monstruo. Apenas comenzaba a perderme entre sus alcantarillas. En aquel tiempo llevaba la idea de perderme y olvidarme de mi pasado por completo. Negar mi genealogía. Negar todo ese mosaico triste y sórdido en donde me veía reflejado. Pero el pasado es futuro. Y es una fuerza innegable e inconmensurable.

Y heme ahí de nuevo. En sus calles rectas y bajas. Con los rostros tristes e incomprendidos. Donde el viento sopla una melodía vulgar y donde todos nos hacemos tontos para no escucharla.

2) Valeria era su nombre. Una niña pequeña de tamaño que ya rozaba la adolescencia. Esa adolescencia precoz, vulgar y violenta propia de Ciudad Limbo. Porque acá las mujeres se embarazan luego de la fiesta de XV años. Porque acá las mujeres son mancilladas con palabras vulgares con regularidad.

Valeria no decidió subir a ese automóvil. Lo decidió su padre. Lo decidió el destino. Lo decidió el Diablo. ¿Qué miraban sus ojos al subir a esa combi? ¿Olía a grasa y a gasolina? ¿Qué fue lo último que escuchó Valeria? ¿Cuál fue su último pensamiento antes de ser asesinada?

¿Y el asesino? ¿Qué pasó por su cabeza? ¿Cuánta ansiedad reconcentrada en sus testículos? ¿Cuánto dolor a largo plazo nos cuesta este placer de corto plazo? Placer funesto, maldito y estúpido.

Mi sobrina también se llama Valeria. También vive en la Colonia Benito Juárez. Espero nunca le pase lo que le pasó a Valeria.

3) Me encuentro por encima de la Avenida Siete. Una laguna privilegiada para entender la palabra “conurbada”. Justo en esta franja la provincia choca de manera estruendosa con la capital hasta convertirse en otra cosa. Una cosa feroz e indetenible que avienta sus rastros y vestigios hasta las costas del metro Pantitlán o los muelles del aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México.

En el reflejo de la ventana se repiten patrones de luces y construcciones cuadradas de concreto gris. Con esa imagen baldía por delante, una serie de recuerdos se asoman en mi cabeza. Por ejemplo, mi primera visita a Radián en la cárcel. Porque ahí comenzaba la cárcel, ese era el comienzo de un camino sin retorno. Continuado en dos nichos espejo: uno a la virgen de Guadalupe y el otro dedicado a las potestades de la santa muerte. En ese preciso lugar, las puertas aperladas del infierno, recuerdo haber visto la mirada gris de Radián. Iluminada repentinamente por nuestro ansiado encuentro. Mi mano temblorosa, guardada en mi bolsillo derecho, jugueteaba nerviosamente con un puñado de monedas. Monedas catalizadoras de la violencia inmediatista y microfísica del lugar.

Esa misma tarde, Radián me entregó Rayuela a la orilla de una escalera en la cárcel, a la orilla de cualquier convención, a la orilla de la tranquilidad, a la orilla del mundo. En el inframundo que se expresa en el número cero si se le mira dentro de una escala de diez.

4) Ciudad Limbo es un lugar triste, melancólico, desgarrador. Un lugar de paso, ente mestizo constituido de concreto y hierbas malas rastreras. Un lugar donde los maridos matan a sus esposas con un cuchillo. Crisol armado de doble moral y centro comercial. Donde la música de banda se refracta en un cielo sin estrellas. Y donde el olor a basura se filtra por las ventanas acompañando muchas veces a los rayos del sol. Una luz fétida asoma en sus amaneceres y marca el designio de los días. Las calles inundadas por peces gigantes llamados “Chimecos”, los cuales desembocan en los arenales del Bordo de Xochiaca y se quedan varados para presenciar la ilusión ignota de un juego de fútbol. Ciudad Limbo es un lugar cantado por El Haragán y nosotros somos su compañía. 

5) Un nueve, a veces un ocho infinito, dentro de una escala de diez. Así defino algunos lugares de Ciudad Limbo. Como por ejemplo, la tierna sonrisa de mi hermana. O las palabras de mi madre durante la comida. El pan de muerto de mi abuelo. O la juventud de mi padre, cuando cortejaba a mi madre montado en una pequeña bicicleta. Un gol por entre las piernas en un sábado de gloria. Los rizos de Cynthia en la primaria “Emiliano Zapata”. La tienda del Bona, donde se descubría el ocho infinito en las letras de una pila de cartones de cerveza. El cuarto de Carlos con un póster de Nirvana en el techo y una muñeca inflable que pasa de mano en mano mientras Los Colvins cantan: “Eres una puta, pero no lo bastante…”. Un nueve, a veces un ocho infinito.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Las señales de humo de Los Coronas

Por Diego Bang Bang

Una de las cosas fundamentales al contar la historia del rock & roll es la selección de los hechos históricos. A partir de esa selección se pueden obtener formas del razonamiento capaces de explicarnos algún pasaje temporal de esta forma de arte. En el caso de “Señales de humo”, dos hechos históricos pueden brindar cierta explicación de su urdimbre y ambición musical. Por un lado, el lanzamiento de “Blonde on blonde” de Bob Dylan y de “Joe´s Garage” de Frank Zappa. Por otro lado, la publicación de “London Calling” de The Clash.

Los dos primeros LPs se recuperan para evidenciar lo inusitado de obras magnas que están integradas por más de 10 canciones o más de 30 minutos de grabación musical. En una reseña a propósito del disco de Bob Dylan se proponía que la foto borrosa de la portada tiene esa cualidad debido a lo frenético y fértil del núcleo creativo del cantautor en aquella época. En cierto modo, esa aseveración concretiza uno de los rasgos a tomar en cuenta cuando se trata de explicar el fenómeno de los álbumes dobles: la explosión creativa.

El larga duración de The Clash es pertinente para pensar otro de los rasgos esenciales de los discos dobles: la hibridación. Perogrullo es mencionar el mosaico de sonidos contenidos en aquella obra de 1977. El repaso de sonidos contenido funcionó como un manifiesto acerca de las posibilidades del rock. No sólo en cuanto a su multiplicidad, sino en la recuperación de algunas de las fuentes más ignotas. De ahí que los Clash hayan incluido una composición ska del relato oral de Stagger Lee así como una revisitación al reggae con su canción “Guns of Brixton”.

Los dos hechos anteriores funcionan como marcos de referencia para comprender lo logrado por Los Coronas en “Señales de humo”. Una obra que repasa distintas musicalidades y rescata la capacidad gatoparduna del rock a través de géneros como la rumba africana (“La Fiebre”), los sonidos árabes (“Essaouira”), el surf clásico a la The Ventures (“Correvuela”), el western a la Morricone (“Drama west”), la música balcánica (“7 + 6”) así como la épica del surf (“Epic wave”). Así mismo, una obra explosiva en términos creativos que raya en el desbordamiento estético. Lo integran 17 canciones, casi las mismas que su primer álbum doble “Surfin´ Tenochtitlan”, y cierra un ciclo compositivo de estos padrinos del surf ibérico. Un salto cualitativo y momento de inflexión en la carrera de la banda que pone sobre la mesa un cuestionamiento acerca de nuestro consumo cultural: ¿Se necesita vender humo entre los escuchas para que puedan adentrarse en un álbum doble? Estas señales de humo, metáfora inmejorable de la percepción corriente que se tiene de la música instrumental, se adentran en la brecha de consumo abierta estrepitosamente por el formato vinil y procuran reivindicarse como un producto cultural genuino, digno de atención. Máxime en un contexto donde reina la mercantilización fetichizada de la música —potenciada por la ubicuidad del formato digital— y donde los escuchas ya no logran la atención ni siquiera de 2 minutos y medio, tiempo de duración de un sencillo convencional.

El séptimo álbum de Los Coronas es la vigorización y reivindicación de la palabra “surf” y contraviene lo declarado y entendido por Jorge Drexler de esta palabra. Con Los Coronas, “surf” significa vértigo, ingravidez, ignota profundidad musical, actualización de la identidad. Lo mejor del horizonte rockero en 2017.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Alcantarillas literarias

Por Diego Bang Bang 

Escritores encerrados en cubículos, sin contacto con el mundo material. Sin la posibilidad de experimentar cosas genuinas en eso llamado realidad. ¿Acaso no se escribe sobre la adrenalina de esperar en un punto de venta de droga? ¿Acaso no se escribe de la culpa infinita que se siente después de ser infiel? ¿Acaso no se escribe acerca de la manera como el capitalismo nos chupa la vida a cuentagotas? ¿Acaso no se escribe sobre las injusticias cometidas en la recta final de las vidas de nuestros padres? ¿Acaso no se escribe sobre la asfixia causada por un consumo excesivo de crack o cocaína? ¿Para qué una formación escritural de claustro con base en el mecenazgo de la clase empresarial de México? Una formación a raya de las injusticias de la existencia, a raya del dolor por hambruna e ignorancia. ¿Quienes deseamos ser escritores deberíamos abandonar los perros románticos y acercarnos con mesura de vida al mecenazgo acomodaticio? ¿A las fanfarrias y vítores de la solemnidad enclaustrada?

—¿Por qué tantos jóvenes de tu edad leen a Roberto Bolaño? Seguramente has leído Los Detectives Salvajes.

—Porque, como propone Villoro en uno de sus textos, Los Detectives Salvajes es una educación sentimental en la que todos nos podemos ver identificados… Pero la obra principal de Bolaño no es Los Detectives Salvajes, sino los libros que le preceden. Y el concepto principal de su obra es el de la Literatura Nazi. Un concepto que refiere a cómo el campo político atraviesa al campo de la literatura. Un concepto, o quizá una metáfora, que nos invita a desentrañar el poder político enquistado en las obras de arte. Sobre todo, en las literarias.

Ellos me miran atentamente. Parece que he atrapado su atención. Más la del hombre viejo con apellido europeo (Langagne). El otro viejo hombre, de mirada priista, se mantiene callado. Como en otro plano.

Ha pasado poco tiempo de la entrevista. Mi fervor por la obra de Bolaño y mi seguridad de fracaso lo han hecho imperceptible. Por fin el viejo hombre de mirada priista dice “[…] nos ha impresionado bastante tu perfil, pero son pocas las becas y tantos los buenos perfiles. Es difícil decirte si estaremos en condiciones de darte la beca”— retumba en el pequeño cuarto mientras uno de sus ojos toma una tangente de sus movimientos regulares. “Decirte, finalmente, que parece que las letras son un territorio de experimentación para ti. Te vamos a pedir que nunca dejes de seguir tu intuición”.

—A riesgo de sonar rimbombante y pedante, les puedo asegurar que vivo conforme lo aprendido en Los Detectives Salvajes. Trato de vivir mi vida como si fuera una obra de arte. Trato de buscar la dimensión estética de la existencia — balbuceo mientras huelo nuevamente el fracaso e intuyo la marginación. Aprieto un par de veces sus manos, a manera de despedida, para tratar de apelar a la piel de su memoria. Antes de cruzar el umbral de aquel cuarto lo sé: no me otorgarán la beca. No sé si fui demasiado radical como para ser apadrinado por dinero de Televisa y de la clase empresarial. No sé si es mi vejez la que no me permite ser formado como escritor según los cánones de la figura de Octavio Paz. ¿Acaso los dramaturgos amanerados son los dignos depositarios de este mecenazgo literario?

Bajo las escaleras de corte antiguo y le deseo suerte al siguiente entrevistado. Es un joven enjuto con grandes lentes. Lo veo y en él veo un pequeño cordero. La vieja de la recepción sigue con su cara malhumorada. El policía sale del sopor de su caseta y me despide con un “todas las entrevistas duran poco”. Mientras camino la calle de Liverpool, guardo el saco con el cual me disfracé para pasar como un escritor comprometido. Como un escritor normal que entiende el razonamiento intestino de las instituciones, como bien lo aconseja Mario Bellatin. Como ese escritor que aparece en las notas periodísticas a propósito de los diez años de la Fundación y habla sobre lo desafiante de convertirse en escritor en una institución financiada por la clase empresarial.

Días después, a la semana siguiente, recibo un correo electrónico con la negativa del otorgamiento de la beca. Algo sabido y reforzador de mi ánimo perdedor y la sensación continuada de derrota. Me siento mal todo ese día, hago cuentas de cuánto gastarán por cada potencial escritor (144 mil pesos) y cuánto en total por toda la generación (poco más de 4 millones de pesos). Pienso en los 90 millones de pesos reunidos como bolsa inicial cuando Azcárraga Jean decidió cumplir con el capricho cultural de su padre. Pienso en lo anterior y una sensación rara se apodera de mí. Me dan ganas de no volver a escribir. De dejarlo de hacer en definitiva. Y, al mismo tiempo, unas ganas irrefrenables de ponerme escribir se apodera de mí. 

A la semana siguiente, vuelvo a encontrar a un par de jóvenes becarios con los que platiqué antes de la entrevista de selección. Estamos a la espera de entrar a una puesta en escena del geógrafo-dramaturgo. Platicamos con rigidez y un leve dejo de incomodidad a propósito de mi rechazo. Y con discreción acerca de su continuidad con los beneficios del insumo material. A decir verdad, ya había puesto en el costal del olvido ese fracaso. Una tribulación suplanta a otra y me encontraba concentrado en las dificultades de vejez de mis padres. El encuentro con los potenciales escritores sopló sobre la pequeña herida. ¿Debería lanzar diatribas resentidas sin fundamento ante el diseño institucional de la cultura? ¿Cuánto de la marginalidad es propiciada por el marginado? ¿Qué se esconde detrás de aquel encuentro casual? ¿Debería dejarme llevar por la envidia, la tirria y el enojo? Pésima salida. ¿Y si lo tomo como una provocación de la literatura, de la vida? Una afirmación de la identidad. Una postura firme ante la marginación institucional continuada. Una condición necesaria, una adversidad necesaria…

sábado, 23 de septiembre de 2017

Complejo de Luna

Por SonnyDe_Lorean

  
AMOR
(María-Marie)

El amor se muere.
El amor empieza a morirse -igual que nosotros- a partir del momento exacto de su nacimiento.
El amor, nuestro amor, se muere con el renacimiento de su memoria.

Yo no puedo precisar el momento exacto en que comencé a amarte, María-Marie, porque mi amor por ti sólo puede comenzar cuando tú decidiste empezar a amarme.
Bienaventurados aquellos contados elegidos que comienzan amarse simultáneamente y ponen a funcionar el motor del amor juntos, al mismo tiempo.
No fuese ése nuestro caso. En la mayoría de los casos no es así.
En la mayoría de los casos el que empieza amar al otro y ese otro decide entonces si reacciona a ese amor respondiéndole o no.
En el amor, casi siempre, uno pregunta y otra contesta. Por lo general el amor del que responde es el que se mueve primero.
Digo que no puedo precisar el momento exacto en el que comencé amarte, María-Marie, pero sí puedo identificar con exactitud las coordenadas de dónde y cuándo comenzaste a amarme…

Rodrigo Fresán


Muchos dicen que los perros son el mejor amigo del hombre, yo no estoy en contra pero tampoco lo sostengo, porque he hallado en los libros un apoyo más incondicional aun cuando tú los olvides. Por si las dudas yo tengo a los dos, a uno por convicción y al otro por devoción.

En otros momentos hubiera recurrido a Julio Denis para apaciguar la ansiedad y afrontar el dolor, pero cuando estaba en el librero recordé que Rayuela se llamaría Mandala, y las mandalas tienen tanto de Mantra que cualquier sonido o símbolo es capaz de representarlo y aclararlo todo, una conexión sin vuelta de hoja. Además de ser dos novelas heterocigotas al estar escritas por autores argentinos y recobrar y sincretizar lo francés con lo latinoamericano, y es que ella, mi María-Marie, siempre ha sido una mexicana tan afrancesada.

Pienso que lo que dice Rodrigo Fresán acerca de que el amor se muere y es atemporal para el que empieza amar es insuficiente y hasta equívoco, porque el amor es el Bing-Bang de la vida: explosivo y contrayente, y nunca morirá porque la contracción sólo servirá para juntar la Vida Total en el Ombligo del Universo y así se superpondrá la armonía de la existencia. No importa quién ame antes o más, porque si hay amor se convertirá en una fuerza reconciliadora. En definitiva, pienso que se debe ser siempre aferrado e irrenunciable con y al amor, sino de qué otra manera aprenderemos a levantarnos de los campos de batalla con la libertad y la victoria del que imagina ganar la guerra.

Quiero darle continuidad a la lectura de Mantra, pero con mi historia… Recurro a la única máquina del tiempo que verdaderamente existe en los hombres para reconstruir mis memorias… El sonido del teléfono no conoce de tiempos ni lugares y me interrumpe para que dirija mis energías a vislumbrar mi Bing-Bang.

Es un número desconocido. Pienso que puede ser mi María-Marie que habla desde otro número, o desde la calle para decirme que regresará. La ansiedad vuelve a desbordar mis manos y mi voz. ¿Eres tú?, pregunté con voz titilante. Paroxismo y mutismo al otro lado de la bocina, el sonido del viento emite un rasguño a manera de advertencia: “Nos veremos pronto”. Reconocería en diez mil planetas la voz de ella y esa no era su voz.

Vuelvo al escritorio con un miedo sobrado por ese hilito de voz afilada que atisbó mis sentidos. Me gustaría seguir leyendo para apaciguar mi sentir, pero ese mensaje me ha dejado con los nervios crispados. Ya es la hora del diablo y pretextos no faltan para salir a las calles. Escucho que Maya rasca la puerta y no busco más motivos para salir a dar un paseo.

Esta vez no le pondré correa, le daré la libertad para moverse como mejor le complazca y perderse en la noche, sé que es la única parte de mi María-Marie que no me abandonará. Maya se acerca a una pareja, seguramente es un proxeneta con su prostituta saliendo de un hotel, pero Maya no sabe de preocupaciones sociales y juguetea con ellos. Siempre se da a querer. Somos tan disimiles ella y yo, como mi María-Marie lo es conmigo. Ella tan sociable y sonriente hasta las entrañas, yo tan misántropo y huraño hasta las vísceras. Definitivamente soy la única mala relación social que ella pudo haber tenido.

Camino hasta la explana de la delegación, me siento un rato en las escaleras y miro lo excitante que es la ciudad en la noche. Los recuerdos son como un cuarto de municiones a punto de explotar, y al estallar no sabes cuándo dejarán de cimbrar en tu cabeza y cuál será la esquirla que más te volverá a hacer daño. Siempre creí que sería ella la que me diría que borraría cada instante vivido conmigo, como en aquella película de resplandencencias y oscuridades, para dejar de sentir. Pero al final de todo soy yo quien quiere borrar cada instante para olvidarla paulatinamente con la intención de revivir lo sublime de su presencia en mí.   

La luna está particularmente lúcida a unos minutos de que amanezca, excitante como el fuego de la noche. Mi María-Marie también tenía ese poder hipnótico de afectar mi corazón, mi cerebro, mi entelequia con sus mareas. Será que esto de las relaciones tendrá un Complejo de Luna, como dice Rayden Martínez: “salen, se ponen, se vacían y se ocultan pero no por ello dejan de intentarlo”.

Maya lambe mis manos y salgo de mis pensamientos. Es momento de ir a casa y esperar con paciencia su regreso. Al abrir la puerta del edificio Maya ladra y susceptiblemente escucho la melodía de una canción, Abducted. Lo curioso es que no viene del departamento sino de la azotea. Subo con la expectativa de encontrarla. Una figura delgada con ropa hirsuta me ve llegar, con la edad de todos los años de mi infancia me confirma que no es ella. Siento temor de acércame, pero me advierte que ha venido por mí, o en su caso se quedará conmigo. Me ha hablado la Soledad.

Me niego a aceptarla porque sería dejar de aferrarme al amor y a mi María-Marie. Le digo que el amor nunca muere y que sólo tengo que tener paciencia y esperanza. Me da coraje de que esté tan segura de que de alguna u otra forma permaneceremos juntos mucho tiempo. Estoy temblando, mi cuerpo sacude dolor y tristeza. Me toma de la mano y me dice que así como hay libros y noches, hay mujeres que cambian la vida, y otras que ayudan a entenderla, y rara vez se conjugan en un mismo proceso, que mi María-Marie es un fenómeno de este tipo. 

Con soltura me ayuda a sentarme en una silla y me doy cuenta que no es la silla eléctrica, ella continúa cantando Abducted y me asegura que su estupor tampoco es una cámara de gases, al final de cantar me abraza y sus brazos mucho menos son la horca. El sueño me está consumiendo y antes de cerrar los ojos veo el amanecer destellando un bello cielo abierto. Tal vez deba dormir para aceptar ese extraño fenómeno que representa mi María-Marie.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Antihomenaje a Eusebio Ruvalcaba


Por Diego Bang Bang

En la línea y en concordancia con tus antiensayos. En contrapunto y alejado del más solemne de los recintos culturales de México (Palacio de Bellas Artes). 

Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que estuve aquí. Era más joven y, por lo tanto, entusiasta. Tenía muchas ganas de existir. Y uno de los catalizadores de ese impulso existencial eran tus letras. Descubiertas en alguna edición peregrina de La Mosca en la Pared. ¿Por qué te relaciono con esta pulquería? Tú nunca estuviste aquí, en Las Duelistas. Es ahora cuando debo confesar que este antihomenaje sucede por capricho de asociación. 

En alguno de tus textos, leído por mí en aquel tiempo remoto, mencionabas tu predilección por el curado de apio. En esa misma gota de tiempo condensado, me recuerdo probando mi primer pulque de apio en este lugar. Ese sabor fresco, de literatura y de alcohol, impregnó mi memoria. Y yace aquí pulsante. En el menú de hoy. 

El capricho de asociación es consecuente respecto a otro menester. Me recuerdo sufriendo a solas en este lugar por mi primer amor. Como los hombres sórdidos y miserables de tus textos. Hombres regulares con aspiraciones regulares. Que pelean por teléfono con sus ex esposas. Justo como el hombre que yace a mi lado en este momento. Obrero regular, igual que todos, que huye del trabajo para poder tomarse un trago y apaciguar la tortuosa existencia. "El matarratas" en pocas palabras. 

Las puertas de este lugar son un díptico de tipo western y, mientras las miro, recuerdo una de las fotos más difundidas de tu efigie. Miras a la cámara de manera serena y tus manos se posan en ambas alas de la puerta de alguna entrañable cantina. Es raro pensarte en muerte. Como una inexistencia. En la ausencia. Y esta rara sensación se extiende hasta pensar como un sueño aquella vez que platicamos cara a cara. En esa ocasión, me contaste la siguiente anécdota: el padre de uno de tus amigos se encontraba en la parte más turbulenta de su vida. Un malvado alzheimer lo mantenía entre lo tangible del recuerdo y lo lacerante del olvido. No obstante esta pérfida situación, tu amigo era un hombre feliz. Regocijante a causa de la posibilidad de una retribución existencial para con su padre. Feliz en el ouroboros de la vida, feliz en ese momento crucial donde los papeles de esta tragicomedia se invierten: el hijo cuida al padre y cierra con dignidad los entretelones de la puesta en escena. Desde aquel día me permito pensar en cómo afrontaré ese momento: ¿por qué no habría de ser un placer el cuidado de los padres? Más allá de los diques existenciales, más allá de las mezquindades, más allá de eso... la sangre llama a la sangre para su celebración. 

El chile en polvo se mezcla con el sabor acuoso del curado de apio, alzo la mirada y vislumbro una pequeña cucaracha. Una genuina sonrisa aparece en la comisura de mis labios. Grata coincidencia encontrarme con uno de estos insectos en este preciso momento. Me hace recordar el inicio de "El despojo soy yo". En un primer párrafo invitas al lector a lanzar su sensibilidad a las cucarachas luego de una resaca. En general, así es como tus textos me hacían y me hacen sentir. Como un insecto, como una insignificancia. Un ser que mueve sus extremidades agónicamente, incluidas las antenas. Incluido el corazón. Una nada olvidada (porque hay nadas que se recuerdan) y marginada del bullicio del mundo. Una nada marginada de la solemnidad y la cómoda hipocresía. 

Largo rato he pensado cómo terminar este antihomenaje de bolsillo. Y dos imágenes se proyectan en mi cabeza. En la primera, todos tus personajes se reúnen en tu cantina favorita para hacerte un homenaje. El Taimex, León Bernal y su amigo chino, Mariana y Elena, algún travesti de mucha monta, tu maestro literario quien escribía con las manos ensangrentadas, tu padre y sus amigos del cuarteto Lener, Chopin y Schumann, el Diablo... En la segunda, mis mejores amigos baten las puertas de esta pulquería. Y, guarecidos de cualquier indicio de solemnidad, repasamos con melancolía recuerdos de nuestra juventud. Y entonces nos damos cuenta: tu literatura, querido Eusebio, siempre será uno de los puntos de fuga.